miércoles, 1 de mayo de 2013

Según Lacalle, crisis sin salida en España


Según Lacalle, crisis sin salida en España

 
Daniel Lacalle lleva diez, de los 45 años que tiene, en las finanzas. Ahora en la City de Londres.  Ha escrito un libro “Nosotros los mercados” que está en las listas de los más vendidos. Leo en “La Contra” de La Vanguardia del día de hoy sus dos tesis centrales.

1ª tesis. "Lo que hay que recortar es el gasto político; no el público". Entiende por “gasto político”, “el derroche de nuestro dinero por el político para aumentar su poder y el de su partido: la subvención clientelar…

2ª tesis: “sufrimos una casta política deficiente, pero es fiel reflejo de nuestros valores”. Lo argumenta con este dato: “el 54,8 % de nuestra ciudadanía encuestada afirma que a quien logra mejores resultados no se le debe remunerar mejor”.

(Como estamos en un medio de comunicación a nadie le importa indicar la fuente de su afirmación. A mí sí pero, ¿qué puedo hacer yo, más allá de patalear en mi blog?)

Conclusión: España no tiene solución porque tiene unos políticos nefastos que son fiel reflejo de la sociedad española. Obviamente termina su entrevista diciendo que “dejemos de mendigar a Berlín (y echar las culpas a Merkel): somos nosotros quienes debemos exigir reformas”. Pero, con la sociedad y políticos que nos describe Lacalle, pregunto yo, ¿a quien debemos exigir las reformas? 

Como estoy bastante de acuerdo con la segunda tesis, que explica en gran parte la primera, me ahorro hacerme con el libro de Lacalle porque temo que no tenga respuesta a mi pregunta del párrafo anterior.

El texto completo de la entrevista a Lacalle en (http://registrousuarios.lavanguardia.com/premium/54373047561/index.html#ixzz2S3Ema2bU,) pero, como ven, solamente para suscriptores. Yo compro LV miércoles (por el suplemento literario) y domingos para leer a Oriol Domingo y Joan de Sagarra

 

lunes, 29 de abril de 2013

La crisis y la emancipación familiar


La crisis y la emancipación familiar


Un texto reducido de la primera parte de este texto se publicó en “El Diario Vasco” el sábado 27 de abril, bajo el título de “Sàra, una chica danesa” solamente accesible previo pago a Vocento

 
Estamos trabajando en la sede de la FAD (Fundación de la Ayuda contra la Drogadicción), en Madrid, el equipo de redactores en el nuevo trabajo sobre “Jóvenes y Valores” que verá la luz dentro de un año, aproximadamente. Personalmente, entre mis lecturas previas para esta reunión acabada de consultar con cierto detalle un Informe francés publicado por “Alternatives Economiques” en febrero de 2013 titulado “El Estado de la juventud en Francia” pero donde también hay capítulos sobre cómo negocian jóvenes de diferentes países europeos su inserción laboral. En la página 126 del Informe leo el itinerario vital de Sàra Zachariasardottir, adolescente danesa de 22 años desde que cumplió 13 hasta la actualidad.

Hija de un policia y de una enfermera, con 13 años ya comenzó a trabajar (edad minima laboral en Dinamarca), mientras cursaba los estudios secundarios. A los 17 años, hace un alto en sus estudios y se va a vivir a una familia de acogida en Francia (para dominar el idioma) y vuelve a Dinamarca para terminar su Bachillerato con 19 años. Entonces se va al sur de Italia “a conocer mundo” (y aprender algo de italiano). Trabaja  durante cuatro meses en la hostelería y después vuelve a su país natal donde pasa nueve meses, en pequeños trabajos, para pagarse sus estudios superiores. Dice que “le parece normal ganarse sus propios dineros y que en Dinamarca muy pocos padres financian los estudios superiores de sus hijos”. En la actualidad cursa estudios de medicina en la universidad pero no sabe aun en qué especialidad. Dice que “tiene mucho tiempo por delante”.

Hay que añadir que en Dinamarca los estudiantes tiene derecho a una beca del estado de 570 Euros que ya cubre los gastos de alojamiento en una residencia de estudiantes (250 € al mes) pero Sàra, según las semanas, trabaja entre ocho y veinte horas para cubrir sus necesidades.

Este tema de la tardía emancipación familiar es España lo llevo trabajando hace muchos años. De hecho el Estado de Bienestar español gasta menos que otros países en juventud y familia, ya que considera que las familias deben ocuparse de sus miembros y que la responsabilidad de los jóvenes es ante todo de sus padres. Los jóvenes españoles no se implican en defender las ayudas públicas pero podemos pensar que esto se debe a que tienen, por ejemplo, menos beneficios que “sacar” del Estado de Bienestar. No dependen fuertemente de dicho Estado y no cuentan con él para que les resuelva gran parte de sus problemas, sobre todo los económicos. No cobran subsidios constantemente y, por tanto, podríamos decir que “ahorran” dinero al Estado.

Esto es posible gracias a la familia, que apoya a sus hijos lo más que puede. La consecuencia está en que tienen una gran dependencia de los familiares cercanos y menos libertad individual. Por otro lado, experimentan menos precariedad y exclusión social que los jóvenes de otros países. España es un país en el que hasta finales de los años 70 había un Estado paternalista pero no un Estado de Bienestar como ocurría en otros países europeos. En éstos, con el paso de los años, el Estado ha sido cada vez menos generoso por falta de dinero. Las ayudas dependen cada vez más de lo que se llama una solidaridad vertical (de los que más tienen a los que menos tienen) y no horizontal (para todos los ciudadanos las mismas ayudas independientemente de su situación económica y familiar). Esto hace que los jóvenes españoles, al fin y al cabo, nunca hayan recibido una gran ayuda de los gobiernos, como tampoco sus padres, y por tanto, no esperan tanto del Estado.

A menudo suele trasladar unas reflexiones pronunciadas el año 2007 (luego antes de la crisis) en el Congreso de la FAD sobre Familia y Ciudadanía en Madrid, donde compartí una Mesa Redonda con una colega española, Sandra Gaviria, que trabaja (o trabajaba entonces) en la universidad francesa de Le Havre. Comparando los hábitos de los jóvenes españoles y franceses afirmaba refiriéndose a los españoles que “los jóvenes españoles se quedan durante años viviendo con sus padres incluso cuando tienen un empleo estable. A menudo se ha atribuido este fenómeno a causas materiales como el paro, el precio de la vivienda, la ausencia de políticas sociales, la localización de las universidades, etc. Hoy en día constatamos que la tasa de empleo ha aumentado (recuérdese que la autora habla el año 2007, luego todavía en periodo de bonanza) y que, sin embargo, siguen permaneciendo en casa de los padres. Se van generalmente en el momento del matrimonio. Esto no es, a nuestros ojos, únicamente el resultado de factores materiales sino también la consecuencia de un modelo de construcción de uno mismo, específico a España y, en cualquier caso, distinto del existente en países como Francia o como los países nórdicos. En este modelo latino, aprobado generalmente por los padres y por los hijos, se defiende que uno permanezca tiempo con los suyos para así devenir uno mismo, conservando una parte importante de la identidad familiar”.

Continuaba Sandra Gaviria afirmado que “se considera que un joven que se queda durante tiempo en la casa familiar podrá, cuando sea adulto, tener una identidad de “hijo de” importante. Los jóvenes no muestran que tienen ganas de irse de casa. La familia española es cada vez más democrática y resulta agradable el vivir juntos como ya indicada la profesores Inés Alberdi, el año 1999. No consideran la casa como un hotel y dan afecto y cariño a los suyos.

Sus progenitores aceptan esta situación e incluso la viven con orgullo. Si un hijo se marcha pronto, lo viven como una decepción o como si hubiesen hecho algo mal. Los que trabajan y conviven con sus padres no se consideran ni son considerados como adolescentes tardíos o como adultos inmaduros. El trabajo es una condición necesaria pero no suficiente para irse, ya que desean marcharse en buenas condiciones económicas, tener ahorros e, incluso, en algunos casos, haber empezado ya a pagar una hipoteca para comprar un piso. No existe la idea de que un individuo que se asume económicamente es más autónomo de su familia y que tiene menos obligaciones hacia ella. Las obligaciones familiares no tienen nada que ver con los ingresos de sus miembros o con su autonomía económica. Por lo tanto, las obligaciones de un joven hacia los suyos, que trabaje o no, que se vaya o que se quede, no cambian.

Durante los años de la convivencia con los padres conservan con ellos un mundo común importante. A menudo los amigos conocen a los padres de sus amigos, e incluso celebran juntos algún cumpleaños o alguna cena. Ser adulto o ir hacia el mundo de los adultos no significa separar los diferentes mundos a los que pertenecen los individuos. Al contrario, una persona que se construye correctamente como adulta es aquella que va a poder seguir conciliando las distintas esferas de la vida a las que pertenece. Esto permite a los jóvenes tener una fuerte unidad de su identidad. Por ejemplo, si están al mismo tiempo delante de sus amigos y de sus padres, deben conciliar su identidad de “amigo de” con la de “hijo de”. Todo este proceso lo realizan acompañados por sus padres y con una seguridad afectiva”[1].

Traigo aquí esta larga cita de Sandra Gaviria porque se trata de una española que por serlo conoce la realidad familiar española y al residir en Francia, la francesa y, al ocuparse en la universidad de los temas familiares también conoce la realidad familiar europea. Estando plenamente de acuerdo con ese diagnóstico, en el momento actual cabe añadir el correctivo estructural del número creciente de núcleos familiares con procesos de separación o divorcio, de tal suerte que se convierten en núcleos familiares monoparentales lo que podría conllevar, muchas veces, una aceleración en la emancipación de los hijos. Sin embargo la crisis financiera (y de valores) que padecemos hacen que la familia todavía siga siendo el gran refugio de las situaciones complicadas en la vida.

Es lo que sucede en este año 2013. El diario “Le Monde” (26/04/3013) además de afirmar en su titular que “en España sin la economía subterránea (que estima entre el 20-25 % del producto interior bruto) ya hubiera habido una revolución”, habida cuenta la proporción de paro existente, añade, de entrada, la importancia de lo que denomina la “solidaridad familiar que impide que muchas personas se encuentren literalmente en la calle”. Aunque habría que introducir más factores para explicar la situación actual qué duda cabe que el modelo familiar español es un gigantesco colchón para aliviar el escandaloso paro existente. Pero también sirve para explicar la sobre-dependencia familiar de los jóvenes y menos jóvenes, fenómeno anterior a la actual crisis, insisto en ello.



[1] Puede consultarse el texto completo en el Aula Virtual de la WEB de la FAD, en el Congreso “Familia y Ciudadanía de Madrid” de 20-22 de noviembre de 2007-

jueves, 25 de abril de 2013

Striptease en el Parlamento


Un striptease para la foto en el Parlamento

 
Durante unos pocos años impartí una asignatura en Deusto que se llamaba, pomposamente, “Conflicto Social y conducta desviada”. El primer día de clase, para “explicar” a mis alumnos la complejidad que supone definir una conducta desviada, les pedía que reflexionaran qué pensarían y qué sucedería si, en vez de estar sentado en la tarima de la clase bien encorbatado como corresponde a un profesor de Deusto, llevara puesta una minifalda roja. Tras el asombro y perplejidad iniciales, siempre había alguno que decía que seguro que al día siguiente salíamos en la prensa. Sobretodo si alguno de ellos me sacaba una foto con tal indumentaria. Obviamente nunca salimos en la prensa. Nunca hubo tal conducta desviada en mi clase.

 
Ayer en las televisiones de la noche y en la prensa de hoy, concretamente en “El Diario Vasco” de hoy, hay una página entera con diferentes secuencias del striptease de un parlamentario, Joan Baldovi, que quería llamar la atención de algo, ciertamente muy importante y grave, como la nueva ley hipotecaria, cuando en realidad lo que consiguió es que todo el mundo hablara de su (púdico) striptease. ¿Dónde está la conducta desviada, en que te echen de casa, o en montar un numerito en el parlamento?. Me resulta difícil creer que, en la sociedad del espectáculo, todavía haya gente (hasta parlamentarios) que piense que con llamar la atención y salir en los medios de comunicación se van a solucionar los problemas. ¡Pobre país!

Una noche en la UVI


Una noche en la UVI

 

Este lunes pasado, 22 de abril, víspera del día del libro, a las 16,30, pasé por el quirófano de la Policlínica guipuzcoana. El anestesista, con cara simpática y mirada burlona y tranquilizadora, tras algún pinchazo para adormilarme, me colocó como una mascarilla en la nariz pidiéndome que respirara tranquilamente mientras pensaba en cosas agradables. Dirigí mi mente al último Fausto que escuché con mi mujer en la MET y, sin ser capaz de captar el instante preciso, pasé de la vigilia al sueño. Unas palmaditas en la cara y, de nuevo, la sonrisa del anestesista diciéndome que ya estoy operado, me devuelve a la realidad. Inmediatamente soy consciente de la situación, el médico operador me dice todo ha ido muy bien aunque la operación ha sido laboriosa y, como estaba previsto, me llevan a la UVI a pasar la noche. Me visitan mi mujer y mi hija Marta. Charlamos un rato. Sus palabras, el tono de sus palabras y sus rostros me tranquilizan aún más y me confirman que todo ha ido bien. Ya me quedo solo en habitáculo n.º 9 de la UVI. Habitáculo que es como una habitación abierta, con cristaleras que da a un pasillo y a dos habitaciones- así las llamaré-,  a mi derecha, la 8 y a mi izquierda la 10.

Me siento francamente bien. No me duele nada, la mente la tengo fresca, nada abotargada aunque ahora, jueves 25 cuando redacto estas líneas, hay cosas que tengo ya olvidadas. Constato que estoy entubado, que tengo respiración artificial, mediante dos minitubitos en las fosas nasales que, rápidamente, hago la prueba de quitarlos para comprobar que sin ellos también respiro sin problemas. O eso me parece. Como no me van a dar nada de beber, menos aún de comer, y no tengo sueño (vengo de una “siesta” inducida de más de dos horas) mi deformación profesional ocupa mi mente y me digo que a mis setenta y un años es la primera vez que me veo en una UVI (o UCI, pero constato que entre el personal sanitario utilizan el término de UVI), con una noche en blanco, por delante y me dedico a observar.

Me mojan la boca con un spray para aliviar mi garganta que se queda seca, me toman la temperatura, me palpan el pulso y, sobretodo, miran una pantalla que está sobre mi cabeza donde deben medir mis pulsaciones, mi rito cardiaco, mi tensión y no sé qué más. Me preguntan con frecuencia si estoy bien, si me duele algo, si me falta algo…En definitiva me siento perfectamente atendido. Estoy muy tranquilo. Como ya escribí en la entrada anterior a este blog, estaba más intranquilo la víspera de la intervención que el mismo día de la operación. Supongo que la sedación sigue haciendo su efecto mientas estoy en la UVI y, despierto, me siento completamente tranquilo…observando.

A eso de las 10 de la noche, como en todos los sitios, se produce el cambio de turno aunque alguien (o “alguienes”) enlazan dos turnos. Pronto constato que hay cinco personas trajinando en la UVI más un celador que viene de vez en cuanto a traer o llevar algo. Cuando comento el número al día siguiente con una enfermera me dice que, en realidad, eran cuatro pero que pidieron una persona más de apoyo pues la noche había sigo un tanto movida, de lo que doy fe. No sé a qué hora ingresó una señora en la habitación 11 (la ví pasar por delante en el pasillo) un señora que les dio algún trabajo así como otra persona que, creo recordar, estaba en la habitación 3.

La enfermera me dijo al día siguiente que a veces en la UVI vivían momentos dramáticos. Por ejemplo cuando llegaba un accidentado o alguien tras una operación a vida o muerte y que había que mantener una calma emocional en todo momento (no es esta la expresión que utilizó que no me viene a la cabeza) para ser eficaces en su trabajo.

Mi habitación ere la número 9 como ya he dicho. Me hizo fantasear con Beethoven, Bruckner, Dvorak, Schubert, Mahler, todos compositores de nueve sinfonías. Me decía que la que mejor iba con el lugar era el final de la de Mahler. ¡Como olvidar el largo minuto de silenció en el Auditorio Nacional, hace uno o dos años, cuando Abbado la concluyó, antes de prorrumpir en aplausos!. Pero no dejé que el morbo mahleriano me invadiera – música psicológica la define Harnoncourt que nunca la dirige, como Celibididache, como Furtwängler, excepto unos lieder con Fiescher Dieskau- y pensé en la vitalidad de Beethoven, la ternura de Schubert…y en la incompleta de Bruckner. Mi vida no se concluiría en esa UVI.

Desde donde yo estaba veía el tablero de habitaciones y comprobé que de las 14 que tiene la UVI (luego supe que solamente utilizaban 13) había 8 ocupadas y seis libres. Luego cinco personas atendiendo a 8 pacientes. (Fuera del Hospital me dijeron que la proporción es similar, si no mayor, en el Hospital Gipuzkoa pero no he comprobado el dato). Obviamente me tranquilizó aún más pero no pude no pensar que era todo un lujazo, y que era imposible mantener esta atención en el futuro. Así lo comenté el día siguiente con una amable enfermera y un auxiliar. Me parece imposible mantener en el futuro este nivel y calidad de atención con una población cada día más avejentada, con una tasa de natalidad que no reproduce, ni de lejos, la actual población, con una pirámide de edades que es ya casi cilíndrica y, que si sigue así, será pirámide invertida y, todo ello, en medio de una conciencia sanitaria cada día más exigente en nuestra sociedad. No hay que olvidar que los tres valores centrales y definitorios que conforman la sociedad actual occidental (pienso en España y en Euskadi, por igual, en este punto) son el dinero, la salud y la seguridad. Y por ese orden. La actual atención en la UVI que yo viví, solamente será sostenible en el futuro para las personas adineradas.

Cinco para ocho y sin parar de trabajar. Yo soy “gau txori” (noctámbulo) por naturaleza y, habitualmente, me acuesto bien pasada la una de la madrugada, luego en la UVI, pasadas las dos tenía aún los ojos bien abiertos lo que me obligó a tranquilizarles diciéndoles que me encontraba muy bien, pero que no tenía sueño. Hasta las tres no comencé a cerrar las pestañas, en parte por la prolongada “siesta” del día anterior, en parte por mi privilegiada situación de observador de una UVI que seguro alteró mi adrenalina.

Cinco para ocho y no paraban, decía arriba. Muchas veces pensé que tenían un trabajo constante, a veces presuroso, nunca apresurado (aunque les veía moverme, excepcionalmente, con rapidez, como explicaré inmediatamente), menos aún con signos de alarma. Daban tranquilidad al paciente. Es que en la UVI además de estar enchufados a varios cables con sus correspondientes indicaciones numéricas en pantallas, se vive una auténtica sinfonía de pitidos. Amortiguados, francamente no molestos (la UVI es mucho mejor en este aspecto que un aeropuerto, y no digamos una estación de metro londinense donde no paran de gritar por los altavoces) pero, pitidos, perfectamente audibles no solamente para el personal sanitario sino también para quien, como yo, está despierto y en observación. Sinfonía de pitidos también perfectamente diferenciables. Por ejemplo si movía demasiado mi mano izquierda el indicador de mi tensión arterial se desconectaba y emitía un doble pitido discontinuo y regular. Para mi asombro, el doble pitido de pronto enmudecía para volver a las andadas poco después. Intrigado, en un momento que pasaba alguien con paso tranquilo por el pasillo le interpelé (en toda la noche no tuve necesidad de llamar a nadie para nada) y me dijo que era un chivatillo que lo oían donde estaban (y adiviné que lo veían en otra pantalla) y que ellos mismos lo controlaban. Me dijeron que les ayudaba mucho en su labor pues estaban siempre informados sin estar, constantemente, en la cabecera del paciente.

A veces el pitido era nítidamente indicador (tres o cuatro pitidos rápidos) de algo más urgente y es, en esos momentos, cuando constataba que el personal se movía con rapidez hacia la habitación de donde provenían los pitidos. Si era a la izquierda de mi habitación ya sabía que era la 11. Si a la derecha suponía que la 3. Pronto volvía todo a la calma lo que quiere decir, volver al ritmo pausado (y pautado diría) de la noche. Había otro pitido también distinguible (o al menos así me lo parecía a mi), cuando alguien llamaba para una atención.

Ya he dicho que a eso de las tres de la madrugada comencé a dormitar. Me desvelé hacia las seis (creo que porque me pusieron el termómetro) y así seguí hasta las 8 de la mañana donde comenzó el cambio de turno y tuve ocasión de conversar un poco con el personal que se iba. Apareció un anestesista (que tiene la amabilidad de seguir este blog y con quien intercambié unas palabras), también uno de los cirujanos que me operaron el día pasado y tras varias pruebas más (y con más hambre que Carpanta) a media mañana me subieron a planta donde seguí mi estancia con el mismo trato exquisito hasta que el miércoles, me volví a casa.

No había pasado 48 horas en la Policlínica. Una estancia en una clínica nunca puede decirse que sea equiparable a un fin de semana en un balneario de recreo o en una escapada musical, pero dejé el centro sanitario con la sensación de una atención muy buena, particularmente en la UVI, pero con la certeza de que, en la actual coyuntura demográfica, y con los actuales valores dominantes, esta atención es imposible de mantener en el futuro. Y no he mentado a la crisis, no por olvido, pues de la crisis saldremos antes, pienso yo, que de la actual situación demográfica y de la actual deriva de valores, cuya trilogía básica, he señalado más arriba. En fin, no debo, ni quiero, cerrar estas líneas, sin agradecer la atención recibido por todo el personal, médicos, anestesistas, enfermeros, auxiliares, técnicos (pues había que mantener en marcha toda la sofisticada tecnología de la UVI) que me atendieron.
 
Y como la incompleta de Bruckner, su 9ª sinfonía, la vida sigue. Pero, en mi vida, como en la 9ª bruckneriana, los tres primeros movimientos están ya conclusos y del 4ª movimiento, Bruckner dejó escritas más de dos terceras partes. Otros la han concluido varias veces. El 7 y 8 de febrero de 2012, escuche, dos veces, la última versión concluida, interpretada por Rattle y sus filarmónicos. El final no era Bruckner aunque se le parecía. Faltaba su coda, la propia de Anton Bruckner, la que no pudo terminar. ¿Podré yo escribir la coda de mi vida, o me la escribirán)?

lunes, 22 de abril de 2013

De quirófanos y adicciones


De quirófanos y adicciones

(22 de abril de 2013)

Dentro de un rato ingreso para una intervención quirúrgica menor, aunque con anestesia total. Ayer estaba más nervioso que hoy.

En realidad no tengo miedo a pasar por el quirófano. Puestos a pensar en lo peor, lo que  no es mi caso al menos hoy, hay pocas muertes más dulces que la mesa del quirófano. Para el paciente y para su familia (pasados los primeros días), aunque para el operador, anestesista etc.,  no debe serlo tanto.

Pero estar en una clínica me resulta un peñazo inmenso. Espero que la estancia sea breve y vuelva pronto a mi pantalla del ordenador. Es una adicción como otra cualquiera y quien esté libre de adicciones tire la primera piedra.

 

Krugman precisa ecuanimidad


Krugman precisa ecuanimidad


 

En “El País” del 21 de Abril, bajo el título de “La depresión del Excel” hay un artículo de Paul Krugman. Critica un artículo, Growth in a time of debt (Crecimiento en una época de endeudamiento) de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff que pretendía identificar un umbral crítico, un punto de inflexión, para la deuda pública (que ya los propios autores han reconocido su inexactitud). Es un tema recurrente estos últimos días. Mi incompetencia en estos temas me impide emitir un juicio fundamentado.


Pero en el artículo de Krugman hay unas frases que me dejan perplejo. Son estas: “debemos situar el fiasco de Reinhart y Rogoff en el contexto más amplio de la obsesión por la austeridad: el evidentemente intenso deseo de los legisladores, políticos y expertos de todo el mundo occidental de dar la espalda a los parados y, en cambio, usar la crisis económica como excusa para reducir drásticamente los programas sociales” (el subrayado es mío).

Esa afirmación es muy grave. Así como, en el citado artículo, Krugman critica un editorial de The Washington Post que afirmaba que estamos “peligrosamente cerca de la marca del 90% que los economistas consideran una amenaza para el crecimiento económico sostenible”, remarcando que el editorial utiliza la expresión: “los economistas”, no “algunos economistas”, personalmente me pregunto si Krugman se refiere a “los legisladores y expertos de todo el mundo occidental” o más bien a “algunos”. Obviamente tienen que ser algunos, no sea más que porque él mismo se excluye. Luego la pregunta se impone: de qué legisladores y expertos habla (como los que dan la espalda a los parados) y cuales los que excluye.

Como de expertos en estos temas nada sé, me gustaría me aclarara, al menos, quienes son los legisladores que están en un lado y en otro de la raya que establece Krugman, raya que comparto, obviamente. Más concretamente cuando Krugman escribe más adelante que “los responsables políticos (de nuevo, no “algunos”, sino “los”) abandonaron a los parados y tomaron el camino de la austeridad porque quisieron, no porque tuviesen que hacerlo”, quisiera que pusiera nombre y apellidos de tales responsables políticos. O, ¿es que son todos y, como en Sodoma y Gomorra, no habrá en el mundo occidental, un solo responsable político que se preocupe por la suerte de los parados?.

Tenemos derecho a pedir a un profesor en Princeton y Premio Nobel, con la relevancia de Paul Krugman, algo más de ecuanimidad y precisión en sus juicios públicos.

domingo, 21 de abril de 2013

"El misterio francés": un libro fascinante


"El misterio francés": un libro fascinante

Hervé Le Bras, demógrafo y ­Emmanuel Todd, antropólogo acaban de publicar un libro Le Mystère français (Seuil). Paris 2013, que ha creado un buen revuelo en los medios intelectuales y periodísticos de Francia. Las grandes revistas francesas, Le Point, l´Express, Le Nouvel Observateur (con un impactante Dossier, lleno de cifras y tablas del Francia, que lo he comprado en Internet 2,95 €) la Vie etc., le consagran muchas páginas. Sigo, en estas líneas, el esquema de Jean-Pierre Denis (director de “La Vie”, semanario religioso muy abierto, aunque también he leído le Nouvel Obs., de tendencia de izquierda como es bien sabido, L´Express y Le Point),  pues aun no tengo el libro (me cuesta casi tanto el envío postal que el precio del libro que lo compraré en Paris a final de mayo)
Además de señalar, con datos, que Francia, en su conjunto, está mejor de lo que se piensa, sostienen la tesis de que hay dos “Francias”: Una Francia que llora (que va mal) y otra que ríe (que va razonablemente bien). “La línea que separa la Francia que sufre de la que ríe no pasa por la derecha y la izquierda, ni siquiera entre los pobres y los ricos. No, geográficamente hablando, la línea divisoria hunde sus raíces en las dos Francias resultantes tras la revolución de 1989. Por un lado, la Francia que pena es la de la Revolución, esa parte del país hace tiempo descristianizada, que después ha sido marcada por el comunismo y por un espíritu igualitario que habría desaparecido sin dejar trazas.  Le Bras et Todd constatan, y aquí Denis les cita expresamente, “la depresión ideológica y cultural de las poblaciones anteriormente laicizadas”, confirmada (si no aumentada) por “el hundimiento de la creencia comunista”. Para más Inri, es la Francia donde obtuvo muchos adeptos el movimiento de extrema derecha de Jean-Marie Le Pen.
La otra Francia, la que está mejor, “es la que sigue marcada por la huella del cristianismo, a pesar de la caída espectacular de la práctica religiosa. Es la parte del país menos castigada por la crisis, donde se hacen estudios más prolongados, donde hay menos dificultades para situarse en el nuevo paisaje europeo y mundializado, donde el paro golpea en menor intensidad a los jóvenes y donde, en cierta medida, la relación familiar resiste mejor. Llamativamente esta Francia es la que la historia cultural y política ha despreciado y arrojado a la periferia de su espacio mental: la Bretaña, la región de Nantes, los Pirineos Vascos, la Alsacia, la parte meridional del Macizo Central, el Franco-Condado, Saboya… La persistencia de esta cartografía religiosa en un país, casi enteramente secularizado, tiene algo de absolutamente fascinante” concluye Denis, director de La Vie, recuerdo.
Pero, Le Bras et Todd, hablando del cristianismo, utilizan la expresión de un “catolicismo zombi”. En el dossier de Nouvel Obs, lo dicen así (cito a los autores): “Los valores organizadores del catolicismo siguen activos en los lugares donde fueron preponderantes. Una de las paradojas más llamativas de nuestro tiempo es el incremento del poder social de una religión que se desvanece como creencia metafísica. El catolicismo parece haber logrado, para sí mismo, el objetivo de una vida después de la muerte. Como se trata de una vida terrestre, hablamos de catolicismo zombi”
En otra entrevista en Le Express (edición electrónica del 29/03/2013) Todd se expresa así: “la tradición religiosa continúa, como en un subterráneo, como una especie de zombi, muerto – vivo, influenciando las relaciones entre los hombres y las mujeres, la educación de los niños, la fecundidad, la relación al trabajo, las tasas de paro, el éxito escolar, el voto etc. Parece que las regiones que han perdido recientemente el cristianismo tienen claramente una ventaja, mientras que las de tradición laica, anteriormente revolucionaria, tienen más dificultades”.

Al preguntarles que profundicen más Le Bras señala, como elemento capital, los diferentes modelos de familia de una y otra Francia con sus valores correspondientes. “Grosso modo, en el norte, y de forma eminente en la zona parisina, familia nuclear, individualista, con un núcleo autónomo: padre, madre y sus hijos quienes, a su vez, al dejar el hogar crean otra entidad autónoma (….) con los viejos valores franceses de libertad, igualdad, individualismo y reglas de reparto familiar, estrictamente igualitarias. Allí la industria se desarrolló, pues los individuos podía liberarse del círculo familiar”

En el Sur es la familia extensa, y generalmente funciona el derecho de mayorazgo. Ahí dominan “los valores de autoridad, desigualdad. Y el artesanado. El catolicismo y la familia extensa conllevan valores de entreayuda, de cooperación, que representan en la actualidad un ventaja cierta en tiempos de crisis, cundo el Estado, poco a poco, se inhibe en sus compromisos sociales.
Líneas más abajo, Todd afirma que la Iglesia católica tiene dos mil años de experiencia. El partido comunista, medio siglo. De ahí los diferentes resultados”

En fin. Aquí lo dejo. El libro me parece muy francés. Quiero decir que busca la gran teoría explicativa de fenómenos complejos. Pero tiene el gran atractivo de ir contra corriente. Así cuando afirman que Francia no está tan mal como dicen y la dimensión religiosa sigue teniendo un papel explicativo central. Aunque al director de “La Vie” eso de que los católicos franceses sean zombis no le agrade en absoluto.

Otro libro a situar en la (larga) lista de los de lectura obligada.