martes, 1 de enero de 2019

Thielemann dirigiendo el concierto de Año Nuevo en Viena


Thielemann dirigiendo el concierto de Año Nuevo en Viena

El pasado sábado, 29 de diciembre, publiqué un artículo en el Suplemento Territorios de “El Correo”, que puede leerse al final de esta entrada de mi blog, que titulé “El reto de Thielemann y lo concluí con esta interrogación ¿Sabrá ser vienés el 1º de enero próximo? Tras la visión y escucha del concierto, diría que solo en pocos momentos. Durante la mayor parte del concierto, Thielemann fue lo que siempre ha sido: un adusto alemán, mucho más cómodo en Wagner, Richard Strauss y Bruckner que en las deliciosas danzas de los otros Strauss. En varios, pocos momentos del concierto de esta mañana, 1º de enero de 2019, he disfrutado. En otros algo menos cuando no aburrido, aunque, siempre, maravillado ante la orquesta Filarmónica de Viena. Aquí abajo, traslado mis impresiones que he anotado mientras tenía lugar el concierto de Año Nuevo de Viena

A)   Anotaciones, absolutamente subjetivas, al concierto de Año Nuevo del 1º de enero de 2019, desde la Musikverein, con la Wiener Philharmoniker dirigida por Christian Thielemann, escuchado y visionado en la TV.


1)    Carl Michael Ziehrer - "Marcha Schönfeld, op.422".
Buen comienzo, aunque un tanto solemne
2)    Josef Strauss - "Transacciones. Vals, op.184".
Un tanto lento, premioso, aunque evocador
3)    Josef Hellmesberger - "La danza de los elfos".
De nuevo lento, e incluso pesadote. El colmo para una danza de los elfos. Preciosista.
4)    Johann Strauss (hijo) - "Exprés. Polca Rápida op.311.
¿Schnell? ¿Rápido? Con el freno dado. Como los “Expresos” y “Rápidos” de Renfe.
5)    Johann Strauss (hijo) - "Escenas del Mar del Norte. Vals, op.390".
Muy evocador del Norte. Ritmo casi perfecto. Thielemann se acerca a Strauss.
6)    Eduard Strauss - "Con franqueo extra. Polca rápida, op.259".
¡Al fin!! ¡Al fin! Thielemann se encuentra con Strauss. Un sonido maravillosamente vienes con los Wiener Philharmoniker, ya en casa. Una delicia.  
Fin de la primera parte.
7)    Johann Strauss (hijo) - "Obertura de la opereta El barón Gitano".
Como un poema sinfónico. Magnifica música. Opulenta Wiener Philharmoniker
8)    Josef Strauss - "La bailarina. Polca francesa, op. 227".
La galantería francesa, según Viena, dirigida por un alemán de raza. Apetitoso cocktail, aunque sin alcohol.
9)    Johann Strauss (hijo) - "Vida de artista. Vals, op. 316".
Magnifico arranque para un vals inolvidable. Ritmo perfecto. Avanza con delicia para la escucha. Thielemann vuelve a encontrarse (a ratos) con Strauss. No aprecio de la coreografía más que la innovación.
10  Johann Strauss (hijo) - "La bayadera. Polca, op. 351".
Sentimientos mitigados. Falta chispa.
11. Eduard Strauss - "Velada de ópera. Polca, op. 162".
Me lleva al título de Debussy “La más que lenta”. Como dirigiría Klemperer con más de 80 años. 
12). Johann Strauss (hijo) - "Eva. Vals de la ópera Ritter Pasman".
¡Ah, Wiener Philharmoniker!. Maderas y metales soberbios. Y ¡qué fraseo en las cuerdas! Cuando la orquesta supera la música…
13). Johann Strauss (hijo) - "Csardas. Vals de Ritter Pasman".
Obra compleja. Arranque y primera parte, musicalmente flojo. Y Thielemann no lo arregla. Pero, ya en las csardas, todo cambia. También la interpretación. A mejor.        
14)Johann Strauss (hijo) - "Marcha egipcia, op. 335".
¡Qué música! Thielemann se lo toma en serio y nos regala una gran interpretación, a veces, un pelín manierista. Pero ¡cómo olvidar aquí al gran Ricardo Muti en otro New Year Concert!
15)Josef Hellmesberger - "Vals de entreacto".
Y ¡tan de entreacto! Grata al oído. Interpretación preciosista.
16)Johann Strauss (hijo) - "Elogio de las mujeres. Polca, op. 315".
Pues Strauss muy feminista no debía ser. Esta polca no es de lo mejor que escribió. Además, tampoco le motiva a Thieleman que se adormece en el ritmo haciéndola aburrida. El colmo en una polca.
17). Josef Strauss - "La música de las esferas. Vals, op. 23".
Despierta Thielemann y nos regala una preciosidad. Con un arranque de fábula (¿Lohengrin vienés?, se reencuentra con Strauss en una interpretación muy evocadora de lo infinito, con una orquesta que se siente, de nuevo, en casa. ¡Qué delicia!
Propinas
18) A paso de carga. Johan Strauss.
Bonito divertimento, magníficamente interpretado
19). El bello Danubio azul. Johann hijo.
Impecable arranque. Delicadeza. Milagroso crescendo. Estamos en la cima. ¡Qué música! “Desgraciadamente no es de Johannes Brahms” debió decir el propio Brahms. Ya Thielemann encuentra definitivamente a Strauss, aparca por un rato su alemanidad hercúlea y se hace vienés. Ritmo soberbio, ejecución - ¿hay que decirlo? - superlativamente de los Wiener que ya no están en su casa sino en su huerto. Lo ilustran con unas imágenes soberbias del Danubio y aledaños. ¡The must of the concert!. ¡Qué orquesta!, mil y una vez hay que decirlo. Momentos sublimes.

20) Marcha Radetzky (Johann padre)

Aunque previsible, logrado final


Algunas, telegráficas, notas finales

. El concierto, en su conjunto, fue más berlinés que vienés
. Más preciosista que vibrante
. Con momentos plúmbeos y otros maravillosos. Cuando Thielemann se encontraba con los Strauss.
. Algunas obras eran de 2ª división.

B)    El reto de Thielemann: de Bruckner y Wagner al vals de Strauss

(Publicado en “El Correo” el 29 de diciembre de 2018)

Christian Thielemann nació en 1959 en Berlín. Siendo niño, acompañaba a sus padres a los conciertos de la Filarmónica de Berlín, donde reinaba Karajan. Viéndole, sintió que debía ser director. Soñaba con Wagner, con cuya música creció. Lohengrin, de entrada, pero quedó marcado cuando, con 13 o 14 años, descubrió Tristan y Parsifal. Más aún, cuando en su primera visita al Festival de Bayreuth, del que ahora es Director Musical, asistió al Parsifal de Hors Stein. Con 19 años obtiene su primer contrato con la Deutsche Oper de Berlín, en 1980 es ya el asistente de Karajan en Salzburgo para Parsifal y, un año después de Barenboim, en Bayreuth, para Tristan. En 1983, en el centenario de Wagner, dirige el “Idilio de Sigfrido” en Venecia y vendrán después Rienzi, Lohengrin y Tannhauser, hasta que, impulsado por Karajan, al final de la década, sube al olimpo dirigiendo Tristan en Hannover. De ahí en adelante dirige, siempre que no haya que viajar mucho, donde y lo que quiere. Aunque con algunos frenos en sus ambiciones.

Thielemann era el gran favorito para suceder a Simon Rattle como director de la Filarmónica de Berlín a partir de 2019-2020. Pero los músicos de la orquesta estaban muy divididos: unos totalmente volcados a Thielemann, otros, rabiosamente en contra, pues temían su fuerte personalidad, en lo musical y en lo organizativo. Nadie ponía en duda sus cualidades musicales, pero, al final, y con fórceps, salió elegido Kirill Petrenko, ante la sorpresa de todos.

He asistido a unos cuantos conciertos dirigidos por Thielemann. Que recuerde ahora, en tres ocasiones a la 8ª sinfonía de Bruckner, para mí el Everest de todas las sinfonías. Una vez con la Filarmónica de Berlín, en su propia sede, en la fantástica Philharmonie de Berlín. Otra vez con la Filarmónica de Viena, esta vez en Paris. Aun teniendo un gran recuerdo de las dos interpretaciones, sin embargo, me impactó más su versión en Lucerna con su actual orquesta, la Staatskapelle de Dresde. Al término del concierto de Lucerna, acompañado de mi mujer y de dos críticos musicales de Madrid, tuve ocasión de saludar a Thielemann. Le recordé su 8ª de Paris y me espetó “¡ah!, Wiener Philharmoniker, ¡what a fantastic orchestra! Y cuando le comenté que en Lucerna acababa de escucharle en otra 8ª de Bruckner distinta bajo su batuta, se sonrió, me miró y me dijo “nunca hay dos interpretaciones idénticas”.

También le he escuchado grandes conciertos con Brahms, Schöenberg, Strauss (Richard) una inmensa 5ª de Bruckner tras suceder a Celibidache en Múnich, solo superada por la de Eugen Jochum en 1964, un Tristan, musicalmente soberbio en Bayreuth, aunque aquí me quedo con Barenboim, y, quizá, quizá, la mejor 9ª de Beethoven que he escuchado en directo. Con la Filarmónica de Viena, en París. ¡Qué 9ª, que nada hacía presagiar tras una plúmbea 8ª! ¿Sabrá ser vienés el 1º de enero próximo?
  
Xxxxxxxxxxxxxxxxxx

El Concierto de Año Nuevo de 2020, lo dirigirá Andris Nelsons. En el pináculo de la dirección de orquesta para muchos. Opinión que, habiéndole escuchado en directo en dos o tres ocasiones, no comparto. Pero, vista la unanimidad que suscita, debo estar equivocado.

Feliz 2019, a todos.

sábado, 22 de diciembre de 2018

22 de diciembre de 1808: un concierto único en la historia





22 de diciembre de 1808: un concierto único en la historia.


Los vieneses pudieron leer en el cotidiano “Wiener Zeitung” el 17 de diciembre de 1808 el anuncio de una “Akademia musical”, un concierto organizado por Ludwig van Beethoven, para su beneficio económico personal. He aquí, ligeramente resumido, el anuncio, obviamente publicado a instancias (y pagado) por el propio Beethoven:

“El 22 de diciembre, Ludwig van Beethoven tendrá el honor de ofrecer una Akademia musical en el imperial Theater an der Wien. Todas las piezas son composiciones propias, enteramente nuevas y todavía no oídas en público. (…) Primera parte. 1. Una sinfonía, titulada, ´Una remembranza de la vida en el campo´, en fa mayor (n.º 5); 2, Aria; 3 Himno con texto en latín (…) con coros y solistas; 4. Concierto para piano forte, interpretado por él mismo.

Segunda Parte: Gran Sinfonía en do menor (n º 6); 2. Himno (…) con coros y solistas; 3. Fantasía para el pianoforte solo; 4. Fantasía para piano - forte que termina con la entrada gradual de la orquesta completa y la introducción de coros como finale”.

Digamos, de entrada, que Beethoven, mentiroso y tramposo convulsivo, no dijo toda la verdad en su anuncio. En realidad, varias de las obras ejecutadas en aquel concierto, no eran estrenos. Así el aria de la primera parte era el “¡Ah! perfido” con una interprete de ultima hora que la pifió completamente. Los dos Himnos eran: en la primera parte el Gloria y en la segunda el Sanctus y el Benedictus de su Misa en Do, op.86, y la Fantasía para piano forte de la segunda parte, dicen los entendidos que, probablemente, la Op 77.  Pero las otras cuatro obras, las que realmente se estrenaron aquel 22 de diciembre, son de lo mejor que nos ha legado Beethoven.

El concierto comenzó, a las 18,30, con la Sinfonía Pastoral (numerada como la 5ª aunque muy pronto quedó como la 6ª) y concluyo la primera parte, con el más enigmático y yo diría que el más profundo de sus cinco conciertos para pianos: el 4º con su brevísimo andante que siempre lo he fantaseado como el triunfo de David, el piano, frente a un aplastante Goliat, la cuerda, y pongan en David y Goliat lo que su vida les dicte.

Inicia la segunda parte con la Quinta, la Quinta por antonomasia de toda la historia de la música de todos los tiempos, aunque numerada en el anuncio como la Sexta. Muchos hemos nacido a la música con la Quinta de Beethoven, entre otras. Debo tener en casa más de 20 versiones de la Quinta, colocando en el pináculo al que acudo cuando quiero sumergirme en ella, en una de los dos versiones que prefiero de las que tengo de Furtwängler: la agónica de 1943 en la que Furtwängler, en una transición insoportable de tensión entre el 3º y el 4º movimiento, rechaza los prometeica coda final con una carrera desbocada al abismo, y la de 1947, ya desnazificado “Furt”, en su primer concierto tras la guerra, vuelve a dirigir a “su” Berliner Philharmoniker con una Quinta afirmativa, pero afirmativa en la humanidad, lejos de la canónica y olímpica 5ª de 1954, grabada el año de su muerte. Quizá esta fijación con el Beethoven furtwängliano me impide disfrutar en plenitud cualquier versión en directo, en una sala de conciertos, de la Quinta Sinfonía. ¡De cuantas Quintas he salido con sentimiento de insatisfacción! Y ¡de cuantas aborreciendo la interpretación! ¡A cuántos grandes directores no habré escuchado masacrar la 5ª! ¡Mi Quinta!.

La Quinta, sí. Pero ahora, ya con la edad avanzada, escucho más frecuentemente la Pastoral. ¡Cuánta belleza en esta Sinfonía! Cuando era joven ardía con el 4º movimiento, la musicalización de la tormenta. Desde hace años, mi devoción va a los dos primeros movimientos y al inefable, quinto. Hace dos o tres años, escuché, en dos conciertos en dos días seguidos, cuatro sinfonías de Beethoven a los Berliner con Rattle: las sinfonías 2, 5, 6 y 8. Quedé clavado en la butaca con la Pastoral: precisamente su arranque del quinto movimiento. Después leí en una entrevista que, para Rattle, la Pastoral era su sinfonía preferida de las 9 de Beethoven. Yo, hoy, considero que es la más bella de todas.

El concierto del jueves 22 de diciembre de 1808 concluyó como el rosario de la aurora. Con la sala y el proscenio medio vacío. El público por el frio, la intensidad, duración y novedad de las obras, a las que no ayudó en nada la baja calidad de las interpretaciones. Los músicos enrabietados pues apenas habían ensayado y eran conscientes de la calidad de sus interpretaciones. Lo que llegó al punto álgido con la obra con la que concluyó el concierto, la Fantasía Coral para piano, orquesta y coro. Beethoven llegó al concierto con la tinta de la partitura aun fresca y hubo de parar la ejecución pues algunos instrumentistas se habían equivocado en la lectura (a primera vista) de la partitura. Beethoven tuvo que pedir perdón al público y a los músicos, antes de reanudar la ejecución de la, a mi juicio, no suficientemente valorada Fantasía Coral, prefiguración de lo que sería el movimiento final de la inmensidad oceánica de la 9ª Sinfonía. Oceánica, también, si no más, por su primer movimiento. 

¡Qué concierto! Cuatro largas horas en la tarde - noche fría de invierno, en una sala sin calefacción. Dirigió el concierto el propio Beethoven tras vencer las reticencias de los músicos que no querían tocar bajo su batuta, músicos a los que había abroncado un mes antes. Un fiasco de concierto. Una profunda decepción para Beethoven. Jan Swafford en su extraordinario libro, titulado simplemente “Beethoven” (Acantilado 2017), 1.454 páginas de lectura subyugante, libro bien escrito, traducido y editado, donde se nos muestra a la persona y al músico, y no al mito, nos dice que le costó remontar el vuelo a Beethoven después de ese magno, aunque frustrante, concierto.

Hace diez años, luego el año 2008, tímidamente, sugerí que en Euskadi se repitiera el concierto celebrado 200 años antes. No tuve eco. Ahora, me permito invitar a quien haya leído estas líneas que el día 22, más allá del sonsonete de la lotería y la transmisión del cava descorchado de los afortunados, escuche algo de aquel concierto de Beethoven. Quizá en solidaridad postrera de lo que fue un día aciago para él, y en agradecimiento infinito al inmenso placer que aquellas obras nos siguen transmitiendo 210 años después.    


Donostia, 17 de diciembre de 2018
Javier Elzo

(Texto publicado el 18 de diciembre en Noticias de Gipuzkoa)



jueves, 20 de diciembre de 2018

Chalecos amarillos y la yihad en Estrasburgo



Chalecos amarillos y la yihad en Estrasburgo


. A tenor del perfil sociológico medio (según trabajos de campo publicados en “Le Monde” el 11/12/18), la mayoría de los Chalecos Amarillos (CH.AM) son hombres y mujeres de unos 45 años de media, que trabajan, pertenecen a las clases bajas (populares llaman los franceses) o clase media baja. Están sobrerrepresentados los empleados medios, artesanos, comerciantes, pequeños empresarios en detrimento de cuadros, clase media alta y alta, así como la clase obrera. Son básicamente gente de las provincias, de localidades pequeñas o rurales, con ingresos modestos, con poca o nula visibilidad mediática, pocos dados a manifestaciones públicas y que se han hecho fuertes encontrándose los sábados, por ejemplo, en las rotondas de las carreteras.

. Descubren que las rotondas son nuevos espacios de sociabilidad real, directa, sin intermediarios, encontrándose entre iguales, sin nadie por encima, como en Facebook y en las redes sociales. La iglesia de Francia acaba de ofrecer sus espacios, a creyentes y no creyentes, para un dialogo franco, libre, sobre estas cuestiones.

. Además, en las Rotondas tienen la capacidad de llamar poderosamente la atención, perturbando la vida normal: simplemente interrumpiendo el tráfico. En la vida moderna un gran numero de huelgas se concretizan interrumpiendo o dificultando seriamente la movilidad. Y no es casual, sino causal, que muchas huelgas (de trenes, aviones, taxis, buses, metros etc.), se convoquen cuando se prevé una mayor afluencia de gente.

. El grave error de Macron es no haber tenido en cuenta la dimensión emocional y de cercanía con la gente. Se ha considerado por encima de la media. Y lo está, intelectualmente hablando. Pero en ningún lugar está escrito que un intelectual sea un buen gobernante. Y el caso de Macron lo confirma, si falta hacía.
    
. Pero hay que añadir que los franceses quieren un presidente que les de prestigio, de quien enorgullecerse, aunque sea jupiterino, como Macron (y en su día Mitterrand y De Gaulle, pero eran otros tiempos), y, al mismo tiempo, que sea como ellos, un presidente normal, como Hollande. Misión imposible. Macron y Hollande han salido esquilmados.
 
. El movimiento de los CH. AM no tiene representantes. Más aún, tiene a gala no tenerlos. Quiere ser un movimiento horizontal y no uno vertical. Idea que está en el aire del tiempo actual y que es propiciado, en gran medida, por la dinámica de las redes sociales, con el beneplácito de algunos intelectuales. Tiene sus ventajas: sale de la base, es espontaneo y difícilmente manipulable. Pero también tiene sus inconvenientes. Uno, que ahora se subraya mucho, es la dificultad de la negociación y del diálogo. ¿Con quién dialogar o negociar, si no hay quien represente al movimiento? Y, también, ¿cómo pararlo?, ¿quién decide pararlo?, ¿quién decide que ya se han logrado los objetivos?  Añádase a ello que es un movimiento muy diverso y muy extendido en gran parte de
la geografía de Francia.

. El movimiento de los CH.AM es, y pretende, ser pacifico. Y lo es en la inmensa mayoría de sus participantes. Pero en los sábados que han protagonizado se ha constatado un doble fenómeno: un descenso en el número de manifestantes y un incremento, sea en los actos violentos al termino de las manifestaciones, sea en la gravedad de mismos, o ambos a la vez, pese a un aumento espectacular de las fuerzas del orden. Dos cosas que decir en este aspecto:
            A). La ausencia de representatividad dificulta enormemente, dicen los expertos, la previsibilidad de los actos de violencia
            B). Algunos analistas señalan que, aunque el movimiento de los CH. AM es de manera clara no violento, precisamente dada su horizontalidad y permeabilidad, ha permitido que se infiltren entre ellos los denominados “casseurs” (literalmente rompedores, los que rompen cosas, inmuebles, vitrinas, establecimientos, coches, etc.) que aquí algunos llamarían “radicales” y yo los etiqueto de “violentos” haciendo de un epíteto un sustantivo.  

Y ahora, tras el atentado en Estrasburgo

. Hay chalecos amarillos que aceptan la tesis del complot en el caso de los muertos en Estrasburgo, como si fuera algo del gobierno para acabar con su movimiento. Pero la mayoría de entre ellos no están de acuerdo con esta visión de las cosas y lo ven como algo diferente. Tesis que comparto plenamente. Aunque al suceder al mismo tiempo, ambos eventos tienen relaciones, aun espurias. Por ejemplo, cómo garantizar el derecho pacifico a la manifestación de los CH. AM, cuando gran parte de los efectivos policiales están particularmente cansados. De hecho, se han suspendido partidos de futbol. Los CH.AM se enfrentan a un difícil dilema:  No admiten ponerse en el mismo plano que la yihad de Estrasburgo, pero tampoco admiten que hayan de parar sus protestas por lo allí sucedido, incluso sabiendo la extrema dificultad de controlar las gravísimas violencias en sus manifestaciones.

. Según las fuerzas de seguridad calculan que en Francia habría unos 25.000 radicalizados yihadistas. Estrasburgo siendo uno de los feudos, algo así como Mollenbeck en Bélgica. Un criminólogo defendía que el asesino de Estrasburgo pudo tener la ayuda de alguna célula, pero, tras ser abatido el jueves, la hipótesis es que actuó solo.

. Anótese, en este contexto que la mayoría de los 6 muertos en los cuatro primeros sábados se habían originado en las rotondas. Más que en el tiroteo de Estrasburgo. Aunque, con significación diferente, para pensar.

. No hay que olvidar el poder de la violencia. Los vascos sabemos algo de ello cuando gritábamos, refiriéndonos a ETA, “sin las pistolas no son nada”. Hay un acuerdo bastante generalizado en los analistas franceses en pensar: 1) que sin las violencias en los sábados de las manifestaciones de los CH. AM, posiblemente (algunos dicen probablemente) el movimiento ya se habría desinflado; 2) Sin los actos violentos, Macron no hubiera decretado las medidas que adoptó (en favor de la capacidad de compra, uno de los dos grandes argumentos para las manifestaciones) y que ahora tendrá que detraer de otras partidas de los presupuestos del Estado. La tarta no se estira. Se corta diferentemente. Y, 3) es muy peligroso que se extiende la idea en la población de que para obtener resultados hay que manifestarse con violencia. 

. En fin, otra diferencia de calado. Los miembros de ETA, IRA y Brigadas Rojas se caracterizaron por un fuerte componente ideológico que podía provenir, (limitándonos a ETA) básica y generalmente de la propia familia o de la captación por amigos en acampadas, algunos Gaztetxes, Herriko Tabernas etc. Con un fondo de reivindicación nacionalista-revolucionaria. En el caso del yihadismo tradicional, eran algunos imames quienes hacían la labor de proselitismo. Con un fondo religioso que, en la laicista Francia, y más en su izquierda, les está costando entender. Pero, en la actualidad, no pocos de los miembros del Yihad, así el terrorista de Estrasburgo del martes 11 de diciembre, provienen de la delincuencia común y se han radicalizado en las cárceles, siendo, quizá, la dimensión religiosa un añadido frente a una radicalidad antisistema, con una banalización de la violencia, en la que algunos parecen encontrar un sentido a sus vidas.

Donostia 14 de diciembre de 2018
Javier Elzo

(Texto publicado el domingo 16 de diciembre en Noticias de Gipuzkoa y en DEIA el lunes 17.)

jueves, 13 de diciembre de 2018

Un Dios humano, un humano Dios: una reflexión navideña.



Un Dios humano, un humano Dios: una reflexión navideña.

El año 1985, el pensador francés Marcel Gauchet significó al cristianismo “como la religión de la salida de la religión”. Pero, ante la confusión creada, Gauchet explica que no se entienda la expresión como si “la gente ya no creyera en Dios. ¡Realmente no creían más en otros tiempos! (….) La salida de la religión es la salida de la organización religiosa del mundo”, esto es: la religión no dicta ya la organización de la sociedad, lo que es otra cosa bien distinta. Esto, concluye Gauchet, es lo que permite hablar del advenimiento de la democracia, pero solamente en regiones de cultura y religión cristiana, y no en la musulmana o judía ortodoxa, apostillará.

Pues, añade: “lo que es determinante en el caso cristiano, es el propio Cristo. La idea de la encarnación no brilla por su racionalidad. La idea de un solo Dios parece incompatible con la idea de un Dios delegado que ejerza de intermediario. Es posible que (Dios) necesite un mensajero, como Moisés en los judíos o Mahoma en el caso del islam, pero con Cristo se trata de otra cosa, un enviado que es, él mismo, Dios. Un Dios que toma la forma de hombre. Pero esta extraña idea tiene un efecto importante. La encarnación obliga a concebir una alteridad radical de Dios (del Dios extraterrestre de Yahvé y de Alá). ¿Qué (quién) es este Dios que nos habla desde el interior de nuestro mundo de los hombres y que, por lo tanto, aparece completamente exterior al Dios de Yahvé y de Alá?”.

A Marcel Gauchet el Dios de los cristianos le resulta incomprensible. En realidad, le es imposible de concebirlo cuando la idea de Dios, su idea de Dios, se limita a la de un extraterrestre, omnipotente, que todo lo ve y lo juzga, que dicta, soberanamente, lo bueno y lo malo, como la idea del Dios de los vascos antes de la cristianización de Euskadi: "Jaungoikoa", el Señor de arriba. Pero a Gauchet la idea de un Dios hombre, hombre y Dios, de un Dios humano, de un Dios que nos habla desde la entraña misma de nuestra humanidad, aunque extraño pues ese Dios no ha salido de la categoría del Dios extraterrestre, le permite dar el salto a la autonomía de las realidades terrestres, utilizando, yo aquí, la expresión de Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, el Dios que no elimina la autonomía de la persona humana, mujer y hombre, y permite el advenimiento de la deliberación, de la discusión, incluso la posibilidad del NO a la religión, si esa es la opción de cada uno, el Dios que supera la teocracia para el advenimiento de la democracia.

Escribirá Gauchet en su blog que “Cristo viene simplemente para testimoniar el interés del Padre por la salvación de los hombres. No nos dice inmediatamente lo que hay que hacer, sino que hay que pensar en otro mundo. La encarnación de Cristo, continua Gauchet, es portador de toda una serie de desarrollos potenciales que necesitarán siglos y siglos para expresarse, pero que permitirán, paso a paso, la emergencia de un mundo humano autónomo a partir del mundo religioso. No hay nada sorprendente, para un cristiano convencido, pensar, sin dejar de ser perfectamente cristiano, que los hombres hacen su ley, que las relaciones entre ellos son un área y que lo que conecta a cada individuo a Dios, es otra”. Es lo que, personalmente, siguiendo a Peter Berger, entiendo como la necesidad, y la virtud, de superar el dualismo entre lo sagrado y lo profano, como si de dos compartimentos estanco se tratara. Por ejemplo: si nos encontramos mal, rezamos, sí, pero vamos al médico, también,

Así descubrimos la autopista que, al menos los occidentales, tenemos para acceder a Dios, para entender a Dios, para sentir Dios: la persona humana de Jesús de Nazaret, que todas las navidades celebramos como hijo de José y de María, y que manifestaba tener una relación especial con Dios Padre al que, en su idioma, el arameo, denominaba Abba, expresión cariñosa de cercanía y consideración con el padre, con quien mantiene una particular proximidad que, en el lenguaje del siglo V, denominan consustancial al Padre en su divinidad. Esta relación del hijo Dios con su padre Dios, conforma, junto al Espíritu Santo, Dios, el gran misterio de la divinidad de nuestro Dios. Sí, gran misterio, para el que las palabras se quedan cortas. Todas las palabras. Absolutamente todas. Como ante la música, permítaseme el salto en el vacío, que la definía Steiner como el ámbito a donde no llegan las palabras. Pero no por ello la música es menos real, menos perceptible, menos vibrante. Aunque algunos vibren más que otros ante la música, y según qué música. Como ante Dios y según qué Dios.

Hace más de un siglo un teólogo biblista dijo que nosotros creemos porque otros creyeron antes que nosotros. Pero hay más que eso. Otros, los compañeros de Jesus en su corta vida, tras el fiasco de su ejecución, al poco, tuvieron la experiencia vívida de que Jesús seguía con ellos de alguna manera. Seguían experimentando, vivo, al Jesus ejecutado. Decían que Dios le había resucitado. Así, no se dispersaron del todo, sino que conformaron núcleos de seguidores de Jesús, aquí y allá, y muy pronto, de boca en boca, se fueron pasando dichos y hechos de Jesús hasta que, ya muertos los compañeros de Jesús, decidieron poner por escrito esos hechos y dichos de Jesús. Y en esos textos, Jesús nos muestra donde podemos encontrarle, donde está Dios.

Por ejemplo, en la parábola del juicio final leemos en Mateo 25: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme." (…) "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis."

Este inmenso texto, que algunos denominan el evangelio de los ateos, es la otra autopista que nos lleva a Dios. Jesús, para los cristianos, es como nuestro hermano mayor y todo lo que hacemos a los necesitados, del tipo que sea, se lo estamos haciendo a sus hermanos menores, sobre todo a las mujeres y a los hombres en necesidad.

Dios no es el señor con barba blanca que está allá, tras las nubes en los cielos, representado a veces como un triángulo que encierra un ojo que todo lo ve. Dios, a los cristianos, se nos manifiesta en la persona de Jesús de Nazaret, en su experiencia vital con Abba, su Padre, que creó el mundo por Amor y que en la encarnación en Jesús, supera el Dios extraterrestre, autonomiza al género humano (que le puede decir NO) y nos dice que le amemos; que le amemos en nuestros hermanos, particularmente en los más necesitados, porque, -  lo vio bien Juan el evangelista, el discípulo amado, nos dicen los evangelios - no se puede amar a Dios a quien no se ve, a quien nadie ha visto nunca jamás, si no se ama al prójimo que está al lado. Porque, decimos los cristianos, que Dios está en Jesús, sí, en la Trinidad, sí, y está también aquí cerca, al lado para el que quiera ver: en el que tiene hambre, está sediento, desnudo, expatriado, injustamente vituperado, en la cárcel, enfermo, solo…. Para descubrir ese Dios no es preciso ser cristiano. Pues es ahí, precisamente ahí, en la fraternidad universal, donde, nos dicen Schiller-Beethoven, que “todos los hombres vuelven a ser hermanos”.

En el curso de un debate el año 2007, entre el entonces Decano de la Facultad de Teología de Lyon, Henri Cazelle y el filósofo ateo, André Comte-Sponville, este último afirmó: “Cazelle y yo no estamos separados más que por lo que ignoramos: ni él ni yo sabemos si Dios existe…aunque él crea en Dios y yo no. Pero estaríamos locos si concediéramos más importancia a lo que ignoramos, y nos separa, que a lo que ya sabemos, tanto él como yo, y que nos reúne (…) a saber, la fidelidad común a lo mejor que la humanidad ha producido o recibido”.

¡Eguberri On!, ¡Feliz Navidad, ¡Feliç Nadal!, ¡Joyeux Noël!

Donostia San Sebastián, Navidad de 2018
Javier Elzo

En Religión Digital lo han reproducido en bonito. Con fotos y todo. Aquí:


lunes, 10 de diciembre de 2018

Los Derechos Humanos, y la irrupción de VOX y los “chalecos amarillos”





Los Derechos Humanos, y la irrupción de VOX y los “chalecos amarillos”

La espectacular performance de la derecha extrema española con la entrada de VOX con 12 miembros en el Parlamento de Andalucía, la enorme dificultad del gobierno francés para responder a las movilizaciones (via redes sociales, de los “chalecos amarillos”) huérfanos de dirigentes reconocidos, y, mucho más grave, su desbordamiento por los actos vandálicos protagonizados por puñados de extremistas, tanto de derechas como de izquierdas, manifiestamente bien entrenados, (¿por quién?, ¿dónde?, ¿con qué objetivo, si tal objetivo existe?., etc., etc.),  coinciden en el tiempo con el 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DD. HH) aprobada en las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Declaración Universal en el sentido de que se pretende que afecte a todas las personas pero que fue aprobada por solamente 50 naciones y, no pocas, con reticencias.

Los países colonizados por las grandes potencias, en África y Asia, no estaban representados. El comité redaccional de la Declaración estaba pilotado por una mujer fuera de serie: Eleanor Roosevelt, la viuda del presidente estadounidense. Era un comité internacional, conformado, entre otros, por un libanés un chino, un británico, un ruso, un canadiense, y un vasco -francés, el bayonés René Cassin, que debió tener un papel sobresaliente en la propia redacción del documento. etc. La constitución del comité muestra el deseo de llegar a un texto que puedan compartir todas las culturas del mundo. Trataron de encontrar un denominador común para defender los DD. HH, tanto desde el punto de vista político como civil, pero también económica y socialmente. Pero hay un acuerdo en señalar que la Declaración está basada en los valores liberales de Occidente. De hecho, sigue siendo, criticado por China y por el mundo musulmán. Claro que, al mismo tiempo, sirve de referencia a militantes por los DD. HH en esos países.

Siguiendo a Juan José Solozábal en una conferencia en Donostia hace un año, señalaría cuatro puntos en la Declaración: la importancia capital de su sustentación en la dignidad de la persona humana; su carácter de ley positiva no meramente enunciativa; su universalidad a todos los individuos, aunque también cabe ampliarla, señala Solozábal, a los pueblos y citó el caso de Palestina (cuestión muy debatida) y por último la jerarquización de los diferentes derechos, con las discusiones que ambas notas conllevan. En efecto, cabe preguntarse cómo congeniar y jerarquizar el derecho individual (a no ser objeto de un acto terrorista, un colono israelí en territorio palestino, por ejemplo) con el colectivo de un pueblo expoliado a su supervivencia como tal pueblo (de nuevo Palestina, en este contexto).

Esta cuestión de los derechos individuales versus los derechos colectivos (de grupos concretos, como la familia; los menores- ahora muy en boga con el tema de la pederastia del clero; las mujeres – piénsese en el movimiento #MeToo- o más amplios, las naciones sin estado, por ejemplo) ha sido objeto de disputa ya desde el final de la segunda guerra mundial e, incluso, no pocos, sitúan en la humillación alemana en Versalles al final de la 1ª guerra mundial, una de las causas de la segunda.

Sugiero la lectura de un libro de apasionante lectura, aunque le sobra la premiosidad geográfico - lugareña de algunas páginas. Me refiero a la publicación de Philippe Sands “Calle Este-Oeste” (Anagrama 2017). Presenta la figura de dos juristas, Hersch Lauterpacht y Raphael Lemkin, quienes acuñaron los conceptos de “crimen contra la humanidad”, el primero, y “genocidio”, el segundo, y que fueron utilizados por primera vez en los juicios de Núremberg. Con la idea “crímenes contra la humanidad” se busca proteger al individuo, a las personas concretas, frente a la violencia en guerras y toda suerte de conflictos armados. Mientras que con el término de “Genocidio” se trata de la protección de grupos, de colectivos como tal, particularmente cuando se busca que desaparezcan como tales colectivos. El ejemplo que nos viene a la cabeza es el exterminio de los judíos, de los gitanos y de los homosexuales en la Alemania nazi.

Se dijo que la Declaración estuvo motivada por el genocidio judío pero los investigadores no encuentran trazas de esta preocupación en la redacción de la Declaración. Es evidente que la Declaración Universal de 1948 privilegió “los crímenes contra la humanidad” de las personas individuales como tales personas. La filosofía subyacente del texto es la protección de las personas individuales. La mayor parte de los 30 artículos de la Declaración están redactados así: “Toda persona tiene derecho a …” o, en menos casos, “cada individuo tiene derecho a…”. Hay que mirar con lupa para salir de este registro individualista. Valga como botón de muestra (y son pocos esos botones), la redacción del muy importante punto 29.1 de la Declaración: “Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad”. En una Declaración de Derechos se exigen Deberes respecto de la comunidad, y para poder desarrollarse plena y libremente.

Pero habrá que esperar a futuras declaraciones para encontrar, nítidamente, la defensa de determinados derechos colectivos. Por ejemplo, en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos aprobado, también en la ONU, el 16 de diciembre de 1966, en cuyo Preámbulo se referencia la Declaración Universal de DD. HH de 1948. Pues bien, en el Artículo 1 se puede leer esto: “Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación”. Obviamente en este caso, como con la Declaración de DD. HH de 1948, hubo países que no lo apoyaron, o cosa peor, lo firmaron, pero no lo aplicaron. ¿Algún ejemplo? La tortura, pese a ser condenada, expresamente, por la declaración de 1948, sigue campando a sus anchas, incluso en países tenidos por democráticamente avanzados. En cuanto al no reconocimiento del derecho de libre determinación no creo que hay que mirar muy lejos: hay presos políticos catalanes, tan pacíficos como Mandela, por defenderlo.

Y, en estas, un partido ultranacionalista español de derechas, VOX, irrumpe en el escenario político al grito de ¡España!, ¡España!, ¡España!, un partido antieuropeo y anti-autonomista español, aunque aquí le acompañan Ciudadanos y el PP de Aznar-Casado. Por otra parte, (y la otra parte no es solamente geográfica) tenemos a un colectivo periférico en un mundo prepotentemente mundializado, digitalizado, teóricamente virtual, pero no por ello menos real, los “chalecos amarillos”, que pone en jaque (con la ayuda inestimable de la extrema violencia callejera) a una nación - estado, Francia, cuyo presidente tiene a gala defender la soberanía europea, parece soñar con un ejército europeo, en detrimento, declara, de los nacionalismos (no así de los patriotismos, ¡estúpidos juegos de palabras!) y de los populismos (otro término ambiguo, donde los haya.

Todo esto me lleva a pensar en la enorme importancia de reflexionar sobre el tenor de los DD. HH, en su jerarquización, en su contextualización, y en la complejidad de su implantación. No nos engañemos, conjugar derechos individuales y colectivos no es tarea fácil. Exige apostar por la deliberación social, en la imperiosa necesidad de desarmar el lenguaje, en superar la cultura de la queja que nos invade, así como el escarnio anónimo al diferente, en cuyo cultivo han surgidos los fascismos de derechas e izquierdas a lo largo de la terrorífica historia del siglo XX que, tan prontamente, parecemos dispuestos a olvidar.

Donostia San Sebastián, 3 de diciembre de 2018
Javier Elzo

(Texto publicado en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa el 7 de diciembre de 2018)


domingo, 9 de diciembre de 2018

Los chalecos amarillos, síntoma de otra fractura social






Los chalecos amarillos, síntoma de otra fractura social

El movimiento de los llamados “chalecos amarillos” que tantos quebraderos de cabeza ha ocasionado al gobierno de Francia, a dirigentes políticos, y líderes de opinión, creo que denota una fractura inédita en el mundo occidental, que ya se había mostrado con la elección de Trump en los Estados Unidos y el Brexit en Gran Bretaña. Sin hablar de la emergencia de la derecha extrema en media Europa occidental. No todo es lo mismo, pero hay algunos elementos comunes que debemos tener en cuenta.

Para el escritor británico David Goodhart autor del ensayo “The Road to Somewhere” (“La ruta a alguna parte”, C. Hurst & Co. Publishers Ltd, 2017) que, aunque no traducido al francés, ni al castellano, lo está leyendo media Francia, los “chalecos amarillos” representan lo que él denomina como la gente de “alguna parte”, de “algún sitio” (somewhere) frente a la gente de “ninguna parte”, de “ningún sitio” (anywhere). La fractura somewhere vs. anywhere, suplantaría, según él, la clásica de izquierda-derecha. Los “anywhere” (los de “ningún sitio”) que yo etiquetaría de cosmopolitas, si no internacionalistas, meritocráticos y rabiosamente individualistas, conformarían la nueva clase dominante, los poderosos de la era global, digital, medioambiental, ecologista, ciudadanos del centro del mundo, un centro poliédrico, pero interconectado, conformado por las cada vez mayores ciudades, en cuyo núcleo urbano el hábitat está muy, muy caro, donde se afana la elite de los grandes diplomas, multilingüe (con un inglés dominante).

Ese mundo, sin necesidad de empujones, simplemente por su saber hacer, su saber aprender, sus constates desplazamientos (virtuales y reales) y su cuidado mundo de relaciones, arrincona al mundo periférico, (así lo denomina el ensayista francés Christophe Guilluy en su best seller de ensayo “La France périphérique“, Flammarion 2015) donde muestra cómo las clases populares, excluidas de los beneficios de la mundialización, son relegados a las pequeñas ciudades, a las aldeas rurales, a lugares alejados de las grandes metrópolis. Es la gente que vive anclada en su hábitat, establece sus relaciones con lugareños (aun sin renunciar a Internet y a las redes sociales que les sirven para organizar manifestaciones, como ahora los “chalecos amarillos”) gentes que miran el mundo desde un lugar determinado (los somewhere de Goodhart). Yo les llamaría localistas, aunque abiertos. Con Internet. Es gente que se tiene que desplazar para ir al trabajo. Para ellos, el coche es un instrumento de trabajo. Y cuando Macron ha subido la tasa a los carburantes, han explotado: es esa gota la que ha desbordado el vaso de una humillación inconfesada por inconfesable, de un arrinconamiento despreciativo. No están en contra de la ecología, como refiere lucidamente Goodhart en una entrevista (Le Monde 28/11/18, que sigo en estas líneas). Pero, cuestionan por qué “la ecología burguesa de los “bobos” (acrónimo de “burgueses bohemios”) parisinos, tendría que ser pagada por las gentes de la Francia periférica”. Tienen una identidad más ajustada a un territorio concreto, y los rápidos cambios de los últimos decenios les perturban. Particularmente, sin ser xenófobos, ante una inmigración que perciben súbita y más numerosa de la que realmente se da.

Las personas que he denominado” internacionalistas, cosmopolitas”, representarían, en el mundo occidental opulento, según Goodhart, en torno al 25 % de la población, cifra que me vale para Euskadi, pero rebajaría al 20 % en España. Por otra parte, los localistas, aun abiertos al mundo, via Internet, Goohhart los cifra en el 50 % de la población, porcentaje que yo dejaría en un 40 o 45 %, quedando el resto, en torno a un tercio de la población, como los relegados del sistema.

En los Estados modernos habría una tensión entre, por una parte, la igualdad ante la ley (cada persona un voto) y la desigualdad (creciente en las últimas décadas) en la consideración social y en la capacidad de gasto, lo que acaba originando una diferencia de estatus social, amargamente sentida, incluso por los que disponen de unos ingresos correctos que les permiten, por ejemplo, disfrutar de un par de semanas de vacaciones.  La fractura es tanto o más emocional, sentimental, que meramente crematística. En este contexto, pretender, como preconizan las élites internacionalistas, generalizar la movilidad social y la meritocracia como fundamente de la sociedad, es fuente de conflictos sin fin. Como escribe Goodhart, “en la actualidad se acepta la economía de mercado, pero no la sociedad del mercado”. La gran masa de la población no quiere renunciar a la protección de la sociedad del bienestar, creada después de la segunda guerra mundial y a los Derechos Humanos, cuya Declaración Universal celebramos el 10 de diciembre en su 70 aniversario. La gran conquista de Occidente.

Creo que los análisis de Goodhart y Guilluy, ayudan a entender lo que está sucediendo con los nuevos movimientos sociales en el Occidente rico y explican, en gran medida, el triunfo de Trump, el Brexit, los “chalecos amarillos de Francia” y, en parte también, el auge de la extrema derecha en media Europa. De España y Euskadi, con sus propias singularidades, hablaremos, quizá, otro día. No siempre hay que estar mirándose el ombligo. Conviene mirar, también, las barbas del vecino.

Donostia 29 de noviembre de 2018
Javier Elzo

(Publicado en “El Correo” el 2 de diciembre de 2018)

jueves, 22 de noviembre de 2018

La quimera de un anarquismo que funcione




La quimera de un anarquismo que funcione
El eterno retorno de los fascismos, que con tanta perspicacia nos recuerda Rob Riemen, y el avance continuado de la extrema derecha, recorre, cual fantasma de otros tiempos no tan lejanos, la mayor parte de Europa. En muchos sitios habiendo alcanzado el poder. Unos datos en base a recientes elecciones. El 26 % de la población votó extrema derecha en Austria, donde ya gobiernan); el 22 % en Italia, donde también gobiernan, el 21% en Dinamarca (sí, en la mitificada Dinamarca), el 20 % en Hungría, el 18 % en la no menos mitificada Suecia, el 14 % en Polonia, misma cifra en Letonia, 13 % en Alemania, 9% en Francia, misma cifra en Bulgaria, 7% en Finlandia, 6% en Grecia…. Y, ¿en España?: el 0,24 %, de los que Vox se lleva el 0,20%, según mi fuente (Le Monde 11/09/18). Pero, a tenor de una encuesta-panel de El Confidencial (15/09/18) superaría el 3% de los votos, provenientes del PP, dicen, donde siempre hemos pensado que estaba, agazapada, la derecha extrema española.
Estos movimientos vienen de donde han venido siempre. En tiempos de incertidumbre, como los nuestros desde hace una década, es el miedo al extranjero, a ser invadidos por otros, es el rechazo, del todo punto irracional, al emigrante. Irracional porque no son tantos ni mucho menos, irracional porque la opulenta, aunque mundialmente arrinconada Europa sin que queramos reconocerlo, los necesita. Irracional porque nunca fuimos tan ricos como ahora, nunca tuvimos más medios, más bienestar como ahora (aun teniendo en cuenta el bajón con la reciente crisis). ¿Quién saca a pasear a nuestros mayores ya en Euskadi, por poner un ejemplo visible? Añádase a ello una cultura de la queja continuada, el imperio de la noticia negativa en los medios de comunicación, la proliferación de pulpitos laicos denunciando esto y aquello, portales electrónicos para protestar por lo que sea, exigir más y más derechos sobre todo y por todo, etc., etc. Así crece, por un lado, la cultura del “first”, “first América”, “d´abord la France”, Deutschland über alles”, España, España, España de VOX. Crece también, lo veremos mas abajo, el anticapitalismo decimonónico.
Todos estos movimientos de extrema derecha se caracterizan por un nacionalismo radical, extremo, excluyente del diferente, un nacionalismo encerrado, enfeudado, en su propia mismidad de país o nación, exaltado al máximo. Nacionalismo que excluye, tanto una Europa unida en su diversidad, una Europa fuerte si no quiere convertirse en el museo occidental del planeta, como el reconocimiento de pueblos, con propia identidad, en sus actuales estados - nación. Superar esto supone discutir los niveles de capacidad de decisión que tenemos los ciudadanos, en los diferentes entidades y organismos políticos en los que estamos insertos.
Pero hablando de fantasmas y retornos, traigo aquí unas notas que tomé de una Mesa Redonda, organizada por uno de mis periódicos de referencia, el pasado 5 de octubre en Paris, titulada “El gran retorno del anticapitalismo”.
El filósofo Pascal Bruckner, señaló cómo el dinero era más importante en el Medievo que ahora (en Occidente) donde tenemos el estado de bienestar, lo que no impide que, el capitalismo sea, en la actualidad, el equivalente de Satanás en la Edad Media: el signo de todos los males. Añadió que la iglesia católica vive en una profunda contradicción: rechaza el dinero y el capitalismo (así el papa Francisco), pero es muy rica en edificios. Incluso puede caer en cierta esquizofrenia: odia el dinero, pero dice necesitarlo para “buenas obras”. Pero, y en esto, con fuertes matices, los cuatro miembros de la Mesa estaban de acuerdo: el capitalismo resulta ser el único sistema que, económica y socialmente hablando, funciona.

En la Mesa Redonda se dijo que, tras el derrumbe del comunismo, y el desplome de la URSS, no quedan alternativas y las que quedan, no son defendidas más que por unos pocos intelectuales y políticos de extrema izquierda, que apenas tiene el favor del electorado libre. Salvo los que añoran la seguridad de la ex URSS. (Léase de la Nobel Svetlana Aleksiévich, “El Fin del homo sovieticus”, Acantilado, 2015. Hay capítulos sobrecogedores de personas que añoran la seguridad, comenzando por la alimenticia, de la extinta URSS. Personalmente me deja estupefacto constatar cómo personas que han pasado años de su vida en el Gulag, sin embargo, siguen añorando y defendiendo el orden, el mendrugo de pan y el vodka del régimen estaliniano).

En este orden de cosas, en España tendríamos, afortunadamente en tono menor, a Podemos, y a Sortu en Euskadi, quienes, hace unos años proclamaban el movimiento bolivariano. Pero hoy ya, solamente con la boca pequeñita, limitándose a ser movimientos de protesta (muchas veces justa) pero, la historia lo muestra, no construyen nada cuando llegan al poder, sino tiranía (Cuba, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte, China…), más allá (que tampoco es poco) subir el bienestar de los más pobres, aunque empobreciendo al todo social.

El Talón de Aquiles del capitalismo actual reside en que aumenta las diferencias entre ricos y pobres. Todos (o la gran mayoría) somos más ricos (el doble que en 1968 se dijo en la Mesa redonda de Paría sin que nadie rechistara), aunque menos felices, parece ser, pues medir la felicidad es cosa muy compleja. Jean-Dominique Senard, mediático Presidente Ejecutivo de Michelin, abogó por “un capitalismo responsable, que se oponga a los capitalismos financieros de los anglo - sajones y al del Estado Chino”. Y ha escrito sesudos trabajos al respecto, avalados por su éxito, también entre los trabajadores de su gestión en le empresa de Montpelier.
Hace ya días en un documental en “tv arte” el compositor John Cage apostaba por “un anarquismo que funcione”. Y yo también, claro está. La pregunta es cómo conseguirlo. De hecho, no se me ocurre ningún ejemplo en la historia que lo valide. Bien al contrario. La anarquía es una quimera, un cuento de hadas social. No una utopía, que requiere una serie de valores, actitudes y comportamientos en los que aquí no vamos a entrar.

Una redacción algo recortada de este texto se publicó en “El Correo” el 15 de noviembre de 2018