domingo, 20 de agosto de 2017

El silencio, y sus causas, en las relaciones entre la violencia yihadista y el Islam

El silencio, y sus causas, en las relaciones entre la violencia yihadista y el Islam

Los atentados terroristas de Catalunya han dado, desgraciadamente, actualidad a unas páginas de mi próximo libro que se publicará el mes de octubre próximo. Se titulará, “Morir para renacer. Otra iglesia posible en la era global y plural”. Ed. San Pablo. Corrigiendo ahora las pruebas de imprenta puedo decir que tendrá 312 páginas. Traslado aquí, sin cambio alguno, las paginas 178-191 del texto en el que reflexiono sobre el silencio en gran parte de los medios de comunicación y de no pocos intelectuales (con importantes excepciones que detallo) acerca de las relaciones entre el Islam y la violencia, apoyándome básicamente en un libro del responsable del suplemento semanal, “Le Monde des livres” del cotidiano “Le Monde”, Jean Birnbaum, Un silence religieux. La gauche face au djihadisme, Seuil, París 2017.

9.    La exculturación social de la religión. Un apunte ante el silencio religioso frente al yihadismo

Afirmaba el entonces presidente François Hollande, poco después de la matanza en la redacción de Charlie Hebdo, el 7 de enero de 2015, que los hombres que han cometido estos crímenes “no tienen nada que ver con la religión musulmana”. Poco después insistía su ministro de Asuntos Exteriores Laurent Fabius, “No se repetirá jamás suficientemente, eso no tiene nada que ver con el Islam”. Hay que hacer circular la idea de que ´eso no tiene nada que ver con el Islam´. Cuando la imposibilidad de decir las cosas viene de arriba, eso quiere decir prohibición”. Estas líneas las he extraído de las primeras páginas de un libro escrito por Jean Birnbaum. Conviene precisar, desde ya, que Jean Birnbaum no es un descerebrado miembro del racismo ultra conservador. Bien al contrario, es nada menos que el responsable del suplemento literario “Le Monde des livres” que se inserta semanalmente en la edición de los viernes del cotidiano francés que, como es bien sabido, es de tendencia de izquierdas, no extremista.

La misma idea, “eso no tiene nada que ver con el Islam”, dominó en la inmensa mayoría de comentaristas y articulistas tras los terroríficos años 2015 y 2016 en Francia, así como en Bélgica tras los atentados en París, en Bruselas y en su aeropuerto de Zaventem, en marzo de 2016. Pero no solamente entre los comentaristas. También entre los ciudadanos franceses, particularmente los de confesión musulmana. Así, uno de los recepcionistas del hotel de Paris donde me suelo alojar, Hassan, me respondió a un correo que les envié solidarizándome tras las matanzas del 11 de noviembre de 2015 esto: “Desgraciadamente personas bárbaras que no tienen una onza de humanidad, han actuado con su propio modo de ver las cosas, y no representan en ningún caso a la mayoría de los musulmanes de Francia, comunidad de la que yo formo parte, que no desea otra cosa sino vivir tranquilamente, y en armonía con el resto de la sociedad francesa”.

En efecto, digamos, también con Jean Birnbaum, que no cabe equiparar el Islam con el terrorismo yihadista. Es falso y simplista. Tales simplificaciones ya las hemos vivido en el País Vasco donde “todo era ETA” y nacionalismo equivalía a terrorismo, simplificaciones que no han desaparecido todavía en determinados ámbitos y medios. Pero lo que sostiene Birnbaum es que, a la hora de comprender, dar cuenta de, explicar etc., (que no justificar, por supuesto), los crímenes terroristas, es ponerse la venda en los ojos cuando no queremos ver la justificación que los terroristas dan de sus actos y en qué marco conceptual los inscriben. Y esta es, en gran medida, de carácter religioso en el terrorismo islámico, como lo fue en Euskadi la ideología nacional-revolucionaria convertida en religión laica para pretender justificar el terrorismo de ETA.
El islamólogo Rachid Benzine, en una entrevista[1], recordaba la importancia del wahabismo —la versión radical del islam de inspiración saudí— como “la nueva ortodoxia” y que “el trabajo principal consiste en desmontar los mitos simplistas que constituyen el principal nutriente del Estado Islámico”. Hay que recordar, una vez más, que para combatir el terrorismo, además de la imprescindible actuación de los servicios de inteligencia, de la policía, del sistema judicial, de los medios de comunicación, de los agentes sociales, etc., etc., es fundamental entrar en el núcleo de la justificación que los terroristas, y quienes les socializan y legitiman, se dan de sus propios actos. Aprehender porqué, en el caso del terrorismo yihadista, hay millares de jóvenes en todo el mundo que están dispuestos, incluso, a morir matando. Jóvenes de toda condición social, aunque hay más de la “clase de tropa” en muchos de los ejecutores, mientras que las élites terroristas (perdóneseme la expresión) provienen mayoritariamente de la “alta sociedad”. Como habitualmente ha sucedido en la historia. Recuerden el origen de Bin Laden y el del líder de la matanza de las Torres Gemelas en septiembre de 2001, Mohamed Atta.
Toda explicación vale excepto la religiosa. Parafraseando a Birnbaum cabe decir cómo en la televisión, radios y periódicos, diversos especialistas se relevan para afirmar que los terroristas pueden bien reclamarse de la yihad pero que sus acciones no deben en ningún caso relacionarse a cualquier tipo de pasión religiosa. Se les etiqueta como “Barbaros”, “Energúmenos”, “Psicópatas”, etc., etc.

“Todas las calificaciones eran buenas para descartar la menor referencia a la fe”, escribe Birbaum quien nos muestra modelos y ejemplos de algunos de los discursos habituales de los especialistas contra el terrorismo de matriz islamista extrema que han circulado a lo largo del año 2015 en los medios políticos y mediáticos.  “Los yihadistas son unos monstruos sanguinarios que hay que ponerlos fuera del riesgo de dañarnos, dirá el criminólogo. Los yihadistas son el producto de un desorden mundial del que Occidente es el responsable, corregirá el geopolítico. Los yihadistas son víctimas de la crisis, rectifica el economista. Los yihadistas son críos de las ciudades que se han desbocado, dirá el sociólogo. Los yihadistas son la prueba de que nuestro modelo de integración no funciona, abundará el politólogo. Los yihadistas son los herederos de la ola humanitaria, su movilización es comparable a la de los estudiantes que se comprometen en una ONG en la otra punta del mundo, indicará el antropólogo. Los yihadistas son jóvenes que se ahogan en una sociedad de viejos, se marchan a Siria para desambientarse como otros se hacen cocineros en Australia, precisa el demógrafo. Los yihadistas son hijos de Internet y de los video-juegos, han abusado de Facebook o de la serie Assassin´s Creed, deja caer el experto en lo numérico. Los yihadistas son puros productos de nuestra sociedad del espectáculo, buscan simplemente la celebridad, apunta el mediólogo…”[2]

Qué duda cabe, me permito interrumpir el discurso de Birnbaum, que, aun con cierta exageración y unilateralidad en algún caso, estas explicaciones son exactas y reflejan correctamente gran parte de las motivaciones o causalidades que están en la base de que algunos jóvenes (y menos jóvenes) cometan actos terroristas en el universo yihadista. Pero, subraya Birnbaum a continuación que “desde los atentados de enero de 2015 se han analizado todas las explicaciones, todas las causalidades posibles salvo una: la religión. La religión en tanto que manera de ser en el mundo, fe intima, creencia compartida. Con constancia, este factor, como tal, ha sido reducido al silencio: así como el islamismo no tiene nada que ver con el islam, el yihadismo es extranjero al yihad”. Concluirá Birnbaum afirmando que “vivimos una ceguera profunda que concierne a las relaciones que muchos, más allá de sus ideologías, entretienen con la religión: es la reticencia a contemplar la creencia religiosa como causalidad específica y como fuerza política: nos adherimos a explicaciones sociales, económicas o psicológicas, pero no a la fe”[3].

¿Por qué ese silencio?  Y ¿por qué subtitula su libro Birnbaum, un hombre de izquierdas no se olvide, el silencio de la izquierda frente a la yihah?. ¿Exagera en el papel que le concede al Islam en el terrorismo yihadista?.
Voy a responder a este interrogante en dos planos diferentes. Por un lado mostrando la legitimación que de sus actos ofrecen los islamistas-terroristas y quienes les apoyan. Por el otro, pretendiendo analizar la causa o motivo del silencio del factor religioso en nuestra sociedad, particularmente de quienes se dicen de izquierdas, a la hora de explicar, junto a otros factores por supuesto, la violencia yihadista.

1.1 La auto-legitimación religiosa del terrorismo yihadista.
No me resisto a trasladar aquí una reflexión que me hizo en el hall de la Universidad de Deusto, estando los dos solos, y cuando ya me despedía de él, Dalil Boubakeur, Rector de la Gran Mezquita de Paris, y que había dado una magnifica conferencia, el año 2004, en el Forum Deusto: “no se olvide, profesor, que el Islam nació en la sangre, como muchas veces olvidamos, nosotros, los musulmanes”. En efecto tras la muerte de Mahoma, Ali, su primo, yerno e hijo espiritual, se opuso al fiel compañero del profeta, Abou Bakr. Este último se impuso y fue el primer sucesor de Mahoma como califa. Pero sus dos sucesores fueron asesinados, después Ali lograría el califato antes de ser él también asesinado, así como sus dos hijos.  Desde entonces vive el Islam la cruenta división entre sunitas y chiitas. Con el uso reiterado de la violencia como nos recuerdan los propios intelectuales de confesión musulmana.

Por ejemplo, el gran islamólogo Rachid Benzine, mentado más arriba, quien afirmaba ya en 2014, luego antes de los grandes atentados en París y Bruselas, que “frente a la acumulación de comportamientos bárbaros, muchos musulmanes protestan: ´todo esto no es el Islam´, o en las redes sociales ´no en mi nombre´. En efecto no es esa su concepción del Islam, la forma como ellos lo viven en la intimidad de su corazón y en sus familias. Pero es sin embargo el Islam obscurantista que se ha enseñado estos últimos decenios en la mayor parte de los centros de difusión de la doctrina, de la cultura y de la piedad. En casi ninguno de esos lugares se incita a la gente a reflexionar, a desarrollar su espíritu crítico, a hacer prueba de discernimiento. Se les inculca, continua Benzine, una ´historia santa´, maravillosista, que se les pide creérsela literalmente, sin consideración alguna por los géneros literarios y las significaciones profundas, sin espacio a la comprensión de la importancia y de la función de los mitos fundadores. La dimensión histórica del Islam, las condiciones de su emergencia, lo que lo ha configurado desde sus orígenes es completamente ignorado, mientras que son sacralizados acontecimientos y textos que son, en realidad, el fruto de contingencias históricas, donde las disputas por el poder y los intereses egoístas fueron preponderantes”[4].

Tras el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York el 11 septiembre de 2001, el gran filósofo Jacques Derrida sostenía en un libro publicado conjuntamente con Jürgen Habermas que “hay que ayudar a lo que se denomina Islam, a lo que se denomina árabe, a liberarse de dogmatismos violentos. Hay que ayudar a los que luchan heroicamente en ese sentido desde el interior”[5].
Esta relación entre la religión y la violencia la he encontrado también en un filósofo musulmán, Abdennour Bidar, que sostiene el movimiento “Not in my name” (No en mi nombre), quien redactó una “Carta abierta al mundo musulmán”. La ha recogido el blog del “L´Oratoire du Louvre”, una Iglesia cristiana protestante sita en el centro de Paris[6]. A continuación, traslado un par de párrafos de la Carta.
“Querido mundo musulmán:… te veo dando a luz un monstruo que se pretende denominar Estado islámico y al que algunos prefieren darle un nombre de demonio: DAESH. Pero lo peor es que te veo perderte - perder tu tiempo y tu honor – en el rechazo a reconocer que este monstruo ha nacido de ti mismo, de tus vagabundeos, de tus contradicciones, de tu descuartizamiento entre pasado y presente, de tu incapacidad demasiado tiempo prolongada a encontrar tu lugar en la civilización humana. (….). Las raíces del mal,… están en ti mismo, el monstruo ha salido de tu vientre del que surgirán otros monstruos, aún peores, mientras no admitas tu enfermedad, para atacar, al fin, esta raíz del mal. 
Incluso los intelectuales occidentales tienen dificultad para apercibirla: la mayoría, han olvidado hasta tal punto el poder de la religión – en bien y en mal, sobre la vida y sobre la muerte-, que me dicen, “no, el problema del mundo musulmán no es el islam, tampoco la religión, sino la política, la historia, la economía etc.”. Ya no recuerdan en absoluto que la religión puede ser el corazón del reactor de una civilización humana. Y que el avenir de la humanidad dependerá mañana, no solamente de la resolución de la crisis financiera sino, de forma bastante más esencial, por la resolución de la crisis espiritual que atraviesa toda nuestra humanidad. ¿Sabremos reunirnos, todos nosotros, a escala planetaria, para afrontar este desafío fundamental?. La naturaleza espiritual del hombre tiene horror del vacío, y si no encuentra nada nuevo para llenarlo, lo hará mañana con religiones cada día más inadaptadas al tiempo presente que, como el Islam actualmente, se dedicarán entonces a producir monstruos”[7].

Creo que queda claro que Birnbaum no exagera y que resulta imposible comprender, explicar, luego luchar con esperanza contra la violencia islamista, sin reconocer el peso que tiene en su interior una determinada lectura de su religión. De ahí que resulte más llamativo todavía el “silencio religioso” de la izquierda europea a la hora de afrontar la yihad terrorista. Quiero decir, la actitud de gran parte de esa izquierda (no solamente la izquierda por supuesto, pero sí en mayor grado), en la erradicación del factor religioso a la hora de comprender y analizar los fenómenos sociales, hoy, aquí, el terrorismo yihadista. Pero no es el único caso.

9.2 ¿Cómo entender la exculturación social de la religión por parte de cierta izquierda europea?

En efecto, como se puede leer en otro libro importante en torno a este tema, “salvo algunos filósofos y muy raros sociólogos, las ciencias sociales desde hace cincuenta años han ignorado la fuerza de lo religioso en una sociedad en Francia (en Francia, en España y no digamos en Euskadi, me permito añadir) en razón de la exculturación religiosa de nuestras sociedades contemporáneas; en razón también de que lo religioso ha sido declarado un vestigio residual del pasado, ignorando la vitalidad religiosa de otros continentes y de otras religiones que el cristianismo. Sin embargo, ¡la Revolución iraní tiene ya cerca de treinta y seis años!”[8].
En la consolidación de este silencio, la tradición de la izquierda política e intelectual ha jugado un papel central. El proyecto de emancipación, que estructura su cultura y su imaginario, designa de entrada la emancipación respecto de la religión, entendida como principal agente de alienación. Aunque bastantes figuras históricas del socialismo, del comunismo o del anarquismo, han tenido seriamente en cuenta las creencias religiosas sin reducirlas a simples prejuicios. Karl Marx sin ir más lejos, como nos muestra Francesc Torralba en un artículo titulado significativamente, “Y, ¿si Marx tuviera razón?”[9]. Un amigo madrileño me envía un texto de Jeremy Corbin, líder del Partido Laborista del que entresaco esta afirmación: “Creo que las comunidades de fe son aliados esenciales en la lucha por una Gran Bretaña mejor”. Claro que Corbin (que no es creyente, dicho sea de paso) no está en España sino en Gran Bretaña.
Aunque en España, Ramón Jáuregui, un gran político del PSOE, para mí incomprensiblemente arrinconado, escribía en un artículo que “el pacto con los líderes musulmanes debe comprometernos de manera recíproca en proyectos de integración social y desarrollo económico, especialmente para jóvenes en riesgo de exclusión, junto a una firme actitud de condena y rechazo a los extremismos doctrinarios (…) La aceptación del hecho religioso y la libertad de la fe no pueden ser coartada para la vulneración de nuestra concepción de la dignidad humana o de la igualdad entre mujeres y hombres, por poner solo esos dos valores de nuestro credo democrático.
Pero ese pacto está por hacer. De hecho, esas políticas tan importantes en zonas de alta concentración inmigrante brillan por su ausencia en las grandes ciudades europeas.(…) No es una tarea fácil, lo sé, pero destruir el relato fanático del ISIS entre los jóvenes europeos, nacidos y educados aquí, es una tarea urgente que no podemos hacer sin contar con la comunidad árabe a la que pertenezcan; y sin establecer, en consecuencia, los términos de una laicidad incluyente en la que las creencias religiosas conviven y contribuyen a la paz y a los valores democráticos[10].
Es cierto sin embargo que, “en realidad, en su conjunto, esta izquierda ha perpetuado una tradición que ve en la religión una quimera sin consistencia. En esta óptica, la religión no representa otra cosa sino una ilusión individual y una fuerza reaccionaria, cuya función sería esencialmente escamotear y ocultar los auténticos retos”. (Birnbaum pp. 35-36).

Con semejante ceguera intelectual es imposible entender el terrorismo yihadista, no sé si el primer problema del planeta como declaró en su día Obama pero, ciertamente, uno de los más crueles y sangrientos. Veamos, sin embargo, lo que opinan al respecto algunas grandes figuras, no creyentes, de la izquierda.

Derrida escribió hace ya cerca de venta años que “nos cegaríamos ante el llamado fenómeno religioso, o retorno de lo religioso hoy, si continuamos oponiendo ingenuamente la Razón y la Religión, la Critica o la Ciencia y la Religión, la modernidad tecnológica y la Religión. Suponiendo que se trate de comprender algo, ¿se comprendería algo de lo que sucede hoy en el mundo con la religión (…) si se continua a creer en esta oposición, incluso a esta incompatibilidad, esto es, si se continua en cierta tradición del Siglo de la Luces?”[11].    

Walter Benjamin en la primera de sus “Tesis sobre la historia”, redactadas en 1940, cerca de la frontera franco-española, escapándose de los nazis, y poco antes de suicidarse, comparó al marxismo o al materialismo histórico con un autómata. Una marioneta que juega al ajedrez y que gana siempre pues es capaz de prever cada movimiento del adversario. Pero hay un subterfugio. La marioneta oculta la presencia de un enano escondido bajo la mesa, un enano jorobado y muy inteligente, que acciona los mecanismos bajo mano. Walter Benjamin desvela el truco: “la marioneta, materialismo histórico, está concebida para ganar siempre. Puede osadamente medirse a cualquier adversario, a condición de que tome a su servicio la teología, que sabemos que hoy es pequeña y fea, y a la que se le pide no hacerse ver”[12]. Jean Birnbaum comentando esta reflexión de Benjamin, escribe que durante mucho tiempo la izquierda ha creído “poder ganar indefinidamente pues con el marxismo y sus derivados pensaba disponer de una baza universal capaz de anticipar la historia” y hacer fracasar a los conservadores y reaccionarios que vivían “aferrados al mundo antiguo”. Pero, continúa Birnbaum siguiendo la metáfora de Benjamin, “bajo la mesa, la teología se activaba discretamente. Y la izquierda continuaba como si nada sucediera (…) hasta que el enano se revuelve. No es justo le grita a la marioneta. Pase que te apoyes sobre mí para epatar a la galería. Pero que tú me olvides, que en tu fuero interno llegues a negar mi existencia, es insoportable. ¿Te crees autónomo, super-inteligente?. Pues bien, mira tu cabeza: ahora que doy vuelta a la mesa, pobre marioneta, tú no eres más que un títere dislocado” (p. 223). Y Birnbaum, continúa citando y comentando textos de Marx para concluir diciendo que “según los criterios del propio Marx, insistamos en ello, cada vez que la historia se encasquilla, la fe retorna” (p.225 y ss.).

Mis conocimientos del pensamiento de Marx no me permiten ni avalar ni infirmar los juicios de Birnbaum pero no puedo no constatar el viraje que muchos intelectuales de izquierda están llevando a cabo en gran parte de Europa occidental (y aunque en menor medida, también en España) en sus posicionamientos acerca de la religión, aun manteniéndose la mayoría en posiciones no creyentes, más agnósticas que ateas. Me permito referenciar aquí un excepcional diálogo entre Edgar Morin y Tariq Ramadan en sus concepciones acerca de Dios y de la fe y que, traducido al castellano, puede consultarse en mi blog[13]. Y, ¿Cómo olvidar el aventajado libro de Gilles Kepel publicado en 1991, (traducido en España en 2005) “La Revancha de Dios”[14], donde ya anunciaba la jihad que ahora estamos viviendo?.
Las últimas líneas del libro de Birnbaum (p. 234) resumen bien su posición de fondo. Leemos que “si la izquierda quiere afrontar el mazazo de lo teológico-político, es urgente que rompa el silencio. Que cese de ocultar la fuerza autónoma del ímpetu religioso. Que se deshaga de las certidumbres y reflejos que se lo impiden. En resumen, que vuelva a ser lo que ella misma fue y que reanude su tradición crítica. Sin lo cual, lo espiritual continuará aterrorizando a los militantes de la emancipación, y les engañará. Y, la religión podría devenir el último suspiro de la izquierda, esta criatura deprimida”. Es la última frase del libro, lo es también de la positiva recensión positiva al mismo que se puede leer, bajo la firma de Nicolas Dutet, nada menos que en el histórico diario comunista francés, “L´Humanité”, del 22 de febrero de 2016, apenas el libro de Birnbaum en la calle.
¿Qué hacer? Por una parte, jamás ceder sobre el imperio de la razón, ni sobre el imperativo de separar lo religioso de lo político; pero, de otra parte, constatar que las fronteras de la razón política no son simples a trazar. En el seno mismo de la izquierda y de la tradición que se reclama de la emancipación, un puñado de pensadores críticos que han llevado a cabo este doble gesto, han mantenido estas dos necesidades. Birnbaum cita, entre otros, a Walter Benjamin, Michel Foucault, Jacques Derrida, Claude Lefort, Regis Debray y yo podría añadir, entre otros, y limitándome a pensadores franceses, a Edgar Morin, Luc Ferry, Comte-Sponville, Alain Touraine… todos de izquierdas y todos no creyentes.
Ninguno de ellos ha considerado que el ejercicio de la política moderna tenía como condición la superación y relegación de lo religioso. Todos tenían conciencia de que para bien distinguir estos dos ámbitos, lo mejor es dar un espacio tanto al uno como al otro. “Es negando su efectiva existencia cuando se corre el riesgo de caer en una violenta indistinción: quien quiera separar lo político y lo teológico debe, de entrada, llevar a cabo un trabajo de vigilante rearticulación” (Birnbaum, pp. 231-232). En efecto, tanto cuando ha habido colusión entre lo religioso y lo político (el estado de cristiandad tantos siglos, las teocracias musulmanas en la actualidad), como cuando se ha propugnado la eliminación de lo religioso de la vida socio-cultural, pretendiendo limitarlo a la esfera de lo exclusivamente privado (en la actualidad en determinado laicismo en España), o en la colusión entre la política y el estado ateo (72 años en la extinta URSS), el conflicto social, tarde o temprano, está garantizado. Un conflicto, a menudo, muy sangriento.
Javier Elzo



[1] En “El País”, 3 de abril 2015
[2] Jean Birnbaum, O. c. p. 23
[3] Jean Birnbaum, O. c. p 23-24.
[4] Publicado en Liberation 16/10/14, luego tres meses antes de la matanza en Charlie Hebdo, y que recoge Birnbaum en la página 59 de su libro
[5] Jacques Derrida y Jürgen Habermas, Le Concept du 11 Septembre, Galilée, 2003, p. 168.
[7] . La traducción es mí y la entresaco de mi libro, “¿Quién manda en la Iglesia? Notas ….”.O. c. p. 165-166. Los subrayados son del autor
[8] . D. Creuzet y J-M Le Gall. “Au péril des guerres des religion”. PUF, 2015, p. 17-18.
[9] Francesc Torralba en el semanario “Vida Nueva”, del 16-22 Abril 2016
[10] En “El País” 01/04/16
[11] Jacques Derrida en “Foi et Savoir”, Seuil, 2000, pp. 45-46. La traducción es mía. El libro está editado en castellano en Argentina pero actualmente descatalogado y prácticamente inencontrable, pese a mis intentos. La citación la traduzco del libro de Birnbaum p. 230.)    
[12] Walter Benjamin, “Sur le concept d´histoire », Œuvres III. Gallimard, coll. Folio Essais, 2000, p. 427, citado por Jean Birnbaum, Un silence religieux, o. c. p. 222.
[13] En http://javierelzo.blogspot.com.es/2016/01/excepcional-dialogo-sobre-dios-entre.html. Está traducido del magnífico libro – dialogo entre Tariq Ramadan y Edgar Morin, “Au péril des idées”, Presses du Chatelet, 2014.
[14] En español publicado por Alianza Editorial, Madrid, 2005, 320 paginas.

domingo, 6 de agosto de 2017

Y, hoy, ¿sigue muerto Dios?

Y, hoy, ¿sigue muerto Dios?

El año 1882, Friedrich Nietzsche, publica “La Gaya ciencia“. En la sección 125 podemos leer su repetida afirmación de que “¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? (…) ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia”.  Con la muerte de Dios, con la ejecución de Dios cabría decir, nace la posibilidad del super hombre nietzchiano, del “hombre aumentado” del actual movimiento transhumanista.

El año 2014, el gran sociólogo vienes, afincado en EEUU, Peter L. Berger, con sus 85 años a cuestas, publica un pequeño gran libro, que reseñaré más abajo. Al inicio refiere el texto de Nietzsche que acabo de citar indicando que “a su juicio, se trataba tanto de una predicción del futuro de la religión como de una declaración del propio rechazo que Nietzsche sentía por ella”. Y, continúa Berger: “el área metropolitana de Boston, donde vivo, tiene más universidades y centros de educación superior por kilómetro cuadrado que ninguna otra parte del mundo. A resultas de ello, encontramos algunas de las pegatinas de coche más curiosas. Vi la siguiente, justo saliendo del patio de Harvard: Querido señor Nietzsche: Usted está muerto. Sinceramente suyo: Dios. Esto se acerca bastante a la realidad empírica de nuestro tiempo”. A renglón seguido escribe Berger que “el mundo contemporáneo, con algunas excepciones, es tan profundamente religioso como en cualquier otro momento de la historia”. Pero, echemos la vista medio siglo atrás.

En la década de los años 60 del siglo pasado vuelve con fuerza la idea de la muerte de Dios, preconizada por Nietzsche. Su influencia, particularmente en Europa fue enorme y, en muchos sitios, como en Euskadi, continua con fuerza en nuestros días.


Las dos excepciones son, según Peter Berger, en primer lugar, Europa Occidental, aunque señala que en muchos países de Europa en realidad es más la desafección hacia las Iglesias oficiales que una secularización en toda regla. La otra excepción, a la que Berger da más consistencia que a la anterior, la refiere así: “existe una sub-cultura internacional, la compuesta por personas que han recibido una educación superior occidental, y en particular en humanidades y en ciencias sociales que, en efecto, se ha secularizado. (…) Aunque sus miembros no son muy numerosos, son muy influyentes y controlan las instituciones que producen las definiciones “oficiales” de la realidad, en el sistema educativo, en los medios de comunicación de masas, y en la cúpula del Estado. Se parecen, de forma llamativa, en el mundo entero, como se ha comprobado desde hace mucho tiempo (aunque, los protagonistas de esta cultura apenas se encuentran en el mundo musulmán). No puedo sino subrayar que lo que observamos aquí es la cultura de una élite globalizada”. Es obvio, a mi juicio, que este diagnóstico de Peter Berger se aplica, rotundamente, también a la cultura vasca actual. Caricaturizando un tanto cabe decir que del “euskaldun fededun” hemos transitado a la “Euskadi atea”.

Pues bien, el año 2014, Berger da un paso más para significar que hay otra realidad empírica omnipresente que “puede estar vinculada o no a la secularización, pero es independiente de ella”. Berger muestra empíricamente y defiende sociológicamente lo que denomina, a lo largo de todo su trabajo, los dos pluralismos en la sociedad actual en el ámbito de lo religioso, (pues, el pluralismo no se limita a ese ámbito, insiste en ello), a saber, la coexistencia de diferentes religiones, por un lado, y la coexistencia de los discursos secular y religioso, por el otro.

Respecto de la coexistencia de los discursos secular y religioso Berger escribe: “sostengo que la teoría de la secularización original estaba equivocada en su premisa fundamental, según la cual la modernidad conduce al declive de la religión. Pero no era tan errónea como sus críticos creían. Sí, el mundo contemporáneo está lleno de religión; pero existe también un discurso secular muy importante que ha llevado a que aquella sea reemplazada por formas de enfrentarse al mundo etsi Deus non daretur (como si Dios no existiera). El individuo moderno puede desarrollar, y en muchas ocasiones ciertamente lo ha hecho, la capacidad de emplear definiciones de la realidad tanto seculares como religiosas, dependiendo de lo que sea directamente pertinente en cada caso. En efecto, es algo obvio: se puede rezar para librarse de una enfermedad, pero se acude al médico. Para Berger nuestra época no lo es tanto de increencia cuánto de duda. Así pues, la gestión de la duda se convierte en una tarea importante, tanto para el creyente como para el no creyente, a poco que la cuestión religiosa tenga alguna relevancia, lo que abarca muchas más personas de lo que “a priori” se piensa. También en Euskadi, aunque, entre nosotros, abunda (basta leer, visionar o escuchar los medios de comunicación) el sentido negativo-despreciativo hacia lo religioso.
 
La lectura de los trabajos de Berger me ha impulsado a escribir un libro, que se publicará después del verano. Pero no escribo esto para hacer publicidad de mi libro sino para estimular la lectura del de Peter Berger, mil codos por encima de lo que yo soy capaz de escribir. Este es su último libro: “Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista” Ediciones Sígueme. Salamanca 2016. 254 p. Si la cuestión religiosa les interesa, sean o no creyentes, léanlo. Es una joya.

Escribo este texto en el recuerdo agradecido de Peter Berger, fallecido el pasado 27 de junio en su domicilio, en Boston, “a un tiro de tranvía del instituto que fundó”, según relata uno de sus afortunados alumnos en EEUU. 


(Texto publicado en DEIA y Noticias de Gipuzkoa el sábado 5 de agosto de 2017)

sábado, 22 de julio de 2017

¿Es la de Schubert la música para la vejez?



¿Es la de Schubert la música para la vejez?

Recuerdo haber leído a Francoise Dolto, ya su vida muy avanzada (como la mía ahora) que no podía con los últimos Cuartetos de Beethoven y que se refugiaba en la música de cámara de Schubert. El recuerdo me ha venido a la cabeza escuchando esta noche su extraordinario Quinteto D956, en la antológica version de Casals, Stern, Tortelier etc., grabado en el Festival de Prades el año 1952 (6,92 € en Amazon). El último movimiento es deliciosamente abismal…con una lucecita al fondo.

Con Dolto en la cabeza mi cerebro viaja a Beethoven. Algunas de sus últimas obras son abismales. Pero, sin lucecita. Pienso en la Gran Fuga, el adagio del Hammerklavier, el primer movimiento de la 9ª Sinfonía, con ese arranque de Furtwängler en la reinauguración del Festival de Baureuth el año 1951. Incluso el cuarteto nº 14, opus 131 (que sirvió de base musical para una conmovedora película, “El último concierto”), quizás el más bello de todos sus cuartetos. Músicas que no se puede escuchar “de fondo” porque inquietan, interpelan, incluso acongojan. Es cierto que tampoco se puede escuchar de fondo el Quinteto D 956 o sus tres últimas piezas para piano D.946, sobre todo la segunda. Pero no te acongojan. Son como dardos que te clavan en la butaca, ante su intimidad, su belleza, como la de la sonrisa, o más aún, la mirada de una chica que te hipnotiza, ante lo que solamente eres capaz de expresar ¡cómo se puede ser tan bella, tan bonita! De Beethoven se puede decir eso de su sinfonía pastoral (salvo la tormenta), en la fugaz melodía del tercer movimiento de la 9ª, etc., etc. En Schubert es casi una constante, aunque el segundo movimiento de la Incompleta se la trae, asi como algún que otro líder.


Pero creo que tiene razón Dolto: a la vejez le va mejor Schubert que Beethoven…aunque yo no pienso renunciar, por ahora al menos, a su música. Últimos cuartetos incluidos.

domingo, 16 de julio de 2017

Regreso a Berlin 2. Del eterno retorno de los fascismos

“Regreso a Berlín 2”.  DEl eterno retorno de los fascismos
Los sábados suelo leer los suplementos literarios de ABC, El País y La Vanguardia. Los jueves el de “Le Monde”. También los de algunas revistas especializadas. Llegado ya a una edad avanzada, con ya poco tiempo por delante, y con fuerte apetito de lectura, la selección se impone. De ahí mi creciente interés por los suplementos literarios. Con los años acabas conociendo a los críticos y te fías más de unos que de otros. Aunque te puedes llevar chascos. Personalmente, desde hace años, particularmente en las novelas, si a la página 30 no estoy enganchado, irremisiblemente dejo el libro. Aunque también me suele suceder que lo deje a la mitad, arrastrado por una buena entrada y por la ilusión de que se trate de una flojera narrativa pasajera. Aunque también lo puedo dejar por alguna otra razón que indicaré más adelante. Todo esto para decirles que el libro que va a ocupar este artículo de hoy lo compré tras leer una crítica elogiosísima de Guelbenzu (El País 17/04/17) que corroboré, como hago habitualmente, con la lectura de otras recensiones en Internet.

El libro lleva por título “Regreso a Berlin”, su autora es Verna B. Carleton, está editado por Periférica & Errata Naturae, 2017. 408 páginas. 21,50 euros. El original se editó, el año 1959 y ahora vuelve a ser reeditado y traducido. La autora, periodista, hija de un alemán casado con una inglesa, animó y acompañó, el año 1957, a una amiga exiliada del nazismo a realizar un viaje a Alemania a reencontrar su familia y sus amistades en su país pos-Hitler. Para ambas era volver a sus orígenes. La novela, con nombres y personajes ficticios, viene a narrar esa experiencia. Pero me lleva a traerla aquí, no solamente porque es una excelente novela (no de las de leer en la playa), sino por porque aborda cuestiones que, a la postre, solamente la buena literatura puede tratar con la hondura y penetración que ningún ensayo, por muy documentado que esté, puede lograr. Pero, atención, no estamos ante una novela de las de leer en la playa o en el autobús. Si son capaces de llegar al final, sepan que, en algunos momentos, tendrán que agarrarse al sillón y, de vez en cuando, levantar la vista del libro, darse una vuelta por su casa y tomarse un trago. Y pensar. Lo que es un lujo que, a la postre, agradecerán.

La trama. Eric, que vive en EEUU, es un alemán, de familia judía muy acomodada y de alto nivel cultural, que tuvo que escapar del nazismo. Se casa con una británica y acompañada por una periodista (como en la realidad) viaja a la Alemania que dejó. Eric se siente antinazi compulso hasta el punto de no querer expresarse en alemán y hacerlo siempre en inglés. Descubre Eric la Alemania derruida, que tan bien describe Rossellini en “Alemania año cero”. En el primer y extraordinario encuentro familiar, se topa con una tía suya, Rosie, casada con un alto miembro nazi, que nada hizo, según cree Eric, por salvar a su padre, que, efectivamente murió en una cárcel nazi. Tiene razón Guelbenzu cuando escribe en su recensión que “en las siguientes 20 páginas llega una escena portentosa, soberbia, un increíble cambio dramático”, y que “hará de la tía Rosie el personaje más memorable de la novela”. Son cinco páginas que no entran en este artículo. http://javierelzo.blogspot.com.es/2017/07/el-intento-de-suicidio-de-rosie-en-la.html. Como personas individuales creo que tiene razón Guelbenzu, pero, a mi juicio, el personaje más memorable de la novela es la gente de Berlín, la vida en Berlín. El personaje central de la novela es Berlín, Berlín doce años después de la caída del Reich donde han de convivir los alemanes, separados por los sectores oriental y occidental, antes de la construcción del muro, donde han de convivir todos los alemanes, estuvieran donde dónde estuviesen en el periodo nazi. Pero, la fractura central, la que perdura doce años después de la caída de Hitler, no será tanto qué hicieron durante el nazismo, sino donde están en ese momento, en 1957, en el lado oriental o en el occidental. Las descripciones de los pasos, más o menos vivibles de una zona a la otra, en Postdamer Platz y en el Zoo, son extraordinarias.

No es una novela de buenos y malos, aunque no se oculte en absoluto la maldad del régimen nazi. Tampoco, en primera lectura, con quienes se alinearon durante el nazismo unos y otros. Así la agudeza y sensibilidad de la autora es tal que descubrimos, en los “buenos” como Eric, que hubo de huir del nazismo, cobardías que supusieron que otros cayeran en manos de la Gestapo; y en otros, en los “malos” como un alto miembro del nazismo, el marido de Rosie, por ejemplo, reconocer su tremendo error y antes de suicidarse ayudar a los judíos que pudo en su propia casa. Es la complejidad humana en el seno de una población, llevada a una situación límite por unos pocos demagogos. También descubrimos la vergüenza sin fin de quien delató a una vecina al nazismo, por judía, y que, como nos dice Jonathan Littel en “Las Benévolas” (la mejor novela que he leído en lo que llevamos de siglo, todavía más dura que la que ahora aquí comento, éxito editorial en Francia y que en España pasó sin pena ni gloria) la perseguirá hasta el final de sus días.

Quiero detenerme en dos cuestiones que aparecen en un momento extraordinario de la novela. Cuando entierran al marido de Rosie, alto dignatario nazi que se suicidó, Rosie decide suicidarse, a su vez. Al final no lo hace, pero el relato de lo sucedido es memorable. Tanto que lo he subido a mi blog. Son cinco páginas que no entran en este artículo. Pero de ellas he retenido dos temas que traslado brevemente: el fracaso de los cristianos en el nazismo, y la situación de los alemanes nazis el año 1957.

Fracaso y vergüenza de los cristianos. “Sí Alemania se hubiera guiado por sus principios cristianos habría sido imposible encontrar gente para dirigir los campos de concentración, para ejecutar asesinatos en masa, para destruir la mayor parte de Europa…. y a sí mismos”. (….) “Nosotros, los cristianos, somos responsables de lo que ocurrió, porque el régimen nazi constituyó el mayor fracaso de la historia de la cristiandad – exclamó Sosie, alzando una voz furiosa -. Si los líderes de la Iglesia se hubieran alzado heroicamente a la primera amenaza, si la Iglesia Católica en la que nació Hitler lo hubiera excomulgado y desafiado a su régimen desde el primer día, entonces los alemanes podrían haber salvado sus almas. Hoy es demasiado tarde. Todo alemán adulto debe asumir su culpa.  Solo los muy jóvenes pueden levantar la cabeza sin vergüenza”.

¿Dónde estaban los nazis el año 1957? “¿Quería Eric la verdad? Entonces debía escuchar lo peor. Habían hecho faltan millares (cientos de millares, según algunos), para formar los SS y las SA, para dirigir los campos de concentración y todas las fuerzas de represión en los países ocupados. Y eso, si hablábamos solo de nazis fanáticos, no de la gente inocente que se vio arrastrada”. (…)

“¿Dónde se imagina el mundo entero que se han ido esos fanáticos?  -  inquirió Rosie -.  No se han esfumado. Se hallan en toda Alemania, en ambas zonas, trabajando pacíficamente sin la menor sensación de culpa por lo que hicieron en el pasado. Te dirán que sólo obedecían órdenes de sus superiores. Es gente sin rastro de conciencia ni de alma, gente que puede encender el gas que asesina a millones de personas y después decir: “Estás manos no son mías. Soy una herramienta. Un cero”, y un cero no puede sentir culpa, ¿no es así?” (…)

Es claro - exclamó Käthe -. La gente de fuera que siempre anda diciendo que el fascismo ha muerto en Alemania está loca de atar. Nosotros, los que vivimos aquí, nos vemos rodeados constantemente por terribles recordatorios de que el pasado no es el pasado. Sigue siendo el presente. (…) Nadie sería lo bastante imbécil como para revivir a los nazis en cuanto partido o fuerza política. Sin embargo, hay millones de personas en Alemania hoy en día que no pueden decirlo abiertamente, aunque en lo más profundo de su corazón recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”. Por favor, retengan esta última frase: muchos alemanes “recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”.


Recuerden, el libro se escribió en 1957. Hace sesenta años. En la actualidad, el nazismo sigue en pie. Y no solamente el nazismo hitleriano. Es el eterno retorno de los fascismos (Rob Riemen). De los totalitarismos. De las dictaduras. De izquierdas y de derechas. También entre nosotros

sábado, 15 de julio de 2017

“Regreso a Berlín”. Mucho más que una gran novela

“Regreso a Berlín”. Mucho más que una gran novela
Los sábados suelo leer los suplementos literarios de ABC, El País y La Vanguardia. Los jueves el de “Le Monde”. También los de algunas revistas especializadas. Llegado ya a una edad avanzada, con ya poco tiempo por delante, y con fuerte apetito de lectura, la selección se impone. De ahí mi creciente interés por los suplementos literarios. Con los años acabas conociendo a los críticos y te fías más de unos que de otros. Aunque te puedes llevar chascos. Personalmente, desde hace años, particularmente en las novelas, si a la página 30 no estoy enganchado, irremisiblemente dejo el libro. Aunque también me suele suceder que lo deje a la mitad, arrastrado por una buena entrada y por la ilusión de que se trate de una flojera narrativa pasajera. Aunque también lo puedo dejar por alguna otra razón que indicaré más adelante. Todo esto para decirles que el libro que va a ocupar este artículo de hoy lo compré tras leer una crítica elogiosísima de Guelbenzu (El País 17/04/17) que corroboré, como hago habitualmente, con la lectura de otras recensiones en Internet.

El libro lleva por título “Regreso a Berlin”, su autora es Verna B. Carleton, está editado por Periférica & Errata Naturae, 2017. 408 páginas. 21,50 euros. El original se editó, el año 1959 y ahora vuelve a ser reeditado y traducido. La autora, periodista, hija de un alemán casado con una inglesa, animó y acompañó, el año 1957, a una amiga exiliada del nazismo a realizar un viaje a Alemania a reencontrar su familia y sus amistades en su país pos-Hitler. Para ambas era volver a sus orígenes. La novela, con nombres y personajes ficticios, viene a narrar esa experiencia. Pero me lleva a traerla aquí, no solamente porque es una excelente novela (no de las de leer en la playa), sino por porque aborda cuestiones que, a la postre, solamente la buena literatura puede tratar con la hondura y penetración que ningún ensayo, por muy documentado que esté, puede lograr. Pero, atención, no estamos ante una novela de las de leer en la playa o en el autobús. Si son capaces de llegar al final, sepan que, en algunos momentos, tendrán que agarrarse al sillón y, de vez en cuando, levantar la vista del libro, darse una vuelta por su casa y tomarse un trago. Y pensar. Lo que es un lujo que, a la postre, agradecerán.

La trama. Eric, que vive en EEUU, es un alemán, de familia judía muy acomodada y de alto nivel cultural, que tuvo que escapar del nazismo. Se casa con una británica y acompañada por una periodista (como en la realidad) viaja a la Alemania que dejó. Eric se siente antinazi compulso hasta el punto de no querer expresarse en alemán y hacerlo siempre en inglés. Descubre Eric la Alemania derruida, que tan bien describe Rossellini en “Alemania año cero”. En el primer y extraordinario encuentro familiar, se topa con una tía suya, Rosie, casada con un alto miembro nazi, que nada hizo, según cree Eric, por salvar a su padre, que, efectivamente murió en una cárcel nazi. Tiene razón Guelbenzu cuando escribe en su recensión que “en las siguientes 20 páginas llega una escena portentosa, soberbia, un increíble cambio dramático”, y que “hará de la tía Rosie el personaje más memorable de la novela”. Son cinco páginas que no entran en este artículo. http://javierelzo.blogspot.com.es/2017/07/el-intento-de-suicidio-de-rosie-en-la.html. Como personas individuales creo que tiene razón Guelbenzu, pero, a mi juicio, el personaje más memorable de la novela es la gente de Berlín, la vida en Berlín. El personaje central de la novela es Berlín, Berlín doce años después de la caída del Reich donde han de convivir los alemanes, separados por los sectores oriental y occidental, antes de la construcción del muro, donde han de convivir todos los alemanes, estuvieran donde dónde estuviesen en el periodo nazi. Pero, la fractura central, la que perdura doce años después de la caída de Hitler, no será tanto qué hicieron durante el nazismo, sino donde están en ese momento, en 1957, en el lado oriental o en el occidental. Las descripciones de los pasos, más o menos vivibles de una zona a la otra, en Postdamer Platz y en el Zoo, son extraordinarias.

No es una novela de buenos y malos, aunque no se oculte en absoluto la maldad del régimen nazi. Tampoco, en primera lectura, con quienes se alinearon durante el nazismo unos y otros. Así la agudeza y sensibilidad de la autora es tal que descubrimos, en los “buenos” como Eric, que hubo de huir del nazismo, cobardías que supusieron que otros cayeran en manos de la Gestapo; y en otros, en los “malos” como un alto miembro del nazismo, el marido de Rosie, por ejemplo, reconocer su tremendo error y antes de suicidarse ayudar a los judíos que pudo en su propia casa. Es la complejidad humana en el seno de una población, llevada a una situación límite por unos pocos demagogos. También descubrimos la vergüenza sin fin de quien delató a una vecina al nazismo, por judía, y que, como nos dice Jonathan Littel en “Las Benévolas” (la mejor novela que he leído en lo que llevamos de siglo, todavía más dura que la que ahora aquí comento, éxito editorial en Francia y que en España pasó sin pena ni gloria) la perseguirá hasta el final de sus días.

Quiero detenerme en dos cuestiones que aparecen en un momento extraordinario de la novela. Cuando entierran al marido de Rosie, alto dignatario nazi que se suicidó, Rosie decide suicidarse, a su vez. Al final no lo hace, pero el relato de lo sucedido es memorable. Tanto que lo he subido a mi blog. Son cinco páginas que no entran en este artículo. Pero de ellas he retenido dos temas que traslado brevemente: el fracaso de los cristianos en el nazismo, y la situación de los alemanes nazis el año 1957.

Fracaso y vergüenza de los cristianos. “Sí Alemania se hubiera guiado por sus principios cristianos habría sido imposible encontrar gente para dirigir los campos de concentración, para ejecutar asesinatos en masa, para destruir la mayor parte de Europa…. y a sí mismos”. (….) “Nosotros, los cristianos, somos responsables de lo que ocurrió, porque el régimen nazi constituyó el mayor fracaso de la historia de la cristiandad – exclamó Sosie, alzando una voz furiosa -. Si los líderes de la Iglesia se hubieran alzado heroicamente a la primera amenaza, si la Iglesia Católica en la que nació Hitler lo hubiera excomulgado y desafiado a su régimen desde el primer día, entonces los alemanes podrían haber salvado sus almas. Hoy es demasiado tarde. Todo alemán adulto debe asumir su culpa.  Solo los muy jóvenes pueden levantar la cabeza sin vergüenza”.

¿Dónde estaban los nazis el año 1957? “¿Quería Eric la verdad? Entonces debía escuchar lo peor. Habían hecho faltan millares (cientos de millares, según algunos), para formar los SS y las SA, para dirigir los campos de concentración y todas las fuerzas de represión en los países ocupados. Y eso, si hablábamos solo de nazis fanáticos, no de la gente inocente que se vio arrastrada”. (…)

“¿Dónde se imagina el mundo entero que se han ido esos fanáticos?  -  inquirió Rosie -.  No se han esfumado. Se hallan en toda Alemania, en ambas zonas, trabajando pacíficamente sin la menor sensación de culpa por lo que hicieron en el pasado. Te dirán que sólo obedecían órdenes de sus superiores. Es gente sin rastro de conciencia ni de alma, gente que puede encender el gas que asesina a millones de personas y después decir: “Estás manos no son mías. Soy una herramienta. Un cero”, y un cero no puede sentir culpa, ¿no es así?” (…)

Es claro - exclamó Käthe -. La gente de fuera que siempre anda diciendo que el fascismo ha muerto en Alemania está loca de atar. Nosotros, los que vivimos aquí, nos vemos rodeados constantemente por terribles recordatorios de que el pasado no es el pasado. Sigue siendo el presente. (…) Nadie sería lo bastante imbécil como para revivir a los nazis en cuanto partido o fuerza política. Sin embargo, hay millones de personas en Alemania hoy en día que no pueden decirlo abiertamente, aunque en lo más profundo de su corazón recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”. Por favor, retengan esta última frase: muchos alemanes “recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado”.


Recuerden, el libro se escribió en 1957. Hace sesenta años. En la actualidad, el nazismo sigue en pie. Y no solamente el nazismo hitleriano. Es el eterno retorno de los fascismos. De los totalitarismos. De las dictaduras. De izquierdas y de derechas. También entre nosotros

miércoles, 12 de julio de 2017

El intento de suicidio de Rosie, en la Alemania nazi

El intento de suicidio de Rosie, en la Alemania nazi

Rosie, es uno de los personajes clave de una extraordinaria novela, “Regreso a Berlín” escrita por Verna B. Carleton, sobre la que he escrito un artículo que me publican en algunos medios del Grupo Noticias el sábado 14 de julio de 2017, donde referencio esta entrada en mi blog

Rosie es la tía de Eric, el alemán que huyo del nazismo y vuelve a Alemania en 1957 a encontrarse con su pasado. Rosie estaba casada con Friedrich, un alto miembro del nazismo, aunque cuando se dio cuenta de lo que era, se suicidó. Tras sepultarlo, Rosie narra para los suyos, Eric, y la medio hermana de este, Käthe, así como a la mujer de Eric y a otra persona que le acompaña en el viaje (y que hace el papel de narradora), lo que hizo después de enterrar a su marido. Comienza diciendo, pensando en su marido, que “no hay mayor tragedia en la vida que resultar sospechoso en todos los bandos”. Y continua así la narración en las páginas 239- 246 del libro que reproduzco con unos pocos cortes.

“ Así pues, los dejó a todos allí en el cementerio tras rechazar los ofrecimientos de llevarla la casa; comenzó a caminar sola, su último paseo, en dirección a la casa de Charlottenburg donde había nacido. Aquella maravilla de mansión, quería mirarla por última vez, llevarse consigo a la eternidad algún recuerdo de una felicidad efímera, de la niñez ya oscurecida por el dolor adulto, de su hermana y de su hermano, ambos muertos; todo se había esfumado, su madre a quien adoraba, el padre odiado…

(….)

“Lo haré en algún parque desierto, por la noche, y cuando me encuentren por la mañana dirán que la viuda se ha matado de pena” se dijo al final, cuando desapareció el crepúsculo y la obscuridad se abatió sobre la ciudad. Llevaba en el bolso la misma pistola que Friedrich había usado para dispararse; se la habían dado aún con las huellas dactilares, por miedo a que albergase dudas. ¡Dudas! Como si no hubiera sabido lo cerca que se hallaba Friedrich del suicidio en las últimas semanas, ella, que había contemplado aterrorizada como el hombre al que una vez había amado se desintegraba ante sus ojos hasta convertirse en una criatura llorosa y asustada; usó su último reducto de dignidad para liberarse de las garras de unos hombres que, según acabó por comprender, resultaban ser unos criminales y no los salvadores de la patria.


Era de noche, hacía mucho frio, repitió, y ella iba en busca de algún parquecillo; pronto se extravió, las calles se le antojaban extrañas, parecían llevar a algún lugar sin fin. De repente, cuando la fatiga la aplastaba, vio una pequeña iglesia, con la puerta abierta. Entró para descansar un momento, ella, que no se había acercado a una iglesia desde el día de su boda. Sentada en uno de los bancos traseros, con una lucecita encendida sobre el altar, mientras lo único que se oía en medio de la oscuridad era su respiración, advirtió, con completa aceptación, que aquélla era la iglesia luterana de ladrillo rojo en la que la habían bautizado de pequeña, la Iglesia que distaba sólo una manzana de su casa de Charlottenburg; llevaba quizá horas caminando en círculos alrededor de la casa y algo la había llevado a aquel lugar. Estaba demasiado desfallecida para moverse. Se limitó a sentarse allí y perder toda noción del tiempo, de la ciudad exterior, de por qué había acudido allí en plena noche.

Y mientras estaba allí sentada ocurrió – dijo Rosie con voz queda -. La vida había acabado para mí. Estaba muerta. Y al momento siguiente levante la vista y, de repente, con un gran destello dorado y deslumbrante, la vida me inundó de nuevo, y con ella, la certeza de que no estaba sola, de que algo más fuerte que yo, más fuerte que la humanidad mortal, había extendido la mano para levantarme.

Sintió como toda la fe que sentía de pequeña volvía a ella, pero tan renovada y profunda que era como si se estuviese convirtiendo en otra persona, en una extraña dentro de su propia piel. En aquel momento de iluminación, de completa claridad, vio que Alemania había perdido la guerra, y supo que la esperaban el terror y el hambre, pero también que tenía que seguir viviendo, que Dios quería su vida por alguna razón y que si se confiaba en él por completo sería capaz de seguir, de hacer el bien y de salvarse a sí misma y los demás. Cuando, mucho más tarde, Rosie volvió por fin a casa, temió que aquel destello interior desapareciera, que al llegar la mañana todo fuera de nuevo gris y absurdo.

Pero nunca se fue-  dijo en voz queda. Me ha protegido todo el tiempo.  Trajo de regresa a Käthe (la medio hermana de Eric que había huido a Paris). Y no es un accidente que tú, Eric, a pesar de haber afirmado que no volverías, hayas vuelto. Yo sabía que lo harías.
Ojalá Alemania - dijo Eric tras un momento - contase con más cristianos como tú.  Entonces quizá las iglesias podrían haber detenido a Hitler desde el principio.  Pero lo cierto es…

Que fracasaron total y absolutamente, -  hijo mío -. Lo sé. Cuando viene el pastor Schaffman a tomar café conmigo, a veces nos sentamos aquí y no hablamos de otra cosa. Desde la guerra, la gente vuelve a agolparse en las iglesias y vota a los democristianos, para apaciguar el dolor de su corazón. Pero no profesan la religión más allá de los labios. Saben que fracasaron en la mayor crisis de Alemania.

Sí, prosiguió con la voz tensa por el desdén, si los alemanes poseyesen de verás algo de juicio moral sano, algo de gentileza o compasión, ¿habrían seguido a un líder que solo predicaba odio?. Sí Alemania se hubiera guiado por sus principios cristianos habría sido imposible encontrar gente para dirigir los campos de concentración, para ejecutar asesinatos en masa, para destruir la mayor parte de Europa…. y a sí mismos.

Nosotros... Nosotros, los cristianos, somos responsables de lo que ocurrió, porque el régimen nazi constituyó el mayor fracaso de la historia de la cristiandad – exclamó Sosie, alzando una voz furiosa -. Si los líderes de la Iglesia se hubieran alzado heroicamente a la primera amenaza, si la Iglesia Católica en la que nació Hitler lo hubiera excomulgado y desafiado a su régimen desde el primer día, entonces los alemanes podrían haber salvado sus almas. Hoy es demasiado tarde. Todo alemán adulto debe asumir su culpa.  Solo los muy jóvenes pueden levantar la cabeza sin vergüenza.

¿Existía ese sentido profundo de culpa en los alemanes? se preguntó Eric a continuación. Era muy difícil de distinguir.

Mi querido muchacho, le replica Sosie, la gente que se siente culpable es como nosotros: almas decentes y honestas que lloran porque no pudieron impedir lo ocurrido, no porque ellos lo causaran.

¿Y de que servían la culpa y las lágrimas, preguntó, cuando la verdad era aún más terrible? ¿Quería Eric la verdad? Entonces debía escuchar lo peor. Habían hecho faltan millares (cientos de millares, según algunos), para formar los SS y las SA, para dirigir los campos de concentración y todas las fuerzas de represión en los países ocupados. Y eso, si hablábamos solo de nazis fanáticos, no de la gente inocente que se vio arrastrada.

¿Dónde se imagina el mundo entero que se han ido esos fanáticos?  -  inquirió -.  No se han esfumado. Se hallan en toda Alemania, en ambas zonas, trabajando pacíficamente sin la menor sensación de culpa por lo que hicieron en el pasado. Te dirán que sólo obedecían órdenes de sus superiores. Es gente sin rastro de conciencia ni de alma, gente que puede encender el gas que asesina a millones de personas y después decir: “Estás manos no son mías. Soy una herramienta. Un cero”, y un cero no puede sentir culpa, ¿no es así?

Eric sacudió la cabeza, cansado. Pero todos tenemos la culpa: los que hicieron esas cosas y el resto del mundo, que permitió que se perpetrasen crímenes así. Y míranos ahora. Todo el mundo habla de los “exnazis” como si le diese miedo ofenderlos.

Es claro - exclamó Käthe -. Porque ya no poseen un partido. No lo necesitan. Les conviene más seguir siendo nazis convencidos y trabajar en otros partidos como hacían al principio. La gente de fuera que siempre anda diciendo que el fascismo ha muerto en Alemania está loca de atar. Nosotros, los que vivimos aquí, nos vemos rodeados constantemente por terribles recordatorios de que el pasado no es el pasado. Sigue siendo el presente.

Lo sé, puedo sentirlo res, respondió Eric. (…..) No hace falta que me convenzáis - dijo con voz llena de cansancio y frialdad -. Yo soy el que va diciéndole a la gente que Alemania sigue saturada de nazis.

El nombre está muerto y enterrado, lo que viene a ser la etiqueta. Nadie sería lo bastante imbécil como para revivir a los nazis en cuanto partido o fuerza política. Sin embargo, hay millones de personas en Alemania hoy en día que no pueden decirlo abiertamente, aunque en lo más profundo de su corazón recuerdan la época nazi como el periodo más fantástico. Solo sienten haber perdido la guerra, no haberla empezado.

Käthe se detuvo para contemplar el rostro de Eric, el trémulo juego de llamas y sombras sobre la carne pálida.

Como ves-  concluyó por él -  las cosas son peores de lo que te imaginabas

No, - respondió-. Si servía de consuelo, y en aquella época uno tenía que encontrar consuelo en los hechos más variopintos, él había sabido a qué atenerse en su viaje a Berlín.  Lo único que le dolía, confesó Eric, es que no veía salida ni solución, ni esperanza alguna para una humanidad que repetía los mismos errores, los mismos deslices, generación tras generación.

¿De qué nos sirvió arriesgar la vida cuando éramos jóvenes? – exclamó-. ¿Qué conseguimos? ¿Qué bien le reporto a mi padre morir de modo tan heroico en la cárcel?

Querido muchacho, eres demasiado viejo para preguntas tan fútiles. - la voz de la tía Rosie atravesó la penumbra, estentórea y reconfortante-. En esta vida hacemos lo que debemos hacer, según nos dicta nuestra conciencia individual. Tu padre escogió su muerte y al hacerlo creció espiritualmente. ¿Qué más se puede pedir?”


(Y a partir de aquí, en la novela, Eric lee en voz alta, fragmentos de lo que su padre pudo escribir y, corrompiendo a sus guardianes, sacar de la cárcel, antes de que muriera en su celda).

sábado, 8 de julio de 2017

Ha muerto Peter L. Berger

Ha muerto Peter L. Berger

En el recuerdo del inmenso Peter Berger, fallecido el pasado 27 de Junio en su domicilio en Boston, “a un tiro de tranvía del instituto que fundó” (Sergio Vila-Sanjuán en La Vanguardia Cultura/s del 8 de Julio de 2017)

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Algunas notas sobre Peter Berger en el arranque del primer capítulo de mi nuevo libro “Morir para renacer” (subtítulo provisional, “Otra Iglesia en la era secular, global y plural”) que publicará San Pablo después del verano

Introducción: de la muerte de Dios a los múltiples altares de la modernidad

El año 1882, Friedrich Nietzsche, publica su obra “La Gaya Ciencia “, en cuya sección 125 escribe su repetida afirmación de que ¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado!, para añadir, tres líneas después que “no hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia”. Con la muerte de Dios, con la ejecución de Dios cabría decir, nace la posibilidad del super hombre. Vale la pena, aun recortado, traer aquí el texto de Nietzsche.

(….)

El año 2014, el gran sociólogo vienes, afincado desde los tiempos del nazismo en EEUU, Peter L. Berger, con sus 85 años a cuestas, publica un pequeño gran libro, que, en su traducción al castellano, he leído con fruición y que me acompañara en gran parte de los dos primeros capítulos del presente libro[1]. Peter Berger, en un momento de su publicación se refiere al texto de Nietzsche que hemos mostrado líneas arriba indicando que “a su juicio se trataba tanto de una predicción del futuro de la religión como de una declaración del propio rechazo que Nietzsche sentía por ella”. Y, continúa Berger: “el área metropolitana de Boston, donde vivo, tiene más universidades y centros de educación superior por kilómetro cuadrado que ninguna otra parte del mundo. A resultas de ello, encontramos algunas de las pegatinas de coche más curiosas. Vi la siguiente, justo saliendo del patio de Harvard: Querido señor Nietzsche: Usted está muerto. Sinceramente suyo: Dios. Esto se acerca bastante a la realidad empírica de nuestro tiempo”. A renglón seguido escribe Berger que “el mundo contemporáneo, con algunas excepciones, es tan profundamente religioso como en cualquier otro momento de la historia”[2]. Pero, echemos la vista medio siglo atrás.

En la década de los años 60 del siglo pasado vuelve con fuerza la idea de la muerte de Dios, preconizada por Nietzsche, en el ámbito de la sociología de la religión. Su influencia, particularmente en Europa (una de las excepciones de Berger, a las que volveremos, en su texto de 2014, arriba citado), fue enorme y, en muchos sitios, España sin ir más lejos, continua en nuestros días. Señalemos unos pocos títulos publicados aquellos años. Gabriel Vahanian, “La muerte de Dios en 1961”, A. T. Robinson “Sincero para con Dios” el año 1963, Harvey Cox el año 1965 “La Ciudad secular”. 

(…)

El fenómeno de la secularización

(….)

Las aportaciones de Peter L. Berger en la sociología de la secularización.


Las dos excepciones son, según Peter Berger, en primer lugar, Europa Occidental, aunque señala que en muchos países de Europa en realidad es más la desafección hacia las Iglesias oficiales que una secularización en toda regla, pues diferentes indicadores muestran la fuerza de la presencia de la religiosidad, cristiana mayoritariamente, en la población. Los cristianos conformaban el grupo religioso más numeroso del mundo en 2015, constituyendo casi un tercio (31%, 2.300 millones de personas) de los 7.300 millones de habitantes de la Tierra. Los musulmanes, el segundo lugar, con 1.800 millones de personas, es decir, el 24% de la población mundial, seguidos de religiosos "nones" (como los denomina Pew Research Center), incluyendo bajo ese término a los ateos, agnósticos y a quienes no se posicionan en religión alguna. Lo cifran en 1.200 millones de personas, el 16% de la población mundial.

(…)

La otra excepción esgrimida por Peter Berger, y a la que da incluso más consistencia que a la anterior la refiere así: “existe una sub-cultura internacional, la compuesta por personas que han recibido una educación superior occidental, y en particular en humanidades y en ciencias sociales que, en efecto, se ha secularizado. Esta sub cultura es el principal vector de las creencias y de los valores progresistas heredados del Siglo de las Luces. Aunque sus miembros no son muy numerosos, son muy influyentes y controlan las instituciones que producen las definiciones “oficiales” de la realidad, en el sistema educativo, en los medios de comunicación de masas, y en la cúpula del Estado. Se parecen, de forma llamativa, en el mundo entero, como se ha comprobado desde hace mucho tiempo (aunque, los protagonistas de esta cultura apenas se encuentran en el mundo musulmán). No soy capaz de explicar la razón por la que aquellos que han recibido este tipo de educación son tan accesibles a la secularización. No puedo sino subrayar que lo que observamos aquí es la cultura de una élite globalizada[5].

Pues he aquí que llega a mis manos el otro trabajo de Peter Berger que ya he señalado en la introducción de este libro y en las primeras páginas de este capítulo[6]. Berger, parte de sus trabajos anteriores, cita el de 1999 cuya tesis central resumo arriba, y sin desdecirse completamente de sus tesis anteriores, da un paso atrás para señalar que muchas de las tesis de la secularización eran más válidas de lo que él mismo daba a entender en 1999, y da un paso adelante para significar que hay que añadir otro concepto, otra realidad empírica omnipresente que “puede estar vinculada o no a la secularización, pero es independiente de ella” (p.10-11). Se refiere al pluralismo reinante en la modernidad. Afirma que “el pluralismo constituye el gran desafío al que se enfrenta en nuestros días cualquier tradición y comunidad religiosa” (p.41) Berger muestra empíricamente y defiende sociológicamente lo que denomina, a lo largo de todo su trabajo, los dos pluralismos en la sociedad actual en el ámbito de lo religioso, (aunque, el pluralismo no se limita a ese ámbito, insiste en ello), a saber, la coexistencia de diferentes religiones, por un lado, y la coexistencia de los discursos secular y religioso, por el otro.

Respecto de la coexistencia de los discursos secular y religioso, ya muy avanzado el texto, Berger escribe: “sostengo que la teoría de la secularización original estaba equivocada en su premisa fundamental, según la cual la modernidad conduce al declive de la religión. Pero no era tan errónea como sus críticos creían. Sí, el mundo contemporáneo está lleno de religión; pero existe también un discurso secular muy importante que ha llevado a que aquella sea reemplazada por formas de enfrentarse al mundo etsi Deus non daretur (como si Dios no existiera). El individuo moderno puede desarrollar, y en muchas ocasiones ciertamente lo ha hecho, la capacidad de emplear definiciones de la realidad tanto seculares como religiosas, dependiendo de lo que sea directamente pertinente para el caso en cuestión. El tema de la religión y la enfermedad es un ejemplo destacado al respecto”[7]. En efecto, es algo obvio: se puede rezar para librarse de una enfermedad, pero se acude al médico. Para Berger nuestra época no lo es tanto de increencia cuánto de duda. Así pues, la gestión de la duda se convierte en una tarea importante, tanto para el creyente individual como para la institución religiosa.

En este orden de cosas, no me resisto a trasladar aquí una reflexión de un delicioso y profundo libro-diálogo con Charles Taylor, cuya lectura me ha aportado mucho más de lo que doy a entender en esta publicación. Taylor tras criticar (comentando a Merleau-Ponty y a Hölderlin) la aprehensión del mundo a través del reduccionismo de la razón a la sola racionalidad científico-técnica, apunta, citando a Dostoievsky, “que el ateísmo puede conducir a dos escollos morales: el nihilismo disfrazado de hiperliberalismo, y la codificación ética en una lógica totalitaria”. Aunque, admite a renglón seguido, que, particularmente el segundo escollo, no es extranjero a determinadas posturas religiosas, concluye afirmando que “personalmente cree que un cristianismo auténtico es justamente un antídoto a estos dos escollos”[8].

No otra cosa defiende Peter Berger quién, tras confesarse “luterano muy liberal a nivel teológico” (p.46), concluye su texto, que reproduciré en extenso, más adelante en este libro, con estas frases: “Pascal describió la condición humana como aquella que está en algún punto entre ´la nada y el infinito´ (le neant et l´infini). Esta condición se halla envuelta en el misterio. Los seres humanos se han interrogado sobre este misterio a lo largo de la historia. Y la religión ha sido el principal vehículo para manifestar este asombro (…) Esta libertad pone un límite al poder del Estado; es un derecho fundamental que precede y prevalece sobre la democracia o sobre cualquier otra forma de gobierno. No precisa de una justificación instrumental. Si, tal como sucede, la libertad religiosa también resulta útil a nivel político, puede considerarse un beneficio por el que dar gracias”[9].

Pero ahí no concluye el libro, en excelente edición y traducción. En apretadas “Tres Respuestas”, los sociólogos profesores Nancy Ammerman (EEUU), Detlef Pollack (Alemania) y Fenggang (China) comentan y critican el texto de Berger. Sus aportaciones, de gran relevancia, enriquecen aún más el interés de esta publicación y nos detendremos en ellas, en el presente libro, particularmente en su 2º capítulo. Abordemos ahora la cuestión de la duda en la fe religiosa.




[1] Peter L. Berger. “Los numerosos altares de la modernidad. O. c.
[2] Peter Berger, “Los números altares de la modernidad…”. O. c. p. 50-51. 
[4] Peter Berger (di). “Le réenchantent du monde”, Bayard, Paris 2001, p.15.
[5] Peter Berger, “Le réenchantent du monde”, O, c, p.26
[6] Peter Berger, “Los numerosos altares de la modernidad…”. O. c. 
[7] Peter Berger, “Los numerosos altares de la modernidad…”. O. c. p.114.  
[8] Charles Taylor. “Les livres qui rendent libres. Les avenues de la foi. Entretiens avec Jonathan Guilbault”. Bayard Editions, 2016, p 126-127.
[9] Peter Berger, “Los numerosos altares de la modernidad…”. O. c. p. 175-176. Magistral final para un texto magistral. Y Peter Berger tenía 85 años cuando lo escribió.