miércoles, 13 de febrero de 2013

Papa, elegido por los obispos, para diez años


Papa, elegido por los obispos, para diez años

 
Benedicto XVI renuncia al papado porque no tiene fuerzas para seguir. Se le entiende con 85 años. Máxime con halcones alrededor. Hasta su propio mayordomo personal le roba sus papeles.. Creo que nadie, a poco que razone, sea creyente o no, estará en desacuerdo con esta decisión papal. Personalmente, además, creo que tiene el mérito de algo que, en España, se habla mucho: la ejemplaridad. Ojalá cunda, dentro y fuera de la iglesia.

No voy a repetir aquí mi valoración de urgencia sobre la labor del Papa que ya realicé en “El Diario Vasco” ayer martes, aunque la política de Vocento exija, para leer los artículos de opinión, comprar el periódico en papel o abonarse a su sistema digital. De todos modos, mi opinión reflejada en DV se corresponde con la del editorial de “Le Monde” y con la del artículo de Manuel Freijó, que ayer colgué en este blog.

Hoy quiero detenerme brevemente en un par de ideas de mi artículo de DV. Escribí que  con el tiempo “me confirmé en dos convicciones. La primera que la Iglesia no necesitaba (ni necesita ahora en su sucesión) un teólogo papa, sino un pastor. La segunda, algo que vengo escribiendo y diciendo hace años: que los nombramientos papales y episcopales deben ser temporales. 10 años, como mucho. Sin reenganche”.

Respecto del primer punto, siguiendo a Le Gendre, "La confesion d´un Cardinal" (ficticio) escribiría que la Iglesia hoy necesita un papa que, “conociendo de cerca las dificultades de la vida de gente sencilla, las cuestiones que se plantean y que haya participado en sus sufrimientos” (piensa en un cardinal, obispo en ejercicio en alguna diócesis, preferentemente no europea), tenga “la visión de un historiador, incluso de un sociólogo” más que de un teólogo. Por eso el supuesto cardenal no hubiera dado su voto a Ratzinger, por mucho que alabe muchas de sus virtudes, especialmente las personales. La razón de este planteamiento radica en que “nuestro problema mayor (el de la Iglesia), nuestra prioridad hoy, reside en comprender mejor el mundo en el que vivimos. Lo entendemos mal, lo vemos alejarse de nosotros desde hace bastantes décadas y, como no identificamos claramente las razones, nos aferramos a valoraciones que me parecen sumarias”

“Es porque nuestro diagnóstico no está suficientemente fundamentado desde hace décadas por lo que perdemos terreno, particularmente en Occidente. Si se aceptara la visión del historiador, se aceptaría pensar que el mundo no ha terminado de hacer pagar a la Iglesia sus errores, sus faltas ,sus bloqueos de antaño. Nuestra política habría de ser la de recortar este especie de purgatorio en el que el mundo nos ha colocado. La cuestión está en saber cómo podemos recortar ese tiempo de purgatorio. He llegado a la conclusión de que debemos de dejar de dar lecciones al mundo en todo y sobretodo. Es preciso que cesemos de aparecer como los aguafiestas, látigo en mano contra el mundo. En el pasado hemos dado demasiadas lecciones al mundo y algunas de ellas eran falsas, sea demasiado ambiguas, sea interesadas, sea demasiado rotundas. En consecuencia nuestro mensaje fundamental no logra hacerse entender”

La Iglesia ya ha dejado escapar la cita con el mundo científico y con la democracia, y aun no ha terminado de pagar sus errores al respecto. Es preciso que no pierda su cita con la globalización pues sería fallar en una de sus notas centrales, la catolicidad que, precisamente ahora en un mundo globalizado tendría más sentido propugnar

Respecto del segundo, sostengo firmemente, que no hay que mantener demasiado tiempo, en los mismos cargos a las mismas personas. Normalmente son incapaces de renovar sus análisis y sus opiniones. Es la argumentación que también me dio un antiguo Cónsul en Bilbao, posteriormente Embajador en Honduras, hoy ya jubilado, cuando de vez en cuando nos encontramos en San Juan de Luz o en Donosti. Ellos no están en ningún cargo más de tres años. Al señalarle que me parecía demasiado poco tiempo, me dijo que sí, que así era en efecto y que él lo subiría a cuatro, incluso cinco, pero no más. Se pierde eficiencia, concluyó.

Personalmente, conociendo los tiempos en la Iglesia, yo llegaría hasta los diez años, como mucho. Sin posibilidad de reenganche. El modelo político de algunos países, como Francia o EEUU con dos mandatos me parece correcto. Aunque, personalmente en la iglesia, lo limitaría a un solo mandato pero más largo. Lo que he dicho: máximo de 10 años.

También cambiaría el modo de elección papal. Una formula podría ser que lo eligiera el Sínodo de Obispos, conformado por Obispos elegidos, en voto secreto y para la elección papal, en un numero proporcional al de la distribución de católicos en el mundo. Sin candidatos y eligiendo, obviamente en voto secreto, en base a conversaciones informales entre ellos. Pienso en la forma como los jesuitas nombran a su Prepósito General, su jefe máximo, para entendernos.

Obviamente habría que escoger, normalmente, un papa más joven, limitando su mandato a unos pocos años, insisto en ello. Los ejemplos de países donde se escogen mandatarios de edad muy avanzado no son envidiables: Arabia Saudita, la URSS, China antes de la caída del muro de Berlín…Aunque pueda haber excepciones (Napolitano en Italia ahora) son eso, excepciones.

¿Puedo añadir, para concluir, que no encuentro prácticamente a nadie que piense como yo en este punto?. Como no me considero Dios Padre, he de concluir que debo estar profundamente equivocado. Pero como el papel (el ordenador) lo aguanta todo…

martes, 12 de febrero de 2013

La renuncia del Papa en la prensa


La renuncia del Papa en la prensa

12 de febrero de 2013

He preparado en esta entrada cuatro editoriales de prensa y tres artículos de opinión tras la renuncia del Papa publicados el día de hoy. Los editoriales son de “Le Monde”, el primero de los OP-ED del "New York Times", de “La Vanguardia” y de “El País”. Me quedo con el de “Le Monde”. Como habitualmente es ponderado y equilibrado. Tambien, por primera vez desde tiempo inmemorial, el del diario “El País” sobre un tema de ámbito católico, es ecuánime

Los artículos de opinión vienen los tres de “El País”. El de Manuel Fraijó es francamente bueno. Los de Bedoya y Tamayo, periodistas orgánicos de “El País” en la información sobre el catolicismo, en su habitual línea de parcialidad resentida.

Hoy he publicado un artículo en “El Diario Vasco” y en “El Correo” sobre el mismo tema. Por respeto a la política de Vocento de no permitir la lectura gratuita, vía Internet, de los artículos de opinión, no lo subiré a mi blog hasta mañana. Esta es también la razón de que no haya incluido sus editoriales en esta entrada de hoy. No tengo acceso electrónico a los mismos.

Le Monde 12 fevrier (daté 13 fevrier) 2013

ÉDITORIAL Un acte humble et lucide

Il y a de la grandeur, de l'humilité et de la modernité dans la décision de Benoît XVI, lundi 11 février, de " renoncer au ministère d'évêque de Rome ".


Elu pape le 19 avril 2005, à l'âge de 78 ans, le successeur de Jean Paul II - un pontife dont le monde avait été le témoin du lent déclin - a avoué que sa " vigueur " physique et spirituelle " s'est amoindrie en - lui - d'une telle manière qu' - il doit - reconnaître - son - incapacité à bien administrer le ministère qui - lui - a été confié ". En toute liberté, et en respectant le code du droit canonique, Benoît XVI s'est appliqué à lui-même une sorte d'" empêchement ".

Ce " coup de tonnerre dans un ciel d'azur ", selon l'expression du cardinal Angelo Sodano, doyen du Sacré Collège, mérite le respect. Et d'Angela Merkel à Barack Obama, en passant par François Hollande, les déclarations ont abondé en ce sens.

S'il estime tenir son sacerdoce de Dieu, le pape est un homme comme les autres, confronté à ses limites humaines. Benoît XVI avait déjà affirmé, en 2010, qu'un pape " a le droit et, selon les circonstances, le devoir de se retirer " s'il sent ses forces " physiques, psychologiques et spirituelles " lui échapper.

Cinquante ans après le concile Vatican II, dont il livrait une lecture traditionnelle, Benoît XVI, en renonçant de lui-même à sa charge, ce que Jean Paul II n'a pas osé faire, fait entrer la fonction papale dans l'ère de la modernité. Et, plus encore, de la normalité. Il y aura un avant et un après-28 février 2013, date où sa démission sera effective : à l'avenir, le pape n'aura plus de contrat à durée indéterminée, obligé d'accomplir sa tâche coûte que coûte jusqu'à sa mort. L'Eglise, qui a parfois du mal à s'adapter à son temps, se met à l'heure du siècle. Pape " normal ", le successeur de Benoît XVI sera moralement tenu de l'imiter.

Jusque-là, il y avait un anachronisme dans l'Eglise de Rome : les 117 cardinaux qui vont se réunir en conclave, aux alentours du 15 mars, pour élire le nouveau pape, ne doivent pas avoir plus de 80 ans. Mais celui qu'ils choisiront pourra théoriquement exercer ses fonctions bien au-delà, sans limite d'âge.

A 85 ans, Benoît XVI - dont les huit années de pontificat laissent une image contrastée entre sa fermeté dans la condamnation des actes de pédophilie dans l'Eglise et ses faiblesses vis-à-vis des intégristes - vient de définitivement changer les règles du jeu.

Il reste à élire un successeur. On n'imagine pas que Benoît XVI, même retiré dans un monastère au Vatican, se désintéresse de ce choix. A travers plusieurs consistoires, il a nommé plus de la moitié des cardinaux électeurs. Le conclave, qui, pour la première fois depuis des siècles, se tiendra du vivant du pape précédent, sera à sa main. Cela laisse augurer la désignation d'un pontife plus jeune mais tout aussi conservateur. Il serait pourtant regrettable que le souffle de modernité du 11 février ne se manifeste pas dans le huis clos du conclave.









The New York Times Op-Ed Contributor

The Change Upon Christ’s Rock

By JAMES MARTIN
Published: February 11, 2013
BENEDICT XVI’s resignation might be the most unexpected papal decision since the convening of the Second Vatican Council in the early 1960s — which came about, Pope John XXIII said, not after long deliberation, but “like the flower of an unexpected spring.”



Brian Stauffer

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Rare is the person who will voluntarily relinquish immense power. There had been fevered speculation in the waning years of John Paul II’s papacy that his Parkinson’s disease would prompt his retirement, but he opted to stay. In contrast, Pope Benedict said that “my strengths, due to an advanced age, are no longer suited to an adequate exercise” of his ministry.

His resignation reminds us that, faced with a dilemma, two devout Catholics may come to divergent decisions. Spiritual discernment is always personal. God speaks to us in ways that are tailored to our circumstances, personalities and backgrounds. God meets us where we are.

If John Paul was a rock star, Benedict was an erudite professor. He will be remembered for the strengthening of church orthodoxy, encyclicals notable for their theological depth, a recently revised English translation of the Mass, and — despite his long experience in the Curia — a series of internal troubles in the Vatican.

Critics may focus on Benedict’s tightened oversight of American women’s religious orders and his controversial comments about Islam. Admirers may point to his meetings with victims of sexual abuse and his strong disciplinary action against the Rev. Marcial Maciel Degollado, a powerful Mexican priest who abused boys and fathered children.

His greatest legacy, though, might prove to be a three-volume book, “Jesus of Nazareth,” in which he brought to bear decades of scholarship and prayer to the most important question a Christian can ask: Who is Jesus? He reminded readers that he was writing only in his capacity as a theologian and, more simply, a believer.

Lesser known outside of Catholic circles, but also significant, were the pope’s “Angelus” messages, a kind of meditation he delivered in St. Peter’s Square, often focusing on the lives of the saints.

Paradoxically, Benedict might also be best remembered for how he left the papacy. In becoming the first pope to resign since 1415, he demonstrated immense spiritual freedom, putting the good of the institution, and of a billion Catholics, before power or status. This most traditional of popes — who in his role as prefect of the Congregation for the Doctrine of the Faith had often been criticized for exercising too much power — has done one of the most nontraditional things imaginable.

As the Gospel says, “The Son of Man came not to be served, but to serve.” Perhaps the most difficult part of service is setting aside one’s own plans and goals; surely Benedict feels he has some unfinished business left. As an elderly Jesuit I know likes to say, “There is a Messiah, and it’s not you.” Leaders can learn a lot from a man who knows that he is not indispensable, that he is not Christ. He was only his vicar, and only for a time.

The Rev. James Martin, a Jesuit priest, is editor at large at the Catholic magazine America.

A version of this op-ed appeared in print on February 12, 2013, on page A31 of the New York edition with the headline: The Change Upon Christ’s Rock.
El Papado de Benedicto XVI
La Vanguardia 12 de febrero de 2013
Editorial
 
BENEDICTO XVI abandonará la silla de Pedro el último día de este mes. El Papa anunció su dimisión ayer por la mañana, lo que causó enorme sorpresa en el orbe católico. Según Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, la noticia cogió de improviso incluso a los más allegados al Pontífice. El hecho de que la anterior renuncia papal ocurriera hace nada menos que seis siglos -Gregorio XII, en 1415- no hizo sino acentuar la impresión en el seno de la Iglesia. En total, Benedicto XVI habrá permanecido en su puesto poco menos de ocho años.


Su Santidad, que cuenta 85 años, ha aducido motivos de salud para justificar la renuncia. En su comunicado se refirió al vigor físico y espiritual necesario para desempeñar el cargo, y precisó "que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado". Algunos analistas apuntan que este declive físico se ha podido ver agravado por las intrigas sucesorias vaticanas, que afloraron con el denominado caso Vatileaks, que resultan habituales cuando el Pontífice alcanza una edad avanzada, y son de difícil gestión, incluso en plenas facultades.

Ningún papado es sencillo, y el de Benedic-to XVI no ha sido excepción. Cuando fue elegido sucesor de Juan Pablo II y 265.º pontífice católico, el 19 de abril del 2005, la Iglesia capeaba una tremenda tormenta mediática. La alimentaban la difusión de numerosos casos de abusos sexuales cometidos por eclesiásticos durante decenios, y un creciente clamor popular que exigía el fin de estas conductas y de su encubrimiento. El nuevo Papa mostró entonces gran determinación y desarboló a quienes acusaban a numerosas diócesis e incluso al Vaticano de proteger a los pederastas, al admitir que había "pecado y suciedad" en la Iglesia, al pedir perdón a las víctimas de los abusos y al introducir mecanismos de control y denuncia. El revuelo causado por esta cuestión se prolongó hasta el inicio del presente decenio. Pero Benedicto XVI mantuvo su firmeza y demostró, en este capítulo, una muy plausible voluntad regeneradora.

Cualquier balance del papado de Benedicto XVI debe tener muy en cuenta su formación, su perfil y, también, su pertenencia al ámbito de la cultura germánica. A diferencia de su antecesor, Juan Pablo II, que fue un hombre de acción, un viajero incansable y un gran comunicador, y es recordado, entre otros motivos, por su contribución a la caída de los regímenes comunistas, Benedicto XVI es, ante todo, un teólogo, un intelectual, un autor, un hombre de universidad y estudio, un académico riguroso y de acusado conservadurismo. No siempre fue así. En tiempos del concilio Vaticano II, que abrió la Iglesia a la modernidad, Joseph Ratzinger era un influyente teólogo progresista. Pero, posteriormente, siendo catedrático de Dogmática en la Universidad de Tubinga, vivió muy de cerca las revueltas estudiantiles, de componente marxista, e inició una progresiva evolución hacia posiciones más contenidas. Tras afincarse en Roma en 1981, y ejercer veinte años como director de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ese giro dio sus frutos: Ratzinger organizó y pilotó la atenuación de algunos de los ecos del Vaticano II. De ahí su fama de conservador.

Es preciso recordar esta trayectoria para entender las coordenadas que definen el papado de Benedicto XVI. En este sentido, hay que subrayar que su argumentario ideológico fue decisivo en la condena de la Teología de la Liberación, corriente cristiana izquierdista, no exenta de notas marxistas, que definía destacados movimientos sociales y eclesiales en América Latina. Pasando de lo político a lo social, añadiremos que Benedicto XVI ha preferido siempre la tradición. Ha rechazado los derechos de los homosexuales -les prohibió explícitamente el ingreso en los seminarios-, el uso del preservativo y las demandas de igualdad de las mujeres para poder ordenarse como sacerdotes de la Iglesia; incluso amenazó de excomunión a los políticos defensores del derecho al aborto. Cierto es que en su actualización de los pecados capitales, emitida en el 2008, sintonizaba con causas de significación progresista, e incluía entre ellos los daños al medio ambiente o las decisiones que ocasionan pobreza, injusticia o dificultad, en línea con la doctrina social de la Iglesia. Pero en ese mismo texto criticaba experimentos científicos como la manipulación genética.

Aunque no ha superado el kilometraje recorrido por su antecesor, Benedicto XVI ha llevado a cabo también una considerable labor pastoral. Mención especial merecen sus contactos con la juventud, que han dado pie a reuniones multitudinarias, como la de Colonia en el 2005, con un millón y medio de participantes. O la de Madrid en el 2011, con similar afluencia. Esta pulsión viajera le llevó a Barcelona para la dedicación del gaudiniano templo de la Sagrada Família; un acto relevante en el que el Papa de Roma entró en el templo de Gaudí rezando en catalán. Barcelona lo recordará siempre. Viajó también a Estambul y a Jerusalén.

Si el pontificado de Benedicto XVI empezó con los problemas ya apuntados, su tramo final se ha visto acompañado por el llamado caso Vatileaks. Es decir, por la filtración de documentos privados vaticanos o papales, referidos algunos de ellos a episodios de dudosa gestión en la Santa Sede. El mayordomo del Papa fue juzgado y encarcelado por ello. Pero prevaleció la sensación de que el caso no terminaba ahí; de que era un reflejo de las luchas de poder ante la sucesión papal, que ahora, tras la renuncia anunciada ayer, se ha precipitado y debe resolverse en mes y medio.

Benedicto XVI ha dicho que su futuro está en un convento de clausura. Quizá un apartamento en la propia Ciudad del Vaticano. Muy pronto desaparecerá, pues, de la escena terrenal, para entrar en la historia. Pero el Vaticano deberá seguir enfrentándose a los problemas de un mundo en transformación, amenazado por los fundamentalismos, en el que su futuro, y el de la Iglesia católica, pasa por elevar el número de vocaciones, pese a la secularización de la sociedad occidental. El Papa de la tradición y de la ortodoxia se va con un gesto valiente y moderno que conecta culturalmente con pulsiones que hoy están muy presentes en la sociedad occidental: saber marchar a tiempo, modular los poderes vitalicios. El gesto de Benedicto XVI es un gesto aleccionador cuya trascendencia va más allá de los vastos confines materiales y espirituales de la Iglesia católica. Con su decisión, Joseph Ratzinger puede que abra paso a un nuevo aggiornamento católico.

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EDITORIAL EL PAIS

 

Innovación y renuncia

 

Benedicto XVI, que llegó con claras banderas conservadoras, chocó contra el inmovilismo
La renuncia de Benedicto XVI al pontificado es un innovador jalón en la historia del Vaticano. Ninguno de los más de 250 papas que se han sucedido en Roma renunció tan voluntaria y libremente como lo hará Joseph Ratzinger. Tampoco ninguno de ellos se ha retirado con un comunicado tan cargado de dignidad y verdad con el que pondrá fin a un papado corto —de transición, se dijo en su momento—, pero tan intenso, turbulento y, en cierta forma, innovador debido a la necesidad de afrontar uno de los mayores escándalos que ha salpicado a la Iglesia católica moderna: la pederastia.
Ratzinger accedió al papado con unas nítidas credenciales conservadoras. Fue prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) durante más de dos décadas y rechazó las innovaciones del Concilio Vaticano II.

 
Como sucesor de Juan Pablo II se apresuró a proclamar innegociables la familia, la indisolubilidad del matrimonio, el celibato sacerdotal, el repudio al aborto, el divorcio y las uniones entre homosexuales. Durante sus casi ocho años como sumo pontífice ha cumplido con las expectativas de todos los que esperaban el inmovilismo de la ortodoxia. Ha criticado al islam, ha regresado a la liturgia de la misa en latín, ha levantado la excomunión que pesaba sobre los lefebvrianos (la extrema derecha católica francesa) y ha clamado de forma inoportuna contra el uso de los preservativos en su primer viaje a África, el continente más severamente castigado por el sida.
Pero Joseph Ratzinger es un teólogo, un intelectual riguroso difícil de etiquetar con simpleza. Procedente de una Conferencia Episcopal, la alemana, que es la que más claramente distingue entre poder terrenal y religioso, Benedicto XVI ha mantenido actitudes que han molestado a los sectores más radicales. Su primera visita a España fue un jarro de agua fría para las expectativas de la Conferencia Episcopal Española, que quiso instrumentalizarla para atacar el proyecto de matrimonio homosexual de Rodríguez Zapatero. A su regreso a Roma fue destituido sin contemplaciones el portavoz Joaquín Navarro-Valls.
Sin duda es la lacra de la pederastia de sacerdotes y jerarcas la que ha marcado su papado y ha llevado a Benedicto XVI a tomar las decisiones que menos esperaban los más ultraconservadores. Llegado al solio pontificio un año después de que estallara el primer escándalo en EE UU, esa bomba de efectos retardados le estalló desde el principio, tras décadas de abusos sistemáticamente ocultados por la curia y por Roma. Frente a los que clamaban por mantener el silencio, Benedicto XVI rompió con el ocultamiento impuesto por su predecesor, pidió perdón por los pecados cometidos y en una histórica visita a Malta prometió que los culpables serían entregados a la justicia secular.
Fue un giro copernicano que probablemente esté en consonancia con su rigor intelectual y doctrinal, y contra el que todavía se revuelven muchos estamentos de esta anquilosada institución. En ellos podría hallarse una parte de la razón de su creciente aislamiento en el Vaticano, lo que sería una paradoja de la historia, como lo es su propia renuncia (en latín) y su posterior retiro espiritual a un convento de monjas. Porque es una muestra del poder innovador que en ocasiones ofrece la más estricta ortodoxia y el regreso a los principios. La misma partida antes de tiempo es una señal inequívoca de responsabilidad hacia una curia envejecida.
Como él mismo dice en su despedida —una irrupción de modernidad en un espacio más que tradicional— es de esperar que los cardenales sepan elegir sabiamente al nuevo pontífice. En ello se juegan el futuro de una Iglesia en crisis y hoy en manos del inmovilismo.


Elogio de una renuncia


Con su gesto, Benedicto XVI ha quedado investido de la autoridad del “testimonio”, la que Jesús de Nazaret más elogió. Antes, en sus libros, Ratzinger nos dejó la autoridad de la “argumentación”. Ahora se retira a rezar


Dejó dicho el filósofo alemán Hegel que los grandes hombres no son solo los grandes inventores, sino aquellos que cobraron conciencia de lo que era necesario en un determinado momento de la historia. Benedicto XVI ha considerado necesario, como hace cinco siglos lo consideró el austero y piadoso monje Celestino V, renunciar libre y responsablemente al pontificado. No es, por cierto, su primera gran renuncia. Hace más de 40 años renunció a su cátedra de Teología en la Universidad de Tubinga, una de las más prestigiosas de Alemania y del mundo. En aquella ocasión también alegó “falta de fuerzas”. No se sentía capaz de comprender las exigencias de la revolución universitaria de Mayo del 68; confesó, además, que los aires teológico-filosóficos que soplaban en la hermosa ciudad del Neckar, en la que el canto heterodoxo del filósofo marxista E. Bloch a la esperanza recibía aplausos y parabienes de la teología católica y protestante, no respondían a su propia articulación de la esperanza cristiana. El teólogo Ratzinger sintió que Tubinga no era su casa y la cambió, en un gran gesto de generosa renuncia, por Ratisbona, cuya modesta Facultad de Teología no podía competir con la de Tubinga. No recuerdo ningún precedente similar. El resto es bien conocido: de Ratisbona fue llamado por Juan Pablo II a los honores y responsabilidades que todos conocemos y a los que renunciará el próximo día 28 de febrero.


Benedicto XVI ha alegado “falta de fuerzas” para realizar convenientemente su misión. Sin embargo, papas con muchas menos fuerzas que él no contemplaron la posibilidad de renunciar. Sin duda, también ellos lo hicieron desde su sentido de la responsabilidad, pensando que era lo que la tradición de la Iglesia les exigía; pero, sin ánimo de echar a pelear a unos papas contra otros, valoro extraordinariamente el gesto de Benedicto XVI. Cuando fue elegido Papa, algunos de los que habíamos tenido la suerte de escuchar, por poco tiempo, sus clases comentábamos: “Es demasiado inteligente para limitarse a ser un papa conservador”. Reconozco que, durante su pontificado, no pocas veces nos tuvimos que “tragar” nuestro optimista pronóstico. Cabizbajos concedíamos que su actuación no respondía a lo que habíamos esperado, tal vez soñado.

Fue uno de esos teólogos alemanes “encariñados” con el carácter absoluto del cristianismo

Pero, así como hay un tiempo para ejercer la crítica —Benedicto XVI la ha sufrido con creces, unas veces con razón, otras sin ella—, llega también la hora de los elogios. Esa hora acaba de sonar. Su renuncia al pontificado para retirarse, de nuevo como Celestino V, a un convento a rezar, pensar y escribir marcará en la Iglesia un antes y un después. Benedicto XVI ha quedado investido de la autoridad del “testimonio”, la que Jesús de Nazaret más elogió. Y en sus libros, Ratzinger nos dejó la autoridad de la “argumentación”. Ambas autoridades sumadas ofrecen un buen balance. Los alumnos de ayer estamos hoy contentos: el maestro está resultando ser algo más que un Papa “conservador” o, al menos, conservador con un inaudito rasgo de genialidad: su renuncia.

Permítaseme un matiz más sobre su carácter conservador: no se debería olvidar que Ratzinger pertenece a una generación de grandes teólogos alemanes “encariñados” con el carácter absoluto del cristianismo. A ellos les estaba reservada la nada fácil tarea de renunciar a un cristianismo entendido como verdad absoluta, superior en todo a las restantes religiones. De pronto se encontraron, a raíz del concilio Vaticano II, con una especie de ONU religiosa en la que las grandes y pequeñas potencias de la fe reclamaban el mismo derecho de voto. Karl Rahner habló del “escándalo” que esta revolución suponía para el cristianismo. Pero se trató —hay que consignarlo con agradecimiento— de una revolución pretendida y orquestada por los grandes teólogos del Vaticano II, entre los que, junto al joven Hans Küng, estaba el entonces también joven Ratzinger. Es verdad que después ha habido retrocesos y añoranzas de viejos privilegios seculares; pero así es la vida y así discurre la historia. Es comprensible, casi inevitable, que las familias ricas venidas a menos añoren de cuando en cuando los privilegios de antaño. La prohibición de mirar hacia atrás implicaría, pienso, un rigor excesivo. Hay que permitir que los viejos recuerdos conforten a nuestros mayores. No puede extrañar que los mismos teólogos que abolieron el estatus privilegiado del cristianismo lo recuerden con cierta melancolía. Ha sido, creo, el caso de Benedicto XVI.

Ninguna religión debería ahorrar a sus seguidores la dramática experiencia de buscar la verdad

Después de esta especie de alegato en favor de la comprensión de los que, como Benedicto XVI, vivieron y añoran otros tiempos, hay que añadir que ni las religiones ni sus representantes deben obviar un cierto relativismo. Su compromiso con el pensamiento y con la búsqueda de la verdad las introduce de lleno en la aventura relativista. A no ser, claro está, que de nuevo se declaren poseedoras de la verdad absoluta. En tal caso habría que recordarles las palabras de nuestro poeta José Ángel Valente: “Murió, es decir, supo la verdad”. Pero, mientras tanto, mientras no llegue el final, habrá que prestar atención a Lessing, que prefería la “búsqueda de la verdad” a la “posesión definitiva” de esta. Ninguna religión debería ahorrar a sus seguidores la dramática experiencia de la búsqueda de la verdad. La verdad no se puede servir en bandeja. Solo su búsqueda diaria nos va convirtiendo en ciudadanos de un mundo perplejo y cambiante. En realidad, sin un cierto relativismo no es posible la convivencia. La experiencia enseña que todo el que camina por la historia exhibiendo absolutos deja un mal recuerdo. Lo humano es el ámbito humilde de lo relativo, también en la esfera de las religiones. El mundo al que se asoma el creyente religioso es tan misterioso, tan tremendo y fascinante, tan abierto e inseguro que deja poco espacio para las convicciones fundamentalistas, esas que, según Nietzsche, se convierte en “prisiones”. No conviene olvidar el “nada es cierto” de Pascal. Por supuesto: nadie debería exigir a Benedicto XVI, ni a ningún papa, que se convierta en un predicador del relativismo; pero se ha echado de menos en su pontificado, dicho con la suavidad que exige la hora de los elogios, una cierta comprensión e indulgencia hacia el relativismo.

La genialidad de la renuncia de Benedicto XVI, que ahora tendrá que ser imitada por los escalones inferiores de la jerarquía católica, tiene muchas raíces, pero me permito destacar la para él más importante: Ratzinger es un gran creyente cristiano. Dentro del cristianismo, la oración desempeña un papel decisivo. Y Ratzinger, hombre profundamente espiritual, rezó siempre, en la cátedra y en el pontificado. Hondamente convencido de la verdad y bondad del cristianismo, intentó siempre predicarlo como mejor sabe.

Su renuncia, tan sorprendente, llega en un buen momento. Su reconocimiento de que le “faltan las fuerzas” puede dar que pensar a un mundo de “poderosos”, casi de omnipotentes, en el que casi nadie dimite, aunque tenga sobrados motivos para ello. Nos puede recordar que tenemos una cita ineludible con la finitud, con los acabamientos definitivos. Nadie se queda para siempre. Lo decía Bergamín: “¿Qué más te da no saber a qué carta quedarte si después de todo no te vas a quedar?”. Rahner insistía en que la definición cristiana de la muerte es “hacer sitio”. Benedicto XVI ha decidido hacer sitio antes de que le llegue la hora final. Algunos han manifestado ya su temor de que “un papa vivo” pueda condicionar al futuro cónclave. Cualquiera que conozca un poco al dimisionario sabe que eso no ocurrirá. Ratzinger no es, creo, de los que renuncian al poder para seguirlo ejerciendo en la sombra. Además: no es poco poder el que acaba de ejercer: romper con el tabú de que el papa debe morir papa. Benedicto XVI, tan conservador, acaba de hacer un respetable guiño a la modernidad de la Iglesia. No hay que excluir que su gesto ponga en marcha otras reformas necesarias y deseables.

Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión de la UNED.


De guionista a protagonista


 Juan José Tamayo (El País 12 febrero 2012)

Su memorable discurso contra la dictadura del relativismo hizo perder las esperanzas de cambio

 

El País 12 de febrero de 2012

Cuando el teólogo Joseph Ratzinger fue nombrado arzobispo de Munich en 1977 tuvo que abandonar el ejercicio de la teología. Él mismo lo confiesa: “Me estaba enfrentando a dos grandes proyectos [teológicos], ninguno de los cuales sería después realizado a causa de mi nombramiento episcopal (…). No estaba llamado a terminar esta obra. En efecto, apenas estaba empezándola, fui llamado a otra misión”.


A comienzos de la década de los 80 se hacía cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, durante casi un cuarto de siglo, fue el guionista de la obra teatral que representó Juan Pablo II durante su largo pontificado con notable éxito en todos los escenarios: nacionales e internacionales, políticos y religiosos, sociales y culturales. El guión está escrito en el Informe sobre la fe, que recoge la entrevista del periodista Vittorio Messori al cardenal cuando era presidente del ex Santo Oficio, que se abre con dos citas periodísticas de perfiles contrapuestos del mismo personaje: “Un típico bávaro, de aspecto cordial, que vive modestamente en un pisito junto al Vaticano”. Otra: “Un Panzer-Kardinal que no ha dejado jamás los atuendos fastuosos ni el pectoral de oro de Príncipe de la Santa Iglesia de Roma”. ¿Cuál de las dos ha prevalecido durante su pontificado? Creo que la segunda.

En el libro-entrevista mostraba su desencanto ante “las exageraciones [posconciliares] de una apertura indiscriminada al mundo” y “las interpretaciones demasiado positivas de un mundo agnóstico y ateo” y proponía como alternativa un programa de restauración que recuperara el equilibrio de los valores en el interior del catolicismo y excluyera la reforma: “La Iglesia de hoy —afirmaba citando a Juan Pablo II— no tiene necesidad de nuevos reformadores. La Iglesia tiene necesidad de santos”. Y entre tales colocó a su predecesor el 1 de mayo de 2001 elevándolo a los altares como beato. Era un mensaje contrario al Concilio, que había defendido la reforma de la Iglesia. Ratzinger expresaba su confianza en los nuevos movimientos eclesiales de tendencia conservadora, y algunos integrista: Movimiento Carismático, Comunidades Neocatecumenales, Cursillos, Movimientos de los Focolaris, Comunión y Liberación. Se olvidaba de las comunidades eclesiales de base, los movimientos apostólicos de la Acción Católica, las Congregaciones religiosas fieles al Vaticano II y comprometidas con los empobrecidos, etc.

Tras la muerte de Juan Pablo II, los cardenales, interpretando la voluntad de Juan Pablo II, eligieron papa al cardenal Ratzinger, quien pasó de guionista a actor e intérprete de su propio texto. En la misa de apertura del Cónclave reescribió su programa en un memorable discurso contra la dictadura del relativismo, que hizo perder las esperanzas de cambio y apertura en el nuevo pontificado.

Durante los casi 8 años de gobierno, Benedicto XVI ha sido fiel al guión que escribiera años atrás, sin desviarse un ápice, y si lo ha hecho ha sido para virar hacia el integrismo. Efectivamente, todo lo que no se atenía a su programa restaurador era considerado relativismo y condenado: la teología de la liberación, la teología del pluralismo religioso, la teología feminista, la teología moral renovada, incluso la teología del Concilio Vaticano II, numerosas congregaciones religiosas, sobre todo femeninas, defensoras del sacerdocio de la mujer, etc. Ha seguido excluyendo a las mujeres de los ámbitos de responsabilidad. Ha roto los puentes de diálogo con las religiones, con el islam en el discurso de Ratisbona y con las comunidades indígenas en sus viajes a América Latina y África. Cuando le estallaron en las manos los grandes escándalos, como la pederastia, las intrigas vaticanas, la corrupción instalada en la cúpula de san Pedro, no fue capaz de darles la respuesta adecuada. Lejos de estar abierto a los desafíos de nuestro tiempo, dio respuestas del pasado a preguntas del presente. Lejos de caminar por la senda del diálogo, optó por anatema. Se equivocó de siglo.

Juan José Tamayo es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid.

 

La corrupción y las intrigas derrotan a Ratzinger


La dimisión se lleva rumiando tres años


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En la papolatría al uso, suele creerse que el Papa es más pequeño que Dios pero más grande que el hombre. La consecuencia es pensar que nadie hay más poderoso que el Pontífice romano, y que para apuntalar a la Iglesia católica hay que glorificarlo sin pausa. Roma locuta est, causa finita est, se decía en la Edad Media, cuando todos los eclesiásticos sabían latín y daban por sentado que lo que se había decidido en Roma era un asunto concluido. El obispo de Roma ya era el sucesor del emperador Constantino, y no del pobre y analfabeto pescador Pedro. Hoy todo ha cambiado, sobre todo en la Curia (Gobierno) de Roma, donde anidan todos los poderes de esa poderosa confesión. Lo ha sufrido Benedicto XVI, que ayer se declaró vencido. Su dimisión la llevaba rumiando desde hace tres años, si se toman al pie de la letra sus declaraciones al periodista alemán Peter Seewald, de marzo de 2010. Dijo entonces: “Si el Papa llega a reconocer con claridad que no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar”.

sábado, 9 de febrero de 2013

El telediario de esta tarde en Telecinco


El telediario de esta tarde en Telecinco


Al escuchar la tercera noticia del telediario de esta tarde de sábado, de la 5, he cogido lápiz y papel y he anotado todas sus noticias, hasta el deporte. Han sido estas.


-        Rajoy declara su renta y patrimonio. Me ha parecido neutro

-        Los inmuebles de Urdangarín para el pago de su fianza.

-        El alcalde de Lloret del Mar, Sr Crespo y las mafias rusas

-        El CIS señala la corrupción como el 4º problema de los españoles. Entrevistas (unas diez) a cual más alarmante y negativa.

-        Eurovegas en Alcorcon. Importancia de la transparencia

-        Criticas de Rubalcaba en Turin al reciente acuerdo en la UE. El corte de Telecinco: dan más dinero a los bancos que al paro juvenil.

-        La Ministra de Educación de Alemania dimite por plagiar su tesis doctoral.

-        Tormenta de nieve en Nueva York y Chicago. Aviones en tierra y recomendación a la población de que no salga de casa.

-        Maduro dice que Chavez aprobó la devaluación de la moneda venezolana. (Sin ningún desarrollo de la noticia).

-        Un hacker revela fotos de los Bush

-        Una tromba de agua invade un barrio de una localidad de Brasil que no he retenido

-        Un joven rumano atacado y en grave estado por latinos en un barrio de Madrid.

-        La Guardia Civil ha arrestado a 400 personas (¿el año pasado?) en Barajas por trafico de drogas, blanqueo de dinero, contrabando de tabaco, de fármacos etc.

-        La Policía Nacional interviene resina de cannabis (no retengo la cifra) en Almería.

-        Se sugiere que los menores viajen en sentido contrario al de la marcha, en sus sillitas, en la parte de atrás del coche. Para minimizar los resultados de los accidentes.

-        Hay cinco comunidades en España en alerta por nieve. Recomiendan no viajar.

-        Peligro de desbordamiento de ríos en el País Vasco

-        “Ecologistas en acción” denuncia el riesgo de venta a manos privadas de terrenos rústicos y de valor ecológico en Castilla La Mancha. Reportaje y entrevistas denunciatorias. Se trata de El Dehesón de Encinar

-        A Beyoncé le habían sacado unas fotos poco favorables. Su manager intenta  parar su difusión. Telecinco dice que produce el efecto contrario y, de hecho, muestra esas fotos.

-        Carnaval de Río y de Cádiz. (Primera noticia positiva del telediario)

-        (Noticia de cuyo detalle no estoy seguro)Una chica que quería ser reina del carnaval, o algo así, en Sevilla, está en el hospital por quemaduras en los ensayos. Ha habido alguna suspensión y la gente y los comerciantes se quejan.

-        4.000 agentes velan por la seguridad en los carnavales (creo que en España)

-        Avance de las fallas de Valencia. Telecinco señala estas: Rajoy, sepulturero de bienestar; la Reina protegiendo elefantes; Urdangarín, Barcenas, Merkel dama de hierro.

-        La alta restauración culinaria sufre con la crisis. Entrevista de un restaurador de Santiago, que renuncia a su estrella Michelin y modifica su negocio hacia un restaurante más económico.

-        A Bruce Springsteen le dan un premio en EEUU (segunda noticia positiva del telediario)

-        Deportes y el tiempo


Estoy demasiado cabreado para reflexionar fríamente. Pero un país en el que un telediario, para ganar audiencia, de 26 noticias, solamente ofrezca dos positivas y una neutra, es un país que está cavando su tumba. No vale matar al mensajero, Telecinco en este caso. Ni utilizar a los políticos como chivos expiatorios. Ambos, medios y políticos tienen su parte (grande) de responsabilidad. Pero son los medios y políticos que se ajustan al país en el que ejercen. De ahí que el tema sea mucho más grave.

 

¡Ojalá, peque yo de alarmista!

lunes, 4 de febrero de 2013

¿Qué importa, España o el poder?


¿Qué importa, España o el poder?
 

Poco antes de las 14 horas, he conectado Radio 5 de RNE. Iba a almorzar solo pues mi mujer está trabajando. En la radio estaba hablando alguien del PP diciendo que se iban a querellar contra todos. Lo de “contra todos” lo ha repetido varias veces pero no me enterado bien quienes son esos “todos” pese a las preguntas de los periodistas.

He recibido una llamada en el móvil que he atendido, bajando el volumen del receptor. Al subir el volumen esta vez era un portavoz del PSOE quien, preguntaran lo que preguntaran los periodistas repetía una y mil veces que Rajoy debía dimitir.

A las 14,35, harto, cabreado, asqueado, preocupado, muy preocupado he cerrado la radio y escribo estas líneas.

El caso Bárcenas debe ir a la justicia y punto. Caiga quien caiga, aunque sea el Presidente del Gobierno. Entretanto los partidos están para resolver la grave situación del país y no para echarse dardos unos contra otros.

Pero, ¿Qué importa a las cúpulas de partidos políticos: España o el poder?. Quizá mi pregunta sea angelical, aunque Anabel Diez (o Diaz) de “El País” (he reconocido su voz) ha sacado el tema, con más elegancia que la mía en estas líneas. El portavoz (no quiero decir de qué partido) se ha ido por cerros de Úbeda en su “no respuesta”). Ahí he apagado la radio.

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Qué hacer ante la crisis y la corrupción?


¿Qué hacer ante la crisis y la corrupción?

 
(Llevo varios días mentalmente encerrado en la redacción de un libro (del que hablaré cuando se edite) y que acabo de entregar al editor. El blog se ha resentido, obviamente.)

Los apuntes de los dineros distribuidos por Bárcenas, aunque no me sorprendan, (era moneda corriente, sabida y aceptada por los políticos en Francia, hasta que llegó Chirac al poder), no dejan de escandalizarme y mas aún preocuparme. Es imposible que todo eso sea un montaje de un señor. Obviamente si se demuestra que, entre otros, Rajoy, cobró dinero en negro, debe dimitir inmediatamente. Rubalcaba tiene razón, si, insisto en el condicional, hay pruebas de que cobró en negro. La Justicia debe actuar, al menos por una vez, con celeridad.

El diario “El País” publica hoy (además de los “papeles de Bárcenas”) una encuesta de opinión en la que además de las expectativas de votos (de las que solamente quiero resaltar el aumento de los extremistas, IU y UPyD, que merecerían comentario aparte) dos opiniones de la ciudadanía.

Apenas aprueban la labor de los políticos cuya valoración se solicita: el 19% a Rajoy, el 15 % a Rubalcaba, el 19 % a Cayo Lara y el 29 % a Rosa Díez. Pero los datos más significativo, y sobre los que me permito llamar la atención son estos dos. Se pregunta a los encuestados si “están de acuerdo con las siguientes frases referidas a la corrupción en la vida pública española”. Retengo estas dos:

  1. “Pese a todo lo que se oye, la gran mayoría de los políticos y de quienes ocupan cargos públicos actúa con honradez”. Responde afirmativamente el 32 %.
  2. “La corrupción que hay ahora en España se debe a una crisis de los valores morales y cívicos de nuestra sociedad que hace que muchos admiren a quienes se enriquecen, sin importarles la forma en que lo han hecho”. Esta vez el 69 % de los encuestados responden afirmativamente.
Si siete de cada diez ciudadanos piensa que “los valores morales y cívicos de nuestra sociedad” están por los suelos y solamente uno de cada tres ciudadanos piensa que sus políticos no son corruptos, algo muy grave está sucediendo en España. Incluso peor que la propia corrupción. Me refiero a la banalización de la propia corrupción, al  desfondamiento moral de una sociedad, a la aceptación del actual estado de cosas ante lo que solamente se reacciona con manifestaciones, ex – abruptos (amparados en el anonimato), y con nula disposición a aportar cada cual su grano de arena. Una sociedad así se hunde…o cae, sea en la anarquía, sea en el totalitarismo.

Obviamente no estoy pidiendo nada (¿en nombre de qué, además) a los millones de parados, las personas que cobran ayudas de miseria etc. Estoy pensando en los ciudadanos (que, al menos en Euskadi son la mayoría) que deben cambiar el “chip”: menos queja y más solidaridad real (Además de mirar debajo de su alfombra). No se trata, en absoluto, de callar y ocultar la corrupción. Pero eso no basta en absoluto. No solamente no basta sino que, si se queda en eso, agrava aún más la crisis porque crea un “humus” derrotista, populista, desresponsabilizador y desincentivador.

Hace una semana un periodista de un medio importante me sometió a un tercer grado con estas ideas. No las he visto publicado. Quizás esté equivocado, y solamente veo fantasmas, más allá del hecho innegable de la crisis y la corrupción.

¡Ah!. El dato de Euskadi. Cito textualmente del resumen que hacen los autores del Euskobarómetro de 2012 recién publicado (está en su Web): Para el 57 % de los vascos “el año 2012 ha sido buen año en lo personal, mientras que el resto refieren una experiencia negativa (19%) o expresan escepticismo (24%)”.

 

Obviamente mis reflexiones de arriba se refieren al 57% de los vascos, no al 19%. Respecto del 24 % de los escépticos, no sé qué decir.    

 

Recuerden aquello de Kennedy: No preguntes a America qué puede hacer por ti, sino qué puedes hacer tu por América. 

jueves, 24 de enero de 2013

El cruzado, los miedos de los franceses y más


El cruzado

 
“Txiki” Muñoz en su informe de gestión de secretario general de ELA, según el corresponsal de El Diario Vasco (24/01/13), “no dejó títere con cabeza: tacho a la UE de perversa por su política al servicio de grandes empresas y del poder financiero; arremetió contra la corrupción política y la impunidad con que se desarrolla; criticó decisiones del Tribunal Supremo, “designado políticamente, y denunció los regalos del Gobierno vasco a la patronal, incluido el recién formado por Iñigo Urkullu. También cargó contra los partidos políticos, incluida la coalición Bildu, con la que pese a las críticas tuvo la consideración de aplaudirle su decisión de abonar en Gipuzkoa la paga extra de Navidad a los trabajadores del sector público”.

Con algunas de sus valoraciones yo también estoy de acuerdo. Este blog es testigo de ello. Pero cuando solo se abre la boca para criticar lo mal que hacen todos los demás (con una única excepción parcial de Bildu) a mi me deja muy preocupado. Es la figura del redentor, del salvapatrias, del cruzado.

Si además, como leo en la misma crónica del DV, su gestión “fue aprobada, a mano alzada, con aclamación de los asistentes, sin votos en contra”, mi preocupación sube más de un punto pues me recuerda regímenes que así empezaron y acabaron en totalitarismos.

Conviene no olvidarlo en tiempos como los actuales cuando mucha gente lo está pasando muy mal, donde la corrupción es aireada (y en gran medida castigada, afortunadamente), y donde el clima social es populista y pre-fascista. Basta leer los comentarios no firmados en la prensa digital. Salvo que queramos ser ciegos.

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P. D 1 Los miedos de los franceses

Ya había pasado este texto al blog cuando, esta tarde, abro mi edición electrónica de “Le Monde”. En la primera página una gran foto, que comento abajo. A su lado un resumen del periódico de una encuesta con este titular: ¿de que tiene miedo Francia?. Traduzco literalmente:

“Un de cada dos franceses considera que la decadencia de Francia es “ineluctable”. Una proporción que llega al 77% entre los partidarios del Frente Nacional. Son muy numerosos los que ven a la mundialización como “una amenaza”, los que juzgan que Francia “debe protegerse” y que necesita un “auténtico jefe” (un vrai chef). Los políticos, el Islam…y  los periodistas son puestos en la picota. Las conclusiones de la gran encuesta de Ipsos para Le Monde muestran que, en los franceses, el resentimiento ha dado paso a la hostilidad, y el repliegue a la gran crispación identitaria. Un cuadro muy sombrío analizado por…” (y da siete firmas reconocidas en Francia, desde la extrema izquierda a la extrema derecha)
 
P. D 2. Me pone los pelos como escarpias

La gran foto de Le Monde muestra a Florence Cassez, una francesa condenada a sesenta años de cárcel en Méjico, subiendo a un avión que la traía a Paris. Llevaba ya siete años en la cárcel (acusada, creo que de un secuestro que ella siempre negó) y mil y un intentos de liberarla. Ayer un Tribunal decidió por tres votos a dos, liberarla inmediatamente. Siempre me pone los pelos de punta que una sola persona, por muy juez que sea, tenga en su mano la posibilidad de condenar a alguien a sesenta años de cárcel o dejarla irse a casa.