jueves, 11 de junio de 2020

La utopía de un consumo responsable

La utopía de un consumo responsable

 

Cristianisme i Justícia (@CiJusticia) twitteó a las 6:11 p. m. el pasado 09/06/20 lo siguiente: «Si fuéramos sensatos, los límites del crecimiento deberían estar en las posibilidades del planeta y las necesidades reales de la humanidad, no en las creadas por el sistema de consumo». https://t.co/BRAwRjLCiB
(https://twitter.com/CiJusticia/status/1270403031146721280?s=03)


Es difícil decir más y mejor en menos palabras. Somos esclavos de las necesidades que nosotros mismos, los ricos del planeta, nos hemos creado. No nos limitemos a mirar a otro lado, a los potentados, a los incontrolados (¿incontrolables? circuitos financieros, a los GAFAM y, por supuesto, a los políticos. Todos tienen su parte de responsabilidad en esta deificación del dinero para el consumo por el consumo. Pero mirémonos a nosotros mismos. ¿Nos formulamos al menos la pregunta de si nuestro consumo, el de cada uno de nosotros, nuestro libérrimo consumo, es responsable?


sábado, 6 de junio de 2020

¿Radicales los jóvenes?



 

 

 

 

¿Radicales los jóvenes?

 

Me cuesta trabajo, a mis 78 años de edad, y con muchos trabajos sobre la juventud a mis espaldas hablar de radicalismo en los jóvenes de hoy, sobre todo si echamos la vista a lo que vimos y vivimos cuando nosotros éramos jóvenes.

 

Dándole vueltas a la cabeza, podría citar el 15 M en la Puerta del Sol, bien que sus mentores están hoy, ya en el poder. En la actualidad veo dos radicalidades no violentas protagonizadas por jóvenes: el movimiento #metoo (aunque aquí, hay bastante más que jóvenes) y los Fridays for Future (FFF), en los que jóvenes han tenido un gran protagonismo durante el año 2019, aunque los “Viernes por el Clima” no parece hayan calado mucho en España. Es también evidente que más allá del indiscutible protagonismo de Greta Thunberg, y de muchos adolescentes y jóvenes, el apoyo a este movimiento se manifiesta en todas las franjas de edad.

 

Personalmente vengo defendiendo desde hace años que, en las evoluciones en los valores, luego también en las radicalidades, nos enfrentamos más a un fenómeno de generación y no de edad. Es toda la sociedad la que evoluciona. En mi opinión más hacia una radicalidad (si vale el termino, que no estoy seguro) verbal que la manifestada, en hechos violentos, con excepciones, sea puntuales como las de Barcelona y Catalunya tras la sentencia del procès, sea la de actos violentos de pro-nazis en Alemania, sean los chalecos amarillos en Francia que, no cabe etiquetar como radicalidad juvenil, etc. En realidad, la actual radicalidad se manifiesta particularmente en el desapego político, y más en concreto, en la crítica despiadada a la clase política. Y de forma clara en la desconfianza en las instituciones, lo que los estudios, no solamente de juventud, nuestras fehacientemente.

 

Los últimos estudios de juventud de la Fundación Santa Maria muestran que, en la evolución histórica de los niveles de confianza en las Instituciones por parte de los jóvenes españoles, se detecta como, tras un largo período de lenta recuperación de la confianza depositada en las instituciones por parte de los jóvenes, entre los años 1984 a 1999, la confianza vuelve a hundirse hasta el Informe de 2016. Incluso si comparamos los datos de 2016 con los de 2005 (que constituye un punto de referencia para poder evaluar el impacto que ha tenido la crisis), llama la atención que, pese a tratarse de un año de mínimos para bastantes instituciones, la gran mayoría de ellas ven caer, más aún, la confianza de los jóvenes.

 

Señalemos que este fenómeno no es exclusivamente español y que también tiene lugar, en el contexto de las culturas occidentales, en la gran mayoría de ellas donde podemos encontrar un desapego de todo aquello que suponga un marco normativo mínimamente rígido. Se ha producido una desinstitucionalización de la vida, especialmente la de los más jóvenes, entendida esta como una flexibilización de las transiciones, circunstancias y episodios vitales que en el pasado estaban marcados por las normas legales y sociales vinculadas y “gestionadas” por las instituciones. Esto ha tenido consecuencias de diferente índole, que afectan especialmente a la continuidad y reversibilidad de los itinerarios juveniles, antes vistos como “hojas de ruta” bien definidas que desembocaban en la madurez y en la emancipación social.

 

El resultado de esta actitud de los jóvenes hacia las instituciones sociales puede ser contemplado, quizá, como una revolución institucional light que poco tiene que ver con la de las primeras generaciones de jóvenes rebeldes de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Una forma de resistencia que niega a tomarse en serio el marco de diálogo propuesto por las personas en el poder y que aspira, en el mejor de los casos, a dejar en ridículo sus pretensiones, como constantemente se hace en las redes sociales. Desde esta forma de rebeldía posmaterialista, como ya afirmara, en el estudio de SM año 2005 Juan González-Anleo, las nuevas generaciones plantan cara “volviendo la cara”, convirtiendo su indiferencia y abandono en una forma, su forma, de revolución anti institucional.

 

Esto no solamente resulta negativo para las instituciones sociales y su futura supervivencia, por lo menos a largo plazo, sino también para el funcionamiento de toda la sociedad en su conjunto. Como subrayaba Manuel Castells al hablar de las nuevas redes de solidaridad ciudadana, “la confianza es lo que cohesiona a una sociedad, al mercado y a las instituciones. Sin confianza, nada funciona. Sin confianza, el contrato social se disuelve y la sociedad desaparece, transformándose en individuos a la defensiva que luchan por sobrevivir”

 

Esto es particularmente sensible en las sociedades de tipo capitalista como las nuestras, que viven bajo el peso de la ley del mercado y, por consiguiente, de la solicitud constante del deseo por la publicidad. Lo que hace la gente se sienta desgraciada es que están constantemente llamados a comprar cosas y que se les crea artificialmente la necesidad: las personas se endeudan y al mismo tiempo hacen dar vueltas a la ruleta económica, lo que nos lleva en una especie de esclavitud de la codicia. Nuestra sociedad descansa sobre esta esclavitud de la codicia”

 

Pienso últimamente que vivimos atrapados por dos planteamientos que, en su aparente oposición, entre lo público y lo privado, en realidad refuerzan un individualismo temeroso, desbrujulado, inconstante en sus convicciones que, a menudo no pasan de ser opiniones del momento, muy influenciable por los medios de comunicación y las redes sociales que frecuente. El intento de publificación a ultranza de determinadas instancias centrales de la vida en algunas cosmovisiones, como la educación, por ejemplo, amén de la proliferación de leyes y sanciones (“vigilar y castigar” que ya predijera M. Foucault hace 50 años) se enfrenta al auge irrefrenable, en nuestros tiempos de una internacional “casta” de controladores que nos está dominando, instaurando el imperio del individuo auto sometido a su poder. Me refiero obviamente al imperio de los GAFAM, acrónimo de Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft. Así el individuo moderno se encuentra atrapado por una legislación absolutista, en la que la perdida de libertad, luego de responsabilidad, es cada día mayor, por un lado, y la incesante incitación al consumo por el otro, en nombre precisamente de esa “libertad” que difícilmente se puede ejercer ante el cúmulo de solicitudes de consumo de lo que sea. Si no detenemos en este último aspecto, en la parte de la pinza que le aboca al consumo, hemos de constatar que millones de humanos, sin cobrar sueldo alguno, dedican gran parte de su vida a generar dividendos para las GAFAM. Y en este campo, los adolescentes y jóvenes que están creciendo en la era digital, tienen un protagonismo indudable. De hecho, jóvenes y adultos digitalizados, damos gratuitamente a los GAFAM lo que necesitan: nuestra vida y milagros, nuestros deseos, nuestras apetencias, lo que hacemos cada vez que decidimos algo, por mínimo que sea. Cada minuto que pasamos en pantalla es dinero para las GAFAM. Se van apropiando de todos los signos que los humanos generamos en el planeta: el presupuesto de una empresa o el cumpleaños de la abuela en Facebook. Cuanta más atención les prestamos, más datos les damos y más rentables son. Los convierten en dinero, acompañándolos de publicidad viralizada, o en información mercancía para venderlos como “big data” a otras empresas. En Silicon Valley se encuentra, en realidad, el centro del poder del mundo que lo manejan, cada vez menos personas. Ya solamente amenazado, no de inmediato, pero sí a corto plazo, por China y quizás por India.

 

Peter Berger escribe que “no es algo accidental que el Cinturón de la Biblia se solape con el Cinturón del Sol; la región más conservadora a nivel religioso de los Estados Unidos coincide en parte con una de las más dinámicas del punto de vista económico”. ¡Ah, la ya más que centenaria tesis de Max Weber sobre la ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo, resurge en plena era digital! Y. no se olvide que en ese Cinturón está Silicon Valley.

Éste es el fondo en el que sitúo el contexto en el que nacen y se hacen nuestros jóvenes. Olvidarlo sería letal. Afrontarlo, sin alarma, pero con decisión, es fundamental. Este es el reto para el futuro de los jóvenes.

 

 

(Texto que, ligeramente recortado, ha sido reproducido en la revista “El Ciervo”, n º 781, de mayo- junio 2020, pp. 14-15)

 


domingo, 31 de mayo de 2020

Reanudando el blog tras pasar el Covid 19


Reanudando el blog tras pasar el Covid 19


Llevo meses sin añadir nada a mi blog. He pasado por la experiencia del aislamiento hospitalario por el coronavirus. Que me ha dejado baldado y, teniendo otros compromisos previos adquiridos, he abandona el blog. Ya cubiertos mis compromisos lo reanudo, precisamente con el epilogo a un nuevo libro que se editará, en ed. San Pablo, en la otoñada y que he titulado ¿“Tendrá futuro el cristianismo en España? Precisamente el epilogo parte de mi peripecia con el Covid 19 en la Policlínica Gipuzkoa.

Epilogo en tiempo de coronavirus.

La primera redacción completa de este libro, a falta de redactar el Prólogo y revisar la redacción del texto la concluí el 19 de marzo, día de san José. Poco después, al final de aquella mañana, baldado desde hace días, aunque sin fiebre, decidí acudir a urgencias de la Policlínica de Gipuzkoa, donde trabaja mi médico de cabecera desde hace más de veinte años. Tras una auscultación, una placa y una analítica, aun con dudas, me enviaron a casa en espera de lo que diera el test en coronavirus, el famoso PCR. Al día siguiente me llamo mi médico, indicándome que había dado positivo y debía ingresar. Viendo la cara de mi médico tras otras prospecciones y su diagnóstico de que había que verlas venir, me entró algo más que una gran preocupación.
No sé cómo, un amigo jesuita, Ignacio Arregui, que lleva la WEB LoilaXXI, que sigo con sumo interés, se enteró de mi situación y me pidió unas líneas sobre mi situación. Publicó esta nota en su WEB el 25 de marzo, bajo este titular: El sociólogo Javier Elzo ante la posibilidad, que esperamos remota, de la muerte.

“Puedo escribir poco. Me canso.

Yo no creo en un “Deus ex machina” que me librará del coronavirus. ¿Por qué a mí y no a tantos que ya han sucumbido? Pero cuando hace 4 días me dijeron que mi futuro no estaba seguro, por primera vez en mi vida, como un choc, vi que la muerte no era un concepto, una realidad que nos llegará un día. No. Vi a la muerte en el segundo recodo de mi vida. Una muerte próxima.

Me sirvió de gran alivio y serenidad dejarme, abandonarme, en el misterio del Dios qué nos ha creado por amor. En el Dios que nos revela Jesús de Nazaret cuando trata de Abba a su Padre, y, en la cruz, muestra su doble condición de hombre (que pase de mi este cáliz) y su filiación divina (hágase su voluntad y no la mía).

Por eso mi oración frecuente es esta: “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, mi cuerpo y mi vida”.

Lo más duro es no poder abrazar a los míos, en particular mis nietas y mi nieto.

Un abrazo, querido Ignacio
Javier”

Este texto se difundió entre los lectores de LoiolaXXI y recibí bastantes correos de amigos que me fueron de gran ayuda en mi aislamiento hospitalario.

La ciencia médica pudo, en mi caso, con el coronavirus y once días después, pude volver a casa a seguir el aislamiento hospitalario, algo aliviado al ver y hablar con mi mujer, aún con las precauciones debidas. Quince días después mi médico diagnóstico que ya había sobrevivido al coronavirus. Tuve suerte, y un cuadro sanitario al que nunca agradeceré suficientemente.

Pero, entre tanto, en alguno de los dos primeros días en el hospital me acordé de este libro. Temí que si pasaba lo peor quedara olvidado para siempre en un archivo de mi ordenador. Pedí a mi mujer que enviara copias a Maria Ángeles López Romero , directora de la editorial San Pablo y a dos amigos, Jesús Martinez Gordo, teólogo, y Rafael Díaz-Salazar, sociólogo, con ruego de que se hicieran cargo de lo ya escrito y, si la editorial estaba de acuerdo, escribieran el Prólogo y corrigieran la redacción, para edición. Recibí de los tres, correos alentadores a los que agradezco enormemente.

Pero, pasados unos días en casa, pude volver al libro, escribir este Prólogo y corregir, lo que pude, de la redacción del libro. Aunque, como ya he escrito en el Prólogo, tras unas reflexiones de Rafael Díaz-Salazar, modifiqué el orden del libro, redacté un nuevo capítulo y este epilogo.

Mi familia y mis amigos se volcaron en mí. Lo sentí en la cantidad de whatsapp que recibí. Todos los días: fragmentos musicales, videos divertidos, fotos de lugares entrañables para mí, reflexiones sesudas, muchas palabras de ánimo y cercanía. Mi aislamiento hospitalario, no lo llevé en soledad. Además del médico y del personal que entraba a mi habitación, bien protegida, siempre con cercanía y profesionalidad, las llamadas telefónicas, los correos y whatsapp que recibí, llenaron mis horas en la Policlínica.



Quiero destacar, ya como estudioso del fenómeno religioso, un video que un amigo hizo circular en una red de amigos, Xagu, que llevamos reuniéndonos 21 años, video largo de casi 5 minutos, en el que un italiano pretendidamente anónimo, escribe una carta, supuestamente redactada por el virus Covid 19. Es demasiado larga para transcribirla en su integridad en este Prólogo. Quizá más de un lector ya la conozca. Me limito, así y todo, a reproducir bastantes de sus frases:

 El COVID 19 se explica ante el mundo

“He reflexionado mucho estos días intentando encontrarle un sentido, porque algún sentido deberá tener esta absurda situación que nos hemos visto obligados a vivir: he imaginado que el virus podría hablar y he imaginado lo que diría a través de una carta, si pudiera hacerlo. Y estas son las palabras que he conseguido plasmar sobre un folio.

HOLA SOY COVID 19. Muchos de vosotros me conoceréis simplemente como coronavirus. Y si…soy yo. Perdonad el poco preaviso, pero no he podido avisar de cuando llegaría o en qué forma o fuerza me presentaría ante vosotros. ¿Por qué estoy aquí? Bien, digamos que estoy aquí porque estaba cansado de ver como os agredís en vez de ayudaros, estaba cansado de veros continuamente destruir con vuestras manos. Estaba cansado de cómo tratáis el planeta (…) estaba cansado de los abusos, de vuestra violencia, de las guerras, de vuestros conflictos interpersonales y de vuestros prejuicios, …estaba cansado de vuestra envidia social, de vuestra hipocresía y de vuestro egoísmo.

(…) Estaba cansado de vuestra superficialidad, estaba cansado de la importancia que a menudo le dais a las cosas superfluas, a costa de aquellas esenciales. Estaba cansado de vuestra continua y obsesiva búsqueda del vestido más bonito, o del último modelo de smartphone o del coche más bello, solo para parecer realizados. (…) Estaba cansado de veros discutir y pelearos por motivos banales. Estaba cansado de las continuas luchas de los que os gobiernan, y de las decisiones erróneas que a menudo toman aquellos que os deberían representar. Estaba cansado de ver gente que se insulta y que se mata por un partido de futbol.

Lo sé …seré duro con vosotros., quizá demasiado, pero no tengo consideración con ninguno, soy un virus. Mi acción os costará vidas, pero quiero que entendáis de una vez por todas que debéis cambiar el rumbo por vuestro bien. El mensaje que quiero dar es simple (…) He querido pararlo todo a propósito para que entendáis que la única cosa importante a la que tenéis que dedicar vuestras energías de ahora en adelante es simplemente una: la VIDA, la VUESTRA Y LA DE VUESTROS HIJOS (…).

Os he querido lo más recluidos y aislados posible: lejos de vuestros padres, de vuestros abuelos, de vuestros hijos y nietos, para que entendáis lo importante que es un abrazo, el contacto humano, el diálogo, dar la mano, una noche entre amigos, un paseo por el centro, una cena en cualquier local o correr por el parque al aire libre. Desde estos gestos se ha de retomar todo. Sois todos iguales, no hagáis diferencias entre vosotros. (…) Vivid vuestras vidas lo más sencillamente posible, caminad, respirad profundamente, haced el bien porque el bien os volverá siempre con intereses. Disfrutad la naturaleza, haced aquello que os satisfaga y cread las condiciones para no tener que depender de nada. Cuando lo celebréis yo habré marchado. Pero recordad. No intentéis ser mejores personas solo en mi presencia. ADIOS. DANILO CALABRESE” [1] .

Hasta aquí la transcripción parcial del video que ha recibido los parabienes de mucha gente. También entre mi grupo de amigos. Lo entiendo. Toca el corazón y ha encontrado un chivo expiatorio, el COVID 19, que cual “Deus ex machina”, expresión que viene del teatro antiguo cuando alguien de fuera, montado en una gran grúa (machina) irrumpe para salvar la representación. Aparece, de incognito, para, desde fuera, dar salida al teatro. Según el video, en la actualidad, en el teatro del mundo, el que irrumpe, con pretensiones salvíficas, es el COVID 19. Pero para ello el mundo tendrá que sufrir. Con dureza. Tendrá que tomar medidas duras, habrá que estar recluido y aislado en casa, no pudiendo estar con todos los suyos, muchos de los cuales el virus matará.

Pues bien, la lectura y visionado del video me trajo a la cabeza la destrucción de Sodoma y Gomorra que se narra en el libro del Génesis en los capítulos 18 y 19. Me limito a recordar aquí unas pocas frases. "Dijo, pues, Yahveh: «El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. ¡Ea!, voy a bajar personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado hasta mí, y si no, he de saberlo.» Y marcharon desde allí aquellos individuos camino de Sodoma, en tanto que Abraham permanecía parado delante de Yahveh. Le abordó Abraham y dijo: «¿Así que vas a borrar al justo con el malvado? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Es que vas a borrarlos, y no perdonarás a aquel lugar por los cincuenta justos que hubiere dentro? Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado, y que corran parejas el uno con el otro. Tú no puedes. El juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia?» Dijo Yahveh: «Si encuentro en Sodoma a cincuenta justos en la ciudad perdonaré a todo el lugar por amor de aquéllos.". Y así continua el texto bíblico hasta los 10 justos que Abraham no encontró.

(…..) "Entonces Yahveh hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Yahveh. Y arrasó aquellas ciudades, y toda la redonda con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo."

Es la concepción religiosa de un Dios que nos castiga porque nos comportamos mal. Es Yahveh el dios justiciero de los judíos en Sodoma y Gomorra, que se nos aparece en el Génesis en su modalidad antropomórfica en regateo con Abraham. En el video, el COVID 19 se nos aparece como un dios laico, en un mundo secular, que ha arrinconado, eliminado, la divinidad de los siglos (como muestro en el cuerpo de este libro siguiendo a Roberto Calasso). El Dios bíblico de Abraham y el dios laico del COVID 19 nos muestran en su comparación varias cosas:

1.    Los dos son “Deus ex machina”, interrumpiendo el día a día de los hombres y mujeres sin previo aviso. Son externos a la humanidad.
2.    Y lo hacen al modo justiciero. Por los malos comportamientos de los hombres y mujeres, vienen a castigar a la humanidad. Por un castigo en el que rivalizan en crueldad. Y lo hacen, claro está, por nuestro bien.
3.    Personalmente soy ateo de ambos dioses. Del sagrado Yahveh antropomórfico de Abraham, aunque ha evolucionado; así, para Lévinas, “el gobierno de Dios (para los judíos) consiste en someter a los hombres antes a la ética que a los sacramentos”, como cito, via Liberman, en el capítulo 7º de este libro. También soy ateo del dios secular, al que, una vez eliminado, no solamente el “Deus ex machina” que ha imperado en gran parte de la era de la cristiandad, sino también la posibilidad de la divinidad misma, echamos mano, para buscar un sentido a la pandemia que estamos padeciendo, como dice el autor del video, al coronavirus, que nace en un capricho de la Naturaleza: una infección de un animal a un homínido, haciendo así de él, un dios, engendrado en la propia Naturaleza, en sus propias leyes. La Naturaleza, para no pocos, es uno de los grandes dioses (con el Dinero) de la alta modernidad. Rebelarnos contra la Naturaleza, supondría rebelarnos contra dios y entonces seríamos expulsados del paraíso terrenal sagrado (como Adam y Eva) o secular, por el COVID 19.
4.    De ahí que me parezca fundamental distinguir la imperiosa necesidad del respeto a la naturaleza, la protección debida a la naturaleza, el rechazo a la depredadora acción de los hombres contra la naturaleza, de la idea de hacer de la Naturaleza un Dios ético, pues la naturaleza no tiene ética ni raciocinio, solamente leyes. Leyes naturales, por supuesto, las leyes de la naturaleza.
5.    Añadamos que los dos dioses, el del Yahveh antropomórfico de Abraham, y el del virus COVID 19 fruto de un capricho de la Naturaleza, nos dejarían desnudos. Nos muestran nuestras limitaciones y nuestra dependencia de un dios externo a la condición humana que puede actuar sobre nosotros, como le venga en gana, y del que hay que defenderse.
6.    Esto nos muestra que podemos encontrarnos en otra guerra de dioses. La cosa, para mí, no tendría mayor importancia si la lucha se realizada entre el Dios de Sodoma y Gomorra y el dios de la Naturaleza que se expresa en el COVID 19. Pues ya lo he dicho. Soy ateo de ambos dioses.
7.    Pero me preocupa, y mucho, si la confrontación se estableciera entre el dios de la Naturaleza, y este dios, lo repito, tiene muchos adeptos más allá del que se nos aparece en el COVID 19, y el Dios que se nos manifiesta en Jesús de Nazaret tal y como los cristianos, en los primeros siglos, vieron en EL, el Dios, a la vez, absolutamente humano y absolutamente divino. Un Dios humano, o si prefieren un humano Dios, divinizándonos de alguna manera, haciendo de Jesús de Nazaret algo así como nuestro Hermano Mayor y revelación del Dios de los cristianos, el Dios del Amor.

Así se entiende la expresión castellana que he visto reproducida, por ejemplo, en algún miembro de Aranzadi ahora que andan buscando restos humanos en las fosas de la guerra civil española, y que el papa Francisco ha utilizado varias veces, en su redacción más sencilla, en la pasada Semana Santa: “La Naturaleza no perdona jamás. El hombre, tiene capacidad de perdonar y lo hace a veces. Dios perdona siempre. Porque es padre y los padres siempre perdonan. Bueno, Dios perdona si es que existe. Que no lo sé. Si existiera ¿cómo podría permitir tantos horrores, tanto terror?”[2] La fórmula del miembro de Aranzadi, introduce en la pregunta la incombustible cuestión del mal si se acepta un Dios que ha creado el mundo por amor. El papa Benedicto, entre otros, ha dado una buena respuesta a esta cuestión, precisamente rechazando la binariedad de un Dios bueno y otro malo, como Satanás o, en un registro laico, el COVID 19. La reflexión de Benedicto XVI la pueden leer al final del capítulo 5º de este libro.

Envié el texto que acabo de reproducir sobre la “comparabilidad” del Dios antropomórfico de Abraham y el no menos antropomórfico del Covid 19, a mi amigo, y teólogo de cabecera, Jesús Martinez Gordo por si tenía algo que decirme. Un par de días después, recibo su respuesta que, con su permiso, traslado aquí:

“(….), he leído tu texto un par de veces
Ya te había escuchado, el día que viniste a Vitoria, tu “ateísmo” de esos dos imaginarios de Dios.
Tal y como lo has formulado, se entiende perfectamente
Yo no tendría problemas, incluso, en firmarlo
Sin embargo, la cuestión que queda en el aire, supongo que, para los dos, es cómo articular el imaginario de Dios Padre-Madre de la parábola del hijo prodigo con el de Mateo 25, el juicio final
Éste es el asunto, teológicamente significativo, para que Dios, Padre-Madre, no acabe siendo un aitite (abuelo en Bizkaia) o una amama (abuela también en Bizkaia) calzonazos e irresponsable
La superación de un Dios cruel o juez despiadado no puede llevarnos al aitite-amama calzonazos que mata a su nieto (diabetes) regalándole todos los días una tonelada de chuches
Creo que por aquí va la propuesta del examen de amor “al atardecer de la vida”
No me parece mala.
Y no me lo parece porque conjuga el Dios solo misericordia de Lutero con el justiciero implacable, tradicionalmente católico
En todo caso, la salida a tu “ateísmo” (no olvides que compartido) es de conjunción teológica y espiritual: tengo que ser bueno, porque Dios es bueno conmigo.
Y siéndolo, disfruto del regalo de la vida.
Por eso, no temo ese juicio de amor
Pero creo sensato que exista
Y me da, que comienza en cuanto fallezcamos
Las primeras mediaciones de ello, serán las personas que nos han conocido y, sobre todo, las más cercanas
Esto es lo que me sale a vuela pluma”

Tras agradecerle su comentario le prometí una segunda botella (ya le debía una) de vino de Rioja de maceración carbónica que tanto aprecia. Pero no quiero olvidar dos cosas. La primera para recomendar vivamente, el último libro de Jesús Martinez Gordo, “Ateos y Creyentes”, ya citado en este libro y en segundo lugar, lo que a través de varias conversiones con él, y con un amigo común, le he escuchado repetir. Lo digo con mis palabras: el Dios de Jesús, es el Dios de tres montes: El monte de las Bienaventuranzas, donde nos transmite sus enseñanzas, su cosmovisión, su ética; el Dios del Gólgota donde nos muestra su disponibilidad a compartir el sacrificio extremo de todos los hombres y mujeres que sufren (le gusta repetir a Jesús Martinez Gordo que el primer creyente cristiano es el centurión del Gólgota), y el Dios del Monte Tabor donde quizá, más que en otro pasaje de los evangelios, antes de su ejecución y posterior experiencial pascual, nos permite vislumbrar, atisbar, el misterio divino de Jesús de Nazaret.      

Pero no quiero cerrar este Epilogo, ya demasiado largo, sin presentar al cuarto amigo que mencioné en el prólogo del libro. Es un amigo de los últimos tiempos: Arnoldo Liberman. Pensador, psicoanalista, judío, prolífico escritor de libros magníficos, aunque exigentes, musicólogo eminente, fervoroso de Mahler, Schönberg, Weinberg, que respeta mi culto a Bruckner y nos encontramos en Wagner, aunque él prefiera Tristán y yo Parsifal, pero coincidamos en que el Wagner más penetrante está en el diálogo de Wotan y Brunilda en el final de La Valquiria.

Le mandé mi texto que reprodujo Ignacio Arregui en su WEB LoilaXXI, que he trasladado al inicio de este epílogo. Me contestó Arnoldo con lo que denominó un “textito”, largo de cinco páginas, que tituló “¿Delirio o verdad?”, una lúcida y penetrante reflexión sobre el poder de la música en nosotros del que reproduzco unas líneas y mi respuesta, prolongada después, para cerrar este epilogo.

Escribe Liberman. “Ningún análisis racional ni ninguna pretensión de laboratorio puede dejarnos ver qué se oculta en ese enigma que habita en todo oyente o melómano, allí donde algunos consideran que un don se nos ha otorgado, pero que, por su misma esencia, ese don se consume a sí mismo. No obstante, nuestra búsqueda de una respuesta es empecinada y pretenciosa, porque lo que está en juego es nuestra inquietud de preguntar por el misterio del sentir, la corchea que algo definitivo nos dice, la ansiedad ante lo equívoco, las vicisitudes de cada día y el último terror de la muerte. Y en este preguntar (¿infructuosamente o humanamente necesario?) está el desafío que nos arrastra a buscar una respuesta que, aunque provisional, amaine nuestra ansiedad. Sabemos bien que el ser humano es no sólo un generador, a veces, de situaciones imposibles sino de autoengaños tramposos. Y quizá esa terca búsqueda de respuesta sea sólo una estrategia para estar del lado de las corcheas, protegernos del vacío y acompañarnos de su existencia”

Le respondí así: “Perdona la confidencia, querido Arnoldo, pero yo también “necesito protegerme del vacío” que provoco con mis preguntas, y quizá me auto engaño con mis respuestas. Déjame añadir, que te diga que, desde que sentí la vivencia de la muerte, con el coronavirus, me ha acompañado, amén de mi inconsciente, aunque reflexionado, religioso, los dos libros del Clave Bien Temperado de Bach. Daniel Barenboim en el Primer Libro y Edwin Fischer en una grabación de 1934 en el Segundo. Es la única música que escuché en el hospital, y varias semanas después al comienzo de mi convalecencia, ya en mi domicilio. Todo está en Bach, que le escuche decir a Chillida en una ocasión.

Parafraseando tu texto escribo que en tus corcheas (la obra musical), Bach, Dios (¿qué Dios?) está el desafío que nos arrastra a buscar una respuesta que, aunque provisional, amaine nuestra ansiedad, incluso consintiendo que puedan ser autoengaños tramposos, que nos protejan del vacío, especialmente cuando el vacío es definitivo”.

Y, después, he añadido para este Epílogo:

Pero hay una diferencia colosal entre la corchea (la obra musical) aunque sea la de Bach, la de la sima sin fondo y sin fin del Clave Bien Temperado (y la de los idolatrados por ti y por mí, Mahler, Schönberg, Weinberg, Bruckner, Wagner….) cuando los ponemos junto a Dios, al menos el Dios que, tras mil y una vueltas, tras haber percibido sus mil y una caras, es ahora el Dios en el que deposito lo que llamaré la fe; fe que para mí equivale a confianza; y, la fe y la confianza en ese Dios, provocan el abandono cuando el vacío definitivo está a la vuelta de la esquina. Cuando vi la incertidumbre en mi médico con los primeros análisis tras la confirmación de mi infección por el Covid, cuando a mi angustiada interrogación respondió “verlas venir, tocar madera” no encontré otra madera que la del Innombrable, la madera del Inasible, al que nadie ha visto nunca jamás, más que en fogonazos, en destellos, en susurros, en zarzas ardientes y de espaldas…y me entró una paz y una tranquilidad con la que logré conciliar el sueño, acompañado por la música del Clave Bien Temperado.

La respuesta a mi ansiedad se tradujo en un abandono en eso que, falto de palabras, denominaré el misterio de Jesús de Nazaret, quien llamó Abba a su Padre y que, las generaciones de cristianos que me precedieron, me transmitieron un Espíritu de Dios, cual Misterio sin palabras (como es la música, dixit George Steiner), para no desconcertarme en demasía, en mi buscado anhelante de sosiego. En efecto, para amainar mi ansiedad, en la provisionalidad de todo lo que quepa decir de Dios (un “absoluto relativo” lo denomina Paul Ricoeur) me digo, en abandono protector del vacío, “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, mi cuerpo y mi vida”. Lo acompaño con la música del Clave Bien Temperado, los lieder de Mahler, los motetes de Bruckner y tantos más, soñando con nuevos conciertos en vivo, seguidos por mesa y mantel contigo y con Susi, tu esposa, con Juan Ángel y Concha, su mujer, y con la mía, y bucear gustosos en otro pozo sin fondo, la conversación en la amistad franca, sincera y confiada.







[1] Recibido el 2 de abril. El Video, en italiano con traducción al castellano está en Youtube. Aquí:  
[2] El papa Francisco lo dice así: “Dios perdona siempre, el hombre a veces, la naturaleza nunca”

lunes, 10 de febrero de 2020

Un Humanismo para el siglo XXI. (Muy reducido y redactado para "El Correo")


El largo texto de la entrada anterior con este mismo titular, reducido a las dimensiones de un artículo prensa
UN HUMANISMO PARA EL SIGLO XXI
En un mundo conformado por datos digitales y las nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, debemos preguntarnos en qué condiciones podemos ser humanistas


“El Correo” Sábado, 8 febrero 2020, 00:29

Hace unos días, invitado por el Grupo Vasco del Club de Roma, impartí una conferencia en la Sociedad Bilbaína que titulé como este artículo. Se asocia el humanismo con el Renacimiento y la Ilustración en un intento de superación de la denominada era obscura del Medievo pretendiendo una vuelta al humanismo greco-latino. Pero olvidamos que el humanismo griego y el humanismo romano conformaban un humanismo intelectual (del que aún somos deudores), pero que era, al mismo tiempo, un humanismo elitista, pues funcionaba en lo social basado en la esclavitud. Solamente las élites disfrutaban de los bienes, siempre bajo el capricho del poder. La esclavitud, de la que aún quedan secuelas, no se abolió hasta bien avanzado el siglo XVIII.
El humanismo supone colocar al hombre y a la mujer en el objetivo central de la labor humana. Pero esta centralidad puede conducir a una deificación del ser humano. Es, de hecho, una religión del hombre que sustituye al dios caído. Como escribe Edgar Morin, a quien sigo en este punto, «debemos dejar de exaltar la imagen bárbara, mutiladora e imbécil del hombre autárquico sobrenatural, centro del mundo, objetivo de la evolución, maestro de la Naturaleza». Morin propugna el humanismo que responde a la fórmula de Montaigne «reconozco en cada hombre a mi compatriota», el de Bartolomé de las Casas reconociendo a los indígenas como personas, el de las Reducciones de los jesuitas en Paraguay, etc., etc.
A su estela y pensando en el siglo XXI abordé dos de sus humanismos: el secularista que deifica a la sociedad (Roberto Calasso, 'La actualidad innombrable'. Anagrama 2018), en el que no me detendré en este artículo, y el tecnológico, digital, transhumanista etc., al que me referiré junto a la inteligencia artificial.
El humanismo digital es un concepto en construcción. En un mundo ahora conformado por datos digitales (los 'big data'), inmateriales, y las nuevas tecnologías NBIC (nanotecnología, biotecnología, inteligencia artificial y ciencias cognitivas), debemos preguntarnos en qué condiciones podemos ser humanistas cuando algunos afirman que los datos nos invadirán y que ya no es posible resistir la inteligencia artificial ni dar vuelta atrás. Ya habríamos sobrepasado el punto de no retorno. Las nuevas tecnologías nos obligarían a vivir en el tiempo real, en la reactividad y en la inmediatez. Como si la humanidad no pudiera permitirse el lujo de pensar, proponerse aplazar o diferir decisiones, darse un tiempo para pensar con otras personas.
Hoy las tecnologías se presentan como fatales e inexorables y nos pesan hasta el punto de que algunos nos anuncian que la humanidad pronto abandonará la escena, que será ocupada por la tecnología sin límites. O por los ciborgs, donde lo propiamente humano será cada vez menor y menos autónomo. Así en la robótica.
El Parlamento europeo consideraba en febrero de 2017 que «los robots autónomos más sofisticados pudieran ser considerados como personas electrónicas responsables, obligadas a reparar todo perjuicio causado a un tercero». Pensaban los eurodiputados en robots que «adoptan decisiones autónomas o que interactúan de manera independiente con otros», sean personas o cosas. Las cosas son aún más preocupantes en la robótica militar, con los denominados «sistemas de armas letales autónomas» (LAWS es el acrónimo en inglés), diseñados para disparar misiles, en determinadas circunstancias concretas, sin intervención humana alguna; nada que ver con los códigos de los que disponen los presidentes para ordenar lanzamientos de misiles. En el supuesto que presentamos, el robot 'decide' autónomamente lanzar el misil.
De hecho, aun con otros términos, la cuestión ya afloraba hace tiempo. Así, una de las figuras mayores de la cibernética, Warren Sturgis McCulloch, afirmaba en 1943 que «las maquinas hechas por la mano del hombre no son cerebros, pero los cerebros son una variedad, mal comprendida, de la maquinas computadoras». De tal suerte que Paulin Ismard, quien sugiere el Derecho Romano aplicado a los esclavos como modelo legal para los actuales robots, afirma que «el hombre y la maquina serían dos sistemas cibernéticos, en esencia idénticos, de tal suerte que el pensamiento humano es fundamentalmente asimilable al cálculo» y actúan, ambos, cerebro humano o artificial, en razón a su propia ecuación vital.
Abogo por un humanismo basado en la fraternidad universal que, en su aplicación al siglo XXI exigiría no olvidar que esos robots, supuestamente autónomos y con capacidad de adoptar decisiones que se nos escapan, son creaciones nuestras. Dependen, en un sentido en nada figurado, de cómo los hayamos educado, con qué fines, con qué objetivos, con qué límites. Si un misil se dispara de forma que decimos que es autónoma, sin intervención humana, estamos, voluntaria e irresponsablemente, olvidando que somos nosotros, hombres y mujeres, quienes los hemos diseñado para que así actúen. Si después escapan a nuestro control, no podemos olvidar que son tan hijos nuestros como nuestros hijos biológicos (que también escapan a nuestro control), y nosotros, padres o creadores, somos los primeros responsables de sus actos. De ahí la necesidad de un humanismo para el siglo XXI.
JAVIER ELZO Catedrático emérito de Sociología. Universidad de Deusto


viernes, 7 de febrero de 2020

Un humanismo para el siglo XXI


Un humanismo para el siglo XXI

 (Para la conferencia del 31 de enero de 2020, en la Sociedad “La Bilbaína”, organizada por el Grupo Vasco del Club de Roma)

Se asocia el humanismo con el Renacimiento y la Ilustración en un intento de superación de la supuesta era obscura del Medievo, dominada por la era de la cristiandad, pretendiendo una vuelta al humanismo greco-latino. Las cosas son más complicadas.
Pues el humanismo griego, así como el humanismo romano conformaban un humanismo intelectual (del que aún somos deudores), pero que era al mismo tiempo un humanismo elitista, pues funcionaba, en lo social, basado en la esclavitud. Solamente las élites disfrutaban de los bienes, siempre bajo el capricho del poder político.
El cristianismo, al llegar al poder, se proclamó detentor de la verdad y legitimó el poder. Pero su humanismo no eliminó la esclavitud, aunque la amainó. Hubo excelentes intenciones humanas, florecimiento de órdenes religiosas, y algunas excepcionales aportaciones al género humano, pero bajo el doble poder de la cruz y de la espada.
El Renacimiento y la Ilustración, hasta bien avanzado el siglo XX, compusieron, de una u otra manera, con el cristianismo reinante, pese a mil y una diatribas de algunos intelectuales contra la Iglesia (Voltaire, por ejemplo). Gracián nos muestra el empeño de la autonomía de la persona con un Dios que se acepta creador. Y no será el único.
Hoy en día, cuando la era del cristianismo bascula hacia la era secular, siendo un momento clave en su desencadenamiento la década de los sesenta del siglo XX, y ya apunta la era post secular (por ejemplo, en Catalunya, pero aún no en Euskadi) vivimos el auge de diferentes humanismos, de los que quiero decir algo:
. el humanismo secularista que diviniza la sociedad (Carlasso + Giner)
. el humanismo naturalista (que viene de lejos) sitúa a la Naturaleza al mismo rango que la divinidad. Solamente lo natural es bueno. (Cierto ecologismo y cierta filosofía)
. el humanismo tecnológico que arrincona a la persona humana, pues ya habría mostrado su incapacidad para hacer un mundo mejor, y lo fía todo al progreso tecnológico. Es un planteamiento en auge y con muchísimo dinero detrás, apoyándole. (El transhumanismo, por ejemplo) 
. el humanismo digital o numérico, el mundo de los “big data”, que cada día en mayor grado deciden por nosotros, basándose en la información que nosotros mismos les damos. Gratis. (El imperio de los GAFA es una manifestación de esto)
Los agruparé por razón de espacio y tiempo. En primer lugar, me detendré brevemente, en el humanismo secularista-naturalista y con más amplitud en el humanismo tecnológico digital, antes de dar paso a mi propia propuesta de un humanismo para el siglo XXI teniendo en cuenta los humanismos en auge que mostramos a continuación.  
El humanismo secularista
Escribe Roberto Calasso casi al inicio de su gran libro “La sociedad innombrable”[1] que “en otros tiempos bastaba con divinizar al emperador para asegurar la cohesión social. Ya no. Ahora es necesario divinizar a la sociedad misma pues, como dice Durkheim, ella, “la sociedad, es para sus miembros, lo que un dios es para sus fieles” En las conclusiones de su clásico estudio Durkheim escribe que “el ideal colectivo que la religión expresa no es consecuencia de no se sabe bien qué poder innato del individuo, pues es en la escuela de la vida colectiva donde el individuo ha aprendido a idealizar. Es asimilando los ideales elaborados por la sociedad que el individuo es capaz de concebir el ideal. Pues es la sociedad (…) la que le ha contraído la necesidad de alzarse por encima del mundo de la experiencia…”[2]. Es, pues, claro para Durkheim, el papel de la sociedad como agente primordial de creación de cosmovisiones, como agente de socialización, como instancia de lo políticamente correcto, de lo obvio, de lo indiscutible, de lo absolutamente cierto. Y ahí estamos.

En consecuencia, la independencia, autonomía y capacidad de coerción de la conciencia colectiva de una sociedad concreta, una vez constituida, adquiere así, para Durkheim (y lo corrobora Calasso) los rasgos de una divinidad que, aunque creada por una síntesis de las conciencias particulares, se impone a esas mismas conciencias particulares, con poder coercitivo.

Así, dirá Roberto Calasso, que el Homo saecularis se instala en la sociedad europea y lo hace con una voz principalmente progresista y humanitaria en base a preceptos de herencia cristiana reblandecidos y edulcorados. Se combina, dirá Calasso, “con el movimiento en curso en la propia Iglesia, que busca parecerse cada vez más a una entidad asistencial. El resultado es que los secularistas hablan con una contrición propia de eclesiásticos a la vez que los eclesiásticos quisieran hacerse pasar por profesores de sociología”. (Calasso p. 44).

En el fondo se trataría de substituir un humanismo religioso, por otro laico. El humanismo religioso, a fin de cuentas, sería algo extravagante y extemporáneo, ilustración de los tiempos obscuros anteriores a los de las Luces, (la Ilustración, precisamente) que, ya en la era moderna, con la Ciencia y, sobre todo, la Alta Tecnología, está llamado a desaparecer. Claro que, entre tanto, y a tenor de la universalidad de los Derechos Humanos (quinta esencia de la religiosidad civil), se dice que habría que respetar a los pertinaces seguidores de tal humanismo religioso (que tardan demasiado en menguar) siempre que, cual reserva india, lo profesen en la intimidad de sus mentes y de sus templos….

No faltan quienes piensan que quizá habría que acelerar su extinción con algunos discretos empujones: la moda vestimentaria en las mujeres musulmanas en Francia, la eliminación de cruces y demás símbolos religiosos en los espacios públicos en España, la substitución del referente religioso por el laico en las enseñanzas regladas, cuestionar toda ayuda económica a actividades religiosas, aunque siempre habrá para los estadios de futbol, baloncesto etc., pues se dice- falazmente- que la actividad deportiva no implica acepción de personas, como si todo el mundo divinizara el fútbol.

El futuro nos depara otra “guerra de dioses”, en la actualidad no cruenta, excepto en los seguidores de una determinada lectura del Corán. (Aunque los cristianos no debemos sacar pecho porque nuestra ración de violencia y crueldad en la historia es terrorífica para la memoria). No me refiero solamente a un problema intelectual, pues ha calado en la mayor parte de la población. ¿Qué necesidad tengo yo de dioses religiosos del más allá (de donde nadie ha vuelto), teniendo a mano la ciencia, la alta tecnología y, unos dioses míos (el dinero, el futbol, la moda, el juego, el cuerpo, la alimentación ´ecológica, vegana, gastronómica´, etc., la delgadez, la fama, el sexo, el animalismo, la Tierra Madre y así un largo etcétera) que, cuando quiera, puedo derribarlos, simplemente no haciéndoles caso? Yo soy, en compañía de los hombres y mujeres (es el individualismo grupal, nota clave del siglo XXI) quien elijo con qué dios quedarme, pues yo soy el padre de estos dioses. Todo está a un golpe de clic, o de apretar un botón de mi mando a distancia. Aunque algunos, allá en Silicon Valley, pronostican que la Inteligencia Artificial puede adueñarse de nuestras mentes y nuestros deseos. Y la Inteligencia Artificial, a diferencia, del Dios cristiano, no permite su negación. Ese sí, ese dios, es (o será en breve, a decir de los sabios de la Singularity University) un dios omnisciente y omnipotente del que nadie podrá librarse.

Sobre el humanismo digital

El humanismo digital es un concepto en construcción. En un mundo ahora conformado por datos digitales, inmateriales, y las nuevas tecnologías NBIC (nanotecnología, biotecnología, inteligencia artificial y ciencias cognitivas), debemos preguntarnos en qué condiciones podemos ser humanistas, esto es, como construir y vivir juntos en un sistema de valores capaz de asociar a los humanos entre sí para formar lo que, tradicionalmente, se ha llamado humanismo: humanismo grecolatino, humanismo judeo-cristiano, o humanismo europeo, incluso superándolos en lo que de elitistas tenían a menudo

El filósofo Jean – Michel Barnier, profesor en la Sorbona, de quien he leído bastantes cosas desde que se extendió el tema del Transhumanismo, escribe que “nos enfrentamos a tecnólogos arrogantes que afirman que los datos nos invadirán y que ya no es posible resistir la inteligencia artificial, ni dar vuelta atrás. Ya habríamos sobrepasado el punto de no retorno”[3]. Este fatalismo es dramático, continua Barnier. Hoy, la sumisión a las tecnologías NBIC a menudo se presenta como un hecho inevitable. Las nuevas tecnologías nos obligarían a vivir en el tiempo real, en la reactividad y en la inmediatez. Como si la humanidad no pudiera permitirse el lujo de pensar, proponerse aplazar o diferir decisiones, darse un tiempo para pensar con otras personas. Necesitamos pasar de la “aceleración” a la “resonancia” por seguir la terminología de los dos excelentes trabajos de Hartmut Rosa, “Aceleración” y “Resonancia”, para superar el mundo digital de lo siempre urgente, y dar paso a la vida buena[4].

Nos dejamos subyugar por las máquinas, y lo hacemos de forma voluntaria. ¿Cómo entender que nosotros, seres inteligentes, nos comportemos como autómatas frente a nuestras propias máquinas, cuando no hacen otra cosa que contar y ordenar multitud de datos, de gran complejidad, de forma más rápida que nosotros, a veces con resultados sorprendentes? El humanismo es, por definición, anti-destino. Durante el Renacimiento europeo, éramos humanistas porque nos negamos a permitir que nos impongan la naturaleza y las prácticas religiosas, con sus dogmas, como un destino inexorable (“fuera de la Iglesia no hay salvación” todavía en el Catecismo Católico). Hoy, las tecnologías se presentan como fatales e inexorables y nos pesan como un nuevo destino, hasta el punto de que algunos nos anuncian que la humanidad pronto abandonará la escena que será ocupada por la tecnología sin límites. O por los ciborgs donde lo propiamente humano será cada vez menor y menos autónomo. (Imposible olvidar en este punto la extraordinaria conferencia que, en este mismo espacio, nos impartió Gaspar Martinez el 22 de marzo de 2019, bajo el título “Transhumanismo: ¿futuro posible o ideología?”)

Esto no significa que la humanidad desaparecerá de la noche a la mañana, sino que los humanos pueden perder la iniciativa y el control por el hecho mismo de las máquinas y, no lo olvidemos, por la generalización de la incubación in vitro de los seres humanos. Entraríamos de lleno (ya hay ejemplos en el planeta) en una sociedad eugenésica donde la reproducción tenga lugar bajo el control de la política, del dinero y del capricho. También dejaríamos paso a las fantasías de la inmortalidad. Es la desaparición de lo humano como el ser que está al volante de la Historia, capaz de evolución y de progreso” remacha Besnier.

Sobre la Inteligencia artificial

El calificativo de inteligente ya se aplica a no importa qué avance tecnológico con la condición de que sea capaz de recibir señales y de emitir respuestas a esas señales. Obviamente, en última instancia, esas señales provienen de un humano, aun cuando, puede haber, y hay, mil señales que emiten otras máquinas, que las activan, aunque, lo repito, al final o, mejor, al comienzo de la cadena hay siempre un humano. Pero no es menos cierto que, a lo largo de cadena, por interacciones internas, se producen reacciones, señales, que escapan al humano. Se diría (y así lo dicen algunos) que las maquinas “aprenden” y “deciden” por sí mismas. Que son inteligentes. De ahí la expresión “Inteligencia Artificial” (“AI” en el mundo de los acrónimos y abreviaciones, en el lento asesinato colectivo del lenguaje) ha adquirido carta de naturaleza en nuestra sociedad. Para bien y para mal.

A poco que se piense, dicen algunos expertos en estos temas, en última instancia, estos procedimientos tecnológicos son extremadamente rudimentarios. Es el síntoma de una preocupante simplificación de la representación que los humanos hacen de sí mismos. El día en el que me piense inteligente tal como el tecnólogo piensa en la casa inteligente, habremos llegado a una situación dramática, afirma Besnier, para quien su lucha consiste en defender el lenguaje, lo simbólico y, por lo tanto, la historia. Estoy estupefacto al ver cuán indiferentes son los tecnólogos o los tecno-profetas al lenguaje y que no se alarman al ver que sus tecnologías son ofensivas contra el lenguaje.

El diálogo con un servidor de voz nos da una buena visión de cuál es el lenguaje con una máquina. Con sus señales, está destinado a producir comportamientos. Presione la tecla asterisco, etc. No es lenguaje humano, podría ser el lenguaje de hormigas o abejas. Ya no es un portador de emociones humanas, simplemente es el medio para transmitir información y recopilar datos.

En efecto, pienso que ser tecno-progresista y estar fascinado por las tecnologías de clonación o de la Inteligencia Artificial, es mucho más reaccionario y conservador que ser el defensor de la biodiversidad y del 'bricolaje' que es la vida. La voluntad de poner fin al azar es el fermento de todos los totalitarismos.

Sobre el transhumanismo (siguiendo unas reflexiones de Edgar Morin)

El transhumanismo, se basa en probabilidades, aún desconocidas hace veinte años: la prolongación de la vida humana sin envejecimiento gracias a las células madre presentes en el organismo de cada uno de nosotros; el desarrollo de una simbiosis cada vez más íntima entre el hombre y los productos de su técnica, en particular las máquinas informáticas; la creciente capacidad de las máquinas para adquirir caracteres humanos, incluyendo la conciencia, dicen algunos. Todo esto abre un mundo de ciencia ficción donde la condición humana se transforma efectivamente en sobre-humanidad. El transhumanismo podría incluso convertirse en un mito en la predicción de que el hombre iba a adquirir la inmortalidad.

Pero estos avances científicos y técnicos solo tendrán un carácter positivo si coinciden con el progreso humano que es al mismo tiempo intelectual, ético, político, social. La metamorfosis de la condición biológica y técnica del hombre, si no está acompañada por el progreso humano, agravará los problemas, que ya son muy graves. Así, las crecientes desigualdades entre ricos y poderosos, por un lado, pobres y excluidos, por otro lado, pues solo los primeros se benefician de la extensión de la vida. Surge el problema del reconocimiento de los derechos humanos a los robots pensantes tan pronto como están dotados de conciencia, cuestión en la que nos detenemos páginas abajo. “La posibilidad de una metamorfosis tecnocientífica transhumanista requiere necesariamente y con urgencia la metamorfosis psicológica, cultural y social que nacería de un nuevo camino alimentado por un humanismo regenerado”[5], escribirá Edgar Morin, a quien seguimos en varias partes de este texto.

Ser humanista no es solo pensar que somos parte de esta comunidad de destino, que todos somos humanos y todos somos diferentes, no es solo querer escapar de la catástrofe y aspirar a un mundo mejor; También es sentir en el fondo que cada uno de nosotros es un pequeño momento, una pequeña parte de una aventura extraordinaria, una aventura increíble que, mientras continúa la aventura de la vida, comienza una aventura hominizadora. Andrea Riccardi, en su conferencia en los Bernardinos de Paris, trae a colación a un santo ortodoxo de Athos, Silvano, quién afirmaba que ´la unidad ontológica de la humanidad total es tal que, cualquier persona que vence el mal en sí, inflige tal derrota al mal cósmico, que las consecuencias de esta victoria repercuten, beneficiosamente, en los destinos del mundo´[6].

Hace siete millones de años, con una multiplicidad de especies cruzando y sucediéndose, se llegó al Homo sapiens. En la época de Cro-Magnon y sus magníficas pinturas rupestres, ya tenía el cerebro de Albert Einstein, Leonard de Vinci, Adolf Hitler, todos los grandes artistas, filósofos y criminales, un cerebro en avance sobre su espíritu, un cerebro en avance de sus necesidades. Incluso hoy, nuestro cerebro probablemente tiene capacidades que aún no podemos reconocer y utilizar. Es obvio que el futuro de nuestro cerebro, luego nuestro quehacer, de nuestras decisiones, dependerá del progreso tecno-científico, sí, pero también de los valores que le hayamos transmitido. Con lo que la transmisión intergeneracional es uno de los retos centrales y capitales para un humanismo del siglo XXI. No es solamente cuestión biológica, ni del tamaño y mejor conocimiento del cerebro, que también. Es cuestión de saber con qué lo alimentamos. O, ¿es que el cerebro de un niño, de un menor, de un joven, de un adulto, se alimenta solo, diferencia lo bueno de lo malo, por generación espontánea?

Los robots, ¿personas jurídicas?
(Un apunte sobre este tema en base a unas Notas de lectura del libro de Paulin Ismard, “La Cité et ses esclaves. Institution, fictions, expériences “, Seuil, “L’univers historique “, Paris, octobre 2019, 384 p).
El Parlamento europeo en una resolución del 16 de febrero de 2017 decía: “considerando que, en la hipótesis en la que un robot pudiera tomar decisiones de manera autónoma, las reglas habituales serían insuficientes para establecer la responsabilidad jurídica de los daños causados por un robot, puesto que no permitirían determinar la parte responsable a efectos del pago de los perjuicios causados ni exigir a esa parte que repare los daños causados” y ya solicitaba una identificación numérica específica para cada robot. Pero esta identificación no sería sino un primer paso para el reconocimiento de una eventual personalidad jurídica a los robots. La resolución europea consideraba “la próxima creación de una personalidad jurídica específica para los robots, al menos para que los robots autónomos más sofisticados pudieran ser considerados como personas electrónicas responsables, obligadas a reparar todo perjuicio causado a un tercero”. Pensaban los parlamentarios europeos en robots que “adoptan decisiones autónomas o que interactúan de manera independiente con otros” (sean personas o cosas)

Pero aquí se plantean, al menos, dos cuestiones. Una tiene que ver con el concepto de persona y la otra con quien sea, en última instancia, quien haya de responder de los daños causados por un robot.

Para la primera cuestión, un planteamiento sostiene que solamente quienes tengan conciencia (del bien y del mal, de entrada) pueden tener personalidad jurídica. Las cosas no pueden tener personalidad jurídica, desde este punto de vista. Pero no todos piensan así, pues hay científicos para quienes el cerebro humano es algo asimilable a un robot pues su conciencia no es otra cosa que lo que le han imbuido sus padres y la sociedad en la que vive pues los hombres y mujeres no han pensado siempre lo mismo sobre las mismas cosas, por ejemplo, sobre la esclavitud. Y en la actualidad sobre cosas tan graves como la pena de muerte o la tortura. Luego el debate se traslada al concepto de persona, a la autonomía de la persona, cuestión que se sigue debatiendo, con acuidad, en la actualidad.

De hecho, aun con otros términos, la cuestión ya afloraba hace tiempo. Así el año 1943, una de las figuras mayores de la cibernética, Warren Sturgis McCulloch, afirmaba que “las maquinas hechas por la mano del hombre no son cerebros, pero los cerebros son una variedad, mal comprendida, de las maquinas computadoras”. De tal suerte que, comenta Paulin Ismard, desde esta perspectiva, “el hombre y la maquina serían dos sistemas cibernéticos, en esencia idénticos, de tal suerte que el pensamiento humano es fundamentalmente asimilable al cálculo”[7], en razón de su propia ecuación vital y de los valores que propugne.

La segunda cuestión, la del responsable último de las decisiones, tenidas como autónomas, y con daños a terceros, parece más fácil de resolver: el responsable es quien ha programado el robot. Un robot no se hace solo, hay alguien, personas humanas, individual o colectivamente, a título personal o como una entidad concreta, quienes programan y ponen en marcha los robots, aunque una vez construidos escapen a su control. Hay ya varios ejemplos en este orden de cosas. Alguno es ya muy mentado: cuando un coche autónomo se enfrente a dos, para él objetos, un niño o un anciano cruzando la calle, y no puede esquivar a los dos ¿cómo decide a quien esquivar y, a continuación, quien paga los daños del golpeado? El conductor responsable aquí no puede ser otro que la compañía que diseño el coche, pero ¿descargamos de toda responsabilidad al propietario del vehículo?
Las cosas son aún más preocupantes en la robótica militar, con los denominados “sistemas de armas letales autónomas” (LAWS es el acrónimo en inglés), sistemas diseñados para disparar misiles, en determinadas circunstancias concretas, sin intervención humana alguna: nada que ver con los códigos que disponen los presidentes para ordenar lanzamientos de misiles. En el supuesto que presentamos, el robot “decide” autónomamente lanzar el misil. A nadie se le escapa que si en torno al objetivo del misil hay otro robot con similar configuración hará lo propio con lo que la conflagración puede ser terrorífica. Hay mucha gente trabajando en este tema, como es obvio.
Más banal pero confirmatorio. El pánico vendedor se adueñó de las bolsas el lunes 5 de febrero de 2018, que, aunque duró poco tiempo, el índice Dow Jones cerró dejándose un 4,6%, el Nasdaq perdió los 7.000 puntos y el S&P 500 se dejó más de un 4%. En un día se esfumaron todas las ganancias del año. Y se contagió a las bolsas asiáticas y europeas. Pero como leo en la prensa del momento de donde rescato esta noticia. “a pesar de la avalancha de ventas, la situación está lejos de ser un pánico financiero. Más bien tiene que ver con unos nuevos actores bursátiles que cada día tienen más protagonismo: los robots. Unas inteligentes máquinas programadas con sofisticados algoritmos que dan órdenes masivas, en este caso de venta, cuando algunas de las premisas de sus programas se cumplen.
Y eso es lo que está ocurriendo. La semana pasada, en EEUU se hizo público un dato de evolución de creación de empleo mejor de lo esperado. Muchos algoritmos estaban programados para vender cuando se llegara a ese dato, las órdenes de venta saltaron provocando las pérdidas el pasado viernes. Cuando ayer (lunes 5 de febrero) siguieron las ventas y el S&P 500, el principal índice estadounidense, perdió los 500 puntos se desató la locura. Fue entonces cuando se activaron muchos stop loss (alertas que tienen puestas los inversores para alertarles de cuándo vender para no perder demasiado) y accionaron la tormenta perfecta” [8].

¿Qué hacer? Una propuesta de humanismo basado en la fraternidad

Retomar los grandes principios del pensamiento greco-latino, así como el judeocristiano, su renovación en el Renacimiento y en la Ilustración (sin echar en saco roto lo mejor del Medievo) y, todo ello, con una mirada al mundo oriental que tanto tiene que decirnos. Pero retomar esos principios no quiere decir copiarlos tal cual. Siguiendo los planteamientos de ese gran bilbaíno que fue Pedro Arrupe, se trata de aculturarlos a los tiempos actuales y a las diferentes sociedades en las que habitamos. No es lo mismo Zambia, Suecia o Euskadi en el año 2020.
Se trata de valorar un humanismo, en el que el hombre, hombre y mujer, conforman el objetivo central de la labor humana. Pero esta centralidad del hombre, puede abordarse desde dos perspectivas bien distintas.
Una es la deificación del ser humano. Es, de hecho, una religión del hombre que sustituye al dios caído. Es la expresión del Homo sapiens / faber / oeconomicus/ saecularis. En este sentido, el hombre es la medida de todo, la fuente de todo valor, el objetivo de la evolución. Se percibe como sujeto del mundo y, como el mundo es para él un mundo-objeto constituido por objetos, se ve soberano del universo, dotado de un derecho sin límites, sobre todo, incluido el derecho ilimitado a la manipulación, incluso sobre su propio cuerpo [9]. Es en el mito de su razón (Homo sapiens), en los poderes de su técnica y en el monopolio de la subjetividad que funda la legitimidad absoluta de su antropocentrismo. Esta cara del humanismo debe desaparecer. Como escribe Edgar Morin, a quien sigo en este punto, “debemos dejar de exaltar la imagen bárbara, mutiladora e imbécil del hombre autárquico sobrenatural, centro del mundo, objetivo de la evolución, maestro de la Naturaleza”[10]
El otro humanismo es el que responde a la fórmula de Montaigne “reconozco en cada hombre a mi compatriota”, el de Bartolomé de las Casas reconociendo a los indígenas como personas, el de las Reducciones de los jesuitas en Paraguay. Como insiste el gran filósofo canadiense Charles Taylor “el problema clave en la relación con los otros es el reconocimiento. Todo ser humano tiene una necesidad fundamental de ser reconocido”.
Aunque en principio, este humanismo concierne a todos los seres humanos, este humanismo ha sido monopolizado por el hombre blanco, adulto y occidental. Se excluyeron los primitivos, atrasados, etc., muchos de los cuales fueron esclavizados hasta el reciente período de descolonización. Y hay autores que se preguntan, y comparan, la relación del hombre con el esclavo en el mundo greco-latino, con la del hombre con los robots en el mundo digital. Así Paulin Ismard quien abre un apartado de su libro “La ciudad y sus esclavos” con esta pregunta: el robot, ¿es un esclavo como los otros? Y desarrolla una analogía sobre los derechos (y responsabilidades) de los esclavos y los de los robots sofisticados de nuestros días con capacidad autónoma (¿) de decisión. Fascinante debate en el que estamos. 
En 2020, en plena globalización, hay que extender este humanismo a todo el planeta, empezando por los más próximos. El aforismo pensar global, actuar local, no ha perdido un ápice de su actualidad. El humanismo del futuro exige poner como valor supremo la fraternidad. Además, la fraternidad, o es un valor universal o no es fraternidad.
El 29 de agosto de 2019, en el marco de un Curso de Verano de la UPV/EHU, en Donostia San Sebastián, “Hablemos de lo esencial”, curso dirigido por mi buen amigo Javier Urra, pronuncié una conferencia con este titular “El valor “fraternidad”, como base para una ética universal”. Rescato de aquel texto largo de 25 páginas, que se puede consultar en mi blog, unas brevísimas ideas para esta conferencia, con algún añadido posterior.

Comencé con unas reflexiones de Antoni Domènech, militante antifranquista en el PSC-PSUC cuando, tras constatar el eclipse de la fraternidad, realizó una revisión republicana de la tradición socialista; de Julia Kristeva, psicoanalista, humanista, escritora y feminista subrayé su trabajo “Osar el humanismo” donde proclama “humanistas!, es por la singularidad compartible de la experiencia interior que podemos combatir esta nueva banalidad del mal que es la automatización en marcha de la especie humana; De Laurent Berger (sindicalista francés que Macron busca como percha para salir de su atolladero sobre el tema de las pensiones) retuve la idea de que “la fraternidad es el punto ciego de la divisa «libertad, igualdad, fraternidad” y que ellos ejercen en su sindicato; De Clotilde Rymarczyk, en un trabajo de fin de curso en la Universidad de Quebec, una idea luminosa: “la fraternidad, puente a construir para religar las fragilidades humanes”; de Jorge Semprún siendo el preso número 44.904 en Buchenwald, “la fraternidad como respuesta a la Shoah, la fraternidad ante la muerte”; Albert Camus en la 4ª Carta a un amigo alemán, en Paris, un mes antes de su liberación, le dice que pese a todas sus atrocidades no le retira la condición de hombre; me detuve en la maravillosa teoría y en la, demasiadas veces, aborrecible práctica de la fraternidad cristiana, que tan breve como penetrantemente nos muestra Juan el evangelista en su primera carta: "Si uno dice «Yo amo a Dios» y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve."; mi admirado amigo Arnoldo Liberman[11], citando a Lévinas escribe que “la idea fuerte del judaísmo consiste en transfigurar el egocentrismo o el egoísmo individual en vocación de la conciencia moral” Se pregunta, a renglón seguido Liberman, “¿Y Dios? Para Lévinas, el gobierno de Dios consiste en someter a los hombres antes a la ética que a los sacramentos”; Gandhi que sostenía que “nunca es bueno el amor a los otros, cuando es exclusivo y con excepciones. Yo no puedo amar a los hindúes o a los musulmanes y odiar a los ingleses”; mostré basándome en un texto mío en un encuentro hispano-marroquí en Paris en 2003, que “la religión, sin más, no lo explica todo”; traje a colación, sin embargo, y para concluir, dos textos religiosos: el documento que firmaron el Papa Francisco y el Gran Imam de Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) sobre la fraternidad en febrero de 2019 y el extraordinario mensaje de Asís del 27 de octubre de 1986 por la paz en los pueblos, propulsado por la Comunidad de Sant ‘Egidio y que renuevan año tras año, el último en septiembre pasado en Madrid, a menudo entre la indiferencia de los medios, que malviven super valorando las malas noticias.

El humanismo con la fraternidad como valor faro, no es algo que esté ahí, en un cajón escondido del que unos pocos tengan la llave. El humanismo que propongo lo hacemos o no lo hacemos, día a día, hombres y mujeres. Es un humanismo que incluye a creyentes y no creyentes, gentes de derechas y de izquierdas, gentes de diferentes proyectos de vida (profesores, políticos, economistas, periodistas, trabajadores manuales etc., etc.), personas de diferentes nacionalidades y opciones políticas y religiosas (como muestro en el abanico de personas que he citado arriba) gentes, en definitiva, que ponen en el centro a la persona humana que, en su individualidad buscan el bien de todos, no solamente, aunque también, el suyo propio.

Es un humanismo para una sociedad global, en la que cada uno, desde su singularidad, desde su propia ecuación personal, se alía con el “otro”, justamente para superar los “unos” y los “otros”, y así, sin falsos irenismos, cada uno desde sus propias creencias, avanzar en la construcción de un “nosotros” lo más humano posible.
El humanismo del siglo XXI o es fraterno, sin restricciones, o no es humanismo. A lo sumo sería como el humanismo greco latino, como el de la Ilustración, como el del cristianismo identitario, como el que pretende el transhumanismo: un humanismo elitista, para unos pocos, quedando los demás a su servicio, engañados, en los países ricos con pan y circo o revolviéndose, incluso con violencia, si entienden que no les basta con lo que tienen o ven, alrededor, otros con muchos más recursos que ellos.

Ya para concluir quiero apuntar a algo que me parece muy importante: reivindico un humanismo humano, un humanismo con fallas, con errores, con limitaciones. Un humanismo a la medida del hombre. No un humanismo de héroes y santos. No un humanismo que deifica al hombre, como nos advertía Edgar Morin. No es humanismo, tampoco, para los míos, para los que piensen como yo. Reivindico un humanismo que no descarte a nadie, a nadie que trate de poner a la persona humana en el centro de la vida, que tampoco se descarte a sí mismo, a uno mismo en su mismidad, aunque no siempre se sienta y sea humanista. Solamente se descarta quien quiera vivir solo, solamente para sí. En realidad, se auto descarta. Pues yo, al que temo de verdad, es al puro, al perfecto, al que se cree en posesión de la única verdad, verdad que ejerce, caiga quien caiga, más si logra conquistar el poder, sobre todo el poder absoluto. Y en nuestro mundo hay demasiados poderes que se consideran absolutos, que pueden hacer (y hacen) mucho daño en nombre de su verdad.

Para vencer a estos poderes, antiguos y nuevos, necesitamos fortalecer el humanismo mediante la educación en valores responsables que propugnen el “vivir juntos”. Debemos tener mucho cuidado en las nuevas máquinas que engendremos. Muchos padres, cuando sus hijos les salen torcidos, se preguntan, pero, ¿de dónde ha salido ese hijo mío? En más de una ocasión algunos padres desesperados me han hecho esa pregunta. La respuesta, fácil en mi mente, era difícil trasladársela: ese chaval es hijo tuyo y en gran parte tú lo has hecho así. No digo que todos los hijos disruptivos son responsabilidad de sus padres, pero muchos sí. Pregúntese que hizo con él cuando aún estaba en sus manos y lo controlaba. Sencillamente cómo lo educó.

Pues bien, absolutamente lo mismo cabe decir de la inteligencia artificial y de los robots. No han nacido como los champiñones en el bosque. Menos aún de la nada. No. Esos robots supuestamente autónomos y con capacidad de adoptar decisiones que se nos escapan, decisiones que no controlamos, esos robots, insisto, son hijos nuestros. Es nuestra la responsabilidad cuando se hagan mayores, en realidad, los hagamos mayores. Dependen, en un sentido en nada figurado, de cómo los hayamos educado, con qué fines, con qué objetivos, con qué límites. Si un misil se dispara de forma que, impropiamente decimos que es autónoma, que es decisión propia del misil sin intervención humana, estamos, voluntaria e irresponsablemente, olvidando que somos nosotros, hombres y mujeres, quienes los hemos diseñado para que así actúen. Los robots por muy sofisticados que los hayamos creado, no son sino cosas. Como la alarma de mi domicilio que se conecta con la central si olvido apagarla cuando entre en mi casa. Y si entra alguien a quien le he dado la llave de mi casa, pero no le he advertido de la alarma, y de cómo controlarla, puede venir la policía. Eso en un simple robot. Imagínenselo a lo bestia, disparando fusiles. Precisamente para controlarlos necesitamos un humanismo para el siglo XXI.

Donostia San Sebastián, enero de 2020
Javier Elzo

Postdata
Ya al final del debate tras la conferencia, recogiendo los papeles cabría decir, un asistente joven, de manera profundamente respetuosa hacia mi persona, vino a decir, a media voz, porque yo había manifestado lo contrario en mi conferencia, supongo, que las cosas no pasaban como yo las decía, que los robots son independientes de las personas y que deciden, en realidad autónomamente y que sus decisiones son imprevisibles. Que realmente la inteligencia artificial es, verdaderamente, una inteligencia. No llego a decir todo esto, pero yo así lo interpreté.

En ese momento yo comenzaba a estar solicitado por bastantes personas y, ya, un tanto cansado, no reaccioné a la breve intervención del joven asistente, que, además apenas nadie oyó, pues habló sin micrófonos, cerca de donde yo estaba, en conversación informal, y con los asistentes ya en pie. Pero a mí, su reflexión se me grabó, me hace pensar (pues esa forma de razonar no es la primera vez que la leo y escucho), me interpela profundamente y quiero reflejarla en Post Data de este texto.

Que aprovecho para señalar la cordialidad que reinó en toda la reunión, el enorme interés de las cuestiones que se platearon, la eficacia en su organización por el Club de Roma y, la ya reconocida profesionalidad de los trabajadores de la Bilbaína. Fue un Encuentro sumamente agradable, en que se formularon preguntas que conforman las mías, sin que sea capaz de dar respuesta a todas. Incluso algunas intervenciones, como la que reflejo arriba, aunque hubo más, me hace pensar, lo que siempre se agradece.

1 de febrero de 2020
Javier Elzo



[1] Roberto Calasso, La actualidad innombrable”, Anagrama, Barcelona 2018, 173 páginas, ver sobre todo las paginas 9-84. No tienen desperdicio
[2] [2] El libro, Les formes élémentaires de la vie religieuse se editó el año 1912. En mi biblioteca he encontrado la edición de 1968, PUF, que leí y anoté en Lovaina en mis años de estudiante, edición con la que trabajo en estas líneas. Obviamente hay edición castellana de esta obra magna de la sociología: “Las formas elementales de la vida religiosa”. Alianza, Madrid, 1983. Pero las citas de mi texto provienen de la traducción que yo mismo he realizado del original en francés. Para la citación del texto ver p.604
[4] Señalo tres libros de Hartmut Rosa, que escribe en alemán. El primero en traducción francesa Accélération : Une critique sociale du temps (Sciences humaines et sociales La Decouverte Paris 2013, con un primer capítulo sensacional. Ya en castellano, el libro anterior con algunos complementos “Alienación y aceleración: Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía (discusiones)” Katz Editores 1916. Recientemente “Resonancia: Una sociología de la relación con el mundo” Katz, noviembre de 2019, 592 paginas

[5] Edgar Morin, “Les deux humanismes”, Le Monde Diplomatique, Octobre 2015,
[6] Andrea Riccardi: “Les chrétiens et la globalisation”. Conferencia en Los Bernardinos, en Paris, (13/1012) Texto completo en https://media.collegedesbernardins.fr/content/pdf/Recherche/7/chaire-2012-13/2013-10-12-chaire_AR_discours_aux_bernardins.pdf
[7] Paulin Ismard, “La Cité et ses esclaves“ o. c. p. 64
[8] Firma el artículo Pilar Blázquez en La Vanguardia 06/02/18. Ver también “Lunes negro” en Wall Street: un asunto de robots y de alza de los salarios titular de http://www.france24.com/es/20180206-caida-wall-street-dow-jones
[9] Es difícil decir más en menos páginas (42) es este excelente texto de Sylviane Agacinski, filósofa, feminista y socialista cuyo título lo dice todo: “L´homme désincarné. Du corps charnel au corps fabriqué”. Edita Gallimard, en 2019, en una excelente y nueva colección que titula “TRACTS”. ¿Habrá algún editor que lo traduzca al castellano?
[10] Edgar Morin. “Les deux humanismes “o. c., al inicio del artículo
[11] Arnoldo Liberman, “Heidegger y yo, judío”, Sefarad Editores, Madrid 2018, 258 páginas, ver pp. 52- 53