lunes, 16 de agosto de 2021

 

Hay que redescubrir que las religiones son también depósitos de compromiso y de esperanza

 

Un cristianismo para la era secular y post- secular


 

La libertad individual, no está inicialmente frenada más que por la libertad de los otros y algunas reglas indispensables al vivir juntos. Pero es una libertad vacía, sin contenido, una libertad negativa, una libertad que nos expone a toda suerte de alineaciones y a dependencias

En Europa occidental las Iglesias católica y protestante han aprendido poco a poco a integrar su autocomprensión en el hecho de que no representan ya en la actualidad, ellas solas, las normas de lo religioso en la era secular y ya, aunque en germen en España, todavía, la era post - secular

Una laicidad democrática y no autoritaria no debe descalificar y deslegitimar los interlocutores religiosos bajo el pretexto que estarían en contra de ciertas evoluciones, incluso en el caso de que hubieran sido legalizadas

23.07.2021 | Javier Elzo

La 'ultra modernidad' (que otros denominan 'era postmoderna' y que, en el contexto de lo religioso, nosotros preferimos el termino de 'era post-secular'), es el resultado de todo un proceso que ha conducido al ser humano occidental a buscar emanciparse de numerosas coacciones colectivas, religiosas y otras, que limitaban su libertad individual. Hoy, esta última, no está inicialmente frenada más que por la libertad de los otros y algunas reglas indispensables al vivir juntos.

Pero esta libertad está vacía, no tiene contenido, es una libertad negativa, una libertad que nos expone a toda suerte de alineaciones y a dependencias, una libertad qué siendo objeto de manipulaciones exteriores nos lleva al fundamentalismo del mercado y al dictado de lo tenido por correcto. En una sociedad liberal la cuestión del sentido de la vida es reenviada a la esfera privada, a la intimidad de cada uno, pues la sociedad, en ella misma, no es portadora de sentido. La sociedad, aunque divinizada, está radicalmente secularizada.

En la sociedad occidental ultramoderna, (EEUU, Francia, Gran Bretaña, Alemania y centro Europa, los países nórdicos, y gran parte de España), la radicalización incluso de la secularización está conduciendo a lo religioso al corazón de la vida colectiva pública. Es un retorno activo, no siempre visible, de la participación de los actores e instituciones religiosas en la elaboración del bien común individual y colectivo, mientras que se ha creído poder encerrar lo religioso en la conciencia individual privada y en la práctica de ritos al interior de los edificios de culto. Es la exculturación sociocultural y política de lo religioso. Algo a lo que nunca el cristianismo ha querido reducirse. Un retorno que acepta inscribirse en el marco del debate público democrático y que no demanda nada de particular más que de participar, al lado y con los otros, en una discusión colectiva sin que la calificación religiosa de los contribuyentes sea un motivo de descalificación o de marginalización. Tampoco de supremacía. 

¿Por qué hablamos de una radicalización de la secularización? Porque los ideales seculares que hemos tenido tendencia a presentarlos como alternativas a los ideales religiosos se encuentran ellos mismos desencantados. Ya no es la creencia en las promesas políticas la que viene a reemplazar la creencia en las promesas religiosas; tampoco la creencia en la autoridad de los “maîtres d'école” (grandes intelectuales) se sustituiría a la de los sacerdotes; el reconocimiento del profesionalismo de los asistentes sociales reemplazaría el compromiso existencial de las mujeres y hombres de caridad; la confianza acordada a los técnicos y sabios reemplazaría aquella acordada a los saberes y técnicas tradicionales. Pues todas estas autoridades seculares están ellas mismas quebrantadas, puestas en discusión.

Esta secularización de los ideales seculares es particularmente neta en el dominio de la política, con el aumento del desenganche e incredulidad de los ciudadanos hacia la política, hacia los políticos, como muestran Informes Internaciones, incluso con afán prospectivo. Pienso, por ejemplo, en el Informe de Tendencias Globales” que publicó en marzo pasado el Consejo Nacional de Inteligencia de EE UU. En tal coyuntura es llamativo constatar que, tanto en los filósofos y sociólogos agnósticos o ateos como André Comte-SponvilleJürgen HabermasSalvador GinerEdgar Morin, como en los inscritos en una tradición religiosa como Paul RicoeurPierre ManentJesús Martinez GordoAndrés Torres Queiruga, encontramos diversas formas de reconsiderar el ámbito y el papel de lo religioso, en el marco de las sociedades secularizadas y pluralistas de hoy, en el sentido de un reconocimiento de la legitimidad de su participación en los debates públicos a condición que no quieran imponer nada. Entiéndase bien.

No se trata de una vuelta de lo religioso en el sentido en el que se volvería a un estado anterior a la “era secular” que diría Charles Taylor, en las relaciones Iglesia-Estado, cómo si las religiones volvieran a recuperar el poder sobre la sociedad y los individuos. Este último planteamiento solamente es sostenido por los nostálgicos de la “era de cristiandad” que, afortunadamente, no ha de volver. En la actualidad, se trata de reconfigurar el espacio y el papel de lo religioso en las sociedades radicalmente secularizadas dónde las promesas seculares están, ellas mismas, desencantadas.

El cristianismo en medio de la modernidad desencantada 

En tal coyuntura, tanto lo religioso como que lo secular evolucionan y reajustan sus relaciones: un cristianismo cada vez más desmitologizado y valorando, defendiendo y postulando su ética universal de la fraternidad, “el ethos del amor” universal e incondicional, como sostiene Hans Joaseste cristianismo encuentra positivamente una política o un político desescatologizado y desencantado en la búsqueda de fuerzas convincentes y motivantes para construir la sociedad de mañana. De ahí las sinergias positivas entre lo político y lo religioso, lo que no impide que haya conflictos y desacuerdos profundos como se ha visto en el caso del “matrimonio para todos” en Francia, y la ley de eutanasia, y de las uniones “trans”, en España. Pero, en eso consiste la democracia moderna. 

Siendo el cristianismo una religión de la Encarnación de dimensión universalista, se inscribe sin problema en una configuración favorable a la participación de las religiones en la vida pública. En Europa occidental las Iglesias católica y protestante han aprendido poco a poco a integrar su autocomprensión en el hecho de que no representan ya en la actualidad, ellas solas, las normas de lo religioso en la era secular y ya, aunque en germen en España, todavía, la era post - secular. Estamos viviendo, en nuestros días, el paso del cristianismo heredado al cristianismo por elección, lo que no quiere decir que tengamos que hacer “tabla rasa” de la herencia de 20 siglos de cristianismo, en la actualidad más universal, geográficamente hablando, de los que nunca ha sido en la historia. Esta nueva condición social del cristianismo le permite hacer valer sin complejos sus posiciones y sus acciones en las sociedades pluralistas, en las que el Estado pena a regular una pluralidad acentuada de concepciones del hombre y del mundo y de las diferentes opciones éticas presentes en la sociedad.

La interpelación de lo religioso a lo político

La interpelación religiosa que impide a lo político dormitar si se encierra en el bienestar de sus votantes, es una evocación del papel de los cristianos respecto de lo político (en otras latitudes hablaría de los budistas, musulmanes, judíos etc., siempre que propugnen el universalismo ético) que no está tan lejos de las posturas actuales de algunas iglesias cristianas respecto del poder. Frente al riesgo de no tratar humanamente a los refugiados, los extranjeros y los autóctonos en situación de extrema precariedad (por ejemplo, las personas de edad avanzada con pocos recursos, y las personas incapacitadas), y frente a los riesgos de la estigmatización de ciertas poblaciones como los gitanos, los migrantes pobres, etc., las autoridades religiosas y los que se dicen cristianos, deben movilizar la ética de la fraternidad cristiana, el “ethos del amor”. Que sea Caritas católica, la Acción Social Protestante, numerosos benévolos sacan recursos movilizadores, de carácter ético, del cristianismo para comprometerse en las acciones de solidaridad e interpelar a los poderes públicos sobre su deber de humanidad.

Pero también sobre otros temas las religiones quieren hacer patente su voz: sobre la sexualidad, género, filiación, la gestación por otra persona o la procreación médicamente asistida, la legalización de la eutanasia etcétera. En estos temas, especialmente ciertas voces laicas, tienen tendencia a querer reenviar las iglesias a su sacristía y les solicitan que se limiten a lo que, supuestamente les concierne únicamente, esto es, a las cuestiones espirituales y de culto. Como si las religiones se limitarán al fuero interno y a las prácticas en los edificios del culto.

Cabe preguntarse si, finalmente, no habría tendencia a seleccionar el papel de la religión en el espacio público, en forma positiva en ciertos ámbitos, especialmente en el de la ética social y de forma negativa en otros, particularmente en los de la ética sexual y familiar. Pero la participación de grupos religiosos al debate público no es de geometría variable según los temas, y su legitimidad no depende de su grado de conformidad con las tendencias seculares del momento. Lo esencial es respetar las leyes del país, inscribir su acción en el marco democrático de una sociedad laica donde, incluso, si las voces cristianas son rigurosamente opuestas a una evolución, esta evolución debe ser aceptada y desembocar en una ley que pueda devenir una ley de todos y para todos. Entre tanto, aquí también, habrá conflictos, como los ha tenido el cristianismo, en su interior (como en la actualidad, valorando la acción del papa Francisco), como en sus relaciones con la sociedad y el poder de cada momento, a lo largo de su historia.

Una laicidad democrática y no autoritaria no debe descalificar y deslegitimar los interlocutores religiosos bajo el pretexto que estarían en contra de ciertas evoluciones, incluso en el caso de que hubieran sido legalizadas. Así, por ejemplo, en cuanto a la condición de género del ser humano, la igualdad de los hombres y de las mujeres, hay diferentes formas de concebirlas y no hay ninguna razón para que un Estado secular excomulgue, esto es, impide y castigue, la expresión pública, pacifica, de ciertas concepciones en provecho de otras. Lo que no quiere decir que no legisle de acuerdo a la mayoría, aunque, si es responsable, procurará hacerlo con el mayor acuerdo posible.

En ciertos temas no vale la mayoría del 51 %. Las tensiones son inevitables entre las religiones y las evoluciones dominantes en la sociedad. Estás tensiones no son solamente inevitables, sino que son estructurales y testimonian una buena salud de la laicidad. En efecto el deber de la democracia es el de permitir lealmente la expresión de estas tensiones más que de querer aniquilarlas con el único provecho de uno de los polos del debate. Es lo que Paul Ricard llamaba una “laicidad positiva de confrontaciones” que hace justicia a la diversidad de la sociedad civil. 

Hay que redescubrir que las religiones alimentan también compromisos solidarios y profundamente altruistas, que son depósitos de compromiso y de esperanza que pueden socializar a las personas, en particular los jóvenes, en una normatividad estructurada y estructurante, prevenirlos contra el pesimismo e incitarlos a actuar, sean las que sean las dificultades del presente.

Los riesgos de las lecturas políticas del cristianismo

 Reconocer este depósito de convicciones y de acciones que representa el cristianismo, como otras religiones, no significa por otra parte que, como toda realidad militante y de convicción, el cristianismo pueda generar, y de hecho ha generado en ciertas circunstancias, actividades intolerantes e incluso fanatismos y violencias. Así, por ejemplo, las religiones pueden conducir a encerrar a sus miembros en su red, cortándoles lo más posible de la sociedad en la que se desarrollan, incluso hacerles percibir la sociedad global como una realidad diabólica de la que es preciso huir y combatir.

Es el caso de Rod Dreher con lo que denomina “la opción benedictina”. En efecto, el cristianismo no está indemne de estas tendencias, así en el catolicismo tradicionalista conservador que manifiesta simpatías por la extrema derecha y en las franjas fundamentalistas del protestantismo que quisieran reconquistar la sociedad. Aunque la utilización partidista de lo religioso no se limita a la extrema derecha y al mundo tradicional. También en la extrema izquierda, como vemos ahora, por ejemplo, en Nicaragua, con la lectura que se hace en España, atribuyendo la responsabilidad de su mala situación, casi en exclusiva, al maligno poder estadounidense. 

Superar el individualismo reinante

Por otra parte, si el humanismo democrático se ha construido a veces en oposición a las religiones, estas últimas pueden, en un mundo secular desencantado, devenir preciosos garantes de una superación de un individualismo que se cruza con una mundialización, rasgos de la sociedad de nuestros días. El cristianismo, en la diversidad de sus expresiones confesionales, se encuentra cada vez más tranquilo para esta defensa del humanismo democrático pues no son extranjeras a su propia emergencia.

En las incertidumbres y en las inseguridades identitarias del régimen ultramoderno, el cristianismo reencuentra no el poder, sino la influencia. Es, incluso, esta pérdida de poder sobre la sociedad y en su aceptación del marco laico de la sociedad del cristianismo posmoderno y post-secular (aunque no todos los cristianos comulgan, todavía con esta idea), lo que le permite ser apreciado, también como proveedor de sentido y de esperanza en una sociedad bastante desbrujulada. Un cristianismo incubador y propulsor de acciones solidarias en un entorno en el que “el cada uno para si” tiende a desarrollarse con fuerza.

 

domingo, 25 de octubre de 2020

Los Intelectuales y España. Entrevista a Javier Elzo

 

Los intelectuales y España. Javier Elzo

 

(Entrevista publicada en El Mundo el 24 de octubre de 2020)

 

Catedrático emérito de Sociología de la Universidad de Deusto, Javier Elzo

(Beasáin, 1942) es uno de los mayores expertos en nuestro país sobre cuestiones como valores de la juventud, religiosidad en la sociedad española, drogas, nacionalismo o ETA. Con un nuevo libro ‘en el horno’,

sufre las secuelas que le ha dejado el coronavirus. Y no dejan indiferentes sus opiniones sobre la lucha contra la Covid.

 

POR EDUARDO ÁLVAREZ

FOTO JUSTY GARCÍA

 

 

Profesor de Sociología durante varias décadas y articulista habitual en prensa, es responsable o coautor de numerosas obras. Entre otros libros, ha publicado ‘El silencio de los

adolescentes’ (2000), ‘Jóvenes españoles’ (2005) o ‘Tras la losa de ETA’ (2014).

 

«Lo sanitario no puede ocultar todo lo demás en la gestión de esta pandemia»

 

Pregunta.– Sigue con secuelas por el coronavirus. La suya ha sido una experiencia realmente dura.

Respuesta.– Ingresé en la policlínica de San Sebastián el 19 de marzo y estuve aislado más de 10 días con un pronóstico muy preocupante. Los médicos no sabían del virus nada entonces. Me dijeron que tocara madera. Es la primera vez en mi vida que he sentido que la muerte podía estar cerca. Tuve que echar mano de recursos personales y religiosos para afrontarlo.

P.– Pidió que en ningún caso le ingresaran en la UCI.

R.– En la UCI a uno le intuban y deja de tener en contacto con la gente. Hay personas que han pasado así muchos días y otras que, por desgracia, han muerto. En Holanda adoptaron un protocolo


 

 

que aquí se transmitió mal tachándolo poco menos que de eutanasia. Y no es eso. Se trata de explicar bien al enfermo qué es lo que le puede pasar. Y una posibilidad es morir sin poder despedirse de nadie. Una persona de mi edad, 78 años, con una mochila como la mía –una EPOC, algún pequeño problema de corazón, kilos...– es candidata. Y dije: no, tengo edad para poder morirme, tengo mi conciencia tranquila y si me tengo que morir, me muero aquí en el hospital o si puede ser en casa. Mi médico lo respetó.

P.– Ha mencionado la eutanasia. En España se está tramitando la ley. Los partidos discrepan hasta en si hay una demanda social. ¿Qué opinión le merece?

R.– Todos tenemos derecho a una muerte digna. No estoy de acuerdo con el encarnizamiento terapéutico, con mantener a alguien con vida porque aún le late el corazón o el encefalograma no es plano. La vida es más que eso. Hay una vida física o biológica, pero hay una vida afectiva, social, intelectual... ¿Por qué hemos de determinar que la fundamental es la biológica? Yo no creo que la sociedad esté muy dividida respecto a la eutanasia. El problema que tiene la tramitación de la ley, como casi todo, es que se va a politizar. La muerte digna debiera estar más allá de partidismos y plantearse al menos por tres quintas partes del Parlamento.

Y tal como está ahora, quizá no sea el mejor momento, porque en realidad no se va a debatir sobre la eutanasia. Pero eso nos lleva a otros temas, a la necesidad de cambiar el Parlamento. No en el sentido de las mayorías, sino de talante. Hay que recuperar el espíritu de la Transición. No todo se hizo bien entonces, pero

en lo político estábamos mejor que ahora.

P.– Volviendo a la pandemia, hemos pasado del saldremos mejores que repetía el Gobierno como eslogan a que sea otro motivo de división en la sociedad...

R.– La sociedad no es una, son muchas. El miedo se ha instalado en mucha gente. Pero está emergiendo con fuerza una postura de hartazgo. Si tengo que morir me muero, pero déjeme salir a la calle... Incluso muchas personas mayores empiezan a pensar esto. No puede ser que el todo sanitario oculte el todo lo demás.

Por no hablar de quienes ven arruinados sus negocios. Escuchaba a un epidemiólogo decir que es falsa la dicotomía entre salud y economía. No es falsa. Es muy real. Y un gobernante tiene que saber jugar con todos los registros. Por supuesto que la salud es importante, pero no es sólo la salud. Yo prefiero un planteamiento más holístico. Creo que los expertos en los que se basan las tomas de decisiones, si es que aquí realmente hay expertos, no pueden ser sólo sanitarios. Tiene que haber también expertos en leyes, en educación, en economía... Lo que no puede ocurrir es que se impongan medidas como el confinamiento de Madrid y que luego lo tumbe un tribunal. ¡Váyase a hacer puñetas! Quien tiene la capacidad de tomar decisiones debe estar muy bien asesorado por actores multidisciplinares.

P– Usted ha centrado muchos de sus estudios en los jóvenes. ¿Están demostrando falta de generosidad intergeneracional en esta pandemia?

R.– Hay jóvenes y jóvenes. Y es verdad que una parte no son conscientes del peligro y acaban creando alarma social. Los botellones, las fiestas ilegales, demuestran una falta de responsabilidad sin duda. Ahora bien, ¿por qué se ha llegado a esto? El problema de fondo es que durante muchos años se ha transigido en exceso en nuestro país con el ocio nocturno. Y se ha educado en los derechos y no en los deberes. El principio

de mayo del 68, prohibido prohibir, donde se ha aplicado es en España. Se aplicó aquí a partir de la Transición. Veníamos de una dictadura y no aceptábamos ningún límite a la libertad. Y nos cayó la pandemia de la heroína, el pozo de la droga... En España hemos pasado del modo de beber mediterráneo al modo de beber nórdico, que es uno de nuestros graves problemas. Y estamos pagando las consecuencias.

P.– Usted es un firme defensor de la gestión política descentralizada, de la «cogobernanza» como repite el

presidente Sánchez. Pero, ¿cree que está funcionando?

R.– Tiene que haber diferentes niveles de responsabilidad y de toma de decisiones, vale para la pandemia y para casi todo. Yo en concreto echo en falta que Europa no haya sido capaz de abordarla desde una perspectiva comunitaria.

En España, la cogobernanza es lo razonable, aunque debe haber

unos principios generales admitidos por todas las fuerzas políticas, sin que tengan por qué ser aplicados en todas partes a la vez. En la disputa entre el Gobierno de España y el de Madrid, más allá de disquisiciones técnicas, tengo la opinión de que el autonómico tiene una visión más global que el de Sánchez, más sanitarista.

P.– En todo caso, el hecho de que no haya acuerdos ni para combatir la pandemia, ¿no está agrandando el desapego ciudadano por la política?

R.– Es un peligro social enorme. El desapego político da lugar a toda suerte de populismos de extrema izquierda y de extrema derecha. La sociedad española está excesivamente polarizada. El germen de las dos Españas viene, como es sabido, desde los siglos XIX y XX. Pero ahora lo estamos extremando todavía más,

con un riesgo grande de confrontación. Y eso lo vemos en el Parlamento, donde a este paso van a acabar pegándose. La clase política tiene que hacer algo. Y la clase periodística también. De un debate de cinco horas, se resalta sólo el rifi rafe de uno y otro, eso no es lo esencial. Esta sociedad se ha ido descosiendo, desmembrando...Nadie es capaz de ponerse en el lugar del otro. Pero en los momentos de crisis pueden venir las grandes soluciones. Cómo salgamos de esta crisis va a ser muy importante también en lo político. Por ejemplo, estamos ante una oportunidad extraordinaria para hacer una Europa más fuerte.

P.– Hablemos del País Vasco. La reciente polémica por un cartel publicitario de Patria, la serie basada en la novela homónima de Fernando Aramburu, ha reavivado ciertos fantasmas, como el de la equidistancia...

R.– Yo he vivido 10 años dos meses y dos días con protección. Desde luego que no puede haber equidistancia. No se puede equiparar el sufrimiento que ha generado ETA con nada. ETA es la página más negativa que se ha escrito en el País Vasco. La mayor vergüenza que tenemos los vascos es que entre nosotros

haya surgido ETA y que haya sido apoyada por una parte importante. Pero, dicho eso, no se pueden obviar acciones por parte del Estado totalmente reprobables. No me refiero sólo a los GAL o al Batallón Vasco Español. Hablo de las torturas, que ha sido un problema serio desde el punto de vista ético. Y ha llegado la hora de un reconocimiento por parte del Estado de que en su día no fue suficientemente diligente para acabar con las torturas. No se lava de ningún modo a ETA porque se diga que no ha sido la única que ha ejercido la violencia, sin que se puedan equiparar sus 836 asesinatos con los casos de torturas. Déjeme decirle por otra parte que creo que las penas de cárcel en España, y ahí incluyo a las de los terroristas, son demasiado largas. Si queremos que sirvan de verdad para rehabilitar a la persona no pueden pasar de los 15 o 20 años. Estoy en contra de la prisión permanente revisable. Yo creo, al revés, que tiene que ser una prisión no superior a los 20 años, revisable.

P.– Cuando publicó Tras la losa de ETA, en 2014, decía que el final del conflicto vasco no es la reconciliación sino la convivencia. ¿En qué punto se está hoy?

R.– En una convivencia light. La mayor parte de la gente ha hecho borrón y cuenta nueva. Siempre, no es de ahora, se ha mirado hacia otro lado. Ha habido un reconocimiento relativamente digno a las víctimas del terrorismo. Y estamos aprendiendo a convivir.

P.– Un peligro es el falseamiento de los relatos. Otro,

la desmemoria. Conocíamos esta semana que más de

la mitad de los españoles no sabe quiénes son Miguel

Ángel Blanco, Irene Villa u Ortega Lara. ¿Le asombra?

R.– Los datos no me sorprenden. Desgraciadamente,

la ignorancia de nuestra historia es muy grande y aún mayor entre los jóvenes, cuya primera fuente de información son las redes sociales, particularmente las que establecen con y desde sus coetáneos. ¿Cuántos sabrían decir los nombres de los presidentes del Gobierno desde la Transición?

P.– Las encuestas muestran un estancamiento del sentimiento independentista en el País Vasco. Al mismo tiempo, como se vio en las elecciones de julio, la hegemonía del PNV parece indestructible...

R.– No es sólo un estancamiento, hay un descenso. Si en su momento pudo rozar el 40%, que no creo que llegara nunca, hoy el sentimiento independentista no es superior al 20 o 22%. Lo cual no quiere decir que la sociedad no sea mayoritariamente

nacionalista, que se sienta vasca, pero no necesariamente no española o antiespañola. Todos tenemos, lo admitamos o no, identidades múltiples. Lo que no se puede admitir bajo ningún concepto es que alguien defienda la independencia de un territorio por las armas. Eso se ha acabado para siempre. Yo no creo en la independencia de Euskadi ni en la de España. Hoy los

estados ya no son independientes. Un ejemplo, la pesca.

Nuestra cuota la marca Bruselas.

P.– Usted acuñó el concepto violencia lúdica para

hablar de la kale borroka. ¿Ve paralelismos con los

CDR hoy en Cataluña?

R.– La violencia lúdica era una parte de la violencia política. Sí, cabe la equiparación. Tras la sentencia del 1-O, los disturbios terribles de Barcelona tuvieron sin duda una componente de esa violencia lúdica. Cataluña es que está dividida en dos y su principal problema es cómo se las van a arreglar entre las dos partes.

P.– ¿Y las dos Españas tienen arreglo?

R.– Hay más de dos. Aunque de la tercera España, esa que intenta tender puentes desde Madariaga, hoy veo poco. Lo intentó un partido como Ciudadanos y ya vemos en qué ha quedado. Tenemos un problema de desmembración emocional en España.

P.– Recientemente, usted ponía a la Monarquía como

ejemplo de las dos Españas de hoy.

R.– Tiene que ver con todo lo que está pasando con el Emérito. Juan Carlos I hizo una excelente labor en general como Rey. No sólo por el 23-F. Fue decisivo en el tránsito de la dictadura a la democracia. Y durante mucho tiempo ejerció bien su labor. Ahora se han conocido las corrupciones y entonces parece que todo lo que hizo fue malo. Mi hijo me dice que soy un juancarlista frustrado y avergonzado. [Risas] Esto daría para hablar mucho del papel de los medios. La prensa tendrá que explicar por qué se ocultó todo eso.

P.– ¿Pero puede la Corona seguir desempeñando un rol aglutinador por encima de la pugna política?

R.– Yo no sé si la Monarquía española tiene capacidad de remontar esto. Pero sí diría varias cosas. La Monarquía como institución es una antigualla. Pero, a la vez, países modélicos desde el punto de vista democrático tienen monarquía y funciona muy bien, lo que ya le hace a uno pensar que antes de mandar esto a freír puñetas hay que pensárselo dos veces. Si en Bélgica no existiera Monarquía el país ya se habría roto en dos

o en tres. Creo que Felipe VI se equivocó en el discurso del 3-O. Hizo que muchos catalanes y vascos dijeran «yo éste no». El Rey no gobierna, pero tiene que tener cierto margen de maniobra. No sabe lo importante que sería que se buscara alguna fórmula oportuna para que por ejemplo acudiera a Guernica y dijera que

la Corona respeta la singularidad vasca... Y otro tanto valdría para Cataluña. El Rey sabe dónde tiene los problemas. Hace falta que haga gestos. Mis hijos y mis nietos decidirán si tiene que haber monarquía o república, pero ahora mejor dejar las cosas como están.

P.– Está a punto de salir su último libro, ¿Tiene futuro el cristianismo en España? Le pregunto: ¿España ha dejado de ser católica?

R.– Estamos pasando de la era de cristiandad a la era postsecular. La religiosidad en España, afortunadamente,

va a ser muy distinta a la que conocimos. Hay espacios en los que está adquiriendo importancia, como el movimiento por los refugiados o Cáritas, con la labor tan importante que hace. Lo que no va a haber es un laicismo excluyente peligroso como el que defiende Podemos. Cuando pregunta Iglesias que por qué tiene que haber misa en TVE se le podría responder ¿por qué misa no y sí fútbol o cualquier otra cosa? Pero la respuesta es porque una parte importante de los españoles son católicos

martes, 22 de septiembre de 2020

Más allá de monarquía o república

 

 

 

Más allá de monarquía o república

 

El día pasado, en una comida familiar, me preguntaron si yo era monárquico o republicano. Respondí que ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. Que yo era vasco. Y, punto. Con esta “boutade”, me replicaron, lo que hacía era escurrir el bulto y, no faltó quien me dijo, que yo, en el fondo, era un “juancarlista” desengañado y acomplejado por lo que estábamos sabiendo de su comportamiento en lo que, eufemísticamente, denominó el rey emérito, como su vida privada. Dejemos a Juan Carlos I a un lado, al menos en este artículo, pues lo que quiero significar con mi “boutade” es que, a mí, como vasco, y como nacionalista vasco, aun moderado, me preocupa, más que saber si el Jefe del estado en Madrid es un monarca constitucional como ahora, o un presidente de una república española elegido por los ciudadanos del Estado, más que eso, repito, me importa saber si el Jefe de estado, sea monarca, sea presidente de la república española, vaya a respetar, o no, los Derechos Históricos de los vascos, y si va aceptar y propiciar su actualización a los tiempos actuales.

 

De nuevo, tuve que oír que me iba por los cerros de Úbeda, y que me definiera. Me espetaron esta pregunta: “si mañana, al fin, hay un referéndum, monarquía o república, ¿tú que votarías? Y no vale que contestes que votarías en blanco, te abstendrías o te quedarías en casa. ¡Mójate! ¿Qué votarías?”. Les contesté que lo pensaría. Añadí que, en alguno de mis artículos ya me pronuncié sobre la conveniencia de ese referéndum (he localizado dos artículos de 2008 y 2011), posibilidad que no elimino entre mis preferencias y que, llegado el caso, en efecto, pensaría muy seriamente qué votar. La razón principal de mi decisión ya la he dado: lo que mejor defienda los derechos históricos, actuales y futuros, de los vascos. Se puede ir más allá en la reflexión, pero, de aquí en adelante, entramos en pura contingencia histórica. Sin embargo, antes, quiero detenerme en una cuestión de principios.

 

La presidencia de una república recae en una persona elegida democráticamente y, en la mayoría de los países avanzados, por un periodo limitado en el tiempo. Un rey, o una reina, está en la jefatura del Estado en razón de su cuna. Y, en principio, hasta su muerte. Es obvio, evidente hasta decir basta, que la monarquía es una antigualla, cuando nos referimos a sociedades democráticas, cuya soberanía reside, al menos en los principios, en el pueblo. El pueblo es soberano, decimos.

 

Pero, he aquí, que la reina Isabel II del Reino Unido, lleva más de 68 años y medio de reinado, con el apoyo y beneplácito de dos terceras partes de sus “súbditos”, cosa rara vez vista en un presidente de una república. Ciertamente el caso de la Reina Isabel II es excepcional, por la duración de su mandato y por el (actual) apoyo de su pueblo, aunque hay otros reyes y reinas en Europa Occidental que, aun sin llevar tantos años en el trono, son apoyados y, me atrevo a decir que, en algún caso, queridos por sus pueblos. No puedo olvidar a una compañera de estudios en Lovaina que me decía, en tono emocionado: “yo amo a mi reina”. Eran los tiempos de Balduino y Fabiola. Luego la (más que supuesta) legitimidad de la cuna, lo es por la soberanía de sus pueblos. ¡Ay!, ¡que fácil es resbalar en el terreno de los principios!

 

Quiero detenerme en un pequeño libro, claro, profundo y esclarecedor del reputado filósofo canadiense, de marcada tendencia liberal, como a él mismo le gusta proclamar, Will Kymlicka. En su libro, “Fronteras territoriales” (Ed. Trotta, Madrid, 2006) plantea dos cuestiones: si debe haber limitación a la movilidad de las personas, más allá de las actuales fronteras jurídico-territoriales y, ya dadas y constatadas estas en la realidad, si un grupo social, sea étnico, sea religioso, lingüístico etc., o una conjunción de estos u otros elementos, tiene derecho a conformar nuevas fronteras, esto es, si tiene derecho a la secesión. Desde su perspectiva liberal igualitaria, se debería responder afirmativamente a ambas cuestiones: habría que abolir las fronteras y aceptar el principio universal de que cada grupo social, “unidad nacional” dirá él, pueda ejercer el derecho de secesión. Pero este planteamiento que, él etiqueta de utópico, se da de bruces con la realidad. Pues, constata Kymlicka, nada de eso sucede en el concierto de las naciones y este planteamiento de nada sirve más que para “la filosofía académica” que así deviene irrelevante o, añado yo, para la pretendida justificación de los extremistas de todo signo si no se le coteja con el principio de la realidad de los hechos y de los valores y priorizaciones de las personas concernidas. Y esto vale, también, para la disyuntiva monarquía versus república.

 

Llegados a este punto, si reflexionamos desde los principios, la monarquía es una antigualla y, sin duda alguna, debe ser suplantada por la república. Pero, y el “pero” es de talla, en muchos países democráticos occidentales, hay monarquía, y recibe el respaldo de la ciudadanía. Esto, al menos a mí, me hace pensar. La pregunta del millón es esta: en la España y Europa de nuestros días, visto desde una perspectiva nacionalista vasca, ¿qué solución nos ofrece una mayor garantía de respeto y acomodación de nuestra nacionalidad vasca, sin Estado propio y sin perspectivas a corto y medio plazo de tenerlo, con el 90 % de vascos en el Estado español y un 10 % en el francés, en el concierto de las naciones- estado, base de la Europa en construcción: la monarquía actual o la hipotética república española de futuro?

 

No quisiera tener que responder a esta pregunta ahora mismo. Me tranquiliza saber que la eventualidad de un referéndum, que defiendo en principio, en lo inmediato parece muy improbable. Ciertamente, como nacionalista vasco, la figura de Felipe VI no me inspira confianza. No ha venido a Gernika a reconocer nuestra singularidad, lo que tendría gran valor simbólico, como hizo su padre (cuya valoración como rey, y para los vascos, dejo, si es el caso, para otra ocasión). Y su discurso del 3 de octubre de 2017, tras los acontecimientos de Catalunya, me confirmaron en mis convicciones. Pero, de nuevo, los “peros”, ¿con cuál de los presidentes españoles de la democracia, me sentiría cómodo como presidente de la hipotética república española, que avale, reconozca y propicie nuestra nacionalidad vasca? Y no me hablen de una república vasca independiente. No la apoya, hoy, ni un tercio de la población vasca.

 

A corto plazo, digamos los próximos diez años, hagamos valer nuestros votos en Madrid para lograr, al fin, las transferencias pendientes del Estatuto de Gernika; luchemos para una acomodación del mismo a los tiempos actuales; establezcamos vínculos económicos y culturales con Iparralde; también entre Navarra y la CAV, y aboguemos, con otras nacionalidades sin Estado, por una presencia activa en la Unión Europea. Y en casa, entre nosotros, construyamos una sociedad con historicidad, con voluntad de hacerse a sí misma, con la mayor capacidad de decisión posible. Y ahorremos los planteamientos destructivos como las increíbles huelgas en la enseñanza con exigencias imposibles de cumplir. Y, más adelante, nuestros hijos y nietos, ya decidirán si es mejor para Euskadi que en España haya una monarquía parlamentaria o una república.

 

(Publicado el 20 de septiembre de 2020 en Noticias de Gipuzkoa)

 

 

domingo, 13 de septiembre de 2020

Secularización y coronavirus

 

Secularización y coronavirus…

 Javier Elzo: “El coronavirus no va a suponer el fin de la Iglesia de masas”

·        Pese al “descalabro” en la práctica dominical, el sociólogo señala la “efervescencia de pequeños colectivos”

 

¿Se cumplirá la profecía del cardenal Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo y presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea, quien ha reconocido a L’Osservatore Romano que la pandemia ha podido “acelerar diez años el proceso de secularización”? El sociólogo Javier Elzo, aun consciente de la gravedad de sus efectos también a nivel religioso, no va tan allá: “La crisis del COVID-19 no va a suponer el fin de la Iglesia. Tampoco de la Iglesia de masas. Es un paréntesis que se observa en todo acto multitudinario”.

Eso sí, enfatiza que la pandemia “ha pillado a la Iglesia en un momento de profundos cambios, en una mutación histórica. Los que tenemos ya una edad avanzada, hemos vivido la adolescencia todavía en el estado de cristiandad. Valga un dato: la iglesia llena de jóvenes los primeros viernes de mes. En la década de los 60 del siglo pasado irrumpe, de forma abrupta, la secularización, con un descalabro en la práctica dominical. Primero, como un hecho incuestionable; después, como una ideología de futuro. La secularidad deviene, entonces, en secularismo en determinados colectivos muy influyentes en la sociedad. Hoy se está dando paso a la era post-secular, con una pléyade de sacralidades, muchas de ellas de matriz originaria secular, ya en competencia con la sacralidad de matriz religiosa”.

Brotes verdes

Paralelamente a ese “descalabro”, Elzo señala cómo “vemos mantenerse en algunos lugares (Andalucía, por ejemplo) y emerger en otros un doble movimiento: el auge de la religiosidad popular con peregrinaciones a lugares emblemáticos, a caballo entre lo espiritual secular y lo espiritual religioso, y la efervescencia de pequeños colectivos, movidos por una fe viva en Jesús de Nazaret, que se reúnen en oración y estudio, a lo largo y ancho de la geografía española, aunque todavía no hay un estudio serio que pueda dar fe de su existencia, diversidad y vitalidad”.

Ha sido “en este contexto” en el que ha irrumpido el virus, y con consecuencias: “En las tomas de decisiones, los lobbies son capitales. El gran músico Daniel Barenboim se quejaba de que, en Berlín, donde reside, los restaurantes estén a rebosar mientras que en las salas de ópera y conciertos haya restricciones que pueden acabar con la programación de un año, como ha sucedido en el MET de Nueva York, donde han anulado la temporada 2020-2021. El lobby hostelero es mas fuerte que el musical… Y no digamos si lo comparamos con el religioso, inexistente. Se dirá que, en misa y en la ópera se ven muchas canas y calvas, como si las canas y calvas no llenaran los restaurantes de postín”.

En manos de los creyentes

De ahí que el sociólogo concluya que “el futuro de la Iglesia está, y estará, en manos de los creyentes. Ahora no tocan grandes manifestaciones. Pero hoy la Iglesia, los cristianos, tenemos otra prioridad: acompañar a los enfermos de coronavirus, muchos ancianos viviendo solos, y a los que se queden sin trabajo porque les cierren sus empresas: Corintios 13”.

 

 

Publicado en VIDA NUEVA el 12 de septiembre y actualizado el 13, por Miguel Ángel Malavia