martes, 16 de julio de 2013

“Transparencia, espectáculo y morbo”


“Transparencia, espectáculo y morbo”

 
Que en el mismo momento que Barcenas declaraba ante el juez Ruz hubiera alguien (necesariamente presente en la sala) que lo estuviera transmitiendo, vía Twitter, indica que la privacidad ha muerto. No en nombre de la transparencia sino del morbo, del espectáculo o vaya Usted a saber en busca de que objetivos, públicamente inconfesables. Espero, con escéptica curiosidad, si toda la maquinaria judicial es capaz de dar con la persona que realizaba esas trasmisiones y que decisión adoptará el juez Ruz, o quien corresponda, al respecto.

Hoy mismo leo que el Papa Francisco llamó por teléfono el día pasado a un amigo argentino. Pues su conversación estaba pinchada y han salido detalles en la prensa. Por ejemplo que refiriéndose al papa Benedicto le llama “el viejo” lo que, como se sabe, en Argentina tiene una connotación (cariñosa) diferente que tiene en España. No sé si le pinchó la CIA, la actual KGB o el “susum corda”. No lo sé ni me interesa pues ya sabemos que todo el mundo espía a todo el mundo. ¡Bueno!, todo el mundo que tiene capacidad para espiar.

Me tranquiliza, personalmente, saber que no soy tan relevante como Barcenas o el papa Francisco y aunque, como todo el mundo, estaré pinchado, no perderán el tiempo mirando con quién hablo, con quién mantengo correos electrónicos o qué páginas de Internet consulto. Además creo que el tema de la privacidad no tiene solución, a poco importante que seas. De ahí también la nefasta costumbre de dar su opinión en los medios de comunicación, de forma anónima. En nombre de la participación ciudadana, pretenden algunos.

Mi mayor preocupación estriba en que este proceder se entienda como transparencia informativa y que los medios de comunicación se vean, prácticamente, obligados a publicarlos (si quieren sobrevivir) con lo que “los importantes” jugarán al escondite o hablarán en medias palabras o tapándose la boca como los entrenadores de futbol (importantes) en los banquillos. En otras palabras, reina la desconfianza social, a poco importante que seas, sea por tu responsabilidad, sea por tu fama. Pero este clima de desconfianza, cual mancha de aceite, no se limita a esas personas sino que se extiende cada vez más en la sociedad. Y una sociedad que desconfía es una sociedad poco cohesionada. De ahí también que crezca la demanda de seguridad y que entre los  agentes sociales más valorados estén las policías y las Fuerzas Armadas.

Orwell tenía razón. Se equivocó en apenas una década.   

lunes, 15 de julio de 2013

La juventud quiere sonreír


La juventud quiere sonreír

(Por una economía del bienestar, más allá del crecimiento).


Hace unos meses la responsable de opinión de la revista “El Ciervo”, revista que, aunque muy minoritaria, acaba de cumplir los sesenta años de presencia pública, preguntaba cual era al juicio de algunos que escribimos en ese medio, el principal problema en el que estábamos embarcados en Occidente. Nos pedía que escogieramos uno, solamente uno. Me hizo pensar y concluí que era el "consumerismo" (Un buen amigo me dice que utilizo mal el termino consumerismo y que debo escribir consumismo. El consumerismo es lo contrario de lo que yo doy a entender. Puede considerarse como "la dimensión pública de la relación que mantiene la ciudadanía en la defensa de sus derechos como consumidor" me refiere mi amigo José Mari, a quien agradezco su rectificación al par que ofrezco mis excusas a los lectores del blog).

 (Los textos de los invitados a la reflexión puede leerse en el número de “El Ciervo” de mayo de este año 2013)  

Limitándome a la Unión Europea, escribía yo, no sé si es “la” gran cuestión para nuestro tiempo. De hecho, salvo minorías, entre las que hay algunas muy meritorias, no conforma un tema central en la reflexión pública y publicada en los grandes medios de comunicación europeos. La formularia así: de verdad ¿se precisa un aumento, una aceleración, del consumo, no solamente para salir de esta crisis sino proyectándonos para un futuro próximo?. Desde mi incompetencia en temas economíco- financieros (que no me importa reconocer sin vergüenza alguna, pues los pretendidos entendidos no dan una) veo la lógica que subyace en la inquietud por la ausencia o descenso del consumo. Si no se consume, no se compra; si no se compra, no se vende; si no se vende, no se fabrica; y si no se fabrica, no hay trabajo. Ergo, “necesitamos relanzar el consumo”.

El problema, a mi juicio obviamente, radica en que gran parte las personas de la clase media acomodada que teniendo ya más de lo necesario para bien vivir, (la sociedad opulenta de Galbraith) han pasado de la demanda de “nivel de vida” al de la “calidad de vida”. Y han (hemos) llegado a la conclusión que no necesitamos consumir más de lo que ya consumimos para mantener el nivel de vida que ya tenemos. Mas aún, algunos hemos llegado a la convicción profunda de que consumir algunos de los nuevos productos que nos ofrecen es reducir nuestra calidad de vida. Por ejemplo, con algunos artilugios de las nuevas tecnologías. Es lo que observo a mí alrededor en bastantes personas, y no solamente de edad avanzada como yo, sino también en jóvenes doctores, tanto en ciencias humanas como experimentales. Temo, en consecuencia, concluía mi reflexión en “El Ciervo”, escribiendo que la burbuja inmobiliaria de los primeros años del siglo XXI sea una nadería comparada con la burbuja consumerista del momento actual, cuando estalle.

He aquí que el suplemento de Le Monde (07/07/13) publica la reflexión de Hugo de Gentille estudiante de un centro de emprendedores de Lyon (EMLyon). Participó con otros cien estudiantes, en edades comprendidas entre los 18 y los 28 años, seleccionados por un Circulo de Economía francés, en un Encuentro para responder, en 15.000 caracteres máximo, a esta pregunta: “Inventar 2020; la palabra a los estudiantes”. De Gentille comienza así: "En qué mundo quisiéramos vivir en 2020 ?. Sin la menor duda todos diríamos: en un mundo más comprensible, menos cerrado, más sonriente. Sí, más sonriente. Somos unánimes: el comandante del barco ha perdido la finalidad de nuestro viaje. ¿El crecimiento?. No, en absoluto sino el bienestar (le bonheur). ¿Quién manda en el barco?. ¿Quién lleva las riendas?. No tenemos ni idea.(….). Pero no comprendemos la finalidad del trabajo que se nos propone.

"En nuestra sociedad hemos intentado maximizar el bienestar individual y el colectivo y hemos llegado a un sistema de producción, de consumo y de relaciones que entendemos como el menos malo de todos: el capitalismo. Además financiero. Sin embargo, si la búsqueda del bienestar nos ha conducido a preferir ese sistema de económico, en ningún caso su consecuencia directa (la búsqueda del crecimiento) engloba, en su totalidad, su causa primera (la búsqueda del bienestar). En consecuencia, racionalmente, sería un error confundirlos: no hay reciprocidad en esta relación de causalidad, aunque la mejora de nuestras condiciones de vida, durante mucho tiempo, ha ido de consuno con el crecimiento económico. De ahí la amalgama actualmente imperante. Sin embargo, en la actualidad, hemos entrado en una fase invertida, consecuencia de un reequilibrio progresivo de las relaciones de fuerza neoeconómicas, en cuyo interior batirse por unas décimas de crecimiento puede engendrar una pérdida significativa del bienestar social. No somos tan solo “Homo economicus”.

 

"¿Buscar el crecimiento? Sí, y solamente sí, si tiene un impacto positivo sobre nuestra calidad de vida. No queremos perder de vista lo que realmente nos hace más felices o, por el contrario, desgraciados. El hecho de que no sea fácil medir cuantitativamente nuestro nivel de felicidad no nos sirve como excusa para situarla por delante del crecimiento económico.

En otras palabras, pensamos que las actuales prioridades están mal jerarquizadas. Somos conscientes de haber alcanzado la cumbre de la pirámide de Maslow. Pero estamos cansados de dar vueltas en la cúspide de la pirámide. Estamos encerrados en ella, bloqueados. Al menor patinazo nos imaginamos caer rodando todos los escalones al mismo tiempo. Empleo, dinero, coche, domicilio, hasta la familia a veces. La exclusión acecha. En consecuencia nos sentimos condenados a vivir a toda velocidad contra nuestro deseo. Sentimos el viento del cañonazo y comprendemos que, en nuestra sociedad, no hay medias medidas y que hay que correr con todas nuestras fuerzas.

Sí, los elementos de los escalones inferiores (de la pirámide de Mawlow) caen en ruina (alojamiento, salud, seguridad…). La situación nos parece absurda. Estamos desconcertados cuando nos encontramos con jóvenes sonrientes que provienen de países en desarrollo como nunca nosotros hemos sonreído en nuestra vida. Aún a riesgo de parecer primarios, nosotros los "djeuns" (expresión que designaría a los jóvenes de hoy que tienen las tecnologías más novedosas pero que viven instalados en la precariedad) queremos sonreír. Nosotros, ¡queremos ser felices!. ¡Queremos una economía del bienestar y no solamente una economía del crecimiento!. Queremos un modelo duradero para sentirnos en seguridad.

La idea de la confusión existente en nuestra sociedad entre crecimiento y bienestar está fuertemente anclada en el inconsciente de la juventud francesa. Pero no comprendemos la finalidad del trabajo que se nos propone. Desde nuestro punto de vista todo esto es irracional: el trabajo para el crecimiento, el crecimiento al infinito, la competitividad con los ojos cerrados. ¡No !. ¡Crecimiento y bienestar, definitivamente, no son sinónimos !.

Soñamos con escapar de todo esto pues nos sentimos todo menos libres. En Bengladesh en Gabón no encontraremos el confort al que estamos habituados, pero trabajar en una ONG y ver sus sonrisas reconforta tanto nuestro corazón que abandonamos voluntariamente todos nuestros bienes materiales.

Tres propuestas para comenzar:

1ª Propuesta: crear un estatus legal de empresa conforme a la definición ofrecida por el premio Nobel M. Yunus de “social business” de tipo I: “Una empresa rentable, que no distribuya dividendos y cuyo objetivo sea social, ético y medioambiental”. Esto ya se hace en los EEUU.  

2ª Propuesta: crear una Bolsa de “social business”, gestionada públicamente, a fin de ofrecer dar la necesaria visibilidad a esas empresas y facilitarlas el acceso a los fondos.

 3ª Propuesta: lanzar, en complemento a las dos propuestas anteriores, "social impact bonds", instrumentos financieros de una remarcable inteligencia, que presentaría ventajas, no solamente para el Estado: la iniciativa privada se involucraría en los problemas sociales, éticos y medioambientales, y sería recompensada financieramente si su gestión fuera exitosa.

En consecuencia, las empresas del “social Business, en teoría deberían, a largo plazo, suplantar las empresas clásicas pues, aun desarrollándose más lentamente, reinvertirían la totalidad de su ganancias, sea en la mejora de calidad del producto o del servicio, sea en la disminución del precio del precio propuesto a sus clientes. Los accionistas, vigilarían que la empresa estuviera correctamente gestionada”

Hasta aquí una largo resumen de las ideas principales de Hugo Gentille que pueden encontrarse, en su totalidad, en Le Monde del 7 de julio pasado.

Comentado este jueves pasado, 11 de julio, este texto en Madrid en un grupo de “expertos” del “Centro Reina Sofía de estudio de la adolescencia y juventud”, me decían que “el texto era muy bonito pero, en España con tantos jóvenes en paro, ¿cuántos estarían de acuerdo con Hugo de Gentille?”. Pues no lo sé pero estoy absolutamente seguro que más de uno en nuestras universidades lo estaría. Conozco a más de uno y dos. Habría que darles, en mayor grado, la palabra, como lo ha hecho el Círculo francés de empresarios. Creo que nos llevaríamos una agradable (y desafiante) sorpresa.

domingo, 7 de julio de 2013

“Nosotros” y los “otros”


“Nosotros” y los “otros”

 (Con este título, publiqué en El Diario Vasco, un texto más reducido el sábado 6 de Julio pasado. Accesible previo pago)

Un buen amigo me envía sus reflexiones tras leer mi artículo del domingo 30 de Junio  publicado en  “El Correo” y en “El Diario Vasco” (solo accesible mediante pago), “El plan imposible”, referido al Plan de Paz y Convivencia del Gobierno Vasco. Me dice que una memoria única no es posible ni es humano pretenderlo. No responde a la condición humana, tal y como es, quiere decir. Por otra parte, continúa, avanzar hacia una memoria compartida en su pluralidad (que era la opción que defendía en mi artículo) no es fácil en el momento actual. Y añadía, “hay demasiadas fracturas encima de la mesa, pero, sobre todo, la sangre de las heridas infligidas por tanto asesinato y tanto sinsentido está manando a borbotones. Tengo serias razones experienciales para creer que la herida tarda en cicatrizar (sin olvidar que la cicatriz es de carácter permanente y nos devuelve al recuerdo de la herida) no menos de tres generaciones, contada la que la padeció directamente”.

Ante mi (relativa) sorpresa, mi amigo me refiere el hecho de que aún no sabe donde está enterrado su propio abuelo y que esa cuestión está todavía muy viva en su familia. De ahí, las tres generaciones.

Le avanzo, con la mayor de las delicadezas de la que soy capaz que, así y todo, creo que es muy conveniente, si no necesario, que familiares de victimarios y de victimas, así como personas de las familias políticamente opuestas, con experiencias de víctimas en su seno, se escuchen de vez en cuando si no queremos reproducir en Euskadi las mismas secuelas que en la guerra civil española, aunque, lo repito por enésima vez, lo que hemos vivido en los tiempos de los atentados de ETA no es equiparable a una guerra civil.

La cuestión es cómo avanzar en una situación "imposible". Mi amigo escribe: Necesitaremos mucha generosidad, mucha piedad, mucha empatía, mucha pedagogía, mucha paciencia y una gran determinación siempre teniendo en cuenta la "oración de la serenidad", formulada por escrito por el teólogo americano Reinold Niebuhr en 1943, aunque partes de la misma pertenecen al secular tronco de la sabiduría de las distintas culturas y tradiciones:

"Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, coraje para cambiar las que puedo cambiar, y sabiduría para distinguir las unas de las otras.".

Es evidente que no podremos volver a ver a al ser querido que nos han arrebatado. El riesgo esta en olvidarlo. Como evidente es la dificultad de tener el coraje para cambiar el dolor, la rabia e incluso el odio hacia sus victimarios. Aquí el riesgo está en encerrarse en su dolor sin tratar de superarlo, siendo víctimas por partida doble. Como no menos evidente resulta saber, en cada momento histórico, qué es posible cambiar y qué no lo es. Y aquí se impone el esfuerzo colectivo de remar al menos con un objetivo común: mejorar la convivencia entre diferentes y con historias diferentes.

De ahí que en medio de tanta incertidumbre hay una cuestión básica de cuya respuesta dependerá nuestro futuro, tanto personal como colectivo. Aun consciente de que me tildarán de equidistante la formularía así: ¿Nos enrocaremos entre los “nuestros” alimentándonos, exclusivamente, con “nuestros” relatos, o seremos capaces de, al menos, escuchar los relatos de los “otros” sin negarlos de entrada, por entender que, en los “otros”, únicamente residiría el mal absoluto?.

Volveré, una y mil veces, a esta cuestión.

domingo, 30 de junio de 2013

Fauré en el Auditorio Nacional


Fauré en el Auditorio Nacional

Ayer, sábado 29, levitamos en el Auditorio Nacional con el Réquiem de Fauré, la Filarmónica de Berlin, con Rattle a la batuta, y el Orfeón Donostiarra de los mejores días. ¡Qué gozada!. Alfonso Aijón (para quien no lo sepa, alma mater de Ibermúsica que se merece el aplauso de todos los melómanos) me decía, justo antes del concierto, que el ensayo había sido soberbio y que Rattle así lo había manifestado. Pero que a veces los ensayos salen mejor que los conciertos, añadió. Al termino del concierto volví a encontrármelo y, a mi interrogación, respondía que el concierto fue soberbio (y dos críticos musicales con quienes conversé eran de la misma opinión) pero que el ensayo fue aún superior. Y añadió Alfonso: con tanto público es difícil controlar el volumen sonoro. Personalmente, sin sus conocimientos, también percibí que en la primera parte, en algunos momentos, la orquesta tapaba un tanto los increíbles pianísimos de las voces blancas del Orfeón para, a partir del Sanctus, conjuntarse plenamente. Para la anécdota, quiero señalar que Rattle se acercó al coro y los levanto en medio de una ovación de gala. Sany (para los que no sepan, José Antonio Sainz Alfaro, director del Orfeón) se paseaba nervioso al inicio (le transmití la opinión de Rattle tras el ensayo) y feliz y relajado al final recibiendo las felicitaciones de todos.

Las opiniones de Aijón sobre las bondades de las interpretaciones en los ensayos y en el concierto me traen a la memoria una anécdota de Mravisky que pretendió anular un concierto pues, aducía, que no lograrían alcanzar el nivel del ensayo.  

Un comentario al paso. Fauré era agnóstico y, salvo error, compuso el Réquiem menos tremendista de entre los más escuchados. Una meditación de menos de 40 minutos. Una oración laica. Maravillosa obra.

Más controlados y vigilados, y más inseguros


Más controlados y vigilados, y más inseguros
 

Una redacción más breve de estas líneas se publicó el sábado 29 de Junio en El Diario Vasco, bajo el título de “¿Qué privacidad nos queda?”. (Accesible solamente previo pago)

No hace muchos años dando una conferencia en San Sebastián (creo que era en la meritoria asociación Eresbil) me posicioné en contra de la acumulación de controles de todo tipo a los que nos vemos sometidos los ciudadanos: video vigilancias por doquier, en la calle y en los establecimientos públicos y privados, la estupidez histérica que domina los accesos a los aviones y ahora también en la estación del Norte en Donosti, (pero no en Vitoria, por ejemplo, vaya Usted a saber por qué), que en Alsa te pidan el carnet de identidad si has sacado tu billete por Internet para ir de Donosti a Bilbao (por cierto, ¿cuando la todopoderosa PESA va a implantar la venta de billetes por Internet con selección de asientos), y podría seguir con los ejemplos. Pues bien, una señora en la sala de conferencias me dijo que ella agradecía que hubiera esas cámaras de video vigilancia pues así andaba mas tranquila por la ciudad. Además, añadió, que recientemente (en aquellas fechas) se había podido detener a un violador gracias a una cámara de vigilancia. Obviamente, - creo recordar bien -  recibió el aplauso de los asistentes a mi conferencia.

Traigo este tema, una vez más a esta columna, y sospecho que no será la última, por el revuelo que se ha montado tras las revelaciones sobre el espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU, realizadas por el ex empleado de la CIA Edward Snowden. Después, también por revelaciones del mismo Snowden, hemos sabido que la Sede de Comunicación del Gobierno Británico había interceptado el tráfico internacional de llamadas de teléfono e Internet a escala masiva. El Presidente Obama, ante las cuerdas por este tema, máxime cuando criticó a su predecesor por implantarlo, afirmó que “no se puede tener un 100% de seguridad y un 100% de privacidad. Hay que hacer concesiones y estas pequeñas concesiones nos ayudan a prevenir ataques terroristas”. ¡Vamos!, el mismo argumento que la señora que me interpeló en la conferencia solo que a gran escala. Obama para proteger a su país del terrorismo. La señora para protección de los violadores.

Julian Assange, fundador y redactor jefe de WikiLeaks publicó en medio mundo, coincidiendo, en fechas, con las revelaciones de Snowden un artículo con este titulo: "El avance de las tecnologías de la información anuncia el fin de la vida privada". Razón no le faltaba cuando leemos esta misma semana (DV 25/06/13) que, según el abogado general del Tribunal de Justicia de UE, el gigante Google no está obligado a borrar unos datos personales, incluso cuando venían solicitados a través de la Agencia Española de protección de datos. Assange y Snowden son productos de las posibilidades del espionaje de nuestro tiempo tecnológico. Debe hacernos reflexionar que EEUU y Gran Bretaña o Suecia (Assange) les persigan y Ecuador, Venezuela y Rusia les protejan.

En todo caso, nuestra sociedad occidental ha priorizado la seguridad y la información colectivas (máxime si hay morbo por medio) sobre la privacidad y la libertad personal.

Para que, al final, estemos cada vez más controlados, más vigilados, hayamos perdido libertad y privacidad a raudales y, me temo, que también seguridad. Pero tenemos morbo hasta en la sopa. Me pregunto cuantos de los que lean este texto habrán retenido alguna información - que fuera relevante para el bien común- de todas las que nos suministraron los medios de comunicación en las “revelaciones” de WikiLeaks.

En todo caso la seguridad es una de las cosas que más preocupan a nuestros conciudadanos. Tanto que en Radio 5 de RNE a las 13,35, acaban de poner un nuevo programa que lleva por titulo “arroba seguridad”, donde todos los días (supongo que los laborables pero no estoy seguro) nos dan normas y consejos sobre cómo debemos comportarnos (en Internet, en la conducción  vial, en la calle, etc…) para tener una vida lo más segura posible y, concretamente en Internet, sin sorpresas desagradables. Que un programa así exista, justo antes de las noticias de las 14,00 es un indicador de que, pese a tantos controles, vigilancias, castigos y reprimendas, estamos más inseguros que nunca. Y con miedo, por desconfianza en el vecino (no solamente en el extranjero) a quien muchos ni conocen..

Me viene a la cabeza que siendo crío, por un agujero de la puerta de mi domicilio, salía una cuerda con la que, tirando de ella, la puerta de abría y cualquiera podía entrar en casa. Ahora nos recomiendan que cerremos con la mejor cerradura del mundo nuestros pisos, que dejemos alguna luz o la radio encendida para dar a entender que hay alguien en casa. Nos lo hemos ganado a pulso.

viernes, 28 de junio de 2013

¿Es posible ser rico y cristiano?


¿Es posible ser rico y cristiano?

Un sociólogo lee a un escriturista

 
Es obvio que hay, y ha habido siempre, muchos ricos que se dicen cristianos. Así como cristianos que han sido ricos. Incluso a algunos la iglesia los ha canonizado. Sin que falten los que han visto en la riqueza un signo del buen hacer. Recuérdese la histórica tesis de Max Weber, “la ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo” que todavía hoy es mentada para explicar porqué los nórdicos protestantes, con su laboriosidad y apego a lo material, sortean mejor la crisis que padecemos, que los católicos del sur de Europa, siempre sospechosos del adinerado.

Sea lo que sea de la tesis de Weber, que ha ocasionado montañas de libros, la pregunta de la incompatibilidad de la riqueza con el cristiano auténtico o, si se prefiere, con la radicalidad del cristianismo ha atravesado los veinte siglos de la historia de la Iglesia. Ciertamente más la católica.

Acabo de leer un librillo de menos de cien paginas, resumen de otros trabajo suyos muy amplios, firmado por un reputado profesor de Nuevo Testamento de la Universidad de Lausana, Daniel Marguerat, pastor de la iglesia protestante, sobre un tema de su especialidad: el análisis de los orígenes del cristianismo en general y del estudio del libro de los Hechos de los Apóstoles en particular (“Un admirable christianisme. Relire les Actes des apôtres” 2ª edición en Cabética, Suiza, 2013). El último capítulo del libro aborda la cuestión del dinero en las primeras comunidades cristianas. Como es sabido el libro de Hechos es la continuación del evangelio de Lucas.

Marguerat muestra la radicalidad máxima de Lucas en el famoso Sermón de las Bienaventuranzas cuando pone en boca de Jesús la terrible frase de “malditos vosotros los ricos, pues ya tenéis vuestro consuelo” y en la parábola de Lázaro y el rico, donde martiriza a este ultimo, en la otra vida, pues en esta, no atendió al mendigo Lázaro. Pero, señala Marguerat que entre las primeras comunidades cristianas había ricos entre ellos y, seguían siéndolo, aunque también se puede leer que debían vender todas sus propiedades y ponerlas, en su integridad, a disposición de los apóstoles. Es la famosa comunidad de bienes de los primeros cristianos. De tal suerte que, si hacían trampas, morían fulminantemente, como le debió suceder a un matrimonio, Ananías y Safira, que se quedó, sin declararlo, con parte de sus bienes, como nos relata Lucas en el capítulo 5º de los Hechos de los  Apóstoles.

Los textos de Lucas son rotundos y muy conocidos y citados por doquier. Están en el segundo y cuarto capítulos del libro. Helos aquí: “Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno(He 2/44-45) y en He 4/34-35, podemos leer esto:Ninguno padecía necesidad, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades. Marguerat señala que de siempre ha habido sospechas sobre estos textos y la exégesis se pregunta si Lucas no habría idealizado un tanto la vida de los primeros cristianos.

Marguerat, aún asumiendo la comunidad de bienes de los primeros cristianos (de los que hay indicios, pero curiosamente, solo fuera de los textos canónicos) piensa que, en libro de los Hechos, se atenúa la radicalidad del Evangelio, y “la exhortación a la limosna substituye a la llamada perentoria a la entrega de los bienes” (p.80). Marguerat piensa que, a veces, Lucas exagera y embellece en demasía la práctica de los primeros cristianos (“la practica de la comunión total de bienes fue probablemente realidad en el caso de un grupo  limitado, por un tiempo limitado, en Jerusalen”, escribe en la p. 82). La Iglesia, al darse cuenta de que el fin de los tiempos no llegaba, (los textos de Lucas están datados en torno al año 80, luego 50 años después de los acontecimientos pascales) se pliega “al principio de realidad pues los cristianos se tienen que acomodar con la sociedad existente” (p.81).

Pero, de lo anterior no habría que concluir que la comunión de bienes entre los primeros cristianos fuera una ficción o que solamente se limitase a algunos grupos de lo que hoy denominaríamos, “radicales cristianos”. Aunque, exige otra lectura, parece ser. En todo caso, Marguerat escribe “que quien quiera poner sus dinero al abrigo de la interpelación del Evangelio sería mejor que dejara a un lado la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles” (p.82).

Marguerat razona así. Subraya que los profetas de Israel, y con ellos Lucas, no condenaban la posesión de bienes materiales y añade que “su ética económica se apoya sobre la convicción, enraizada en la fe hebraica, que los bienes concretizan la bendición con la que Dios colma a los humanos (Gn 26,12-14; Lv 26,3-5; Dt 28, 1-8)”. Y concluye Marguerat, afirmando que “la Biblia no destila ninguna vergüenza a poseer bienes” (p.83). Sin embargo la cólera profética se manifiesta ante la gran desigualdad de bienes. Marguerat escribirá que “la maldición del rico no radica en poseer, sino en ignorar que el pobre muere a su lado (Lc 16,19-31). Ya en el libro del Deuteronomio se podía leer la conminación de Dios: “no habrá indigentes entre vosotros” (Dt 15,4) texto que recogerá Lucas al escribir (He 4,34) que “no había, en efecto, indigentes entre ellos” en las primeras comunidades cristianas.   

En definitiva, Lucas escribiendo en los años 80, no puede no ver la realidad sociológica de las primeras comunidades cristianas donde había cristianos con dinero y que vivían en grandes casas y mansiones donde, a veces, se hacían las eucaristías. Pero Lucas no quiere dejar pasar la interpelación bíblica y evangélica de erigir el dinero/Mamon, en refugio de los fantasmas de poder. Y cita de nuevo Marguerat, en la página 84, el evangelio de Lucas (Lc 16,13) para sostener que “el dinero debe ser medio pero no fin. Hay que desacralizar el dinero, añadirá, privarlo de su poder de fascinación, y restituirle su papel de vector de relaciones y de reparto – participación (Lc 16,9)”.

¿Qué puede decir un mero sociólogo de provincias tras la lectura de estas páginas?. Dos cosas. Que Marguerat es protestante y, obviamente está influenciado por la lectura que el mundo protestante realiza de las posesión de bienes materiales, como bien mostró la tesis de Weber. Todavía hoy se apela a este texto y, como ya he indicado al comienzo de estas líneas, a la lectura que los protestantes (gentes del Norte de Europa) hacen de la relación de Dios con el éxito económico, en comparación con la tradición católica que insiste en las virtudes de la pobreza, hasta el punto que, algunos en su radicalidad, se preguntan si un rico puede ser buen cristiano, para explicar la crisis financiera-ética actual. Tesis atrayente, por global y sencilla, pero que, obviamente exige afinación y matización. Aunque ahí está.

Mi segunda consideración, como sociólogo obviamente, es la constatación de la enorme importancia del dato social, del contexto concreto en el que los textos evangélicos fueron escritos, y a quienes iban dirigidos, para bien entender el alcanza de los mismos. El hecho de la inerrancia de los textos canónicos aceptados por la iglesia católica exige una puesta entre paréntesis contextualizadora que impide un traslado literal de sus contenidos a la sociedad de hoy. Pero de todos sus textos. No solamente de los que vengan a confirmarnos en nuestras pre-tesis, nuestras convicciones previas. Dentro de un fondo básico inmutable desde los orígenes del cristianismo (Dios es amor y el amor al otro es la quintaesencia del cristiano) el resto está al albur de las contingencias históricas y de la tradición, esto es, cómo los cristianos a lo largo de los cerca de veinte siglos de su existencia en la tierra han ido formulando y concretando la encarnación de Dios en Jesús de Nazaret y la ética de la fraternidad universal que destila su vida y su mensaje. Y así será hasta el final de los tiempos.

lunes, 24 de junio de 2013

Un paso en falso del Papa Francisco


Un paso en falso del Papa Francisco


El papa Francisco canceló, por sorpresa, el sábado pasado, su asistencia a un concierto, con motivo de un "compromiso urgente e improrrogable", según leo en Religión Digital. La presencia del papa Francisco estaba prevista con anticipación, tanto que la Radio Vaticana la anunció ese mismo sábado con una mención especial en su noticiario del día. Todos hemos podido ver una imagen con la butaca del Papa vacía en el auditorio Pablo VI donde se iba a interpretar la Novena Sinfonía de Beethoven por parte de la Orquesta Sinfónica de la RAI y el Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia.

El comentarista de “La Croix” Frederick Mounier al dar la noticia  (23/06/13) escribe que “para el papa hay claramente una jerarquía de mundanidades (hiérarchie des mondanités)”. Entre asistir a la escucha de la 9ª sinfonía de Beethoven y “trabajar con los nuncios apostólicos todos presentes en Roma por la primera vez desde hace más de diez años” (que parece ser el “compromiso urgente e improrrogable”, el papa optó por lo segundo.

Dos reflexiones y un apunte final:

1. Obviamente es más importante trabajar con los nuncios que escuchar la 9ª sinfonía de Beethoven. Nadie lo puede poner en duda. Pero, ¿es que el papa se enteró de esa reunión el mismo día que tenía ya apalabrado asistir al concierto?. No sé que es peor si reponder afirmativamente, lo que supondría un grave problema en quienes le llevan la agenda, o negativamente lo que supondría una forma de actuar precipitada e imprevisible.

2. Pero, no dar ninguna explicación oficial supone, como poco, una desconsideración, a los músicos, en primer lugar, a quienes habían organizado el evento, a continuación y, en general, a quienes se habían desplazado al mismo. Pienso que es el primer paso en falso que da este papa, a quien hasta ahora he aplaudido a dos manos. Un paso en falso menor, cierto, pero no lo es tanto, que dos días después no se haya dado explicación alguna.

Un apunte a Frederick Mounier: Escuchar la 9ª Sinfonía de Beethoven no es una “mundanidad”. Otra cosa es que, todavía, sigan poniendo al papa un butacón blanco para que la escuche en un auditorio público. Un gesto profético de Francisco hubiera sido pedir que quitaran el butacón blanco y asistir al concierto (dura unos 80 minutos) en la misma butaca que los demás asistentes.