jueves, 15 de mayo de 2008

Presente y futuro de la familia española (2008)


Presente y futuro de la familia española (2008)
 

Texto para un capitulo de mi libro “La Voz de los adolescentes”, publicado por la editorial PPC el año 2009

Introducción

Todos los estudios sobre los adolescentes y los jóvenes son formales: la familia es central para ellos. Tanto si les interrogamos sobre sus prioridades vitales como por los agentes de socialización, los espacios donde dicen encontrar mas apoyo para orientarse en la vida, la familia es señalada en primer lugar. Por otra parte es unánimemente sabido y  reconocido que, en estos últimos tiempos en España, la familia está siendo objeto de una profunda y radical transformación. En estas páginas nos proponemos analizar la evolución de la familia española en las dos o tres últimas décadas y, al par que reflexionamos sobre algunos de los datos mayores, sugerir algunas de las claves que nos parecen centrales para entender qué dirección, o  direcciones, pueda adoptar la familia en el futuro próximo.

Dos partes bien diferenciadas ofrecemos en estas apretadas páginas. En primer lugar, de forma sucinta y con muy escasas tablas numéricas, pasaremos revista a determinados rasgos mayores de la evolución y situación actual de la familia en España (con algunas contextualizaciones europeas) con la pretensión de ofrecer una visión de ocho rasgos de esta familia y sus aledaños. Los haremos, salvo que indiquemos lo contrario, en base a datos oficiales, sea del Instituto Nacional de Estadística, sea de los organismos oficiales de la unión Europea, Eurostat o de los servicios estadísticos del Consejo de Europa.


Estos serán los ocho puntos abordados. Pasemos revista a la evolución de los hogares de la familia nuclear al auge de las monoparentales y de las personas que viene solas, a la prevalencia de los matrimonios entre personas del mismo sexo, así como a la evolución entre el número de matrimonios civiles y canónicos. Otro punto se referirá al estado civil de los contrayentes en el momento de acceder al matrimonio, si solteros o divorciados o separados, así como al aumento de los divorcios.


Nos detendremos también en la evolución en la edad de acceso al matrimonio y a la maternidad, lo que nos llevará a analizar la importancia que esa adquiriendo la cohabitación de los jóvenes antes de formalizar el matrimonio, como una de las  características mayores en la actualidad.

 
En fin, mirando al futuro, no podemos soslayar la realidad del descenso de la natalidad en España y lo haremos comparando con lo que ha sucedido estos últimos 25 con otros países europeos. De ahí, pensamos, encontraremos, algunos de factores centrales que expliquen la realidad actual. Por último, en esta primera parte de este capítulo, nos referiremos a la grave cuestión de aumento de niños que nacen fuera del matrimonio.

 

En la segunda parte, a partir de lo analizado en la primera, trataremos de encontrar claves interpretativas de la situación actual de la familia en España y presentaremos una prospectiva de futura al par que una propuesta de un nuevo contrato entre la familia y la sociedad si queremos preservar, actualizado a los tiempos actuales, lo esencial y básico de lo mejor del modelo histórico de familia entre nosotros.

 

 

A. Una visión sucinta de la reciente evolución de los núcleos familiares y fenómenos adyacentes en España

 

Como acabamos de indicar, ocho serán las cuestiones que abordemos en este primer apartado. Veamos, en primer lugar cómo están evolucionando los modelos de núcleos familiares en España.

 

1. Modelos de uniones matrimoniales

 

La composición de los hogares españoles, según se desprende del Informe del Instituto Nacional de Estadística, dado a conocer en junio del año 2004, nos muestra que, aunque todavía el modelo nuclear tradicional de familia (padre, madre, con o sin hijos) sigue siendo el mayoritario en la sociedad española, ya emergen, con fuerza, otros tipos de hogares.

 

Cerca de dos cada tres de lo que, muy correctamente a nuestro juicio, denomina el INE, hogares españoles[1] están conformados por parejas tradicionales, con o sin hijos. Las nuevas modalidades de hogares existentes el año 2001 (recuérdese, por ejemplo, que la ley de matrimonios entre personas del mismo sexo aún no había sido aprobada[2]) conformarían el 16 % de los hogares españoles quedando el resto, el 20,3%, para los hogares unipersonales, personas que viven solas.

 

Así mismo el INE, en su Boletín de junio del mismo año 2004 ofrece unos datos extremadamente importantes sobre la evolución de los hogares entre los años 1991 y 2001. Se basa, obviamente, en el último Censo disponible, el del año 2001 y lo compara con los datos que nos ofrece el de diez años antes. Son pues datos que, vistos ya casi al final de la primera década del siglo XXI, pueden parecer ya antiguos pero, completados con otros que ofrecemos, con datos más próximos, hasta del año 2006, nos permiten atisbar la realidad de los hogares con una perspectiva que, en algunos casos, llegará a los 25 años.

 

Así mismo la utilización de varias fuentes europeas nos permitirá situar la realidad española con la europea. En algún caso también, nos detendremos en informaciones autonómicas sea por su proximidad en el tiempo, sea porque nos ofrece una información relevante que a ese nivel hemos obtenido.

 

En primer lugar hay que decir que la aparición de nuevas modalidades de hogares ha hecho que el número absoluto de estos, lógicamente, aumente. Casi un 20 %. Hay más hogares porque hay más modalidades de hogares. Particularmente aumentan los hogares unipersonales. Cada vez más gente vive sola. Los hogares unipersonales, en la década 1991-2001, habían aumentado un 81,9%, especialmente  (aunque no exclusivamente) en las franjas extremas de edad: los jóvenes y las personas de más de 65 años. Dato este extremadamente importante, corroborado por estudios posteriores, españoles y europeos.

 

Así mismo aumentan las parejas sin hijos y descienden las que tienen tres o más hijos, lo que muestra también el descenso de la natalidad cuestión que también abordaremos mas adelante. En fin, aparecen por primera vez en las estadísticas del INE las familias reconstituidas y las parejas de hecho que, aunque reducidas en número, aumentan en un 155 % entre 1.991 y 2.001.

 

La evolución de las modalidades de hogares en España en la década 1991-2001 cabe resumirse diciendo que son cada vez mas los hogares y  mas diversos, con una acentuación de personas que viven solas (hogares unipersonales) en detrimento de parejas, y de parejas tradicionales, pues ya aparecen con fuerza las parejas de hecho, las familias reconstituidas y los adultos con hijos a cargo (donde hay que integrar los viudos y viudas así como los padres y, sobretodo, madre solteras, con uno o mas hijos). Evidentemente esta diversidad de hogares y el aumento de hogares unipersonales conlleva que descienda el número medio de personas por hogar. 

 

Traemos aquí la evolución de los núcleos familiares en Euskadi pues nos ofrece una visión de 25 años, la última de 2006, con datos estimados por los demógrafos del oficial Eustat vasco[3]. Aunque Euskadi, en comparación con la media española, destaca al alza en la adopción de nuevas modalidades de hogares familiares, sin embargo los datos son perfectamente validables al conjunto español a la hora de analizar la evolución de los  tipos de hogares.

 

En efecto lo que acabamos de señalar para el conjunto español, entre 1991 y 2001, se confirma en el caso de Euskadi con datos que van desde 1981 hasta los estimados en el año 2006. Básicamente cabe decir lo siguiente: constante aumento de personas que viven solas (casi tres veces mas en 2006 que en 1975), aumento de parejas sin hijos, continuado descenso de las que tiene hijos, (el modelo tradicional de núcleo familiar con hijos, que era claramente mayoritario el año 1981 con el 63 % de núcleos familiares, se queda en un 42 % veinticinco años después) y, por último, pero no por ello menos importante, fuerte progresión de unidades monoparentales. En esta última modalidad siempre son más las madres con hijo o hijos a cargo que los padres pero, si nos fijamos en la evolución comparativa, el aumento de monoparentalidades masculinas es notoriamente superior al aumento de monoparentalidades femeninas que parece haberse estancado ya desde el año 1996 e incluso apuntando un ligero descenso. Dato a seguir. Señalemos, para ser completos, que las familias compuestas se mantienen en un discreto 3% y las polinucleares tienden a descender.

 

El aumento de personas que viven solas merece un breve comentario aparte. No es un fenómeno solamente español. Incluso en España esta realidad presenta una prevalencia estadística inferior a la de la mayoría de países europeos. Así en Suecia, en datos estimados por el Consejo de Europa para 2005, cuatro de cada diez mujeres de 50 años, viven solas, en Noruega, tres, y cerca de tres también en Finlandia y Francia y claramente mas de dos en Austria, Dinamarca, Suiza, Alemania, Países Bajos y Gran Bretaña. Estas proporciones eran notoriamente inferiores en generaciones anteriores.

 

España situándose, el año 2005, con un 16 % de mujeres de 50 años que viven solas (algo menos que Bélgica, Irlanda e Italia y algo más que Polonia, países de mayoría católica)[4] nos abre la interrogante de saber si dentro de una generación, o menos, se situará en los niveles de los países nórdicos y de tradición protestante (con la excepción de Francia pero, aquí, muy probablemente el sistema de ayuda a la familia, explique muchas cosas) o mas bien el modelo latino de matriz católica, mayoritario en el Sur de Europa mantendrá  sus actuales diferencias. En otras palabras, ¿estamos ante un fenómeno de temporalidad hacia el modelo nórdico o las matrices católico-mediterráneas, aun con acomodaciones, mantendrán su diferencial en el futuro?. He aquí, a nuestro juicio, una cuestión clave mirando al futuro de la familia. 

 

2. Matrimonios entre personas del mismo sexo

La inmensa mayoría de los matrimonios el año 2006 lo fue entre personas de diferente sexo. Solamente el 2,1 % lo fueron entre personas del mismo sexo, 1,4 % entre hombres y 0,7 % entre mujeres. Un año antes, el año 2005, siempre en base a datos del INE las cifras (a contabilizar después del 3 de Julio, fecha en la que entró en vigor la ley que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo) presentaba estas cifras: 1.269 matrimonios entre personas del mismo sexo (el 0,61% del total), 914 entre varones y 355 entre mujeres. Habrá que ver las cifras de años posteriores pero, en cualquier caso, estamos ante un fenómeno, cuya importancia simbólica es innegable pero que, en su significación estadística, está sobrevalorado.

3. Matrimonios de divorciados y aumento de divorcios

 

Si bien lo habitual es que en la inmensa mayoría de matrimonios, nueve de cada diez, los contrayentes al acceder al mismo sean solteros, en las estadísticas del INE ya encontramos, el año 2006, que entre el 9% (entre las esposas) y el 10 % (entre los esposos) se casen tras haber experimentado, al menos un divorcio o separación matrimonial previos

 

Estos mismos datos son superiores en Europa donde los divorcios y los matrimonios de personas divorciadas empezaron mucho antes que en España. En la Europa de los 25 podemos señalar que cerca de uno de cada dos matrimonios se rompe. Los datos varían entre unos y otros países aunque hay una gran mayoría de países que se sitúan alrededor del 50 % de matrimonios que acaban en ruptura. En las excepciones al alza encontramos, sorprendentemente, a Bélgica (país de gran tradición católica) con más de siete de cada diez matrimonios fallidos, la Republica Checa, Estonia, Hungría y Alemania y, a la baja, Irlanda e Italia (pero, al menos en Italia rige un sistema de separaciones y divorcios similar a España hasta el año 2005) y, aunque en menor medida, Polonia. Estos países, Irlanda, Italia y Polonia, donde la tasa de divorcios es netamente inferior a la de la media europea, son países con dominancia católica pero la evolución en los tres países (aunque no tanto en Irlanda) nos indica que, en breves años, se van a situar en cifras similares a las que ahora ya tienen otros países que también tienen una fuerte tradición católica como Francia y España. De hecho el divorcio adquiere una presencia prácticamente similar en toda Europa. Por ejemplo, en países tan dispares como España, Suecia, Dinamarca, Francia, Finlandia y Reino Unido apenas había diferencias en sus tasas de divorcios el año 2005.

 

Ahora bien, hay que remarcar que las encuestas de valores europeos en su aplicación en España, en todas las edades, muestran cómo la familia es plebiscitada como aquello que, con la salud, es lo más importante en la vida. Pero entiéndase bien, no se trata de la institución familiar como tal, sino la familia exitosa, la familia que funcione bien, la familia donde haya armonía y cariño. De ahí que, incluso en el caso de personas cuyo primer matrimonio haya fracasado, en una proporción elevada, vuelven a casarse. Mas los hombres que las mujeres, podemos afirmar atendiendo a datos europeos.

 

Las encuestas europeas de valores vienen mostrando esta unanimidad, cada vez mayor y más elevada, a la hora de justificar el divorcio desde hace varias décadas. Así en la última encuesta europea en su aplicación en España, el divorcio aparece, entre 21 comportamientos considerados, como el que en mayor grado es admitido en la población adulta española de más de 18 años[5].

 

 

Otro dato clave a reseñar es que los matrimonios son cada día más efímeros y duran menos tiempo. Y las uniones de hecho, fuera de la institución matrimonial, son, todavía, más frágiles, particularmente en los primeros años de cohabitación. Así mismo las parejas cuyo matrimonio ha estado precedido de un periodo de cohabitación presentan tasas de ruptura superiores a las de las  parejas que se han casado directamente. El “divorcio express” implantado en España hace un par de años, aunque con objetivos distintos, no ha hecho sino acrecentar este fenómeno. Pero la cuestión de fondo es otra: es la dificultad de adoptar compromisos duraderos en el tiempo, en un contexto en el que felicidad equivale a placer sin capacidad para integrar el dolor, los fracasos parciales y los vaivenes de la vida cotidiana en un proyecto sostenido de vida.

 

4. Matrimonios civiles y canónicos

 

Aquí y allí hemos tenido ocasión de leer últimamente que, en determinadas zonas de España, los matrimonios civiles superan, en número a los canónicos o religiosos. Teniendo en cuenta que todavía la presencia católica es claramente mayoritaria en España esto supone que son los matrimonios religiosos católicos los que descienden en número. Los datos del INE sobre la evolución de los matrimonios civiles en España no dejan lugar a dudas. En 15 años, los que separan los años 1991 de 2005 el número de matrimonios civiles en España prácticamente ha doblado pasando del 21% al 39 %. 

 

Pero las cifras están diferentemente repartidas por la geografía española. Limitándonos a las cifras extremas, Ceuta y Melilla, Canarias y Baleares, presentado las tres singularidades demográficas evidentes por la fuerte presencia de inmigrantes (de origen geográfico y condición social y religiosa diferentes), son las regiones con las tasas de divorcios más elevadas. Pero, al mismo nivel nos encontramos Catalunya que, si bien también tiene mucha emigración (argumento no valido sin embargo en la Comunidad valenciana y menos aún en Murcia y Andalucía) su importante tasa de divorcios se explica, probablemente, por su ya histórica secularización. En el extremo opuesto, con las más bajas tasas de divorcios encontramos Extremadura, Andalucía y Castilla-Mancha, las tres gobernadas desde hace décadas por el Partido Socialista, lo que obliga a pensar en que la correlación entre la significación religiosa de los partidos que gobiernan y el seguimiento de los preceptos de la Iglesia católica es, como poco, escasa en los habitantes[6].

 

El aumento de la tasa de divorcios, su legitimación por la mayoría de ciudadanos españoles, unido el hecho de que no pocos divorciados vuelvan a casarse (y todo hace pensar que las cifras de divorciados que vuelvan a casarse irá en aumento) plantea no pocos problemas a la Iglesia Católica. Uno de ellos, y no el menor, será el de admisión a la plena comunión en la celebración eucarística de los divorciados que se han vuelto a casar. 

 

  1. Edad de acceso al matrimonio y de la primera maternidad

 

En primer lugar, hay que constatar que, en España, como en otros países europeos, las personas se casan cada vez mas tarde. En treinta años, desde 1975 a 2006 la edad de acceso al matrimonio se ha retrasado más de seis años, de 24 años y medio a cerca de los 31 años, en el caso de las mujeres y de 27,4 a 33,8 años, luego más de seis años mas tarde, también, en el caso de los hombres.

 

Ahora bien, mientras que la edad media de acceso al matrimonio se había retrasado en seis años, la de la maternidad solamente en dos con lo que llegamos a una dato realmente novedoso y particularmente significativo: el año 2006, en las mujeres, apenas hay diferencia entre la edad de acceso al matrimonio y la edad de maternidad. Si el año 1975 las mujeres, por término medio accedían a la maternidad más de cuatro años después de haberse casado, el año 2006 no hay prácticamente diferencia entre la edad media de tener el primer hijo y la edad de casarse. Cabe incluso hipotetizar que, en muchos casos la decisión de casarse ha estado motivada, si no impulsada, por la cercanía del nacimiento de un hijo.

 

La explicación, aunque parcial ya muy significativa, la tenemos en el dato de los estudios mas recientes sobre los jóvenes de la Fundación Santa María (del año 2005)[7], como veremos en el siguiente apartado, donde podemos constatar que alrededor de uno de cada dos jóvenes (entre 15 y 24 años) se proyectan en el futuro cohabitando antes de formalizar el matrimonio. Este itinerario es cada vez mas frecuente. Los jóvenes, formando pareja, deciden cohabitar antes de formalizar el matrimonio. En muchos casos esta formalización, como matrimonio civil o religioso, viene impulsado por la cercanía de un nacimiento de un hijo hasta el punto que, en las mujeres, la diferencia entre la edad media de formalizar el matrimonio y la edad del primer hijo es, ya el año 2006, prácticamente nula.

 

6. La cohabitación antes del matrimonio

 

Este dato nos parece que es de una gran importancia en comparación con lo que sucedía en la sociedad española hace apenas dos décadas y muestra una evolución que tiene los ribetes de una revolución pues muestra una nueva forma de experimentar y mantener relaciones sexuales en la juventud, claramente anteriores al matrimonio (lo que ciertamente viene de muy lejos) pero no por ello desligadas al mismo (de ahí la novedad), particularmente cuando el hijo asoma en la pareja. Los jóvenes en gran medida conviven juntos, son parejas de hecho, la mayoría sin formalismo alguno, muchos de ellos pensando en una relación estable que, en su día, quizás, se concretice en el matrimonio. Rigurosamente hablando creo que cabe decir que se trata de una auténtica experiencia pre-matrimonial en muchos casos.

 

Cuadro 1

Formas de convivencia preferidas para el futuro por los jóvenes españoles

(En porcentajes)

 

Modalidades
Porcentajes
Ya está casado habiendo convivido antes con la pareja
2
Ya está casado NO habiendo convivido antes con la pareja
2
Piensa casarse conviviendo antes con la pareja
43
Piensa casarse sin convivir antes con la pareja
10
Duda si se casará
15
Duda si vivirá con su pareja sin casarse
2
Vivirá con su pareja sin casarse
14
Piensa permanecer soltero
1
No sabe /No contesta
11
Total
100 %

 Fuente: “Jóvenes españoles 2.005” Elaboración: P. González Blasco

 

 

En el estudio Jóvenes Españoles 2005 de la Fundación Santa María, Pedro González Blasco constata que mirando al futuro “la forma mayoritariamente (57%) elegida por los jóvenes es el casarse, sea civil o eclesiásticamente. Vivir finalmente en pareja sin casarse es una elección minoritaria (14%) y prácticamente a nadie atrae el permanecer siempre soltero (1%). Estas pautas e incluso los porcentajes son bastante similares a los que se han detectado en otros estudios recientes (…). Los jóvenes que dudan sobre la forma de convivencia que elegirán lo hacen dudando sobretodo en casarse o no, un significativo porcentaje (15%), lo que parece indicar que en muchos casos la convivencia en pareja solo es una forma transitoria de unión y que el dilema más importante está en casarse o no en el futuro. Los jóvenes que hoy tienen en mente vivir en pareja finalmente sin casarse son relativamente pocos también, cerca de un 14%. Si unimos los que dudan en casarse o vivir en pareja con el 11% de jóvenes que no saben o no contestan llegamos a que casi la cuarta parte (27%) de ellos están indecisos sobre su forma prioritaria de convivencia futura.

 

Actualmente, continúa González Blasco, está casado un pequeño porcentaje de jóvenes (4%), probablemente predominando las chicas, entre los 15 y 24 años que hemos investigado, pero lo que resulta más significativo es que la mitad de estos jóvenes casados (2%) han convivido con su pareja antes de casarse, la otra mitad no lo hizo así. Esta pauta de convivencia en común previamente al matrimonio, ya detectada en otros trabajos, (cita el autor el estudio de G. Meil entre los estudiantes de la universidad autónoma de Madrid[8]) parece pues que se va consolidando entre los jóvenes. Esa misma es la opción claramente mayoritaria (43%) entre los jóvenes consultados que se encuentran solteros pero que piensan casarse en el futuro, frente a una minoría (10%) que también piensan en casarse finalmente pero sin ese ensayo previo de convivencia con la pareja”[9].

 

La larga cita merecía la pena pues nos muestra la realidad (deseada en todo caso) de la forma de acceso al matrimonio de las nuevas generaciones, la cohabitación antes del matrimonio siendo la opción mayoritaria. Las explicaciones de estos hechos son múltiples y, no pocas veces, ligados a la tardía emancipación familiar. Señalemos aquí, rápidamente algunos factores. El aumento del precio de la vivienda, ciertamente, aspecto en el que hay unanimidad en los analistas, la precariedad en el empleo, otro aspecto en el que hay si no unanimidad sí hay un acuerdo muy extendido y un tercer aspecto que se suele señalar con notoria menor frecuencia: las expectativas de nivel de vida de los jóvenes de hoy (y de los adultos, no se olvide, pero de jóvenes escribo) son cada día mas elevadas. Si alguna vez fue cierto aquello de “contigo con pan y cebolla” hoy en todo caso sería “contigo con viajes y buena vida”. En nuestra opinión a las innegables dificultades objetivas para la emancipación de la familia de origen y la constitución de un nuevo núcleo familiar (carestía de la vivienda y precariedad y volatilidad del empleo) hay que añadir datos mas subjetivos ligados a las expectativas de nivel de vida, a la promoción social de los miembros de la pareja, promoción en sí misma considerada y como necesidad para aliviar el pago de las hipotecas para la compra del piso. Sin olvidar el proyecto de futuro con el que se inicia una vida de cohabitación, tema central y, también muy olvidado.

 

Pero junto a cuestiones de carácter subjetivo hay otro aspecto del problema que es preciso señalar pues contextualiza, en la realidad española, la tardía emancipación de los jóvenes. En un Congreso sobre Familia y Ciudadanía en Madrid, organizado por la FAD, en noviembre de 2007, compartí una Mesa Redonda con una colega española, Sandra Gaviria, que trabaja en la universidad francesa de Le Havre. Comparando los hábitos de los jóvenes españoles y franceses afirmaba refiriéndose a los españoles que “sus progenitores aceptan esta situación (de no emancipación del hogar hasta edades tardías) e incluso la viven con orgullo. Si un hijo se marcha pronto, lo viven como una decepción o como si hubiesen hecho algo mal. Los que trabajan y conviven con sus padres no se consideran, ni son considerados, como adolescentes tardíos o como adultos inmaduros. El trabajo es una condición necesaria pero no suficiente para irse, ya que desean marcharse en buenas condiciones económicas, tener ahorros e, incluso, en algunos casos, haber empezado ya a pagar una hipoteca para comprar un piso. No existe la idea de que un individuo que se asume económicamente es más autónomo de su familia y que tiene menos obligaciones hacia ella”.

 

La cita toca un aspecto clave, cual es la histórica tradición familista (la importancia de la familia como institución) de algunas sociedades mediterráneas, España, Portugal e Italia, donde el proceso de individualización se ha operado mas tarde o no se ha operado en algunos aspectos. Nuestros alumnos de Erasmus, cuando salen al norte de Europa y, no digamos, EEUU, vuelven a casa sorprendidos de que sus coetáneos estudiantes se las tienen que arreglar, fuera de casa, desde los 20 años, con escasas ayudas familiares, lo que, es sabido, no es el caso de los jóvenes españoles.

 

Según datos de nuestras investigaciones en el estudio Jóvenes españoles 2005 de SM, el 87 % de los jóvenes españoles, de 15 a 24, vive con sus padres, el 66% lo hace gracias al apoyo económico de sus padres y preguntados por las razones que influirían en el abandono del hogar familiar estas son las cuatro principalmente argüidas. En primer lugar conseguir un trabajo. Así lo señalan el 52 % de los jóvenes españoles. Cifra mas que llamativa cuando sabemos que el mercado de trabajo (otra cosa es la calidad y seguridad del mismo) está mejor que nunca en las últimas décadas, donde hay menos jóvenes que nunca y con una situación económica favorable. Es manifiesto que en lo que piensan los jóvenes no es en el problema del paro, en la falta de trabajo (falta mano de obra en varios sectores, que debe ser cubierto por emigrantes) sino en qué vayan a trabajar, cuanto vayan a cobrar al mes y qué seguridad tienen de no verse en la calle a las primeras de cambio…con la mensualidad de la hipoteca de la vivienda sobre su cabeza. En otras palabras, el problema del trabajo en los jóvenes se ha desplazado de la existencia de trabajo a la precariedad y volatilidad del mismo. Nada que ver con la situación a comienzos de la década de 1990 cuando se triplicaba la tasa de desempleo de la media europea.

Señalemos para ser completos que los motivos que daban los jóvenes españoles en el citado trabajo de SM de 2005 como factores favorecedores de la emancipación familiar en segundo lugar señalaban conseguir una vivienda adecuadas (46% de los jóvenes españoles lo mencionan), terminar los estudios (25 % lo aducen) y, por último, vivir con pareja (casados o no) señalado por el 36 % de jóvenes.

Otro estudio, realizado este por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), “Los jóvenes y el mercado de trabajo en la España urbana”[10], dirigido por el profesor José María Peiró sobre 2.056 jóvenes de 16 a 30 años de lo que denominan la España Urbana, jóvenes aleatoriamente seleccionados en 17 municipios españoles de 50.000 y más habitantes, muestra también las razones aducidas por estos jóvenes para no irse de sus casas a la misma edad que lo hacen la mayoría de los europeos  y no digamos los americanos.

 

Preguntados los jóvenes de la España Urbana las razones por las que siguen viviendo bajo el techo familiar, el 6% aducen la carestía de los alquileres a lo que hay que sumar el 28 % que apuntan a la carestía de la vivienda. Otro 21% señalan que su trabajo no es estable y un 5% dicen que esperan a casarse para abandonar el hogar paterno. Pero el 40% restante se inscriben en esta significativa respuesta: “mis padres quieren que me quede y a mi también me conviene”. Los padres, que tienen sus hijos cada vez más tarde, y muchos solamente uno, cuando llega la hora de su emancipación estos padres son renuentes a quedarse solos. Por otro lado, y en parte por las condiciones objetivas arriba mentadas, los hijos ven difícil mantener el nivel de vida que tienen en sus casas, nivel de vida que no saben cuando van a alcanzar, máxime si se “empufan” en un crédito por 25 años para pagar su piso. Además, como nos muestran los datos arriba señalados, cerca de uno de cada dos matrimonios se va a romper, y mas aún con el “matrimonio express” (no se trata de “buscar culpables”, como a veces se ha dicho, sino de instaurar un poco de responsabilidad en la toma de decisiones tan importantes como crear una familia para compartir un proyecto común de vida) la tentación de prolongar la vida en la familia de origen sigue siendo muy elevada.

En fin, los adultos deben pensar, como indica el profesor Peiró en el trabajo valenciano  que “la inseguridad laboral está más en la cabeza de los padres que en la de los hijos”. En realidad es trabajo es menos preocupante para los jóvenes hasta que deciden emanciparse pues todavía hoy la mayoría de los jóvenes están en situación de “stand by”, instalados en el nicho familiar en el que han alcanzado un pacto no escrito de buena coexistencia con sus padres. Es lo que muestran de forma constante los estudios de juventud en España.

7. La evolución de la natalidad

 

Es ya un dato sabido y manido que en España se ha producido estos últimos 30 años un mas que notable descenso de la natalidad que con la prolongación de la esperanza de vida está dando como resultado global un progresivo envejecimiento de la población española. En el conjunto de España había 18,76 nacimientos por 1000 habitantes el año 1975 y esa cifra el año 2006 se sitúa en 10,96. El descenso ha sido continuado llegando al punto mas bajo el año 1998 (cuando comienza la gran entrada de emigrantes en España) para después ir, lenta pero claramente, aumentando hasta situarnos el año 2006 en cifras similares a las de 1990. Tres comentarios breves:

 

-        el descenso de natalidad en general es muy fuerte llegando en su punto mas bajo, a la mitad del existente menos de un cuarto de siglo antes.

-        a partir de ese momento (1998) se produce un ligero aumento de la natalidad que coincide, en gran medida, con la llegada de emigrantes a España.

-        sin embargo este repunte, aunque mayoritariamente atribuible a la mayor tasa de natalidad de los emigrantes, también se produce entre los autóctonos españoles según sabemos de análisis más finos de los que tenemos conocimiento de alguna comunidad autónoma. Por ejemplo Euskadi, comunidad que mejor conozco pues en ella resido.

 

Quizás pueda ayudarnos un poco estudiar qué ha sucedido en Europa en estos mismos o similares años. Es lo que ofrecemos en el Cuadro 2. Lo primero a resaltar es que el descenso de la tasa de natalidad, entre los años 1975 a 2004, es un fenómeno generalizado en toda Europa. Aunque hay que añadir, a renglón seguido, que este descenso es mucho más acentuado en unos países que en otros, hasta el punto que, en determinados países (y España está entre ellos) el año 1975 se encontraban en la parte superior de la tabla por presentar una tasa elevada de natalidad, treinta años después se encuentran en la zona media baja. España con una tasa de natalidad de 19,8 niños por 1000 habitantes el año 1975 superaba claramente las tasas de países como Reino Unido, Dinamarca, Francia, Suecia, Bélgica. Holanda, Finlandia. El año 2004 estos países superan la tasa de natalidad de España que se sitúa en 10,6, con un descenso de 8,2 puntos porcentuales respecto de su tasa el año 1975. El cambio es espectacular.

 

Cuadro nº 2. Evolución de la tasa bruta de natalidad (nacidos por cada 1000 habitantes) en algunos países de la Unión Europeo de 25 países, ordenados en sentido decreciente de la tasa para el año 2004.

 

 

 
1975
2004
2004 – 1975
EU-25
14,4
10,5
- 3,9
Irlanda
21,1
15,2
- 5,9
Francia
14,1
12,7
-1,4
Reino Unido
12,4
12,0
- 0,4
Dinamarca
14,2
12,0
- 2,2
Holanda
13,0
11,9
- 1,1
Suecia
12,6
11,2
- 1,4
Bélgica
12,2
11,1
- 1,1
Finlandia
13,9
11,0
- 2,9
España
18,8
10,6
- 8,2
Portugal
19,8
10,4
- 9,4
Italia
14,9
9,7
- 5,2
Austria
12,4
9,7
- 2,7
Polonia
19,0
9,3
- 9,7
Alemania
9,9
8,6
- 1,3

 

Fuente: Eurostat. Elaboración JE.

 

Si dirigimos la vista al Cuadro con cifras ordenadas en sentido decreciente de la tasa de natalidad para el año 2004 en los diferentes países retenidos (de una información de Eurostat con los 25 países de la unión Europea de ese año) observamos que los países de la parte superior de la tabla, (con la excepción de Irlanda y Francia), son países de mayoría protestante. Los de la parte baja de la tabla lo son de mayoría católica, con la excepción de Alemania. Así mismo son los países de mayoría católica, con la excepción de Francia y Austria, donde se produce el mayor descenso de la tasa de natalidad. Véanse los datos de Polonia, Portugal, España, Irlanda e Italia. Así mismo son los países de mayoría protestante donde menor es ese descenso, con lo que llegamos a la paradójica situación de que, en los estados de mayoría católica, las tasas de natalidad sufren un fuerte recorte y se sitúan incluso por debajo de las de los estados de mayoría protestante. (No se olvide que la religión católica tiene una concepción “fuerte” de matrimonio que es considerado como un sacramento y es indisoluble, a diferencia de la tradición protestante). Aquí también vemos cómo aflora esta cuestión que exige un análisis que retomaremos más adelante. Detengámonos antes en otra cuestión.

 

8.  Los niños nacidos fuera del matrimonio

 

He aquí una cuestión que actualmente presenta una relevancia estadística insospechada hace menos de dos décadas. Relevancia más que estadística. Relevancia social y sociológica. El aumento de niños nacidos fuera del matrimonio en España es también, literalmente hablando, espectacular. De poco más de 2 de cada 100 niños nacidos de una madre no casada el año 1975 hemos pasado a más de 28 el año 2006. Y los estudios comparativos hacen pensar que esta proporción va a ir en aumento. Según el Informe del Instituto de Política Familiar “Evolución de la Familia en Europa, 2007” (que puede consultarse en Internet, entrando con este título), constatamos que, en la Unión Europea de los 27 países uno de cada tres niños nacen fuera del matrimonio aunque estas cifras varían considerablemente de unos a otros países. Y en Francia, según datos de enero de 2008, luego referidos a 2.007, esta cifra era del 50,5 %. 

 

La explicación primera y fundamental de este fenómeno viene de la evolución del reconocimiento legal de los hijos nacidos fuera del matrimonio, en particular la supresión de su discriminación legal. Disposiciones bienvenidas, sin duda alguna pues protegen al más débil: el niño. También hay que resaltar la cada día más tenue diferenciación legal entre el matrimonio y las uniones legales de hecho. Pero a esto hay que añadir dos hechos claves y que están en la base y origen de no pocos de los movimientos habidos en la evolución de las uniones matrimoniales. Nos referimos, en primer lugar, al desarrollo de la contracepción haciendo que la mujer sea capaz de disociar, cuando le desee, la relación sexual de la procreación, ya desde los años 60 del siglo pasado. En segundo lugar, hay que mencionar la progresiva inserción laboral de la mujer, fuera del hogar. Estos dos datos, de relevancia histórica en el devenir de las sociedades, y que aquí solamente mentamos por razones de espacio y por su ya obviedad, conforman dos dimensiones objetivas claves para entender la evolución de la institución familiar en el mundo occidental. A estos dos añadimos nosotros la individualización y secularización de este mundo occidental, vivido  a ritmos distintos en unos y otros países. En España, de forma muy acelerada, demasiado acelerada a nuestro juicio para una asimilación correcta, en las cuatro ultimas décadas.

 

Volviendo a la cuestión de los niños nacidos fuera del matrimonio hay que añadir que, según los demógrafos, aunque la mayoría de estos niños han nacido en uniones de hecho, hay una proporción importante que nacen en familias monoparentales que, en la mayoría de casos, son “monomarentales”, son hijos de madres que viven solas. Se entiende que la dificultad de la situación haga, según señala en sus conclusiones un estudioso del tema, Francisco Muñoz-Pérez, que sean “niños que, sin padecer discriminaciones legales precisas, son víctimas de condiciones de existencia desfavorables, de las que la mortinatalidad (nacidos muertos) constituye un índice incontestable” ([11]). Esto nos debe llevar a indagar sobre el acceso al matrimonio y las diversas modalidades que los núcleos familiares que se están adoptando estas últimas décadas. Pensando prioritariamente en el bien más frágil: el niño o la niña.

 

B. ¿A dónde va la familia española del futuro?

Vamos a abordar en este punto algunas cuestiones centrales que nos parecen pueden ayudar a entender la evolución de la familia moderna y apuntar lo que, a nuestro juicio, supondrá la cuestión básica que dirimirá el sentido que vaya adoptar en el futuro.

 

1. La importancia del proyecto vital ante el matrimonio

 

Pensando en el acceso mayoritario de los jóvenes al matrimonio cabe, en los extremos, dos planteamientos que resumiríamos así: se trata de dos personas que se buscan, buscando el propio interés o de dos personas que se buscan buscando el interés de ambos. En el primer caso estaríamos ante dos individuos que en realidad, conscientes de ser seres sociales, buscan en el otro la respuesta a su propia y particular necesidad de sociabilidad y, en tanto el otro, se lo ofrezca mantendrán la relación de pareja. Cada individuo, en la pareja, tiene como proyecto vital el desarrollo de su individua persona. Esto va mucho más allá del individualismo como actitud y de la individualización social como categoría sociológica y, propiamente hablando, cabe hablar, de egotismo a dos. Es evidente que esta pareja tiene escasas posibilidades, no diré de perpetuarse sino, incluso, de mantenerse como tal pareja un tiempo prolongado. Obviamente, en este modelo el hijo solamente puede venir como consecuencia de un “despiste” y, si tal cosa sucediera, normalmente no llegará a nacer. Suelo citar, con frecuencia, en este contexto a Gilles Lipovestsky, a quien yo mismo presenté, en la conferencia que pronunció en el Congreso de Madrid del año 2003, La Familia en la sociedad del siglo XXI, cuando definió a la familia con estas palabras: “la familia post-moderna es la familia en la que los individuos construyen y vuelven a construir libremente, durante todo el tiempo que les de la gana y como les de la gana. No se respeta la familia como familia, no se respeta la familia como institución, pero se respeta la familia como instrumento de complemento psicológico de las personas. (...) Es como una prótesis individualista. La familia es ahora una institución dentro de la cual los derechos y los deseos subjetivos son más fuertes que las obligaciones colectivas”[12]. Este modelo de familia (que yo prefiero llamar pareja) existe. Qué duda cabe pero no es el único, ni es el, estadísticamente hablando, más numeroso entre nosotros ni, tampoco, el más deseado por hombres y mujeres jóvenes en edad de emancipación de la familia de origen y con deseos de conformar, sea una familia propia, sea una pareja estable.

 

En efecto, siguiendo la reflexión a nivel de pareja, hay que señalar que es muy distinto  el caso de dos personas que deciden convivir para hacer una vida conjunta, tener un proyecto compartido de vida, aún manteniendo espacios y ámbitos de privacidad y de gran discreción, no necesariamente compartidos. Conforman una pareja que, como tal pareja, se sitúan en la vida que la quieren vivir como proyecto compartido. Es lo que se llama una pareja estable que la diferencia del matrimonio porque no han querido adquirir el compromiso social de aparecer como tal, sea de forma canónica, esto es, el matrimonio religioso, sea de forma civil. Conforman parejas de hecho, con o sin reconocimiento legal. No voy a entrar aquí en la cada día mas tenue diferencia entre las parejas de hecho, legalmente reconocidas, y los matrimonios civiles cuando las parejas de hecho reivindican derechos, de sucesión por ejemplo porque, sociológicamente aunque no jurídicamente, estamos ante una realidad prácticamente idéntica: dos personas que establecen un proyecto de vida en común en la que el otro es algo más que un soporte para mí, como veíamos en el modelo anterior. El otro y yo, como pareja, queremos construir un modo de vida, un estilo de vida y hasta un proyecto de vida. En este modelo el hijo, aunque no conforme la prioridad de la unión que se sitúa en el proyecto de vida compartido, el hijo, decía, es posible y puede aparecer en el horizonte vital de la pareja, una vez asentada y que, como se decía antes, propiamente sería fruto del amor y de una decisión consciente y madurada. Es un hijo querido, propio o ajeno, biológico o adoptado, natural o consecuencia de una fertilización in vitro, inseminación artificial etc., pero no un hijo sobrevenido. La mujer no “se ha quedado embarazada” y ha dado a luz un niño. El hijo es la consecuencia de una decisión libre y querida de sus padres. Entonces esta pareja, propiamente hablando, se hace familia. De ahí mi concepto sociológico de familia.

 

Personalmente, cada día me inclino mas a reservar el concepto de familia a una unión intergeneracional (de dos o mas generaciones) en la que la generación adulta asume la responsabilidad de educar al miembro o miembros de la generación menor con los que conviven de forma estable y duradera.

 

El proceso arriba descrito no era el itinerario más habitual, el más tradicional para que, propiamente hablando, se hablara de familia, pues lo habitual ha sido hasta ayer mismo que, solamente tras el acto público del matrimonio, la pareja piense en los hijos. Pero en las dos últimas décadas el modelo descrito empieza a tener una seria consistencia estadística y, en determinados medios sociales, es ya claramente mayoritario.  

 

Suelo indicar al llegar a este punto que hay una corriente en la sociología francesa de la familia que insiste en la importancia de la familia, tal y como la he definido mas arriba, señalando que en los cambios radicales que estamos observando en las relaciones familiares, y en las modalidades de esas relaciones, en contra de lo que imaginamos a primera vista, parece irse afirmando la búsqueda de la intimidad, de la familia nuclear de padres e hijos, aún sin olvidar, bien al contrario, la historia familiar. Es lo que encontramos, por ejemplo en una investigación francesa, en base a un trabajo de campo en tres generaciones, algo así como el estudio de la FAD que se presentó en su Congreso sobre la Familia del año 2003 de dos generaciones, padres e hijos solamente que ampliado a tres[13]. Ya en la introducción, en la investigación francesa, afirman con fuerza que “en este comienzo del siglo XXI, los vínculos familiares a veces son incluso inventados y construidos como ´lugares de memoria´ que sirven para celebrar una identidad colectiva reconstruida” (Pág. 13), sobre la base de “neotransmisiones” con motivo de encuentros, ayudas financieras, sostén esporádico de los hijos, o de los padres ya mayores...En proporciones muy importantes, se constata “el repliegue sobre el hogar, la centralidad de la vida domestica. El desarrollo del matrimonio de elección, en el que los dos cónyuges se han escogido libremente (...), y el amor por los hijos, actúan conjuntamente. Y añaden citando a Shorter ´el cimiento afectivo de la familia moderna engloba más que el marido y la esposa: mantiene también a sus hijos en el interior de esta unidad sentimental´”[14].

 

Creo que cabe decir que esta realidad francesa es, estadísticamente hablando, aún más fuerte en España pese a que ideológicamente todavía estemos en el proceso de ida que no de vuelta como los franceses. Así el 84 % de los españoles (aunque solamente el 77 % en los que tienen entre 18 y 24 años) afirmaban el año 1999 que “el niño necesita un hogar con un padre y una madre para crecer felizmente”. A lo que hay que añadir, sin embargo, que solamente el 41% de las mujeres (y el 27 % en las personas –no tengo el dato segmentado por sexos- que tienen edades comprendidas entre los 18 y los 14 años) piensan que “una mujer necesita hijos para realizarse”[15]. 

 

En definitiva, según nuestro planteamiento lo esencial y la especificidad de la familia estaría en el compromiso y la consiguiente responsabilidad personal y social de conducir a la edad adulta, eso es educar, a los menores de edad que, obviamente, necesitan el soporte material, afectivo y nómico de las personas adultas hasta su emancipación. Lo secundario es la modalidad formal de la pareja adulta. Con secundario no queremos decir que sea intrascendente sino justamente lo que hemos dicho, secundario.

 

Secundario nos parece, en efecto, aunque no intrascendente, lo repito, que tengan unos padres de sexo diferente o del mismo sexo (y soy consciente del rechazo que esta afirmación provoca en mucha gente, incluso que me es muy próxima), que tengan dos padres o uno, que sean hijos biológicos de sus padres o que sus padres los acojan sin ser ellos mismos los padres biológicos, que los hijos hayan nacido mediante el recurso a la inseminación artificial u otras formas de reproducción que aún no podamos prever aunque si vislumbrar.

 

En el momento actual se necesita, urgentemente, otra mirada hacia la familia donde se ponga el acento en la seriedad del compromiso de dos personas que deciden llevar adelante un proyecto en común, con vocación de perennidad, proyecto en el que se embarcan tras meditación y no, simplemente, como respuesta irreflexiva a un estado de atracción y con el pensamiento de que el matrimonio dure lo que durará la atracción entre ambos. Así el matrimonio sería como un coche: de elección, a veces por catálogo o simplemente por “me gusta” sin más, luego de usar y tirar cuando ya no me guste pues “se me fue la ilusión del primer momento”. ¡Que otra cosa pensar de tanto matrimonio que no dura mas de un año!.

 

Me parece, añado como inciso, que estimo muy importante comenzar a reflexionar en una perpetuación de la raza humana en la que se dé una disociación mucho más marcada que en la actualidad entre la relación sexual y la reproducción de la especie humana. La ciencia biotecnológica no ha hecho sino empezar y, no nos engañemos, en este punto, no cabe poner fronteras a la investigación.

 

2. Dos ejes de fondo: Individualización y secularización en la sociedad actual[16]

 

Más allá de diferencias formales entre las familias creo que cabe resaltar dos ejes, y solapados, que las atraviesan, las sustentan y que, en gran medida, determinan la eclosión de las nuevas familias, en el horizonte occidental de matriz cristiana. Las familias no pueden sustraerse a la realidad social en la que se insertan. Vengo insistiendo que hoy vivimos un periodo de mutación histórica. Un periodo que abarca, en su momento álgido, el último cuarto del siglo pasado, equiparable a otros escasos periodos de la historia que solemos significar, por simplificación, con acontecimientos concretos: la revolución rusa en los inicios de nuestro siglo, la revolución industrial, a mediados del siglo XIX, la revolución francesa en los finales del XVIII, la creación de la imprenta, el descubrimiento de América y la reforma de Lutero a caballo entre los siglos XV y XVI y todo el renacimiento. La mutación histórica en la que nos encontramos se basa, cual trípode inestable, en tres dimensiones: la globalización, la revolución tecnológica y el nuevo papel de la mujer. Esto da lugar a una evolución de los valores que siguiendo un esquema de José Luis Pinillos he intentado  describir, en un visión diacrónica, como el del paso de los valores modernos a los postmodernos  y en una visión diacrónica como la instauración de unos valores en los que prima la búsqueda del bienestar desde el paradigma de la individualización[17]. Personalmente sostengo que para entender y analizar las nuevas familias debemos situarlas en este contexto, demasiado sumariamente señalado, lo concedo, del que cabe subrayar tres dimensiones básicas: el fenómeno de la individualización (a caballo con la secularización, fenómenos difíciles de separar) como característica mayor de nuestro sistema de valores y, conjuntamente con ello la inserción social de la mujer que prácticamente ha abandonado, en las clases dirigentes, su estatus mayor de “ama de casa” y, ello sin olvidar su capacidad para autorregular la reproducción. Estamos ante vectores centrales y determinantes de la nueva sociedad, luego de las nuevas familias. Quiero añadir no sea mas que para dejar constancia de la nueva situación que se irá creando en España en las próximas décadas, la conformación de matrimonios inter-etnicos  e interreligiosos como consecuencia del auge de la inmigración, como fenómeno añadido a tener en cuenta[18].

 

El fenómeno de la individualización ha sido subrayado con fuerza como uno de los elementos mayores de nuestra sociedad. Jan Kerkhofs, en el Forum Deusto, con motivo de la presentación del estudio “España 2000, entre el localismo y la globalidad”, realizado desde la Universidad de Deusto, señalaba que a lo largo de toda Europa y a través de “nuestras encuestas (del European Values Study) de 1981, 1990 y 1999-2000, se revelan unas tendencias de las que participan casi todos los países. Nombraré en primer lugar, dice Kerkhofs, la individualización progresiva y a continuación, lo que se denomina, con razón o si ella, como la secularización, cada día mas generalizada” [19]. El profesor Jan Kherkofs, en la propia conferencia, con apoyatura del banco de datos del EVS, ofrece varios ejemplos de las consecuencias para las familias europeas de los fenómenos de  individualización y secularización. Así señala que “mientras el año 1981, el 29% de los franceses consideraban el matrimonio como una “institución pasada de moda”, esta cifra sube al 36 % el año 1999, mientras que para los irlandeses las cifras son del 12 % y del 23%, respectivamente”. En España esta cifra para 1999 era del 16% siendo la media europea de 32 países del 19 %. Añade Kerkhofs que, “en lo que concierne a la homosexualidad sobre una escala de diez puntos, el punto ´uno´ indicando que el comportamiento propuesto no se justifica nunca y el punto ´diez´ que siempre, el año 1981 los franceses se situaban en el punto 3.1 y el año 1999 en el punto 5.2; para Irlanda esas cifras son, respectivamente 2.7 y 4.4. Para los Países Bajos, donde se ha introducido recientemente el matrimonio de homosexuales y de lesbianas, estas cifras han subido de 5.6 a 7.8, las más elevadas de toda Europa. Y estos tres países, concluye Kerkhofs, tienen una larga tradición cristiana y en Irlanda y en los Países Bajos una historia moral estricta” [20].

 

En España añadimos nosotros esas cifras han variado de 2.8 el año 1981 a 5.5 el año 1999, que solamente es superada, ese último año, en justificación de la homosexualidad en Europa por Alemania, 5.7, Luxemburgo 5.9, Dinamarca 6.6, Suecia 7.7 y por supuesto los Países Bajos, como acabamos de ver. La media de 32 países europeos que conforman el “survey” del EVS de 1999-2000 es de 4,30. Puesto que escribo desde el País Vasco completaré las cifras diciendo que en la Comunidad Autónoma Vasca la cifra en la encuesta de 1999 sube a 6,8, solamente superada por Suecia y los Países Bajos. Y España y el País Vasco, concluyo como Kerkhofs diciendo que también “tienen una larga tradición cristiana y (...) una historia moral estricta”.   

 

Obviamente el fenómeno de la individualización aplicada a la familia ha sido objeto de atención y estudio fuera del marco de las Encuestas de Valores. Parece obligado referirse a Ulrich Beck y a Elisabeth Beck-Gernsheim pues conforma la línea central de su análisis. Ya en su libro de 1990, traducido al español ocho años después, bajo el título de “El normal caos del amor. Las nuevas formas de la relación amorosa” tras señalar en la introducción que “los matrimonios que se mantienen se han hecho posibles porque la elección de la pareja ya no está sujeta a influencias y poderes ajenos (....) puesto que corresponden al ideal del amor romántico” afirman con fuerza en sus conclusiones que “la individualización produce el ideal del matrimonio por amor”.[21] En el cuerpo del libro desarrollan estas tesis. “¿No se está creando quizás, (...) una utopía de pequeño formato, más allá (subrayan ellos) de las grandes tradiciones de sentido, una utopía no tradicional (no codificable, no institucionalizable, no obligada a legitimarse) adaptada a la base de la existencia individualizada, una existencia que al mismo tiempo pretende superar?”(Página 234). Y se preguntan inmediatamente después donde habían de encontrar “un sentido poscristiano e intramoderno (subrayan ellos)” a esta nueva realidad para responder que “este sentido es el amor”. De ahí que titulen el capítulo como “la religión terrenal del amor”, amor que “constituye el modelo de sentido para los mundos de la vida individualizados, para la arquitectura de su vida... Para el amor destradicionalizado, todo se presenta en forma de ´yo´: la verdad, el derecho, la moral, la salvación, el mas allá y la autenticidad. (Subrayan los autores) Este amor moderno tiene su fundamento en sí mismo, por tanto en los individuos que lo viven” (página 236).

 

En otras palabras, no hay norma externa a la pareja. La norma la establece cada pareja, cuando no cada individuo en la pareja. Son o pretenden ser autónomos, esto es creadores de sus propias normas. Esta es la fuerza y la debilidad del matrimonio moderno y la causa del vértigo y de sus múltiples incertidumbres.

 

No otra cosa es lo que llevamos años diciendo cuando nos referimos al modo de socialización de los jóvenes y adolescentes de la llamada postmodernidad, en el ámbito occidental, que se realiza básicamente desde la experimentación grupal (compartir y ensayar conductas y valores) con otros adolescentes y jóvenes y no tanto desde  la reproducción, aún crítica, de lo transmitido por otras instancias históricas de socialización como la familia, la escuela, las iglesias, los partidos políticos e, incluso, los  medios de comunicación social. Perspectiva que, con Internet, adquiere aún un fuerza mayor, aunque también es cierto que “la red” permite crear redes de afinidad, idiosincracia o creencias similares. Desde esta perspectiva sitúo yo la calificación de "individualista" que se atribuye al joven de hoy, sin dar necesariamente (ni sobre todo únicamente) a esta apelación la connotación de egoísmo o autismo social, sino más bien la pretensión de autoconstrucción del ser joven. Claro que el reto es gigantesco y, aunque la mayoría transitan sin mayores sobresaltos el largo periodo de la adolescencia, particularmente entre nosotros, bajo la modalidad del “tardojoven”, como yo les llamo y adultescente Eduardo Verdú, bien cobijados en el nicho familiar, pocos son los que salen a la intemperie y se adentrarán en la creación de su propia familia pertrechados con algo más que el deseo de acertar en la elección.

 

Porque, y esto todos los sociólogos y estudiosos de la familia al fin acaban admitiendo, la familia no ha muerto como predijera al inicio de la década de los 70 David Cooper [22]. Al contrario, es un plebiscitado objeto de deseo. Las encuestas son formales y repetitivas hasta la saciedad. Preguntados los ciudadanos por las cosas que consideran importantes en la vida, entre la familia, el trabajo, el tiempo libre, los amigos, la política y la religión, encuesta tras encuesta la familia aparece en primerísima posición[23].  La proporción de jóvenes que se proyectan en el futuro viviendo solos es escasísima. Otra cosa diferente es que cada día haya más adultos que vivan solos, como hemos visto mas arriba, pero, hay que decirlo con fuerza, eso no supone la muerte de la familia sino que, al menos en parte, es consecuencia de las dificultades inherentes al modelo romántico, electivo, de la familia actual. Que aumente el número de divorcios no es sino la cara invertida de este modelo de familia electiva, supremo objeto de deseo en el que tantas esperanzas se pone.   

 

Digamos de pasada que la legitimación del matrimonio homosexual no es sino la consecuencia del matrimonio electivo, romántico, depositario y concreción singular de determinadas personas. De nuevo Ulrich y Elizabeth Beck dicen en algún lugar cuya referencia he traspapelado que “el amor homosexual no es sino la concreción en determinadas personas de la divinización del amor”. Lo que no empece que añadamos que es también una conquista social bienvenida, mas allá de la discusión sobre si deba considerarse matrimonio o no. En este punto, mi posición concuerda con la del Consejo de Estado que sostuvo lo contrario de lo que al final aprobó en Parlamento Español. 

 

Estos autores han continuado con su reflexión en un reciente libro, que lleva el significado título de “La individualización: el individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas”[24]. El libro dedica un lugar más que destacado a la problemática familiar pues dos terceras partes de sus 350 páginas se refieren a lo que denominan, ya en el encabezamiento del capítulo 6º, “hacia la familia posfamiliar: de la comunidad de necesidades a las afinidades electivas”. No es difícil adivinar el contenido del capítulo y no nos ocuparemos aquí de ello. Pero, además de la importancia acordada al nuevo estatus de la mujer hay un aspecto del trabajo de los Beck que quiero resaltar: los hijos ocupan en toda su reflexión un segundo lugar. No digo que no los tengan en cuenta. El capítulo 12 se titula hijos de la libertad pero se refiere, entre otras cosas, a los nuevos valores de los que han nacido tras la caída del muro de Berlín. Pero si uno se fija en el índice analítico que se incluye al final de la publicación, es particularmente llamativo que no aparezcan los términos de padre, madre e hijo, sino los de hombre (2 veces) mujer (26 veces) y niños (10 veces).

 

3.  ¿Qué hacemos con los hijos?.

 

El niño es el gran olvidado de la sociedad del bienestar. Hay leyes de dependencia para toda suerte de colectivos, lo que está muy bien, por supuesto, pero cuando del niño se trata solamente se piensa en guarderías…o que se las arreglen sus padres (sus madres mas bien). ¿Se han fijado ustedes que en los grandes programas de televisión de éxito los niños no aparecen?. El ejemplo más paradigmático, cuando escribo estas líneas (junio de 2008), nos lo da el exitoso programa televisivo de “Escenas de matrimonio”. En la de las personas mayores no hay ni siquiera nietos. En la de la pareja de adultos, no hay niño que valga así como en la pareja más jóvenes salvo que salga en las puyas en la pareja y tirarse los trastos a la cabeza para solaz de los televidentes. No creo haber visto un solo niño en ese programa, con el título que lleva,  que lo he visionado varias veces.

 

Pero los hijos - (¿o habrá que decir niños en adelante?- existen. Están ahí. Cada vez menos, como es bien sabido, pues estamos muy lejos de asegurar la reproducción con lo que, más allá de consideraciones ideológicas o de identidad nacional, el horizonte a nuestra sociedad, con la actual tasa de natalidad de los autóctonos, es muy simple: el mestizaje en un par de generaciones. Ulrich Beck en la más que interesante entrevista que cierra el último libro dice que “por supuesto están sus hijos, mis hijos, nuestros hijos. Pero también la paternidad, el núcleo de la vida familiar (ahora subrayo yo) está empezando a desintegrarse en las condiciones del divorcio” (Pág.342). En efecto, los hijos, como ya señalara hace años Salustiano del Campo refiriéndose a la proliferación de divorcios en la sociedad americana pueden encontrarse ante la disyuntiva de no saber con qué abuelos quedarse en los casos en los que sus padres se hayan casado en segundas nupcias, por ejemplo.

 

Hijos y abuelos conforman dos aspectos de la familia que, en la insistencia por la individualización y la pareja corren el riesgo de quedarse en la penumbra. Sin embargo sabemos que la mayor parte de las mujeres desean tener hijos y sabemos también que la familia extensa no ha desaparecido tan fácil y prontamente como a veces se da a entender. De hecho en los momentos difíciles (económicos, por ejemplo) es a la familia extensa a la que se recurre en primer lugar, en la mayor parte de los casos. En la sociedad actual española, mientras la responsabilidad de cuidar y educar a los hijos responda básicamente a las madres, en tanto que los padres, de facto, dedican a esa labor un tiempo y un empeño infinitamente menor y mientras las políticas sociales de ayuda a la familia son las que son, las mujeres se enfrentan ante una situación casi imposible de compaginar: el cuidado de sus hijos con su inserción social y, no digamos, promoción social.

 

De nuevo en la Encuesta Europea de los Valores, ahora Nicolas Herpin, en el número especial de Futuribles del verano de 2002, dedicado a los valores de los europeos, insiste, en su análisis de la familia, en lo que denomina la cada día mayor presencia de los valores del individualismo[25], particularmente cuando analiza las actitudes a potenciar en los hijos en el seno de las familias. Pero cuando analiza en detalle la cuestión de los factores que ayudan al “éxito” del matrimonio se constata algo que va más allá del individualismo y que yo llamaría la demanda de autonomía compartida en la pareja y me atreva a añadir, después del estudio “Hijos y Padres: comunicación y conflictos”[26] que también hay una demanda de autonomía compartida entre padres e hijos. La situación social de individualización con el auge consiguiente de actitudes de individuación no conlleva necesariamente a una demanda de aislacionismo, bien al contrario, conduce a un deseo de complementación sin fusión, de compartir en la diversidad y en el respeto a la unicidad, sí, a una exigencia de fidelidad mutua, también.[27] Sí, el valor en alza no es el aislamiento sino la unión en el respeto a la unicidad de cada uno. Que no se logre dependerá de mil factores pero es seguro que la respuesta que inicialmente se de al porqué, al objeto finalista de la conformación de la pareja, y más aún de la familia, será determinante.

 

3. Un nuevo contrato social para la familia

 

Las autoras de la investigación trigeneracional francesa que he citado páginas arriba, terminan prácticamente su libro con esta reflexión: “el aumento del número de personas mayores, conjugado con el de la creciente autonomía de las mujeres (y su deseo a tener hijos, añado yo) hace prever que hará falta un compromiso mayor por parte del Estado hacia ellas. Se preguntan las tres autoras como conclusión, que comparto plenamente, si la familia moderna no va a provocar un nuevo contrato social”[28]. Necesitamos, en efecto, un nuevo contrato social que coloque a la familia en el lugar querido por la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles: en primera fila de sus prioridades, de sus objetivos vitales, el bien tan anhelado y tan frágil.      

 

Porque no estamos como se dice, a veces, en el fin de la familia por la emancipación  de la mujer pues la mujer desea tener hijos y educarlos ella misma, eso si, en corresponsabilidad con su marido y sin que vaya en detrimento de su promoción profesional y social. No veo tampoco ventaja alguna en trasladar la educación de los hijos al Estado y que no sean los padres quienes la asuman. Sin embargo el Estado debe respetar exquisitamente la dimensión nómica de la familia y su composición formal. El reto del futuro de las familias en nuestro entorno está en conciliar la educación de los hijos (el bien supremo de nuestra sociedad) con la, aún incipiente, inserción social de la mujer y la, aún mas incipiente, corresponsabilidad familiar del padre. Hay un modelo que me resulta particularmente grato, al que vengo denominando de “autonomía familiar” compartida entre los padres (biológicos o no) y firmemente sostenida por la sociedad a través del Estado, central y autonómico. Es la conjunción de la nuclearidad del modelo familista mediterráneo y católico (la primacía y valoración de la familia como institución), familia no endogámica y abierta a la sociedad, con la protección social de los países europeos que, habiendo redescubierto el valor de la familia y la familia como valor a preservar, están ya “de vuelta” de una mirada sospechosa a la institucional familiar como algo arcaico y que debe ser superado, en los tiempos actuales, por la promoción individual de las personas. Pero no hay que olvidar que, aun siendo una la institución familiar, no hay un solo modelo de familia. Aunque para algunos chirríe la expresión, “no hay familia sino familias”. Es una cuestión abierta pues hay y habrá otros modelos familiares. Pero el debate es anterior al de los modelos familiares, exige responder a la cuestión clave de saber si priorizamos la pareja (y en ellas cada individuo) o la familia como institución.

 

Se habla mucho de la crisis de la familia. Pero si crisis hay es crisis de éxito, de exigencia. La familia es la institución social, junto a la Iglesia, que más tiempo perdura entre nosotros, la más antigua. Porque somos seres sociables y queremos compartir nuestra vida con otra persona. No queremos vivir solos. Queremos vivir con otra persona. Y queremos vivir felices con otra persona. Muchos queremos además que nuestro amor, no sólo perdure sino que se traslade a nuestros hijos. Lo que sucede es que, en una sociedad que cada día es más agresiva, donde la solidaridad se ha institucionalizado luego burocratizado, pedimos más y más a la familia a la que queremos gratuita y no competitiva. De ahí su éxito, de ahí su fragilidad. De ahí que muchas veces no logremos lo que nos hemos propuesto. El amor se marchita, se rompe y lo que se pensó como un espacio de cariño y ternura se convierte en flor mustia, cuando no en corona de espinas. La separación se hace inevitable. Se ponen tantas esperanzas en la familia, que no podemos soportar que nos hayamos equivocado. La familia se rompe a nuestro pesar, hasta con alivio cuando la situación se hace insoportable.

 

Pero esta situación no supone en absoluto la muerte de la familia. La familia puede morir cuando se agote en la pareja. La cosa será inevitable cuando, de forma mayoritaria -pues siempre habrá circunstancias y casos particulares- la pareja no se constituya como un proyecto de vida en común, abierta a la educación de hijos, propios o adoptados, sino como una mera unión de dos personas que deciden vivir juntos, a veces sin convivir, y ello mientras el otro, o la otra, me ayude a seguir viviendo. En el fondo, “mi” pareja solo me interesa en función de que me sirva a “mí”. Es una pareja instrumental. No una familia.

 

En realidad, en demasiados casos, lo que sucede es que en nuestra sociedad hemos desterrado el dolor, el sufrimiento, la contrariedad, la dificultad de sobrellevar las dificultades y vencerlas. Hay una equiparación de hecho entre felicidad y placer. En el caso del matrimonio es la vía directa al fracaso y a la infelicidad. La felicidad supone saber integrar en la vida, el dolor, la insatisfacción, los fallos, las esperanzas no satisfechas y cubiertas o, no directa e inmediatamente satisfechas. No se trata, por supuesto de la búsqueda del dolor y del sacrificio como tales. Menos aún sostener que para ser feliz hay que pasar, necesariamente, por el dolor y el sacrificio, como una especie de peaje obligatorio. Es otra cosa. Se trata de saber, de entrada, que hay que aprender a integrar el dolor, las dificultades y hasta las decepciones en la vida cotidiana y, mediante un proyecto de vida compartido, superar dolores, malos momentos, dificultades etc. Supone, sobretodo, reconocer que el bien mas frágil es el hijo y que su educación, en los primeros diez años, pasa prioritariamente por la labor de sus padres. De ahí, también, nuestra distancia crítica con el “divorcio express”. No pensamos que haya que buscar culpables cuando manifiestamente un matrimonio se ha roto y es preciso dar una salida humana a los padres y a los hijos. Pensamos que hay que educar en la tolerancia, en la capacidad de superar las desavenencias, integrar el dolor (sin dolorismos masoquistas) y no dejar caer algo tan serio como un matrimonio a las primeras de cambio y sin haber intentado poner remedio, razonablemente, a situaciones difíciles.

 

Nos enfrentamos a une decisión de fondo. Si priorizamos el éxito y la promoción individual sobre la educación amorosa y personalizada de los hijos (que serán, en ese supuesto, meramente niños) Lipovetsky, Beck y toda la sociología familiar individualista tendrá razón: la familia (en realidad la pareja) será una prótesis individualista como complemento psicológico de cada miembro de la pareja que, como toda prótesis, será desechada cuando sea inservible. Si priorizamos la educación de los hijos será preciso que no dejemos a los padres solos en la asunción de semejante responsabilidad. Menos aún culpabilicemos a las madres pidiéndoles, sin más, que vuelvan a casa. Se impone una acción de toda la sociedad, a través de los poderes públicos, que se haga corresponsable de la educación de los hijos, sin menoscabo de la autonomía nómica de los padres, insisto, y de la legítima promoción social de los padres, padre y madre. Pero eso no solamente en los discursos sino en la práctica, esto es, en los presupuestos que se aprueben en los parlamentos correspondientes y en la legislación laboral pertinente.

 
Ahí está el dilema y el futuro de la familia, tal y como yo lo veo. En definitiva el futuro de la familia depende de los valores que prioricemos en el futuro, un futuro que, hace años ya, es presente.
 

Donostia San Sebastián 15 de mayo de 2008

Javier Elzo

 



[1] . Aunque más adelante ofreceremos nuestra propia concepción de lo que, sociológicamente hablando, creo que hay denominar como familia, limitémonos aquí a la distinción que ofrece el INE entre hogar, “como un conjunto de personas (una o varias) que residen habitualmente en la misma vivienda familiar y familia “como grupo de personas (dos o más) que forman parte de un hogar y están vinculadas con lazos de parentesco, ya sean de sangre o políticos, independientemente de su grado”.  En fin añaden un tercer concepto de núcleo familiar como “un concepto alternativo de familia, restringido a los vínculos de parentesco más estrechos: pareja sin hijos, pareja con hijos, madre con hijos, padre con hijos (los hijos deben ser solteros, no emparejados y no tener, a su vez, algún hijo con esas características porque, en caso contrario, podrían formar núcleo propio)
[2] Pero en el Boletín del INE de junio de 2004 referencian 10.474 parejas homosexuales (6.996 de hombres y 3.478 de mujeres) para toda España, en base a una encuesta de Salud y Hábitos Sexuales realizada poco antes por el INE en colaboración con el Ministerio de Sanidad y Consumo.
[3] : Las diferentes denominaciones de los hogares que utilizan en Eustat responden a los siguientes criterios. Unipersonal: carece de núcleo familiar y sólo consta de una persona. Compuesta: carece de núcleo familiar y consta de dos o más personas emparentadas o no. Núcleo sin hijos/as: núcleo familiar formado por un matrimonio sin hijos/as solteros/as. Núcleo con hijos/as: núcleo familiar formado por un matrimonio con hijos/as solteros/as. Monoparental: núcleo familiar formado por un padre solo o una madre sola con hijos/as solteros/as. Ampliada: núcleo familiar de cualquier tipo en el que conviven una o varias personas emparentadas. Polinucleares: convivencia de dos o más núcleos familiares.
 
[4] Entresacamos estos datos, cuya fuente es el Consejo de Europa, del artículo de France Prioux, “Vivre en couple, se marier: contrastes européens”, publicado en “Population et Societé”, nº 422 en Abril de 2006.
[5] Consultar la tabla 1,9 en la página 38 del estudio de Andrés Orizo Fr. y Elzo J. (directores), Ayerbe M., Corral J., Díez Nicolás J., González-Anleo J., González Blasco P., Setién M. L., Sierra L., Silvestre M., Valdivia C. "España 2000, entre el localismo y la globalidad . La Encuesta Europea de Valores en su tercera aplicación, 1981-1999". Universidad de Deusto. Ediciones SM. Madrid 2000,  397 páginas.  Si se desea contextualizar el dato español entre 81 países de todo mundo, así como la evolución de la justificación del divorcio entre 1990 y 2000, puede consultarse la tabla F 121 en Edited by R. Inglehart; M. Basáñez, J. Díez-Medrano, L. Halman, R. Luijkx “Human Belifs and Values: a cross-cultural sourcebook based on the 1999-2002 values surveys” Editorial Siglo XXI. México 2004
 
[6] . Hemos reflexionado sobre este tema en “Religión y religiosidad” (paginas 435-470), en Salustiano del Campo y José Félix Tezanos (editores) “La Sociedad” Volumen 1º de “España Siglo XXI”, editorial Biblioteca Nueva, Madrid 2008, 950 páginas.
[7] . Ver el capítulo de Pedro González Blasco en “Jóvenes Españoles 2005”. Pedro González Blasco (dir), Juan  González- Anleo, Javier Elzo, Juan Mª. González-Anleo Sánchez, José Antonio López Ruiz, Maite Valls Iparraguirre. Fundación Santa María, Editorial S.M. 427 páginas. Madrid 2006.
[8] Meil, G. (2004): “La pareja en los proyectos vitales de las nuevas generaciones: deseos y realidades”. Rev. de Estudios de Juventud. INJUVE nº 67. Diciembre 2004. Madrid
[9] “Jóvenes Españoles 2005”.o.p. Ver página 316 y siguientes
 
[10] El estudio puede solicitarse en publicaciones@ivie.es
[11] . Francisco Muñoz-Perez, “Les naissances hors mariages en France et en Espagne depuis les années 1960”, y bibliografía adjunta. Texto consultado en Internet (con el mismo título en Google) en febrero de 2008.
 
[12] . Ver “La familia ante el reto de la tercera mujer: amor y trabajo” en Libro de Ponencias del Congreso “La Familia en la sociedad del siglo XXI”, edita Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, Madrid 2003, página 83.
[13] . Para el caso español me refiero, obviamente al estudio “Hijos y Padres: comunicación y conflictos”. O.c. FAD, Madrid 2002. 344 páginas. La investigación francesa es de Claudine Attias-Donfut, Nicole Lapierre y Martine Segalen. “Le Nouvel Esprit deFamille”. Editions Odile Jacob, Paris 2002, 294 páginas.
[14] . “Nouvel Esprit de Famille”. O.c.p. 15. La citación esta tomada de Edward Shorter, “Naissance de la famille moderne”. París, Ed. du Seuil, 1977, página 279.
[15]. En Andrés Orizo Fr. y Elzo J. (directores), "España 2000, entre el localismo y la globalidad . La Encuesta Europea deValores en su tercera aplicación, 1981-1999". Universidad de Deusto. Ediciones SM. Madrid 2000, o.c. página 122 y ss.
[16] . Este punto, en una redacción muy similar a la presente ya lo publiqué en mi anterior libro en PPC, “Los jóvenes y la felicidad” pero, vuelvo a traerlo a estas páginas, con algunas acomodaciones pues lo considero central para entender la evolución actual de la familia en España, sin obligar al lector a dirigirse a otra publicación..
[17] . Ver, por ejemplo, Javier Elzo, ”Para una sociología del estudio de los valores”. (páginas 819-840). En “La Sociedad: teoría e investigación empírica. Libro Homenaje a José Jiménez Blanco. Edita Centro de Investigaciones Sociológicas. Madrid 2002. 1167 páginas. Mas recientemente en nuestro libro “Los jóvenes y la felicidad”, Editorial PPC, Madrid, 2006, ver páginas 21 y siguientes. Bastantes de las reflexiones que aquí presento siguen el hijo conductor de esas páginas, aunque con notables acomodaciones y añadidos.
[18] . He reflexionado sobre este punto en “Familia y religión: ¿libertad religiosa o confrontación”. (páginas 401-431) en Dionisio Borobio (Coordinador), “Familia e interculturalidad”. Publicaciones de la Universidad Pontificia de Salamanca. 474 páginas. Salamanca 2003.
[19] Jan Kekhofs, “Tendances rélévées par les Enquêtes de l´European Values Study et perspectives d´avenir” en “Movimientos de personas e ideas y multiculturalidad”, Vol. 1, Pág. 266. ED. Forum Deusto. Universidad de Deusto. Bilbao 2003. 277 páginas.
[20] . Kerkhofs. o.,c. Páginas 267-268.
[21] . Editado por Paidos, Barcelona, 1998, las citas provienen de las páginas 13 y 263, respectivamente.
[22] . David Cooper. “La muerte de la familia”. Editorial Ariel, Barcelona 1976. El original The Death of the Family, Harmondsworth, England: Pelican Press, 1971. También en New York: Vintage Books
[23] .En España ver, por ejemplo, el capítulo primero de Andrés Orizo Fr. y Elzo J. (directores), Ayerbe M., Corral J., Díez Nicolás J., González-Anleo J., González Blasco P., Setién M. L., Sierra L., Silvestre M., Valdivia C. "España 2000, entre el localismo y la globalidad . La Encuesta Europea deValores en su tercera aplicación, 1981-1999". Universidad de Deusto. Ediciones SM. Madrid 2000,  397 páginas.
[24]  De nuevo en Paidos, Barcelona 2003. El original alemán es de 2.001.
[25] . No entro aquí en la discusión y diferenciación del proceso sociológico de individualización de las actitudes individualistas. Baste señalar que, en la sociedad actual, ambas de complementan y aupan mutuamente. Para Herpin, ver Futuribles, Juillet-Août 2002, nº 277, páginas 41-61. Toda la revista es excelente y permite hacer una idea cabal, con mucho aparato estadístico, de la evolución de los valores de los europeos en los veinte últimos años del siglo XX. 
[26] . De nuevo Eusebio Megías (director).  Hijos y Padres: comunicación y conflictos”..o.c. FAD, Madrid 2002. 344 páginas.
[27] . Andrés Orizo analizó esta cuestión en el I Congreso sobre “La familia en la sociedad del siglo XXI”, FAD. Madrid 2003, o.c. página 122.
[28]. Claudine Attias-Donfut, Nicole Lapierre y Martine Segalen. “Le Nouvel Esprit de Famille”, o. c. p. 278. Ver también  Godet M.y Sullerot E. La famille, une affaire publique . La Documentation française; Paris; 2005; 468 páginas

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