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lunes, 17 de agosto de 2020

Javier Elzo: Por un lobby de naciones sin estado en el parlamento europeo

  

Javier Elzo: "Debería crearse un lobby de naciones sin Estado, entre ellas Euskadi, que actuaran a nivel del Parlamento Europeo"

UNA ENTREVISTA DE HUMBERTO UNZUETA publicada en DEIA y en el GRUPO NOTICIAS el 16.08.2020

Elzo aprueba la bilateralidad entre Euskadi y España, pero ve el horizonte de los vascos mirando hacia Europa más que hacia el Estado y aboga por una UE en la que los vascos "seamos escuchados"

Javier Elzo conoce en carne propia los rigores del coronavirus. Lo tuvieron postrado en la cama del hospital varias semanas hasta que pudo ganarle la partida y regresar a su casa, desde donde repasa la actualidad sobre la gestión de la pandemia y la situación política de Euskadi tras las elecciones autonómicas del pasado 12 de julio.

¿El dinero que llegue de Europa tiene que ser para transformar el modelo o para tapar sus agujeros?

—Esta crisis ha cambiado la agenda. La reunión de los 27 estados europeos se resolvió con un fondo de recuperación económica de Europa valorado en 750.000 millones de euros. A nivel de Europa ya hemos visto un cambio de agenda. Es un paso adelante, pero nos hemos olvidado de que hay una serie de proyectos que han visto reducido su presupuesto. Me refiero a proyectos europeos importantes de investigación científica y climatológica. Son proyectos que se han caído. Los presupuestos que había en la UE para la investigación biotecnológica se han reducido un tercio. No llega el dinero para todo y algunos temas claves se van a quedar parados.

¿También se va a notar en Euskadi?

—En Euskadi también vamos a resentirlo de una manera clara. Hay empresas que están cerrando, el paro sube... Si tenemos que invertir mucho dinero para que haya PCR y mascarillas para todo el mundo, para que la sanidad sea todavía más eficiente, hay cosas que van a caer. Ante esto, el problema a medio plazo es la cantidad de gente que se va a quedar en el paro. Lo prioritario debiera de ser trabajar sobre la economía y el bienestar. En primer lugar, ayudando a la gente que queda en paro. Lo que más me preocupa es el paro de una persona de 45, 50 o 55 años a la que le cierran la empresa. Me preocupa eso más que el paro juvenil, que tiene más recursos para incorporarse al mercado laboral.

¿Y dónde queda la inversión en sanidad?

—Habrá que hacerlo hasta donde se puede aumentar esa inversión. Siempre se podrá hacer más, siempre. Lo digo yo que he pasado por el coronavirus. Creo que la situación es en líneas generales de lo mejor que se puede tener, aunque siempre se puede mejorar.

¿Cambiarán nuestras pautas de consumo?

—Debieran hacerlo. A corto plazo sí cambiarán. Más que consumir menos, se va a consumir más seguro, productos más naturales. Ya se ha operado un cambio hacia un tipo de consumo más cuidado, pero eso lo puede hacer el que tiene recursos económicos.

¿Se fortalecerá el sentimiento de pertenencia a una comunidad? ¿Menos global y más local?

—En un primer momento sí, a condición de que lo local sea más barato que lo global. El quid de la cuestión no es entre lo local o lo global, sino la capacidad adquisitiva de la gente. Me temo que esta crisis va a acentuar un problema endémico del capitalismo occidental: las diferencias económicas. La consecuencia socioeconómica fundamental de la pandemia es que van a aumentar las desigualdades sociales.

Los jóvenes están en el punto de mira . ¿Es justo culparlos de los rebrotes?

—Es evidente que en el ocio nocturno se producen buena parte de las transmisiones. Es un factor de riesgo evidente. Esto se explica en buena medida por el tipo de diversión y ocio que tiene la juventud. Llevo casi cuarenta años estudiando este fenómeno. No creo que haya que eliminar el ocio juvenil nocturno, pero siempre he abogado por un ocio no tan nocturno. En su día propuse que la fiesta empezara antes y terminara antes. Defendí ese plan en muchos foros y conferencias, pero he fracasado estrepitosamente. El principal responsable del alcoholismo juvenil es que se ha creado una forma de ocio en la que parece que, si no se disfruta a partir de la una de la madrugada, ya no es ocio. Los jóvenes no tienen la culpa de esto porque crecen en un caldo de cultivo en el que, si no hay eso, no hay fiesta. Hay discotecas que abren a la una de la mañana. Hemos entendido que el ocio tiene que ser nocturno y ruidoso, y ese es el fondo del problema.

¿Fue necesario el mando único de Pedro Sánchez para gestionar la crisis sanitaria?

—Yo defiendo el principio de subsidiariedad. No acabo de entender lo del mando único, creo más en la cogobernanza.

En medio de la pandemia, ¿hay espacio para el debate del nuevo estatus de autogobierno?

—No creo que el de la bilateralidad sea el tema central. Yo lo apruebo, pero va a ser muy difícil que tenga mucha presencia. Defiendo un Estado federal y la cogobernanza aplicando el principio de subsidiariedad. Euskadi tiene que pensar no solo en sus relaciones con el Estado español, sino en sus relaciones con Europa y el planeta. Ahí pongo el acento, no tanto en la relación con el Estado español. El horizonte planetario primordial para los vascos es Europa. Una Unión Europea en la que los vascos tengamos capacidad de ser escuchados y de proponer lo que tengamos que proponer. A mí la expresión capacidad de decidir me gusta, mucho más que el concepto de soberanía, un término periclitado porque supone estados cerrados en sí mismos, y eso ha quedado superado. Hoy en día todos somos interdependientes.

Pero Europa es más un club de estados que una Unión Europea.

—Es verdad que es una Europa de estados, ese es uno de los déficits de la UE, pero aún así el horizonte es Europa. Es importante que Euskadi mantuviera relaciones privilegiadas con las naciones sin Estado de Europa y se estableciera un lobby de las naciones sin Estado que pudieran actuar a nivel del Parlamento Europeo.

¿Y dónde queda la capacidad de decidir?

—La capacidad de decidir es un concepto válido aunque jurídicamente no está recogido, pero creo que es un concepto importante, siempre y cuando seamos conscientes de que nosotros no podemos decidir sobre todo. Tenemos una capacidad de decidir limitada a lo que podemos decidir nosotros. Lo que importa es que en aquello sobre lo que podemos decidir nos involucremos con fuerza y tengamos algo que ofrecer y algo que negociar con los otros.

En algunas cosas decide Madrid.

—Si comparas la capacidad de decidir que tiene Malta, un Estado independiente con todas las de la ley, con la de Euskadi; o si comparas la capacidad de decidir que tiene Malta con la de Baviera (un länder alemán), ¿con qué te quedas? ¿Quieres ser como Malta o como Baviera? ¿O ser como es Euskadi con una serie de mejoras en nuestras capacidades de decisión? En Euskadi tenemos capacidad de decidir en temas tan importantes como la sanidad y la educación, y recaudamos nuestros impuestos. Siempre estaremos peleándonos con Madrid, esa es nuestra pelea, arrancar competencias al Estado. ¿Quién tiene más competencias sobre ti y sobre mí, más capacidad de decidir sobre tu vida y sobre la mía: las instituciones vascas o el Gobierno de Madrid? Es evidente que yo soy más dependiente de la Diputación de Gipuzkoa, del Ayuntamiento de Donostia y del Gobierno vasco, que del Gobierno de Madrid.

Las encuestas dicen que el apoyo a la independencia está en sus niveles más bajos.

—La independencia no es lo que más preocupa, lo que me importa es la historicidad, que seamos un pueblo con capacidad de organizarse y de tener presencia. En el nuevo estatuto de autonomía, si se hace, no pondría tanto el acento en la bilateralidad sino en la posibilidad de que, como vascos, podamos tener contacto directo con Europa sin necesidad de pasar por el ministro del ramo del Gobierno español.

Hay algunas competencias, como Justicia, que ni están ni se las espera.

—Es verdad que nos falta algo tan importante como la administración de Justicia. Eso no lo van a soltar porque es un feudo español.

La pandemia no ha impedido que el PNV mantenga su hegemonía en las urnas. ¿Cómo lo explica?

—El pueblo vasco es mayoritariamente nacionalista y moderado, de un nacionalismo de centroizquierda y moderado, y es un pueblo serio. Y el PNV es nacionalista, moderado y serio. Y es más serio que todos los demás.

¿Es bueno que el PNV repita en el poder legislatura tras legislatura?

—Yo creo que no, porque de una u otra manera crea clientelismo. La sombra del PNV es muy alargada porque aparece como algo mastodóntico y al final todo pasa por el cedazo del PNV. Cuando hay un partido que lleva tanto años dominando, crea un clientelismo.

¿Y qué culpa tiene el PNV si la gente, mayoritariamente, le vota?

—Es verdad. Si el PNV sigue gobernando, es porque la gente percibe que es el que mejor le va a resolver su vida cotidiana, además de ser el que mejor lo está haciendo para traer bienestar a Euskadi, de modo que mucha gente piensa que aquí se vive mejor que en cualquier otra parte del Estado. Eso es porque es gente seria. Además, Urkullu ofrece una imagen de garantía, seriedad y honestidad. Al PNV apenas le han pillado en corruptelas, aunque las ha habido, y fíjate que las habrán buscado.

EH Bildu lidera la oposición. ¿Llegará a dar el 'sorpasso'?

—El PNV ha conseguido afianzarse porque la gente no se fía de EH Bildu. Hemos visto cuando han gobernado, por ejemplo, en la Diputación de Gipuzkoa o en el Ayuntamiento de Donostia cómo lo han hecho y la gente no les ha vuelto a votar por su capacidad de gestión. De otro lado, la izquierda abertzale todavía no ha reconocido el daño causado por la violencia –tampoco el Gobierno español que no ha pedido perdón por el bombardeo de Gernika, al contrario que el Gobierno alemán, ni tampoco por los GAL–. La izquierda abertzale todavía no ha dicho que lo que hizo ETA estuvo mal. Y eso le lastra ética y electoralmente. Además están empecinados en la idea del soberanismo y eso cala en mucha gente, pero no define su modelo. ¿Cuál es su modelo o referencia de país? Dinamarca, Venezuela... No lo tienen, les falta ese modelo, y por eso la única posibilidad que les queda es la crítica sistemática al Gobierno vasco. En esto han encontrado un aliado llamativo, el sindicato ELA.

¿Cómo se explica que un sindicato nacido en los brazos del PNV se haya convertido en su azote inmisericorde?

—En este momento, ELA es el factor más desestabilizador que tenemos en Euskadi, mucho más que cualquier otro. No ayuda al progreso, se ha convertido en órgano de pura protesta. Es una organización negativista. Un sindicato que se dedica exclusivamente a criticar y se dedica solo a defender a sus afiliados es un organismo destructor.

Vox ha entrado en el Parlamento Vasco. ¿Cómo hay que actuar con este partido: con un cordón sanitario o sin hacerle caso?

—Que hablen, hay que responderles siempre con respeto, que ya se hundirán ellos solos. En lugar de un cordón sanitario, iría a propuestas concretas y argumentando el rechazo a sus propuestas.

¿Abrirá la marcha de Juan Carlos I el debate sobre monarquía o república?

—El tema de la monarquía es otro ejemplo más de una España muy dividida. Las dos Españas siguen en pie. Algunas personas son furibundamente antimonárquicas, en el espectro de la izquierda, del propio PNV, en parte del mundo catalán; y luego hay otra parte que son claramente monárquicos y que dicen que es la bóveda sobre la que todo reposa y sobre la que descansa el pacto constitucional del 78, e incluso entienden que la monarquía es un elemento central y cohesionador de España.

¿Ve mimbres para que se suscite en el Estado un debate sobre la conveniencia o no de la monarquía o va a ser una polémica pasajera?

—Lo que está en el fondo de todo este asunto es un país dividido. Va a depender del papel que juegue la justicia. El presidente Rajoy cayó por una decisión judicial; lo que está pasando en Catalunya en gran medida es consecuencia del poder judicial; y en este caso, el futuro de Juan Carlos también puede depender de lo que hagan los jueces.

¿Cree realmente que los jueces españoles le meterán mano al rey emérito?

—No son los jueces, es el juez que toque. En los tiempos duros de ETA, cuando detenían a alguien, los policías preguntaban qué juez estaba de guardia, porque según quién estuviera esperaban o lo llevaban al juzgado. No se trata solo de la estructura, sino que depende del juez que toque, puede pasar una cosa o la contraria. Si el juez de turno decide llamar a declarar al rey emérito, en ese momento se va a plantear un debate entre monarquía y república. Los jueces son los que quitan y ponen.

 

sábado, 17 de agosto de 2019

El verano: tiempo para descansar y pensar


El verano: tiempo para descansar y pensar

El verano, particularmente el mes de agosto, es tiempo, dicen, de descanso, de relajo, de playa o montaña, poco importa, pero, tiempo de despreocupación, tiempo de desconectar de la vida cotidiana. Aunque, algunos no piensan así. Recuerdo a un colega suizo que me decía que, liberado de dar clases en verano, y con sus hijos ya crecidos, el verano era su tiempo de creación, de escritura y que muchos de sus mejores libros los había escrito en el paréntesis veraniego. Veranear viene de verano, supongo.

También hay personas que dejan para el verano ese libro al que no han podido hincarle el diente durante el resto del año. Ese Informe que sigue encima de su mesa en espera de lectura. Un amigo mío tiene por costumbre leer un gran clásico aprovechando el tiempo libre que solamente se podía permitir el verano. Así leyó “ladrillos” como “La montaña magina” de Thomas Mann, “Los Hermanos Karamazov” de Dostoievski., “Guerra y paz” de Tolstoi, las dos partes de “El Quijote”. Añadía, aunque me confesaba que nunca pudo con el “Ulises” de Joyce, pese a intentarlo varios veranos, ni con los volúmenes de “La búsqueda del tiempo perdido” de Proust.

Personalmente, si el calor y la humedad no me aprietan demasiado, soy de estos últimos. Aunque jubilado de dar clases, tampoco tengo compromisos que me obliguen a desplazarme, y aprovecho para leer, esos textos que he guardado en mi archivo a lo largo del año y que me rondaban en la cabeza. Y, es, a partir de uno de ellos, más bien de una autora, que siempre leo con fruición y aprovechamiento, que me he puesto ante el ordenador para escribir y trasladarles estas líneas.

Pero, amigo lector, antes de seguir adelante, sepa que lo viene a continuación es un “rollo”. Obviamente creo que el “rollo” tiene su interés. Si no, no lo escribiría. Pero no es lectura de playa, sino de butaca y lectura en soledad. Aunque puede acompañar la lectura con un vaso de buen vino o de un buen malta (pero, solo uno). Estamos en verano.

Voy a reflexionar de la mano de Julia Kristeva, escritora, filósofa y psicoanalista búlgara, que reside en París, aunque con nacionalidad americana, por aquello de la falta de libertad en su país natal en los tiempos de la URSS, una mujer que no solamente se siente europea, sino que estima que el espacio cultural europeo, por su identidad múltiple, su multilingüismo que va más allá de los estados que componen la Unión Europea (lo remacha), su cultura del derecho de las mujeres (su feminismo merece también ser conocido), podría ofrecer una respuestas a los actuales populismos mono-identitarios y, a menudo, etnicistas, al debilitamiento y puesta en discusión por muchos países de la idea misma de la Unión Europea, que, sin embargo, podría ser también un agente importante para superar la planetaria crisis medioambiental, máxime cuando las dos potencias mundiales, los Estado Unidos y China, son los mayores depredadores del clima y espacio mundiales. Europa, una Unión Europea, fuerte, precisamente en su diversidad, es la tabla de salvación del planeta.

Kristeva se preguntaba, en una larga columna en “Le Monde” (24/05/19), días antes de las elecciones al Parlamento europeo, por el futuro de Europa. A la recurrente pregunta por la identidad, “¿quién soy yo”? por el “nosotros” y los “otros”, Kristeva se atreve a decir, con penetración y razón, que la respuesta europea no es la de la certeza, sino de la interrogación. Y apela a la historia del siglo XX que sucumbió a los dogmas identitarios hasta cometer horrendos crímenes, (la Shoah y el Gulag, en primer lugar), y le preocupa, con razón, la que asoma en algunas partes de Europa, una cultura del “nosotros” etnicista, al que opone, un “nosotros” europeo, multicultural, multiétnico, multilinguistico, una Europa, con una identidad en continua construcción y deconstrucción, una Europa que se resiste a ser el museo del planeta y quiere tener su palabra, la palabra europea, con sus más de quinientos millones de habitantes. Como decía mi admirado Amin Maalouf, Europa es una utopía que estamos viendo crecer, con sus frenos y desviaciones sí, pero también con sus esperanzas, algunas ya cubiertas. Piensen en la movilidad de estudiantes y profesores a lo largo de la Unión desde hace ya 25 años. Haciendo Europa. La Europa del dialogo entre diferentes, la Europa de los pactos continuos.

Permítaseme dar un salto en el vacío y añadir que los gobiernos de Navarra y de la Comunidad de Madrid, se asemejan más al ideal europeo que la pretensión de Sánchez a un gobierno monocolor en el Estado español.

Dos concepciones de libertad.

La caída del Muro de Berlín en 1989 dejó en claro la diferencia entre dos modelos: la cultura norteamericana y la cultura europea. Son dos concepciones de la libertad. En la primera la libertad aparece como una libertad para adaptarse a la lógica de la producción, la ciencia y la economía. Adaptarse al mercado de producción y del dinero.
En el modelo europeo, la libertad es la del cuestionamiento infinito, pero en una relación dialógica, del “yo” y el “tu”, del “nosotros” y los “otros”. En ese cuestionamiento, lo poético, lo deseado, y la revuelta aparecen como experiencias privilegiadas, que revelan la singularidad inconmensurable pero compartible de cada mujer, cada hombre.
El modelo europeo tiene riesgos: ignorar la realidad económica; encerrarse en reclamos corporativos o nacionalismos etnicistas; limitarse a la tolerancia pasiva; tener miedo de los nuevos actores políticos y sociales; abandonar la competencia global y retirarse a la pereza y el arcaísmo. Pero también vemos los beneficios de las culturas europeas, que no culminan en el patrón del dinero y de la mera racionalidad económica, sino en el sabor de la vida humana, en su singularidad frágil y compartible. En este contexto, Europa está lejos de ser homogénea y unida. Pero también es necesario reconocer las diferencias culturales, y especialmente las religiosas, que separan a los países europeos y los separan.

Necesidad de creer, deseos de saber

Entre las muchas causas que conducen al malestar actual, hay una que a menudo es pasada por alto: es la negación de lo que Kristeva denomina la "necesidad de creer", una necesidad pre- religiosa y pre- política universal, inherente a los seres humanos, y que se expresa como una "enfermedad de la idealidad".

Europa se enfrenta a un desafío histórico. El terrible caos de la destrucción de la capacidad de pensar y de asociarse, que el tándem “nihilismo-fanatismo” instala en varias partes del mundo, toca la base misma del vínculo entre los humanos. La ansiedad que congela a Europa en estos tiempos decisivos expresa incertidumbre sobre este tema.

Pues bien, Europa, en el cruce de caminos del cristianismo, el judaísmo y el islam, está llamada a establecer puentes entre los tres monoteísmos. Pero, más importante todavía: constituida durante los dos o tres siglos precedentes como la punta avanzada de la secularización, Europa es el lugar por excelencia que podría y debería dilucidar la necesidad de creer. Para ello, adoptando la Ilustración, la supera, pues, ésta, en su apuro por luchar contra el oscurantismo, descuidó y subestimó el poder de la creencia. A nosotros, europeos de un siglo XXI ya avanzado, nos corresponder saber aliar la necesidad de creer con el deseo de saber. Creer y saber son incompatibles, “al mismo tiempo” pero no, en absoluto, a lo largo del tiempo de cada persona, de cada pueblo, de cada civilización. Un creyente puede rezar para solventar una enfermedad, pero eso no le impide ir al médico, ni pedir que el medico al que acuda, sea creyente, sino competente. Es la superación del catastrófico pensamiento binario entre lo sagrado y lo profano (Peter Berger).

Una cultura de los derechos de las mujeres

Kristeva, al final de su texto, saca a relucir una idea de su feminismo al escribir que ”desde las sufragistas, incluidas Marie Curie, Rosa Luxemburgo, Simone Weil y Simone de Beauvoir, la emancipación de la mujer a través de la creatividad y la lucha por los derechos políticos, económicos y sociales, que continúa hoy, ofrece un terreno federador (unificador al modo federal) para las diversidades nacionales, religiosas y políticas de los ciudadanos europeos, desafiando así el oscurantismo de las tradiciones y el de las religiones fundamentalistas”. Y concluye, “este rasgo distintivo de la cultura europea es también una inspiración y un apoyo para las mujeres de todo el mundo, en su aspiración a la cultura y la emancipación, no solo como una opción, sino como una trascendencia de sí mismas (´Somos libres de trascender todas las trascendencias´, anunció Simone de Beauvoir), lo que anima las luchas feministas en nuestro continente”.

La misma Julia Kristeva en una conferencia el año 2010 (“Oser l´humanisme” texto completo en castellano en mi blog) decía que “El humanismo es un feminismo. Sin embargo, el acceso, inacabado, de las mujeres a la libertad de amar, de procrear, de pensar, de emprender e, incluso, de gobernar, no puede hacer olvidar que la secularización es la única civilización que no tiene discurso sobre la maternidad, aunque una parte importante de la investigación psicológica contemporánea se dedique al estudio de la relación precoz madre/niño (a)”. Si, también el dios de la religión secular del feminismo, tiene muchas caras ya también necesita aunar la necesidad de creer con el deseo de saber.
Si, el dios de la religión secular del feminismo, tiene muchas caras, y también necesita aunar la necesidad de creer con el deseo de saber.

Javier Elzo
17/07/19

Una versión reducida de este texto se ha publicado, el día de ayer, 16 de agosto, en Noticias de Gipuzkoa y en DEIA

sábado, 13 de julio de 2019

Algunas conclusiones no tan evidentes de la religiosidad, hoy.


Algunas conclusiones no tan evidentes de la religiosidad, hoy.
(Según la encuesta de valores europea en 2018).

Las encuestas europeas de valores (EVS) se llevan realizando desde 1977 por oleadas, más o menos cada diez años. La última, la quinta, en 2018. Ya tengo en mis manos la publicación francesa. En España, ya se ha efectuado el trabajo de campo. Por la Universidad de Deusto. Su Equipo de estudio de los valores está analizando los datos, luego habrá que esperar a que presenten su Informe. Las líneas que siguen, son unos datos significativos a partir del Informe de Francia y, a continuación, me permito unas reflexiones sobre la comparabilidad entre la religiosidad en Francia y en España.

Tras lectura del Informe francés.

Es este: Pierre Bréchon, F. Gonthier, S. Astor (dir) “La France des valeurs. Quarante ans d´évolutions“. Presses Universitaires de Grenoble, abril 2019, 382 páginas. Las Notas que siguen se basan en el inicio de la Sexta parte del Informe “La Religión en movimiento”

. Entre los jóvenes de 18-30 años, los fieles del islam están a punto de ser tan numerosos como los católicos, más del 13% de los musulmanes (de estos grupos de edad) y menos del 15% de católicos.

. Manteniendo la edad constante, quienes han salido más tarde del sistema educativo son quienes en mayor proporción son católicos practicantes, El redactor de este capítulo del libro comenta así este dato: “Las relaciones entre el progreso del nivel de conocimientos y la religión son, por lo tanto, menos sistemáticas que lo que postulan enfoques corrientes del proceso de secularización” que apuntan que más nivel de conocimientos se correlaciona con menos religiosidad.

. Respecto de la relación de la práctica religiosa con la urbanización, la tesis de que la ciudad ha sido durante mucho tiempo equiparada con el abandono de la religión por los migrantes internos que provienen de las campañas, supuestamente católicas, ya no se aplica a la Francia del siglo XXI. Las ciudades grandes, aquellas con más de 500,000 habitantes, son más religiosas que el resto de Francia: “los católicos practicantes pesan más en las grandes aglomeraciones que en las zonas rurales: 15% frente al 13%. (Entienden por “católicos practicantes” aquellos que declaran asistir a un oficio religioso, al menos en algunas fiestas religiosas, y “católicos no practicantes” quienes no asisten más que una vez al año, o menos)

. Este fenómeno está probablemente relacionado con las diferencias sociales. Los dos grupos profesionales católicos que practican con mayor frecuencia son los directores, cuadros directivos y gerentes (18% de practicantes), y las profesiones intelectuales y científicas (16%), mientras que la tasa de práctica religiosa no es sino del 9 % entre los obreros de la industria y de los transportes, sean no cualificados. La encuesta revela, también, que los primeros habitan en gran medida en las grandes ciudades, mientras que los obreros están, hoy, sobrerrepresentados en la Francia rural.

. El análisis de las creencias revela que la creencia en Dios va mucho más allá de la identificación con una religión establecida. Más que un retroceso de la religión en Francia, deberíamos hablar de desinstitucionalización de la religión, y aumento de los cultos minoritarios que llegan, por primera vez, al 10 % de la población francesa.

“Las teorías del fin de la religión no están confirmadas por esta nueva versión de la encuesta sobre los valores de los europeos, y de los franceses en particular. Sin embargo, las iglesias históricas parecen sufrir un creciente desprestigio”. El progreso del islam y el del protestantismo evangélico no es suficiente para compensar el declive del catolicismo, así como el del judaísmo (menos 0, 5 % de la población), del protestantismo histórico lutero-calvinista (1%) frente al 1,6 % de la suma de los evangélicos y los Testigos de Jehová, el cristianismo ortodoxo (menos del 0,5 %), cifra similar a las de otras religiones orientales, budismo e hinduismo. En definitiva, aunque lo religioso no está, en absoluto, en declive, en la Francia del siglo XXI, parece estar claramente en proceso de desinstitucionalización.

Abordamos esta cuestión de la desinstitucionalización de lo religioso y la contrapusimos a la subjetivación de la fe, en nuestro trabajo sobre la Iglesia, comentando la última publicación de Peter Berger[1].

Y, en España, ¿qué? Notas previas para comparar la religiosidad de los españoles con la de los franceses.

Hay que subrayar que la realidad socio-religiosa francesa no es, en absoluto, idéntica a la española, más allá de algunas notas comunes, particular, pero no únicamente, el desplome de la práctica religiosa regular y la ausencia de nuevas vocaciones religiones. Pero hay también diferencias. Brevemente anotaría estas.

La guerra civil española, con el clericidio de los primeros meses de la sublevación, por la parte republicana (indicador de un problema de años anteriores), y la declaración de cruzada por los obispos, excepto Vidal y Barraquer y Múgica, a los que siguieron los años de nacionalcatolicismo están lejos de haberse borrado de la mente de los españoles. Francia vivió conflictos similares, incluso mayores, pero hace más de cien años, básicamente en siglo XIX, sin olvidar la revolución de 1789, y han aprendido a convivir, aun con trifulcas puntuales como, en el mandato de Hollande, con las manifestaciones del “mariage pour tous”.

Avanzaría la hipotesis, admito que arriesgada y de complicada verificabilidad que, en Francia, su episcopado en general se posiciona (por decirlo simple) más a la izquierda que la gran masa de católicos practicantes, a diferencia del episcopado español, en general, de nuevo, que estaría más a la derecha que el practicante católico español en las edades inferiores a los 65 años. Es cierto que la mayoría de católicos en Francia y en España están escorados a la derecha, pero en Francia hay más católicos muy de derechas (con escasísimos claramente de izquierdas), mientras que en España, quedan núcleos, algunos importantes como “socialistas cristianos” (aunque últimamente los oigo poco) y otros grupos, portales digitales y entidades de centro izquierda y claramente de izquierdas, sin que falten los que se dicen muy de derechas, (así VOX), pero lo son mucho más en lo político que en lo religioso.

La belicosidad anti eclesial de parte de la gran prensa española y la de sus lectores, es prácticamente inexistente en Francia, salvo en reductos muy minoritarios. No que la gran prensa francesa (los pocos cotidianos que quedan que se pueden contar con los dedos de una mano) sea habitualmente complaciente con la Iglesia francesa, que no lo es, pero tampoco es monocolor contra ella. Lector habitual de “Le Monde” y “El País” lo compruebo constantemente. La inquina del segundo con la Iglesia (y no es el único, “infoLibre”, del que soy suscriptor, es obsesivo contra la iglesia), no tiene parangón con ningún gran medio francés, comenzando por “Le Monde” que puede publicar un editorial muy duro, incluso con el papa Francisco, pero abrir a cinco columnas valorando positivamente un documento del episcopado francés.

Por otra parte, en España, no se encuentra en sus quioscos y librerías generalistas revistas como el magnífico “Le Monde des religions”, “La Vie- Chrétiens en débat”, “Esprit”, “Etudes”, etc., etc. Las escasas revistas religiosas en España, se reciben por abonados, personales o colectivos, o están enfeudadas en las librerías religiosas, y no forman parte del paisaje intelectual español.

Todo esto hace que la cultura religiosa del francés medios esté unos codos por encima de la del español medio. Con su traslado, comprobable, en los grandes medios de comunicación franceses y españoles, prensa escrita y digital, radios y televisiones, estatales y autonómicas (al menos las que yo controlo, como EITB). Lo que explica, a mi juicio obviamente, no pocas diferencias, en la actualidad, en la religiosidad media de los españoles en relación a la de los franceses. Por ejemplo, ¿es mayor la religiosidad de las personas con mayor formación en España como se apunta en Francia?. Lo dudo. Sospecho que, en España, el fundamentalismo cientista prolifera en mayor medida en las personas con formación superior (especialmente en CC. SS y Humanas) que el fundamentalismo religioso. Pero no tengo datos para confirmarlo o infirmarlo. El desierto, en estudios socio- religiosos en España, es sahariano.

Donostia San Sebastián, 13 de julio de 2019
Javier Elzo


[1] Javier Elzo. “Morir para renacer. Otra Iglesia posible en la era global y plural”. Ed. Sn Pablo 2017 ver, p. 50 y ss.

viernes, 24 de mayo de 2019

La cultura europea. Magistral texto de Julia Kristeva (en francés)


Julia Kristeva : « La culture européenne peut être la voie cardinale pour conduire les nations à une Europe plus solide »
Julia Kristeva
Ecrivaine et psychanalyste
Dans une tribune au « Monde », l’écrivaine et psychanalyste estime que l’espace culturel européen, par son identité plurielle, son multilinguisme, sa culture du droit des femmes et de l’individu, pourrait être une réponse aux crispations identitaires, au déclinisme et à la crise environnementale.
Le Monde 24 /05/ 2019, daté 25/05/2019
Publié aujourd’hui à 01h08, mis à jour à 09h35   Temps de Lecture 9 min.
Article réservé aux abonnés
Tribune. Citoyenne européenne, de nationalité française, d’origine bulgare et d’adoption américaine, je ne suis pas insensible aux amères critiques, mais j’entends aussi le désir de l’Europe et de sa culture. Déçus du politique et abstentionnistes réfractaires, les Italiens, les Grecs, les Polonais, et même les Français n’ont pas remis en cause leur appartenance à la culture européenne, ils se « sentent » européens. Que veut dire ce sentiment, si évident que la culture n’est même pas évoquée dans le traité de Rome ? Or la culture européenne peut être la voie cardinale pour conduire les nations à une Europe plus solide.
  • Quelle identité ?
A l’encontre d’un certain culte de l’identité, la culture européenne ne cesse de dévoiler ce paradoxe : il existe une identité, la mienne, la nôtre, mais elle est infiniment constructible et déconstructible. A la question « Qui suis-je ? », la meilleure réponse, européenne, n’est évidemment pas la certitude, mais l’amour du point d’interrogation. Après avoir succombé aux dogmes identitaires jusqu’aux crimes, un « nous » européen est en train d’émerger. Il est possible d’assumer le patrimoine européen, en le repensant comme un antidote aux crispations identitaires : les nôtres et celles de tous bords.
Cette attitude se trouve exprimée par la parole du Dieu juif : « Eyeh asher eyeh »(« Je suis celui qui est » Exode 3, 14), reprise par Jésus (Jean 18 : 5) : une identité sans définition, qui renvoie le « je » à un irreprésentable, éternel retour sur son être même. Je la perçois autrement, dans le dialogue silencieux du Moi pensant avec lui-même, selon Platon, toujours « deux en un » et dont la pensée ne fournit pas de réponse mais désagrège. Dans la philia politikè selon Aristote, qui annonce l’espace social et un projet politique, en en appelant à la mémoire singulière et à la biographie de chacun.
Dans le voyage, au sens de saint Augustin, pour lequel il n’y a qu’une seule patrie, celle précisément du voyage : In via, in patria. Dans les Essais de Montaigne, qui consacrent la polyphonie identitaire du Moi : « Nous sommes tous des lopins et d’une contexture si informe et diverse, que chaque pièce, chaque moment fait son jeu. » Dans le Cogito de Descartes, où je comprends que je suis seulement parce que je pense. Mais qu’est-ce que penser ? Elle me parle encore, cette attitude, dans la révolte de Faust d’après Goethe : « Je suis l’esprit qui toujours nie. » Dans « l’analyse sans fin » de Freud : « Là où c’était, je dois advenir. » Dans les extravagantes et délicates innovations des arts et de la littérature de la modernité…
Sans vouloir énumérer toutes les sources de cette identité questionnante, rappelons toutefois que l’interrogation permanente peut dériver en doute corrosif et en haine de soi : une autodestruction contre laquelle l’Europe est loin de s’être toujours prémunie. On réduit souvent cet héritage de l’identité à la question d’une permissive « tolérance » des autres. Mais la tolérance n’est que le degré zéro du questionnement, lequel ne se réduit pas au généreux accueil des autres, mais les invite à se mettre en question eux-mêmes : à porter la culture de l’interrogation et du dialogue dans des rencontres, qui problématisent tous les participants. Il n’y a pas de phobie dans le questionnement réciproque, mais une lucidité sans fin, seule condition du vivre-ensemble. L’identité ainsi comprise peut déboucher sur une identité plurielle : c’est le multilinguisme du nouveau citoyen européen.
  • La diversité des langues
« Diversité, c’est ma devise », disait déjà Jean de La Fontaine dans son Pâté d’anguille. L’Europe est désormais une entité politique qui parle autant de langues, sinon plus, qu’elle ne comporte de pays. Ce multilinguisme est le fond de la diversité culturelle. Il s’agit de le sauvegarder, de le respecter – et avec lui les caractères nationaux –, mais aussi d’approfondir les différences et les complémentarités, d’incarner enfin cette nouvelle polyphonie.
Après l’horreur de la Shoah, le bourgeois du XIXe siècle aussi bien que le révolté du XXe siècle affrontent aujourd’hui une autre ère. La diversité linguistique européenne est en train de créer des individus kaléidoscopiques capables de défier le bilinguisme du « globish ». L’espace plurilinguistique de l’Europe appelle plus que jamais les Français à devenir polyglottes, pour connaître la diversité du monde et pour porter à la connaissance de l’Europe et du monde ce qu’ils ont de spécifique. C’est en passant par la langue des autres qu’il sera possible d’éveiller une nouvelle passion pour chaque langue et nation.
  • Sortir de la dépression nationale
Face à un patient déprimé, le psychanalyste commence par rétablir la confiance en soi, à partir de laquelle il est possible d’établir une relation entre les deux protagonistes de la cure, afin que la parole redevienne féconde et qu’une véritable analyse critique du mal-être puisse avoir lieu.
De même, la nation déprimée requiert une image optimale d’elle-même, avant d’être capable d’efforts pour entreprendre, par exemple une intégration européenne, ou une expansion industrielle et commerciale, ou un meilleur accueil des immigrés. « Les nations, comme les hommes, meurent d’imperceptibles impolitesses », écrivait Giraudoux. Un universalisme mal compris et la culpabilité coloniale ont entraîné de nombreux acteurs politiques et idéologiques à commettre, sous couvert de cosmopolitisme, bien pis que d’« imperceptibles impolitesses » à l’égard de la nation. Ils contribuent à aggraver la dépression nationale, avant de la jeter dans l’exaltation maniaque, nationaliste et xénophobe.
Les nations européennes attendent l’Europe, et l’Europe a besoin de cultures nationales fières d’elles-mêmes et valorisées, pour réaliser dans le monde cette diversité culturelle dont nous avons donné le mandat à l’Unesco. Une diversité culturelle nationale est le seul antidote au mal de la banalité, cette nouvelle version de la banalité du mal. L’Europe consolidée, ainsi comprise, pourrait jouer alors un rôle important dans la recherche de nouveaux équilibres.
  • Deux conceptions de la liberté
La chute du mur de Berlin en 1989 a rendu plus nette la différence entre deux modèles : la culture européenne et la culture nord-américaine. Il s’agit de deux conceptions de la liberté. En identifiant la « liberté » avec « l’autocommencement », Kant ouvre la voie à une apologie de la subjectivité entreprenante – subordonnée à la liberté de la Raison (pure ou pratique) et à une Cause (divine ou morale). Dans cet ordre de pensée, que favorise le protestantisme, la liberté apparaît comme une liberté de s’adapter à la logique de la production, de la science, de l’économie. Etre libre serait être libre de tirer les meilleurs effets de l’enchaînement des causes et des effets pour s’adapter au marché de la production et du profit.
Il existe un autre modèle qui apparaît dans le monde grec, et se développe avec les présocratiques, et par l’intermédiaire du dialogue socratique. Sans être subordonnée à une cause, cette liberté fondamentale se déploie dans l’Etre de la parole qui se livre, se donne, se présente à soi-même, à l’autre, et, en ce sens, se libère. Cette libération de l’Etre de la parole par et dans la rencontre entre l’Un et l’Autre s’inscrit en questionnement infini, avant que la liberté ne se fixe dans l’enchaînement des causes et des effets, et dans leur maîtrise scientifique. La poésie, le désir, la révolte en sont les expériences privilégiées, révélant la singularité incommensurable et pourtant partageable de chaque femme, de chaque homme.
On décèle les risques de ce second modèle fondé sur l’attitude questionnante : ignorer la réalité économique ; s’enfermer dans des revendications corporatistes ; se borner à la tolérance et avoir peur des nouveaux acteurs politiques et sociaux ; abandonner la compétition mondiale et se retirer dans la paresse et l’archaïsme. Mais on voit aussi les avantages dont sont porteuses les cultures européennes, qui ne culminent pas en un schéma, mais dans le goût de la vie humaine, dans sa singularité fragile et partageable.
Dans ce contexte, l’Europe est loin d’être homogène et unie. D’abord il est impératif que la « Vieille Europe », et la France en particulier, considèrent l’ampleur des difficultés économiques et existentielles de l’Europe post-totalitaire, qui peine à dépasser le ressentiment et le nationalisme. Mais il est nécessaire aussi de reconnaître les différences culturelles, et tout particulièrement religieuses, qui déchirent les pays européens à l’intérieur d’eux-mêmes et les séparent.
  • Besoin de croire, désir de savoir
Parmi les multiples causes qui conduisent aux malaises actuels, il en est une que les politiques passent souvent sous silence : il s’agit du déni qui pèse sur ce que j’appellerai un « besoin de croire » préreligieux et prépolitique universel, inhérent aux êtres parlant que nous sommes et qui s’exprime comme une « maladie d’idéalité » spécifique à l’adolescent.
Contrairement à l’enfant curieux et joueur, en quête de plaisir et qui cherche d’« où il vient », l’adolescent est moins un chercheur qu’un croyant : il a besoin de croire à des idéaux pour dépasser ses parents, s’en séparer et se dépasser lui-même. Mais la déception conduit ce malade d’idéalité à la destruction et à l’autodestruction, par-dessous ou à travers l’exaltation : toxicomanie, anorexie, vandalisme, d’un côté, et ruée vers les dogmes extrémistes de l’islam politique, de l’autre. Idéalisme et nihilisme : l’ivresse de n’avoir aucune valeur et le martyre de l’absolu paradisiaque se côtoient dans cette maladie d’« idéalité » qui secoue la jeunesse, et avec elle, le monde.
L’Europe se trouve devant un défi historique. Est-elle capable d’affronter cette crise de la croyance que le couvercle de la religion ne retient plus ? Le terrible chaos lié à la destruction de la capacité de penser et de s’associer, que le tandem nihilisme-fanatisme installe dans diverses parties du monde, touche au fondement même du lien entre les humains. C’est la conception de l’humain forgée au carrefour grec-juif-chrétien avec sa greffe musulmane, cette inquiétude d’universalité singulière et partageable, qui semble menacée. L’angoisse qui fige l’Europe en ces temps décisifs exprime l’incertitude devant cet enjeu.
Au carrefour du christianisme, du judaïsme et de l’islam, l’Europe est appelée à établir des passerelles entre les trois monothéismes. Plus encore, constituée depuis deux siècles comme la pointe avancée de la sécularisation, l’Europe est le lieu par excellence qui pourrait et devrait élucider le besoin de croire. Mais les Lumières, dans leur précipitation à combattre l’obscurantisme, en ont négligé et sous-estimé la puissance.
  • Une culture des droits des femmes
Depuis les suffragettes, en passant par Marie Curie, Rosa Luxemburg, Simone Weil et Simone de Beauvoir, l’émancipation des femmes par la créativité et par la lutte pour les droits politiques, économiques et sociaux, qui se poursuit aujourd’hui, offre un terrain fédérateur aux diversités nationales, religieuses et politiques des citoyennes européennes défiant l’obscurantisme des traditions et des religions fondamentalistes.
Ce trait distinctif de la culture européenne est aussi une inspiration et un soutien aux femmes du monde entier, dans leur aspiration à la culture et à l’émancipation, non seulement comme choix, mais comme dépassement de soi (« Nous sommes libres de transcender toutes transcendances », annonce Simone de Beauvoir) qui anime les combats féministes sur notre continent.
Face au verrouillage du politique par la finance et l’hyperconnexion, et contre la déclinologie ambiante et l’autodestruction écologique, l’espace culturel européen pourrait être une réponse audacieuse. Peut-être la seule qui prend au sérieux la complexité de la condition humaine dans son ensemble, les leçons de sa mémoire et les risques de ses libertés.
Julia Kristeva est écrivaine. Née en Bulgarie, elle arrive en France en 1966, où elle se lie au groupe Tel Quel et suit les cours de Roland Barthes. Théoricienne de la littérature, linguiste, sémiologue, psychanalyste et romancière, au fil du temps, elle s’est imposée comme une figure intellectuelle de premier plan, tant en France qu’à l’étranger, où elle enseigne régulièrement. Première lauréate en 2004 du prix Holberg – l’équivalent du Nobel pour les sciences humaines –, elle a également reçu le prix Hannah Arendt (2006) et le prix Vaclav Havel (2008). Son œuvre compte près d’une trentaine d’ouvrages parmi lesquels des essais tels : La Révolution du langage poétique (Seuil, 1985), Soleil noir (Gallimard, 1987), Le Temps sensible - Proust et l’expérience littéraire (Gallimard, 1994) ; Le Génie féminin : Hannah Arendt, Mélanie Klein et Colette (Fayard, 1999, 2000 et 2002), Je me voyage, mémoires (Fayard, 2016) ; ainsi que des romans dont Les Samouraïs (Fayard, 1990), Meurtre à Byzance (Fayard, 2004) ou encore L’Horloge enchantée (Fayard, 2015).
Julia Kristeva (Ecrivaine et psychanalyste)


martes, 21 de mayo de 2019

El futuro de Europa depende de los valores que prioricemos






El futuro de Europa depende de los valores que prioricemos


1.    ¿De qué hablamos cuando hablamos de populismos?

El populismo está en boca de todos. Para bien o para mal. Algunos los detestan. Otros, aunque el término no acaba de gustarles, aplauden sus pretensiones. El populismo tiene varios componentes. En estas líneas reflexiono, solamente, sobre la oposición de los populismos a lo que denominan las élites, que solamente buscarían su propio provecho, frente al pueblo, bueno por naturaleza, sojuzgado por ellas.Es difícil llegar a un acuerdo a la hora de definir y delimitar el término populismo o la política populista, como no se llegó en su día a definir el termino terrorismo en el espacio internacional, me permito recordar. Aunque, generalmente, el termino populismo, o mejor, los populismos, se asocian a la extrema derecha, los populismos, con sus variadas características, no se limitan a formaciones en la extrema derecha. Son partidos o movimientos, que rechazan los partidos tradicionales, incensan al pueblo, rechazan a las élites, demonizan a sus enemigos, muchos fustigan a Europa y exaltan la nación- estado, rechazan o son muy renuentes con los inmigrantes, denuncian la amenaza "islamista", avanzan propuestas simplistas, jugando a la demagogia, con líderes carismáticos con estilos políticos directos y modos de comunicación muy llamativos. No prosperan solamente en los países en recesión, sujetos a la austeridad, marcados por una alta tasa de desempleo, la generalización de la precariedad y la ampliación de las desigualdades. Así, están fuertemente implantados en Alemania, Austria, Suecia, Holanda, Finlandia…No existen solamente en los países de la Unión Europea, pues tienen fuerte presencia en países prósperos como Suiza, Noruega y en otros lugares ricos del mundo, como EE. UU. Los populismos no pueden interpretarse únicamente como una amenaza para la democracia liberal y representativa, o, por el contrario, tampoco únicamente como portadores de la esperanza de una profunda renovación de la democracia. 

Hay populistas de derechas y de izquierdas que ni siquiera reniegan del término populistas y tienen a galo ser etiquetados de tales. Traigo aquí, a título de ejemplo, cómo definió el populismo, el reconocido economista de izquierdas Thomas Piketty en un artículo que tituló “Viva el populismo”: "El populismo no es otra cosa que una respuesta confusa pero legítima al sentimiento de abandono de las clases trabajadoras de los países desarrollados ante las crecientes desigualdades. Es necesario apoyarse en los elementos populistas más internacionalistas, y por lo tanto en la izquierda radical, encarnados aquí y allá por Podemos, Syriza, Sanders o Mélenchon, independientemente de sus límites, para construir respuestas precisas a estos desafíos, pues, de lo contrario el repliegue nacionalista y xenófobo acabara por llevarse todo por delante” (“Le Monde” 14/06/2017). Mas cerca de nosotros recuerdo también que Abascal, refiriéndose a Casado y el PP, afirmó: "sois el pasado y la rabieta, nosotros el futuro y la esperanza" (En un tuit el 30/04/19)

 




 
2.    “Pueblocracia”: el pueblo contra las élites. Comentado un libro italiano.
 

De hecho, estamos viviendo el considerable fenómeno de la anti - política que inunda la sociedad europea, fenómeno que comporta dos grandes dimensiones, una de rechazo de toda política, la otra de aspiración a otra democracia. Los populismos se encuentran en la encrucijada de estas dos tendencias, y determinan la evolución del orden democrático con su irresistible dinamismo conquistador. La actual democracia representativa está cambiando debido a la aceleración de la globalización, los efectos de la integración europea, la reducción del margen de maniobra de los gobiernos frente al capitalismo financiero, el auge del poder tecnocrático y el desarrollo de las actuales redes sociales. Todos estos elementos contribuyen, entre otros, al surgimiento de los populismos a menudo asociados con los nacionalismos de Estado y la xenofobia, y tal vez abran una nueva era, que dos autores italianos, Ilvo Diamanti, Marc Lazar proponen denominar "pueblocracia ". Publicaron en 2018, en Italia, el libro “Popolocrazia: La metamorfosi delle nostre democrazie”, con un éxito desbordante, tanto que ya se editó, en Francia en 2019 con similar título “Peuplecracie…” que yo traduzco, obviamente, por “Pueblocracia”. Dudo mucho que el libro se edite en España pues, en gran parte, estudia la diferente evolución de las democracias en Francia e Italia, aunque bajo el paraguas de lo que denominan “Pueblocracia”, entienden que cabe trasladar a gran parte de Europa. Parafraseo en este texto algunas de sus ideas centrales.

Los populistas se refieren al pueblo soberano al que idolatran y santifican. Además, “el pueblo unido jamás será vencido”. Al mismo tiempo, atacan a los representantes políticos y las formas institucionales que, mediante los partidos políticos y los parlamentos libremente elegidos, representan, precisamente, la soberanía popular. Pero “el pueblo es valorado sistemáticamente como una entidad homogénea, portadora de la verdad y se le considera como fundamentalmente bueno, especialmente en oposición a las elites, también supuestamente homogéneas, siempre denigradas, descalificadas, detestadas, odiadas. Este antagonismo, el pueblo virtuoso contra sus representantes corruptos, tiene un efecto explosivo (….) amplificado por la caja de resonancia de los medios de comunicación, principalmente la televisión, Internet y las redes sociales. Esto da un nuevo vigor y una nueva dimensión a la vieja idea de democracia directa. Más aún cuando los partidos políticos, que funcionaron como mediadores entre la sociedad y el gobierno, son extremadamente débiles y muy a menudo rechazados, mientras que las culturas políticas que han forjado se encuentran en un estado avanzado de delicuescencia”.

Las nuevas tecnologías están triunfando porque permiten a sus usuarios intervenir permanentemente en la vida pública, de forma anónima erigirse en expertos intocables en todos los temas, incluidos los más complejos, criticar a los políticos, burlarse de ellos. O denigrarlos. Como resultado, desempeñan un papel decisivo en la reactivación del mito de la "democracia verdadera" modelada por "el pueblo verdadero”. Y eso, a una velocidad vertiginosa que la política tradicional tiene enormes dificultades para integrar, para subsistir, incluso para adaptarse a los nuevos tiempos de la cultura de la imagen, del anonimato, de los tuits, de los emoticones, de la entronización del fútbol y del fin de semana, de los viajes low cost, etc., etc. Es el reto político de la democracia del presente.

En fin, espero de la inteligencia y honestidad del lector que no me haga decir lo que no he dicho, ni defiendo: que la solución está en el gobierno de las élites, que ya han probado que, sin control, se corrompen. La gobernanza es cosa mucho más complicada. El papel y las teclas del ordenador lo aguantan todo. La realidad no. Y, si el 26 de mayo ganan los populismos en Europa temo por el futuro de Europa y, con él, el de toda España.

3.    Ceguera y suicidio de Europa

Estamos acostumbrados a ver un mapamundi en el que el centro se sitúa en el Océano Atlántico con Europa, justo a su derecha, y los EE. UU a la izquierda. Lo acabo de comprobar en las imágenes de Google Maps, tras teclear “mapamundi”. Totalmente a la derecha del mapa aparece China, Vietnam, Corea, Japón etc., y el extremo oriental de Rusia. Por eso, en nuestro lenguaje habitual hablamos de Oriente Medio para referirnos a Turquía, Egipto, Irán, Irak, Israel, Jordania, Siria, etc., y de Extremo Oriente al este de Asia. Este mapamundi es un enorme engaño. En la actualidad, el centro del mundo se sitúa en el Océano Pacifico con EE. UU en el este, China en el oeste, quedando Europa en los bordes del mapa y España, ahora sí, el Finis Terrae del mundo. Y Euskadi está, en su mayor parte, en España y España en Europa.

Hemos perdido el norte y vamos al suicidio colectivo, pues no queremos ver “el mundo que nos viene” (título de un buen libro de Josep Piqué, de 2018, mirando al futuro), al estar guiados por lo emocional e irracional y hemos aparcado la deliberación racional, con datos y reflexiones. Las elecciones de europeas del final de mayo (el día 26 en España) serán una prueba: o nos conducen a un alivio (otro alivio como el de la noche del 28 de abril) o damos un paso más en la desaparición de Europa como entidad social, económica y política para convertirnos en un geriátrico que alberga, eso sí, uno de los mejores museos culturales del planeta. En realidad, toda Europa, será un gran museo, comenzando por los autóctonos europeos quienes seremos atendidos por los que crucen el “charco” buscando trabajo, pues hablan nuestro idioma y por los “barbaros” del sur del Rio Grande que nos separa de África, el mar Mediterráneo, cuya población se multiplicará por tres. Pero será un primer momento. Pues con su dinamismo, juventud y ganas de prosperar, pronto adquirirán las riendas de la nueva Europa y los autóctonos pasarán a convertirse en la reserva india de la vieja Europa.

Pues bien, en la opulenta Europa de nuestros días, los partidos populistas, aunque muy diferentes entre sí, cosechan éxitos electorales como la “Agrupación Nacional” (antes Frente nacional) de Le Pen y la “Francia Insumisa”, el Partido de la Libertad en Austria, Syriza en Grecia, Podemos y VOX en España, EHBildu en Euskadi”, Alternativa para Alemania (AfD), el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Partido de la Libertad en los Países Bajos, los Demócratas de Suecia, la Unión Cívica Fidesz-Húngara, “Ley y Justicia” en Polonia, los “Verdaderos Finlandeses en Finlandia etc., etc. Algunos, incluso llegan al poder: en Italia, Hungría, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Bélgica, Austria etc.

La política europea se está llenando de líderes populistas: Beppe Grillo, Marine Le Pen, Jean-Luc Melenchón, Heinz-Christian Strache, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias, Santiago Abascal, Arnaldo Otegi, Frauke Petry, Nigel Farage, Geert Wilders y Jimmie Akesson, Viktor Orbán, Jarosław Kaczyński2, Matteo Salvini y Viktor Orbán…. Y los escasos líderes pro-europeos perdiendo fuelle. Macrón que sueña con una soberanía europea está bajo mínimos, y no solamente por los chalecos amarillos, mientras que Merkel ha perdido la cancillería al ser el único líder (lideresa, sí) que salvó el honor de una Europa, sin vergüenza, incapaz de acoger a un puñado de inmigrantes en sus países.

Si incluyo entre los partidos populistas a Podemos y EH Bildu, incluso al Podemos y al EH Bildu de ahora, es porque no se cansan de incensar al pueblo y denigrar a las élites. Pero, ¿dónde están las élites? ¿En qué, en quienes pensamos cuando nos referimos a las élites? Las “élites” y el “pueblo” no conforman dos categorías sociológicamente homogéneas, ni necesariamente contrapuestas. Este planteamiento es brocha gorda, es un planteamiento demagógico que no aclara nada y obscurece todo. Además, impide pensar con rigor. La realidad es más compleja.

4.    Recordando con Rob Riemen y Albert Camus, el valor de los valores

Recuerdo aquí el pronóstico del eterno retorno del fascismo que con tanta clarividencia nos mostrara Rob Riemen (“Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo”, en su edición castellana. Taurus 2018) en un alegato no escuchado, quiero creer que por ignorancia, vagancia intelectual, cortoplacismo y comodidad para seguir hablando de lo intrascendente y de lo políticamente correcto.
Riemen sostiene que, en una sociedad donde domina el hombre-masa (se sirve del texto de Ortega 'La rebelión de las masas'), la cultura dominante no puede ser otra que la cultura que denomina del 'kitsch'. Se caracteriza porque los valores nobles, los valores espirituales, son abandonados en detrimento de la satisfacción inmediata de las apetencias materiales. La cultura del 'kitsch' se inscribe en el valor supremo del yo, de la satisfacción inmediata, de la pulsión del instante. Por su parte, la política se convierte en una suerte de 'kermesse' (¿quién ha ganado el debate de ayer?) en donde de lo que se trata es de atraer votos. El 'kitsch', concluirá Riemen «es comparable a los cosméticos. El maquillaje busca seducir, pero también disimular. El 'kitsch' sirve para esconder un inmenso vacío espiritual». El hombre-masa, pese a su engreimiento, es consciente de su vacío interior y vive en el culto al resentimiento. ¿Es que es posible no verlo si se consultan los comentarios anónimos del mundo digital?
Así nace el fascismo. El error (el ¡uf! de alivio de muchos la noche del 28 de abril) estaría en comparar el actual fascismo con el fascismo final del mundo nazi, mussoliniano, estalinista, maoísta o franquista, cuando habríamos de compararlo con el de sus inicios. El fascismo de Vox está en sus inicios y ya ha arrastrado a parte del PP y de Ciudadanos. Y, lo que es más grave, tiene detrás a más de dos millones de ciudadanos. Hoy, como siempre, escribirá Riemen, «el fascismo es la consecuencia de la actitud de los partidos políticos que han renunciado a sus ideales, de intelectuales que cultivan el nihilismo acomodaticio (no hay jerarquía de valores), de universidades que no merecen tal nombre, de la codicia del mundo de los negocios, de los medios de comunicación que se emplean al embrutecimiento del público en lugar de buscar el desarrollo de su espíritu crítico».

Conviene recordar la pregunta de Albert Camus al finalizar la segunda guerra mundial, en una reunión con Sartre, Koestler y Malraux, en casa de este último “¿No creen que todos somos responsables de esta falta de valores? ¿Y si confesásemos públicamente que nos hemos equivocado, que existen valores morales, y que en lo sucesivo haremos lo necesario para fundarlos e ilustrarlos?”. Creo que su pregunta sigue siendo válida en nuestros días. La cuestión de los valores que prioricemos es crucial.

Es lo que, ante la trascendental elección europea del 26 de mayo, nos recuerda “Barandiaran Kristau Alkartea”, federación vasca de la organización internacional Pax Romana- Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos, en base al texto de la Plataforma Pastoral Europea "Al servicio de Europa", luego en base a un texto europeo. Manifiestan los intelectuales católicos su preocupación por la aparición y el fortalecimiento en Europa de las corrientes xenófobas, así como por el debilitamiento de las solidaridades, particularmente con la "crisis migratoria".

Defienden una Europa de la fraternidad y esperan que la elección de nuestros representantes en el Parlamento Europeo reactive el proyecto europeo, colocando a la persona en su centro y no tratándola solamente como consumidora o beneficiaria de sus políticas. Por lo que llaman “a la ciudadanía a que vote con lucidez y coraje a favor de un proyecto europeo que se construya en base a los siguientes valores”, que resumo así:

Una Europa de la paz, una Europa de la libertad, una Europa que une a las personas en la diversidad, una Europa acogedora, inclusiva y social, una Europa moderna, proactiva, emprendedora e innovadora, una Europa decididamente ecológica, una Europa orientada hacia el futuro. Concluyen su manifiesto con estas palabras: “Esta es la Europa que queremos y necesitamos, y nos corresponde a nosotros, apoyarla y hacerla posible mediante nuestro voto”. Pueden contar con el mío. Y, ¿el suyo?

Donostia San Sebastián 21 de mayo de 2019
Javier Elzo